INTRODUCCIÓN.

Sorpresa no escasa debe causar á quien, al hojear por vez primera la

historia de nuestra patria literatura, se encuentra de repente, si es

que abre por acaso sus páginas por aquellas en que éste se describe,

con el asombroso florecimiento que alcanzó en el período que abraza

los dos dilatados reinados de Alfonso V y de Juan II de Aragón, en

el cual descuella, á manera de astro de primera magnitud en medio de

numeroso grupo de estrellas de luz menos viva, el que fué apellidado

por el más fecundo y docto en literarias disciplinas de su época, el

marqués de Santillana, «gran trovador y varón de esclarecido ingenio»;

el llamado por la mayor parte de los críticos de aquellos y de más

cercanos tiempos Petrarca valenciano; el estrenuo y animoso caballero

y elegantísimo y por todo extremo sutil poeta AUSÍAS MARCH. ¿De dónde

deriva el tal florecimiento, preguntaráse sin duda á sí mismo, si

es de los que se placen en remontarse á las causas de los hechos?

¿De qué punto arrancan las raíces que comunicaron su fecundante

savia al majestuoso árbol poético, cuyas frondosas ramas se dilatan,

embelleciéndolas y ofreciéndoles regalados frutos, por las dos

provincias hermanas, Cataluña y Valencia, y en especial, y por más de

media centuria, por esta última comarca?

No somos de los que creen que existen en los vastos campos del

arte florecimientos aislados, cual en el desierto hállanse oasis

completamente rodeados, á modo de islas de verdura, de mares de

tostadas é infecundas arenas, por más que reconozcamos la posibilidad,

por la historia demostrada, de que á deshora aparezcan, á impulsos

de una suprema voluntad creadora, ingenios sobresalientes, en torno

de los cuales, y en virtud de la vida que les comunican, brotan y

florecen otros, como retoños de un tronco fecundo. Dando de mano á las

excepciones, y ateniéndonos á lo común y á lo que puede considerarse

casi como ley histórica, es innegable que do quier que se muestra

lozana y fecunda, en cualquiera de las ramas del árbol de la belleza,

una manifestación, sea cual fuere, del arte, es, no tan sólo porque son

á su desenvolvimiento favorables el suelo donde arraiga, y las auras

que la mecen, y el calor que la vivifica, sinó porque llegan hasta

ella en mayor ó menor abundancia y por más ó menos conocidos canales,

y á manera de hilos de fertilizadoras aguas, las influencias de otros

florecimientos, ó anteriores ó coetáneos suyos, ya del propio, ya de

extraños países. Por esto y porque es poco menos que imposible valorar

en su justo precio, ni determinar el carácter verdadero de un período

notable ó de una escuela literaria, sin conocer, además del medio

ambiente, por decirlo así, bajo cuya más inmediata y directa acción se

ha formado, las influencias que más ó menos han contribuido á darle

vida é imprimirle el propio sello y especial fisonomía que de las demás

escuelas ó períodos literarios le distingue, hemos creido que debíamos,

antes de ocuparnos en el que es, con razón, llamado Príncipe de

nuestros poetas, y el primero en mérito entre los que versificaron en

_lengua catalana_, bosquejar á grandes rasgos,—y ojalá acertáramos en

el desempeño,—los hechos que prepararon el florecimiento en el siglo XV

de nuestra poesía, de que fué aquél el más ilustre representante y el

más acabado modelo, y las extrañas influencias que más contribuyeron,

sin perjudicar en nada su nativa originalidad, á dar á él y á la poesía

de su época sello y carácter especiales.

* * * * *

Á principios del siglo XIV fórmase y se desenvuelve allende la

cordillera Pirenaica,—que no era entonces, cual lo es ahora, línea

divisoria de dos Estados,—más por transformación lenta que por brusco y

no esperado nacimiento, una escuela poética que por el lugar donde tuvo

su asiento principal, y por la lengua de que se sirve, toma el nombre

de tolosano-catalana. Sus nuevos adeptos, que se dan á sí propios el

dictado de cultivadores de la _muy noble y excelente dama la gaya

ciencia_, apellidan ya antiguos, _anticz_[1], á los _trovadores_, sin

embargo que algunos, y entre ellos Guiraldo Riquier de Narbona, cuyas

obras, como observa nuestro amigo el señor Milá, señalan la transición

entre la anterior poesía feudal y cortesana y la nueva escuela, y que

murió en 1294, alcanzan los tiempos inmediatos al establecimiento del

_gay consistorio_ tolosano.

