De don Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena.
_Villarcayo, enero._
Joven ilustre: En estos regalados ocios, mi ancianidad se repara de
sus quebrantos, y heme aquí menos vejestorio, no te rías, de lo que
a primera vista represento. Hasta la facultad de ver, que era entre
todas las mías la más averiada, parece recobrarse, y aquí me tienes
escribiéndote sin auxilio de Nicolasita. Esta y su hermana me encargan
que no deje para lo último el ponerte sus memorias; insisten en que
las eche por delante, en los comienzos de la carta. Así lo hago, y
relámete, ingratuelo, con los dulces afectos que te envían mis nietas.
Toda la descendencia de mis queridos hijos está vendiendo vidas, lo que
me regocija en extremo, porque dice Valvanera que yo he traído la salud
a su casa. ¡Qué orgullo para mí...! Entre paréntesis, me hiciste mucha
falta para las magnas obras del nacimiento que armé a los chiquillos, y
para la venida de los Reyes, que representamos en el salón con desusada
solemnidad, sin que faltaran camellos corpóreos, negros _de carne_, y
la estrella refulgente. ¡Y tú en Vitoria, detenido por la enfermedad
del eximio capellán! Gracias sean dadas a Dios por la mejoría de tu
amigo. Solo falta que decrete pronto el restablecimiento y os traiga a
los dos para acá.
Ya sé que presenciaste en Miranda un suceso histórico. Fea y
horripilante página te tocó, joven ilustre. Pero así se aprende. En
mi campaña del Maestrazgo hube de familiarizarme de tal modo con
los fusilamientos y el continuo sacrificio de seres humanos, que
ya ni un ligero temblor me producían espectáculos tan terribles.
¡Bonita Historia de España están escribiendo unos y otros, mi querido
Fernando! En parangón con esos trágicos anales, debemos presentar
nosotros los del género festivo, de que te mandé algunos capítulos
matritenses, que guardarás como oro en paño. La Providencia se encarga
de encariñarme con esta para mí fácil tarea, proporcionándome activos
corresponsales, que me envían, sin yo pedirlos, preciosos datos. Dime
tú: ¿tienes noticia de la toma de Morella por los carlistas? ¿Sabes
cómo fue? ¿A que no? Pues yo he recibido hoy mismo carta de un amigo
que dejé por allá, Nicasio Pulpis, el cual, como autor principalísimo
en aquel lance, me lo describe puntualmente. Antes de referírtelo,
déjame filosofar un poco, déjame que sea también algo profeta, que
el profetizar es propio de ancianos alumbrados por la experiencia.
Pues digo que ahora, con la posesión de aquella plaza en el riñón del
Maestrazgo, centro de una imponente masa de baluartes construidos
por la naturaleza, Cabrera, cuyo militar instinto y ciega bravura
conozco _de visu_, será dueño de toda la región española que derrama
sus aguas en el Mediterráneo. Pronto le verás dominando la plaza de
Castellón. Ambas riberas del Ebro, desde Caspe a los Alfaques, serán
suyas, y, por fin, Valencia prolífica, con sus codiciados frutos y
sus lindas muchachas, caerá en la garra del fiero _leopardo_. Este se
ha de crecer, no solo por la importancia colosal de las posiciones
que posee, sino porque su ejército y territorio se mantienen libres
de la discordia y corrupción que reinan en el Norte. Lo que creó
Zumalacárregui en Navarra y Guipúzcoa se desmorona por la imbecilidad
del partido eclesiástico; en cambio, lo creado por Cabrera en oriente
adquiere cada día más vigor, porque allí no hay partidos, allí no hay
más que la voluntad férrea de un gran soldado. El dualismo destruye
la facción en el Norte; la unidad la fortifica en el este. Verás muy
pronto a Cabrera emancipándose de la autoridad de su menguado rey y
combatiendo por un absolutismo acéfalo, que llamaremos protectorado,
dictadura. He aquí, Fernandito, que lo que no han podido las realezas
con el apoyo clerical y las defecciones del ejército, lo puede un
pelanduscas con algunos puñados de barro popular. Apunta todo esto
que te digo, para que si cierro el ojo antes de lo que deseo, veas
confirmada en los hechos la profecía del humorístico don Beltrán.
