MÁXIMO. ¡Singular caso! Cada palabra, cada gesto, cada acción de esta
preciosa mujercita, en la libertad de que goza, son otros tantos
resplandores que arroja su alma inquieta, noblemente ambiciosa, ávida de
mostrarse en los afectos grandes y en las virtudes superiores. (_Con
ardor._) ¡Bendita sea ella que trae la alegría, la luz, a este
escondrijo de la ciencia, triste, obscuro, y con sus gracias hace de
esta aridez un paraíso! ¡Bendita ella que ha venido a sacar de su
abstracción a este pobre Fausto,[56] envejecido a los treinta y cinco
años, y a decirle: «no se vive sólo de verdades...» (_Le interrumpe Gil
que ha entrado poco antes; se acerca sin ser visto._)
GIL (_satisfecho mostrando el cálculo_). Ya está. Creo haber obtenido la
cifra exacta.
MÁXIMO (_coge el papel y lo mira vagamente sin fijarse_). ¡La
exactitud!... ¿Pero crees tú que se vive sólo de verdades?... Saturada
de ellas, el alma apetece el ensueño, corre hacia él sin saber si va de
lo cierto a lo mentiroso, o del error a la realidad. (_Lee maquinalmente
sin hacerse cargo._) 0,318,73... Mirándolo bien, Gil, nuestras
equivocaciones en el cálculo son disculpables.
GIL. Sí, señor... se distrae uno fácilmente pensando en...
MÁXIMO. En cosas vagas, indeterminadas, risueñas, y los números se
escapan, se van por los aires...
GIL. Y cualquiera los coge. Distraído yo, confundí la cifra de la
potencial con la de la resistencia... Pero ya rectifiqué. Dígame si está
bien...
MÁXIMO (_lee_). 0,318,73... (_Con repentina transición a un gozo
expansivo._) Y si no lo estuviera, Gil; si por refrescar tu mente con
ideas dulces, con imágenes sonrosadas, poéticas, te hubieras equivocado,
¿qué importaba? Nuestra maestra, nuestra tirana, la exactitud, nos lo
perdonaría.
GIL. ¡Ah! señor, esa no perdona. Es muy severa. Nos agobia, nos
esclaviza, no nos deja respirar.
MÁXIMO. Hoy no: hoy es indulgente. La maestra, de ordinario tan adusta,
hoy nos sonríe con rostro placentero. ¿Ves esa cifra?
GIL (_diciéndola de memoria muy satisfecho_). 0,318,73.
MÁXIMO. Pues di que los primeros poetas del mundo, Homero[57] y
Virgilio,[58] Dante,[59] Lope,[60] Calderón,[61] no escribieron jamás
una _estrofa_ tan inspirada y poética como lo es esa para mí, esos
pobres números... Verdad que la armonía, el encanto poético no están en
ellos: están en... Vete... Puedes irte a comer... Déjame, déjanos. (_Le
empuja para que se vaya._) No me conozco: yo también confundo... Lucido
estoy con esta inquietud, con esta pérdida de mi serenidad... Es ella la
que...
(_Desde el punto conveniente de la escena mira al interior._) Allí está
la imaginación, allí el ideal, allí la divina muñeca, entre pucheros...
(_Vuelve al proscenio._) ¡Oh! Electra, tú, juguetona y risueña, ¡cuán
llena de vida y de esperanzas, y la ciencia qué yerta, qué solitaria,
qué vacía!