[1] Per so qu' el sabers de trovar, lo qual havian tengut rescost

li _anticz_ trovador..... e civotas doctrinas, las quals degus

dels _anticz_ trovadors non han pauzadas..... et en ayssó gran re

dels _anticz_ trovadors si son peccat, etc. LEYS D' AMOR, MILÁ,

_Los trovadores en España_, pág. 41, nota 21.

No es la ocasión esta de investigar las causas que contribuyeron á que

fuesen extinguiéndose sucesivamente, á la manera que se pierden en

el espacio las últimas vibraciones de un eco que se aleja, las voces

poéticas que por espacio de cerca de dos centurias habían hecho de

la Provenza el país del amor y de los cantores, y que prepararon el

renacimiento poético de este lado de acá de los Pirineos, que debía

subsistir, bien que no siempre con igual esplendor, por espacio de

otros dos siglos.

No faltan quienes, obedeciendo á preocupaciones políticas, ó dejándose

llevar de manías anticatólicas, atribuyan casi por entero aquel primer

hecho á la cruzada contra los albigenses, en la cual no aciertan á

ver más que una guerra de religión, y de donde toman pretexto para

lanzar sobre la Roma pontificia más groseros insultos y desentonados

anatemas que contra la misma arrojó el cínico y licencioso[2]

Guillermo Figuera. Al igual de los pájaros que huyen á bandadas de

una comarca desolada por repentina inundación, ó de un bosque presa

del incendio, abandonaron, según ellos, para siempre los trovadores

las antes risueñas campiñas, las florecientes ciudades y las ricas y

hospitalarias cortes feudales del Mediodía de Francia, huérfanas éstas

de sus antiguos señores, y aquéllas, inundadas de sangre, puestas por

la fuerza de las armas bajo el odiado yugo de los Capetos, para ir

á exhalar sus tristes _desconorts_ y sus atrevidos serventesios en

comarcas más felices y tranquilas. Pero sin desconocer ni negar la

parte que en la desaparición en los países de la lengua de _oc_ de la

poesía de los trovadores ambulantes y feudales tuvo aquel lamentable

suceso, fuerza es reconocer que antes que se sintiesen los efectos

de aquella desastrosa guerra, notábanse los síntomas de una próxima

decadencia de dicha poesía, por no pocos mirada ya, según el testimonio

de Ramon Vidal, con indiferencia; en cuyas producciones había entrado

por más el artificio que el arte verdadero; que en algunos de sus

géneros había pecado por exceso de monotonía; que había agotado en casi

todos, á fuerza de acudir con sobrada frecuencia á ellas, las fuentes

de la inspiración, y que habíase hasta cierto punto vulgarizado á puro

de ser cultivada por tan crecido número de trovadores, algunos no más

que de mediano ingenio, y por muchedumbres de juglares que habían hecho

de ella uno como á manera de oficio mecánico y objeto de grangería.

[2] Ya porque para no pocos es autoridad de grave peso este

trovador en sus rencorosas sátiras contra la Santa Sede,

causante, según ellos, de todas las calamidades que cayeron por

efecto de aquella guerra sobre Provenza; ya porque no se crea que

le calumniamos para rebajarle á los ojos de los que le conocen

sólo por sus serventesios, nos ha parecido conveniente trasladar

aquí el retrato que hace de él el biógrafo provenzal, para quien

tanto abundan, como observa el que fué nuestro amigo Sr. Coll y

Vehí[A], _los buenos caballeros_, _los buenos trovadores y las

bonas domnas_: «Non fo hom, dice, que saubés caber entre los

barós ni entre la bona gent; mas mout se fe grazir als arlots et

als putans et als hostes et als taverners. E s'el vesia bon home

de cort venir lai on el estava, el era tristz e dolens; et ades

se percassava de abaissar e de levar los arlots.»

[A] _De la sátira Provenzal_, pág. 160.