Cuando la realeza falla, cuando la milicia es impotente, inepto el
cleriguicio, incapaz la aristocracia, veamos, hombre, veamos si aparece
algo grande y fuerte en medio del surco abierto en la tierra, allí por
donde anda la reja del arado. ¿En dónde crees tú que está la energía?
¿En los señoritos, en la nube de palaciegos y empleados, en los de
pluma en la oreja, en los de espada al cinto, en los asentistas y
contratantes, en los que comen de fonda, en los que andan muy huecos
porque han bebido algunas gotas de lo que llaman el _espíritu del
siglo_? No sabes contestarme. Miras en derredor tuyo, y no ves la
energía. Yo tampoco la veo; pero sé donde está y me lo callo, porque no
crean que chocheo, que desvarío. Y como te veo arrugar el ceño, corto
aquí mi vena profética y te contaré cómo ganaron los carlistas la plaza
de Morella, y el ingente castillo enclavado en risco inexpugnable.
Pues salió de la plaza un aprovechado artillero cristino, más traidor
que Judas, y propuso a Cabrera construir una escalerita, cuyas medidas
bien tomadas dio, con la cual podían subir al castillo veinte hombres,
favorecidos de la oscura y tempestuosa noche. Ello fue un asalto
de teatro; vieras allí trepar a los baluartes, franqueando ásperas
rocas talladas a pico, a la vil comparsa con el traidor a la cabeza.
Sorprenden al centinela y le dejan seco. Apodéranse del depósito de
granadas de mano, y la emprenden contra la guarnición, que acude a una
defensa tardía. El gobernador trata de forzar la puerta del castillo,
ya en poder del audaz asaltante, y resbala y cae, y se disloca ambos
tobillos. La guarnición desmaya, recoge del suelo a su jefe, y adiós
Morella. Se largan de la plaza, viendo la imposibilidad de defenderla,
una vez perdida la cúspide del fortísimo mogote, que es como un gigante
con cabeza de hierro, manos de fuego y patas de granito.
¿Qué te parece de este hecho de armas? Dirás que es vulgar, villano.
No, hijo: es la guerra elemental y primitiva. Ahí tienes cómo sin
paralelas, ni planos, ni artillería, ni minas, ni nada de ciencia
militar, se toma una formidable plaza. ¿Pero qué digo? Fundamento de la
militar ciencia es la astucia. Añádele el arrojo, y tienes el perfecto
soldado. Ahora irán los sabios a recobrar a Morella, y verás lo que
sacan... Te lo repito, sé dónde está la energía; pero me lo callo.
Quiero llevarme a la tumba ese supremo conocimiento.
Y hablemos de otra cosa, ea. Al pobre don José M. de Navarridas le
tenemos loco, de la grande perplejidad en que le ha puesto _doña
Urraca_, pintándote como un monstruo de vilipendio. ¡Horror de los
horrores! ¡Vaya, que tú monstruo! Y yo, ¿qué seré...? Lo menos
el Anticristo. Nuestra generala Pilar, que ya se dispone a venir
a regocijarnos con su presencia divina, nos manda suspender las
hostilidades, y a mí me recomienda la prudencia, pues opina, con muy
buen juicio, que si tomo partido por vosotros con demasiado coraje, el
furor de la _hidra de Cintruénigo_ puede precipitar las cosas de un
modo desfavorable para ti. No hay duda que el benditísimo Navarridas,
a quien tiene trincado por los cabezones la implacable Tirgo, negaría
el consentimiento si fuésemos tan simples que pidiéramos a deshora la
mano de la niña. No haremos tal. Nos consta que las últimas embestidas
para que apechugue con Rodriguito han sido tan infructuosas como las de
marras. Se mantiene en sus trece, ¡vaya una hembra!, guardando en su
alma, con piadoso recogimiento, la devoción del monstruo.
Adiós, hijo mío. Recibe los dulces afectos de esta familia y la
bendición de tu anciano amigo y maestro — _Don Beltrán._
X
Del mismo al mismo.
