Del mismo a la misma.
_Vitoria, diciembre._
Madre amadísima: Doy y usted me da los parabienes por la mejoría de
nuestro capellán, ya bien manifiesta, y la informo de la segunda
aparición del tal Pertusa, en el cual veo ya claramente un pájaro muy
sutil. Añado que es agradable, de rostro moreno, con vivísimos ojos
de ratón, sonrisa de pícaro redomado, mediano de cuerpo, de palabra
fácil y graciosa. Un detallito para concluir de pintarle: estudió para
cura, hasta recibir las primeras órdenes. Dejando la Iglesia por las
armas, recibió en las filas de los urbanos primero, en las de Cabrera
después, la última mano de la educación social con borla de doctor en
toda humana picardía. En filas le dieron el mote de _El Epístola_, que
ostenta como recuerdo glorioso de sus campañas.
Voy a mi asunto. En la de hoy interesante visita (transposición
tenemos), empezó por suplicarme el suministro de cuatro onzas para
proseguir su viaje, de que han de resultar notorios beneficios a la
_Causa pacífica_, y antes de saber mi conformidad con este audaz
expolio, me doró la píldora, notificándome que en Vitoria se hallaba
la cuadrilla de _Uva_, en la cual hay personas que podrán darme
informes preciosos de lo que más vivamente me interesa. ¿He dicho
algo a usted de la cuadrilla de _Uva_? Creo que sí. En efecto, la
banda de cantineras ha entrado en Vitoria con la división de Buerens.
Y puedo decirlo por propio conocimiento, pues cuando escribo esta ya
estoy de vuelta de la posada de San Blas, donde, guiado por el amigo
Pertusa, he podido ponerme al habla con los apreciables vagabundos que
surten de aguardiente a nuestros soldados. El primero que me saltó a
la vista, por conocerle de antiguo, fue _Churi_, el endiablado sordo,
que se manifestó descontento de verme, y no empleaba, como otras
veces, el lenguaje de sus garatusas expresivas. Su estado de ropa
y carnes es lastimoso. Me causó mucha pena; díjele como pude que a
Bilbao volviese con su familia, y el señor _Uva_, un sujeto que afecta
gravedad impropia de su condición y oficio, respondiome por él que eso
mismo le recomendaba la cuadrilla toda, sin conseguir quitársele de
encima. Una mujer a quien llaman _Seda_, huesuda, larguirucha y muy
charlatana, pegó la hebra; y como notase en mí no poco agrado de oírla,
me llevó aparte, y entre sacos de paja y dornajos, me largó esta página
biográfica, que extracto para no cansar a usted.
El tal _Churi_, que padece la enfermedad o monomanía del amor, con
la contrariedad de que su sordera le imposibilita para satisfacer su
espiritual anhelo, se prendó locamente de una hermosa mujer llamada
_Saloma la navarra_; rechazado por esta, y brutalmente apaleado por
un tal Galán, al parecer marido, recayó el infeliz en su dolencia,
eligiendo para dama de sus pensamientos a otra graciosa mujer, también
llamada Saloma, con el aditamento diferencial de _la baturra_, y tanto
la persiguió el pobre bilbaíno con sus galantes obsequios, tales
muestras le dio de la fineza de su inclinación, que hubo la moza de
sentir, si no amor, compasión, accediendo a concederle su cariño.
Si este satisfizo en los primeros días al desgraciado joven, pronto
hubo de encontrar que el forzado afecto de _la baturra_ no colmaba
la ilusión de su alma enamorada, ávida de inefables consuelos. Se
advierte que las aspiraciones amorosas de _Churi_ son elevadísimas, no
contentándose con la fácil conquista de la mujer, sino pretendiendo la
suprema comunión, el himeneo ideal...
Ya comprenderá usted, querida madre, que con los datos que me da
la señora _Seda_, en su rudo y deslavazado estilo, compongo yo mi
historia, procurando la mayor fidelidad en lo sustancial. Sigo, con
el recelo de que usted verá en lo que escribo antes la novela que la
historia. Lo mismo da: adelante... Pues a las dos semanas, Saloma no
podía resistir ni la persona ni las extremadas demostraciones patéticas
del pobre _Churi_. No pocos anduvieron en compañía de dos individuos
de la cuadrilla de _Galvana_, trayendo y llevando recados a una señora
que se apareció medio loca en Orduña, y anduvo desatinada por los
caminos, hasta que su familia la recogió en Salinas de Oñoro. Con los
enredos que de dicha señora se traían, fueron Saloma, _Churi_ y sus
dos compañeros a Laguardia; siguieron hacia Labastida, y como _la
baturra_ no se recatase en manifestar su preferencia por uno de los de
_Galvana_, guapo mozo, cabal en todos sus sentidos, trabáronse el tal y
_Churi_ en grande pelea, primero a puño limpio, luego con navajas, de
la cual porfía resultó la dama más estropeada que los galanes; volvió
el sordo lleno de achuchones y puntazos al corral pacífico de _Uva_,
y de Saloma no se supo más sino que en Miranda terminó su turbada
existencia, recibiendo cristiana sepultura en el camposanto de aquella
villa.