Como quiera que sea, es indudable que la guerra contra los albigenses,

sembrando divisiones y odios y siendo ocasión de persecuciones, lo fué

en gran parte de que algunos trovadores, más hostiles á la cruzada

por lo que de francesa tenía que por lo que tenía de religiosa, y más

adictos al bando de los herejes por perversión del sentido moral que

por error de la inteligencia, se dispersaran por Aragón y Castilla,

en cuyas cortes recibieron no menos generoso é ilustrado hospedaje

que lo habían logrado antes en los castillos de los nobles señores

de Provenza; siendo esto causa de que se conservara en uno y otro

reino como un eco de la antigua poesía trovadoresca; la cual debía ir

perdiendo algo de su primitivo carácter, bien que sin desprenderse del

todo de ciertos rasgos, que eran como el sello de su viejo abolengo,

á medida que iba modificándose bajo la influencia de la nueva escuela

nacida á la sombra de los verjeles y al amparo de los magistrados

municipales de Tolosa; escuela que era á su vez una derivación, ó por

mejor decir, una continuación, aunque algún tanto alterada, de la

tradición poética que se conservaba aún, bien que de cada día menos

viva, en los países de Occitania.

Sería tomar las cosas de demasiado lejos ocuparnos, en un escrito

destinado á dar á conocer á Ausías March y su siglo, en los trovadores

que brillaron en la corte de nuestros monarcas-condes de Aragón y

Cataluña, en el tiempo que medió entre Alfonso II, el hijo de Berenguer

IV y doña Petronila, y don Pedro el Ceremonioso. Los Guillermo de

Bergadan, los Hugo de Mataplana, los R. Vidal de Bezalú, los Guillermo

de Cervera, los Serverí de Girona y otros deben ser considerados como

poetas provenzales, ya que en la lengua y en las formas métricas de

éstos escribieron sus versos, por más que hubiesen abierto los ojos

á la luz en Cataluña y compuesto aquí sus serventesios, canciones y

tenzones. No hay que buscar todavía en sus obras _el bell catalanesch_

de nuestra tierra, que estimaba el buen Muntaner sobre el que se

hablaba en los demás dominios de nuestros condes-reyes.

La verdadera poesía catalana debía nacer algo más tarde; y aunque

no ha de renegar de su antiguo origen, antes por el contrario se

envanecerá en engalanarse con algunas de las más estimadas preseas con

que se adornaron los viejos trovadores; y tendrá á orgullo que se le

conozca el aire de familia que traerá de aquéllos, es indudable que la

influencia á que más ceda, el dejo que más se le pegue, el sello con

que más hondamente marque los frutos de su primerizo ingenio, cuando

llegue á sazón de producirlos, serán los que reciba de la escuela

tolosana, más acomodada, fuerza es decirlo, á su carácter grave y á

la índole de su especial juicio;—más inclinado éste á producir los

sazonados frutos de la razón que las vistosas flores de la fantasía;—y

á su espíritu mucho más práctico que lo fué el de la antigua poesía

trovadoresca.

No es aventurado poner el nacimiento de esta nueva escuela, por lo

que á Cataluña se refiere, ya que desde ella fué de donde se dilató

por las demás comarcas ganadas en el siglo anterior á los musulmanes

por la espada del invicto don Jaime el Conquistador, á principios del

siglo XIV[3], por más que el período de su mayor florecimiento, en

dicha centuria, fuese el del reinado de don Pedro el Ceremonioso, en

cuya corte resplandecieron y de cuyos favores disfrutaron poetas de

tan alto renombre, entre los nuestros, como Jaime March, el vizconde

de Rocaberti y Lorenzo Mallol, que son considerados como maestros en

el arte de trovar, y durante cuyo reinado se escribieron algunos de

los tratados[4], que fueron como los códigos á cuyas leyes debían

someterse y según las cuales eran á la sazón con extremado rigor, bien

que con estrecho criterio, juzgados los productos del ingenio. Cábele,

sin embargo, á la escuela poética catalana la gloria,—y lo decimos muy

alto en honra de nuestra patria y de nuestras letras por los modernos

críticos castellanos[5] menos conocidas y estudiadas de lo que debieran

serlo,—de que, aunque hija, ó hermana menor, si se quiere, como la

llama Milá, de la tolosana, tanto creció y se adelantó pronto á ésta,

que en lugar de seguir considerándola como á su maestra, parece que fué

á su vez objeto de estudio y de la imitación de sus poetas, sobre todo

cuando llegó á su apogeo y brilló en todo su esplendor en el reinado de

Alfonso V el Sabio.