_Lanestosa, febrero._
_Chiquío_: Allá te va más historia, y de la palpitante, de la que
duele. Henos aquí refugiados en la villa de Lanestosa, donde hemos
tenido que replegarnos todos con la familia menuda, batería de cocina
y regular impedimenta de provisiones, huyendo del dios Marte, que se
metió inopinadamente en nuestro valle de Mena, mandando primero por
delante gavillas de facciosos, trayéndonos después dos divisiones
del ejército del Norte, que iban al socorro de Valmaseda. Tan feo
mohín vimos en la cara y entrecejo del citado dios de la guerra,
que acordamos retirarnos por el foro, trasladándonos a la casa de
Juan Antonio en Lanestosa, donde hemos esperado el resultado de
los brillantes hechos de armas que han despejado aquel territorio,
arrancando a Valmaseda _de las garras del retroceso_ (así dice el
alcalde de esta villa, el cual goza de merecida fama por la finura de
su estilo).
A la salida de Villarcayo me encontré a Baldomero, con quien charlé
como una media hora, de la cual consagramos algunos minutos a tu
persona, pues él me preguntó por ti, y yo le informé de tu feliz
situación presente, agregando los vituperios que me parecieron del
caso. También vi al general Fermín Iriarte, a Latre y a Castañeda.
Conociendo mi repugnancia de referir hechos militares, que comúnmente
son cortados por un patrón casi invariable, no me exigirás puntual
noticia de los achuchones que en aquellos riscos y barranqueras se
dieron unos y otros. Ello es que el caudillo faccioso Cástor Andéchaga
recibió un tremendo palizón, y que serán inscritos en el libro de la
historia los nombres de Viérgol, Orrantia y Gordejuela, donde corrieron
torrentes de sangre, según dicen, que yo no lo he visto. Uno y otro
día, desde el 29 de enero, escaramuzas y combates se sucedían, llevando
la mejor parte los de acá. Pero tanta y tanta fuerza acumularon esos
indinos en los montes circundantes de Valmaseda, que el de Luchana tuvo
que echar el resto, embistiendo con el brío que suele gastar, y al fin
las _huestes del progreso_ (sigue hablando mi alcalde) forzaron el paso
de Orrantia, con lo que quedó sellada la victoria, y el _servilismo_
en desordenada fuga. Veremos lo que duran estas ventajas, pues según
observo, en la presente guerra no hay más que un tejer y destejer
continuo, y un tomar y dejar territorios. Cruel sangría derrama la
vida de la patria en el suelo de esta, y si no se la cierra pronto,
las venas no contendrán más que miseria y podredumbre. Ya me parece
un bromazo demasiado cruel la contienda entre el _don Isidro_ y la
_angélica_, y hay que pedir a Dios y al rey de Francia otros cien mil
tataranietos de san Luis, o de san Felipe, que vengan a poner orden y
concierto en esta casa de orates, donde no hay ningún loquero que sepa
su obligación.
En fin, hijo mío, que tú has de ver muchas cosas que ojalá no
sean tan tristes como las presentes. Aunque todo ha terminado, y
Valmaseda y su comarca son de Isabel, y ningún riesgo correríamos
en Villarcayo, seguiremos disfrutando del buen tiempo y del sosiego
de este lindo valle, y aquí estaremos hasta que recale tu madre en
Medina, acontecimiento dichoso que nos anuncia para el próximo marzo.
Valvanera y Juan Antonio te escribirán. Hoy me toca a mí, con el
auxilio de Nicolasa (pues la condenada vista se me ha resentido de la
jarana de estos días), ponerte al corriente de nuestra fuga, sin que
grandes ni chicos hayan sufrido la menor alteración en su salud. Ni
una tos infantil hemos oído en el tiempo que aquí llevamos, y fuera
de la ansiedad por lo que pudiera ocurrir en la casa de Mena, todo
ha sido bienandanzas. Que te veamos pronto, niño, y que tu capellán
se recobre, y que tu mamá nos visite, y que nos reunamos todos para
general satisfacción, presididos por la venerable persona del viejo —
_Urdaneta._