MARQUÉS. He tardado un poquitín.
EVARISTA. No por cierto. ¿Estuvo usted en el estudio de Máximo? (_Se
forman dos grupos: Electra y Máximo a la izquierda; Evarista y el
Marqués a la derecha._)
MARQUÉS. Sí, señora. Es un prodigio este hombre. (_Sigue ponderando lo
que ha visto en el laboratorio._)
ELECTRA (_suspirando_). Sí, Máximo: tengo que consultar contigo un caso
grave.
MÁXIMO (_con vivo interés_). Dímelo pronto.
ELECTRA (_recelosa mirando al otro grupo_). Ahora no puede ser.
MÁXIMO. ¿Cuándo?
ELECTRA. No sé... no sé cuándo podré decírtelo... No es cosa que se dice
en dos palabras.
MÁXIMO. ¡Ah, pobre chiquilla! Lo que te anuncié... ¿Apuntan ya las
seriedades de la vida, las amarguras, los deberes?
ELECTRA. Quizás.
MÁXIMO (_mirándola fijamente, con vivo interés_). Noto en tu rostro una
nube de tristeza, de miedo... gran novedad en ti.
ELECTRA. Quieren anularme, esclavizarme, reducirme a una cosa...
angelical... No lo entiendo.
MÁXIMO (_con mucha viveza_). No consientas eso, por Dios... Electra,
defiéndete.
ELECTRA. ¿Qué me recomiendas para evitarlo?
MÁXIMO (_sin vacilar_). La independencia.
ELECTRA. ¡La independencia!
MÁXIMO. La emancipación... más claro, la insubordinación.
ELECTRA. Quieres decir que podré hacer cuanto me dé la gana, jugar todo
lo que se me antoje, entrar en tu casa como en país conquistado, enredar
con tus hijos, y llevármelos al jardín o a donde quiera.
MÁXIMO. Todo eso, y más.
ELECTRA. ¡Mira lo que dices...!
MÁXIMO. Sé lo que digo.
ELECTRA. ¡Pero si me has recomendado todo lo contrario!
MÁXIMO (_mirándola fijamente_). En tu rostro, en tus ojos, veo
cambiadas radicalmente las condiciones de tu vida. Tú temes, Electra.