[3] En él florecieron todavía Ramon Lull (muerto en 1315), Ramon

Bruguera (1228-1315), que compuso una _Biblia rimada en romans_,

y Ramon Muntaner, que empezó á escribir su crónica en 1330.

[4] MILÁ, _Resenya histórica y crítica dels antichs poetas

catalans_, páginas 118 y siguientes. Esta obra, que fué

premiada en los _Juegos Florales_ del año 1865 con la _medalla

de oro_ ofrecida por el Ateneo Catalán, y á la cual hacemos

con frecuencia referencia en este nuestro trabajo, es la mejor

fuente á donde se puede acudir para el conocimiento de nuestra

literatura poética en los siglos XIV, XV y XVI.

[5] Es honrosa excepción entre ellos el Sr. Amador de los Ríos,

quien en su _Historia general de la literatura española_ dió

grandísima importancia á la de las antiguas letras catalanas.

No sin fundamento, dado caso que se advierten rasgos especiales y asaz

distintos en cada una de ellos, divide el señor Milá en tres períodos

la historia de la escuela poética catalana; es á saber, en el que va

desde el reinado del Ceremonioso hasta los tiempos en que comenzó á

trovar Ausías March; en el que abraza la existencia poética de éste,

ó sea en los treinta ó cuarenta años de mediados del siglo XV, que

coinciden con el reinado del citado Alfonso V; y por fin, en el que

corre entre los últimos tiempos del poeta amante de Teresa y los

primeros años de la siguiente centuria.

Distínguese el primero, sobre todo durante una gran parte del siglo

XIV, por el más frecuente uso de palabras y formas gramaticales

provenzales, especialmente en las obras poéticas, ya que en las

prosaicas aparece el _catalanesch_ ó _romans_ más puro y exento de

resabios de la lengua de oc; uso que va disminuyendo,—bien que sin

desaparecer del todo ni áun en el segundo período, puesto que no es

difícil encontrar dejos de provenzalismo hasta en Ausías March,—á

medida que se van modificando las formas antiguas, é introduciéndose

y generalizándose otras nuevas; y se emplea ya más para las obras en

verso la lengua catalana, bajo la influencia de los tratados didácticos

acerca del arte de trovar; y empiezan á hacer ley los fallos de nuestro

consistorio, más atento por ventura á apuntar los defectos de forma,

que al mérito intrínseco de la obra poética. Así, por ejemplo, el mismo

Muntaner, dechado en su Crónica del _bell catalanesch_, de que tan

prendado se muestra, provenzaliza cuanto le es dado hacerlo su lenguaje

en su _Sermó_; así se advierte también en aquellos tan conocidos versos

de don Pedro:

Vetlan el lit suy 'n un penser cazut, etc.,

en los cuales son poco menos que provenzales la forma métrica y

el idioma; y así aparecen, en suma, abundantemente salpicadas de

provenzalismo las esparsas de los dos March, Jaime y Pedro, y en

especial del primero, de Rocaberti, de Mallol, etc.

Consérvanse también en gran parte de este primer período muchas de

las formas métricas más usadas en la antigua escuela trovadoresca.

Adviértese, no obstante, en él, á nuestro entender, cierto desvío, no

nos atrevemos á afirmar si intencionado ó casual, de las formas de

corte más lírico y de mayor artificio á que tan aficionada se mostró

la generalidad de los antiguos poetas provenzales, á par que el más

común empleo de las coplas, en sus diferentes variedades de _croadas_,

_encadenadas_, _capcaudadas_, _unissonants_, etc., de versos de once

sílabas con el acento y pausa en la cuarta. En este mismo período

comienza el uso de los endecasílabos libres (_estramps_), usados más

adelante por Ausías March, con más frecuencia quizás que por ninguno

de sus contemporáneos, con muy marcada cadencia yámbica, en lo cual

cree descubrir nuestro conspicuo crítico, señor Milá, un efecto de la

influencia italiana.

