DOROTEA. Tan cierto como ésta es noche, dos caballeros han venido a la
casa con propósitos de llevarte al mundo. ¿No lo crees?
ELECTRA. ¿Dos caballeros? Antes que me digas sus nombres, mi corazón los
adivina: Máximo y el Marqués de Ronda... Si es verdad que quieren
llevarme consigo, me ponen en grande turbación. Desde que vine a esta
santa casa, emprendí, como sabes, la gran batalla de mi espíritu. Trato,
con la ayuda de Dios, de transformar en amor fraternal el amor de un
orden muy distinto que arrebató mi alma. Encendido en mí con tal
violencia aquel fuego del sol, no es tarea fácil convertirlo en fría
claridad de luna... Pero al fin el continuo meditar, el desmayo del
corazón, y las ideas dulces que Dios me envía, me van dando fuerzas para
vencer en la batalla.
DOROTEA. Hermana mía, si en ti sientes la fortaleza del amor nuevo, ¿por
qué temes ver a Máximo?
ELECTRA. Porque viéndole, pienso que todo el terreno ganado lo perderé
en un solo instante.
DOROTEA (_incrédula_). ¿Y estás segura de haber ganado algún terreno?
ELECTRA. ¡Oh! sí, alguno... no mucho todavía.
DOROTEA. Entiendo, querida hermana, que el ver a la persona te servirá
para probar si, en efecto, puedes...
ELECTRA (_vivamente_). ¡Oh! no me lo digas... Tal como hoy me encuentro,
en los principios de la lucha, junto a él no tendría mi conciencia ni un
instante de tranquilidad... ¡Jesús mío! forcejeo con dos imposibles: no
podré quererle como hermano, no podré quererle como esposo.
(_Aterrada._) ¡Qué suplicio...! Al mundo no, no... Prefiero estar aquí,
en esta soledad de muerte, en este laboratorio de mi alma, y junto a
este crisol divino en el cual estoy fundiendo un vivir nuevo.
DOROTEA. No esperes, Electra, que tus propias ideas te den la paz.
Confía en Dios y en las personas que Dios te envía. (_Resolviéndose a
mayor claridad._) Hermana mía, no tiembles ante el que crees tu hermano.
Alguien quizás negará que lo sea.
ELECTRA(_muy excitada_). Calla, calla... En asunto tan delicado, toda
palabra que no traiga la certidumbre, es palabra ociosa y cruel, que no
calma, sino que enloquece... Dios mío, dame la muerte o la verdad.
DOROTEA. Sosiégate...
ELECTRA (_exaltándose más_). Todas las confusiones que al venir aquí me
atormentaron, ahora renacen... Ángeles y demonios se atropellan en mi
pensamiento... Déjame... Quiero huir de mí misma. (_Recorre la escena
con grande agitación. Sor Dorotea va tras ella y trata de calmarla._)
DOROTEA. Cálmate, por Dios... Hermana querida, tus tormentos tocan a su
fin.[113] (_Mira con ansiedad hacia el portalón de la izquierda._)
ELECTRA(_creyendo oír una voz lejana_). Oye... Mi madre me llama.
DOROTEA. No delires... Otras voces, voces de personas vivas, te
llamarán...
ELECTRA. Es mi madre... ¡Silencio...! (_Oyendo. Entra Pantoja por la
derecha._)