Este escritor, que á un sano juicio y á un ojo certero para apreciar

las condiciones de una obra artística, reune una gran desconfianza

de sí propio, y un temor, muy poco común en literatos de su valer, y

en ciertas ocasiones excesivo, de dar fallos que parezcan demasiado

absolutos, no atreviéndose á afirmar que existen en el período en

que nos ocupamos diferencias literarias entre nuestra escuela y la

de los poetas occitánicos, se limita á decir que _tal vez_ podría

hallarse alguna distinción literaria entre una y otra. Por de poco

peso que sea nuestra autoridad al lado de la suya, no tendríamos

inconveniente en dar por cierto que hasta literariamente, y dejando á

un lado las diferencias de forma que dejamos apuntadas, se distingue

bastante una escuela de la otra, ya en la manera especial de tratar

los asuntos, por lo general en la nuestra más grave, más filosófica,

permítasenos el vocablo, aunque con ribetes de pedantería, que en

la de los trovadores; ya por la mayor pureza de los afectos y el

modo de expresarlos, más conforme con los preceptos éticos y con las

prescripciones del libro de _Las leys d' amor_[6], y ora por último por

el mayor y más puro sentimiento religioso que se advierte en las obras

de este género y hasta en las amorosas de nuestros poetas, que en las

de los occitánicos, por más que no se hayan elevado, sinó con rarísimas

excepciones, al ideal del mismo.

[6] Léese en ellas que «li aymador deuhen anar fujin et esquivan

tot avol desirier et causa dezonesta.»—Cit. por Milá, _Los

Trovadores en España_, pág 478, nota.—Y en otra parte, hablando

de la falta de castidad: «Et en ayssó,—dice,—gran re dels anticz

trovadors si son peccás.»

Como, según dejamos apuntado, es Ausías March, como poeta, el tipo más

acabado, la más cabal y genuina representación del carácter distintivo

del segundo período, excusamos detenernos en notar las diferencias que

le separan del anterior y del que le sigue, ya que se desprenderán,—y

allí podrán verlas nuestros lectores,—del estudio y juicio crítico que

más adelante hemos de hacer de sus obras.

Por fin, el período tercero y último «se singulariza, añade el

mencionado crítico, por la adopción del verso castellano de doce

sílabas, la reduplicación de las rimas en las coplas de ocho versos,

á la manera de la octava de arte mayor castellana, mostrando además

marcados efectos del renacimiento italiano, que se conocen hasta en

el compás más yámbico, según queda ya dicho más arriba, del verso de

once sílabas, y en una manera de expresarse más culta y latinizada.»

Encuéntranse muchas de las obras versificadas en ese último período,

después del cual entra la poesía catalana en una época de decadencia

que en Valencia, tan fértil en poetas en el anterior, llegó casi hasta

la muerte de la misma, en la modesta colección, sin pretensiones

de cancionero, titulada _Jardinet d' Orats_, pequeña ontología de

rimadores y prosistas catalanes y valencianos que se guarda en la

Biblioteca provincial de Barcelona, y en los libros estampados á

últimos del siglo XV y principios del XVI en la ciudad del Cid.

No hemos de poner fin á esta introducción sin advertir á los

doctos jurados del tribunal que ha de juzgar este nuestro pobre y

desaliñado trabajo, y al público ilustrado á quien por ventura algún

día le ofrezcamos, que apartándonos de la costumbre, en Cataluña

bastante común, y en Valencia constantemente y casi sin excepción

usada, de apellidar _lemosina_ el habla en que escribieron nuestros

antiguos poetas, sobre todo los de allende el Ebro, y valenciana y

lemosino-valenciana, como lo hace el Sr. Ferrer y Bigué[7], la escuela

á que pertenecen los trovadores de la XV centuria, designamos constante

y sistemáticamente con el vocablo de _catalanas_, así la lengua en

que nuestros poetas de Cataluña, Mallorca y Valencia compusieron sus

trovas, como la escuela á que pertenecen, por todo extremo distinta,

como acabamos de ver de la antigua provenzal; ó sea la escuela que

floreció en la parte de acá de los Pirineos, nacida y por breve

espacio de tiempo educada al calor y en el regazo de la tolosana, y

que se desenvolvió bajo la influencia de los tratados sobre el arte de

trovar[8], de que dejamos hecha mención, obras en su mayor parte de

escritores tolosanos y catalanes; y en no escasa parte por efecto del

establecimiento en Barcelona, á imitación del que había sido fundado á

principios del siglo XIV en Tolosa, del Consistorio del Gay saber, en

el reinado y por órden de don Juan II, el Amador de gentileza.

[7] En su _Estudio histórico-crítico sobre los poetas

valencianos_ de los siglos XIII, XIV y XV.

[8] La influencia de dichos tratados dejóse sentir, como sería

fácil demostrar, sobre los poetas aragoneses, y, por confesión

del marqués de Santillana, hasta sobre los de Castilla.

Y no se crea que nos lleve á usar aquella denominación un mezquino

sentimiento de estrecho provincialismo: muévenos por el contrario

á hacerlo el amor á la verdad y el deseo de poner las cosas en su

verdadero punto y estado. Nosotros que hace un momento decíamos

que deben ser considerados como poetas provenzales los trovadores

que florecieron en esta nuestra tierra en los tiempos que median

desde Alfonso II hasta el reinado de Pedro el del Puñalet, pero que

escribieron en provenzal, y que por la forma y el espíritu de sus

obras poéticas pertenecen á la escuela trovadoresca, creemos tener

derecho á llamar poetas catalanes á los que escribieron al calor de las

influencias que dejamos señaladas, en la lengua que fué llevada por

la conquista á Mallorca y á Valencia, y tal como en esta parte de la

corona aragonesa se hablaba; como nos creemos igualmente autorizados á

dar el nombre de escuela tolosano-catalana dentro de cierto período,

y de catalana en otro, sin el aditamento del primer calificativo, á

la que, acomodándose á nuevas y más locales influencias, se sirvió,

depurándolo cada vez más de antiguos resabios de provenzalismo, de

aquel idioma.

Sabemos cuándo, por quién y con qué motivo se introdujo aquí la

denominación de _lemosí_ para designar el idioma catalán. ¿Mas son

razones bastantes para adoptar esta denominación, que ninguna relación

tiene ni con el origen, ni con las causas que pudieron modificar

nuestra lengua, que aparece ya formada antes que se dejara sentir en

nuestras tierras la influencia de la poesía de los trovadores, ni mucho

menos con el nombre de ninguna localidad de la patria catalana ni

aragonesa, el que Vidal de Besalú la usara por vez primera acaso por

respeto á los dos famosos trovadores Bertran de Born y Guillermo de

Borneil, llamado este último por Dante antonomásticamente el _Lemosí_;

el que imitando á Vidal la emplearan, á veces obligados por la ley

de la rima, algunos de los autores[9] de los nuevos tratados que se

compusieron á ejemplo de sus _Razós de trobar_; que se valieran casi

tan sólo de aquel vocablo para designar la lengua catalana Santillana

y Villena, á quienes no creemos hacer agravio negándoles que sean

autoridades dignas de respeto en estas materias, ya que, en especial

el primero, casi únicamente de oidas conocía las obras de los poetas

provenzales, franceses ó catalanes que cita[10]; y por último que Jaime

Roig aplicara aquel nombre hasta á la tierra de donde era hijo:

Criat en la patria que s' diu limosina

No vol aquest libre mudar son lenguatje?

[9] Sobre totz razonars parlars

Parladura lemoyzina

Es mays avinens é fina.

[10] «Extendiéronse _creo_ de aquellas tierras ó comarcas de los

lemosines estas artes á los gállicos,» etc. _Proemio_, pág. 8,

edic. del Sr. Amador de los Ríos.

Mucho dudamos que los de Valencia, por más que estimen al autor

del _Libre de consells_ como poeta, por igual manera que se placen

en trocar por el nombre de lemosina el de la lengua que con su

independencia de la dominación musulmana les llevó el rey don Jaime,

se conformaran hoy con aplicar á su patria, á la rica y fértil tierra

que riega el Turia, y cuyas playas platea el mar con sus espumas, el

dictado que le daba aquel poeta de patria lemosina; ó lo que es lo

mismo, el nombre de una de las más insignificantes comarcas donde se

hablaba la lengua de _oc_, la más apartada de Cataluña, y la que menos

derecho tenía á que se designase con su nombre la lengua de los poetas

provenzales y catalanes, ya que por espacio de dos centurias,—las

del mayor florecimiento de la poesía trovadoresca,—estuvo sometida,

como formando parte del riquísimo patrimonio de los Plantagenets, á

Inglaterra[11].

[11] Formó parte de la dote que llevó á Enrique II de Inglaterra

(1182) Leonor de Aquitania. Ganada más tarde (1203) por Felipe

Augusto, fué devuelta (1259) por San Luis á los ingleses, quienes

la poseyeron hasta que fué de nuevo incorporada á la corona de

Francia en tiempo de Carlos V, en 1369.

El Sr. Milá advierte que el nombre de _lemosí_ fué más usado por las

provincias no catalanas, para las cuales debió ser más grato que el

de catalán. Si así fuese, si por causas que no queremos averiguar,

pero que fácilmente se adivinan, no sonara bien á los oidos de los

mallorquines y valencianos, ya que no siempre fueron hermanos nuestros,

la denominación de catalana dada á su lengua escrita,—que es en la que

aquí únicamente nos ocupamos—, sobre todo refiriéndose á los siglos de

su mayor florecimiento, ó sea á los en que el más experto y diligente

filólogo no sabría encontrar diferencias verdaderamente léxicas ó

gramaticales en el idioma usado por los poetas ó escritores en prosa

de Cataluña, Mallorca y Valencia, ¿por qué en vez de la denominación

lemosina, sin duda la más impropia que podía adoptarse para significar

nuestra lengua, no aceptan la de provenzal-valenciana, ó la de

lenguadociano-valenciana, que al menos indicaría, por más que fuese de

una manera remota, su filiación de aquella lengua?

Permítannos los escritores y poetas de Valencia que usan el

calificativo de escuela lemosino-valenciana que les recordemos

que no hubo jamás ninguna escuela poética propia y exclusivamente

lemosina; que cuantos críticos dentro y fuera de España se ocupan en

la literatura provenzal y en la nuestra, hablan de la escuela de los

trovadores, de la tolosana y de la catalano-tolosana, y algunos de

la valenciana, pero nunca de aquélla; como también que, rectificando

denominaciones impropias, hoy que un más profundo estudio de los

hechos y de las cosas tiende á dar á los nombres técnicos su propio

y verdadero valor, rechacemos, limitándonos al sujeto que nos ocupa,

la calificación de dialectos dada al catalán y valenciano[12], no ya

tan sólo por el vulgo de las gentes y por autores hueros y adocenados,

sinó hasta por escritores tan eminentes, y por tan graves y discretos

críticos como, por ejemplo, el señor don José Amador de los Ríos, y

esto en una obra de tanta importancia y valor como lo es su _Historia

de la literatura española_.

[12] «Gran número de cultivadores, dice, logró durante este

período (siglo XV) la poesía que tiene por instrumentos los

dialectos catalán y valenciano.»

Concluiremos protestando una y cien veces más que al hacer esta

declaración no ha sido en manera alguna nuestro ánimo herir en lo más

mínimo susceptibilidades personales ni locales, sinó tan sólo salir

al encuentro á los que extrañasen que no designáramos jamás en este

escrito con el nombre de lemosín nuestro idioma, ni de valenciana la

escuela de los trovadores que florecieron tanto en Valencia como en

Cataluña en la XV centuria, explicándoles los motivos que nos han

inducido á obrar de esta suerte. Nuestra divisa como escritores es,

según indicamos ya en otro trabajo, el _amicus Plauto, sed magis amica

veritas_. Podremos errar tomando por verdad lo que no es más que su

apariencia; pero en este caso podrá decirse de nosotros que rompemos

lanzas por un fantasma; jamás que faltamos á sabiendas á las reglas de

la justa, ni mucho menos que nos batimos para que ande nuestro humilde

nombre en boca de las gentes.

Ausías March y su época · 第 11 / 25 题