Madre mía, oigo a usted exclamar: «Novela, novela», y yo digo:
«Historia, historia». Pulimentando la forma del texto, por el maldito
vicio de corrección a que nos induce la llamada cultura, sé que echo
a perder el pintoresco relato de la señora _Seda_. Pero ya no tiene
remedio. ¿Cuándo inventarán un daguerrotipo de los sonidos que nos
permita sorprender la palabra humana en toda su espontánea belleza...?
Pues sigo...
No, no sigo, que estoy cansado. Hasta mañana.
_Viernes._ — ¿Se fijó usted en la muerte de _la baturra_? He aquí
un enigma descifrado. Yo mismo empiezo a dudar, y digo con usted:
«¿Novela...?». Adelante. Agregado _Churi_ otra vez a esta cuadrilla, no
pasó mucho tiempo sin que aparecieran nuevas erupciones del volcán de
su pecho. No habiendo por allí hembras del buen ver de las dos Salomas,
_navarra_ y _baturra_, ofreció su alma a una viuda que vendía tabaco,
la cual le doblaba la edad, conservando restos apenas perceptibles
de una destruida hermosura, contemporánea de Talavera y Arapiles.
Díjome _Seda_ con discreción que si no había logrado el sordo poner
digno remate a su conquista, no debía de andar muy lejos de ello,
a juzgar por ciertas blanduras que notaba en el arisco carácter de
la _Pringosa_, que así llamaban al nuevo ídolo. Lleváronme a verles
en un corral donde el galán y la dama, con otros de la partida, se
ocupaban en los poéticos menesteres de limpiar él los borricos, y ella
de remendar los aparejos. Hallé en la dama notoria semejanza con una
característica que hemos visto en Madrid mil veces haciendo papeles
de patrona o de Celestina en piececillas y sainetes; pero no puedo
recordar cómo se llama. Traté de interrogar a _Churi_ para que me
aclarase el punto (convengamos en que la verdad se tuerce y descompone
en mis pobres manos, convirtiéndose en novela), el punto oscuro, digo,
de la señora trastornada, de la señora que vagaba por la Peña de
Orduña, de la señora... en suma, de la que habría tenido un dramático
fin, si no la recogiera su familia en Salinas de Oñoro; mas nada pude
obtener del desgraciado mozo, que parece ya tan corto de inteligencia
como de oído, y es un arca cerrada con las llaves de la imbecilidad.
Sus ojos, antes tan vivaces, ya se cuajan atónitos y mortecinos; su
boca ha perdido los mohínes que sustituían la palabra; su cuerpo
languidece. No hay manera de entenderse con él ni de que pronuncie dos
conceptos acordes. Parece que solo le entiende la _Pringosa_, y que
su alma, aislada de todo el universo, solo para ella tiene lenguaje y
expresión de alma humana. Dejele al fin, cansado de sacudir golpes en
aquella puerta para que se abriese. Está enmohecida, y las ideas que
guarda también son roña y podredumbre. ¡Infeliz _Churi_!
Antes que se me olvide: el gran presbítero entra en convalecencia
franca. Come y bebe con mediano apetito. Le permito el uso de lápiz y
papel para que satisfaga el deseo de escribir a usted participándole su
resurrección. Pues sigo: me ha parecido que el servicio del _Epístola_,
dándome a conocer la sociedad de los aguardenteros, a quienes debo tan
útiles informes, bien merece una recompensa. He puesto en su mano tres
onzas, asegurándole que disfrutará de otras tres si cuando regrese de
Vizcaya, para donde parte sin dilación, me trae noticias auténticas de
todos los individuos de la familia de Arratia.
_Sábado._ — Me ha turbado toda la noche, quitándome el sueño,
el recelo de que usted no apruebe el encargo que di al condenado
_Epístola_. Lo primero que hoy hice, al levantarme, fue mandarle venir
a mi presencia para retirar mis órdenes y deseos de nuevas noticias.
Con otra pelucona completo lo que me pidió, y le advierto que no quiero
saber nada, que no se acuerde más del santo de mi nombre. Pero mientras
corto comunicación con un pasado triste, veo que se adhiere más y más a
mi espíritu la idea que ya manifesté. Quiero libertar a Zoilo Arratia,
quiero emplear en aquel desgraciado enemigo mío los sentimientos de
justicia que llenan mi corazón. Nada haré sin el consentimiento de
usted. ¿Cree que me conviene guardar para otra ocasión mi sed de
justicia, y que mi cristiana idea no debe tener aplicación por ahora?
Dígamelo: que no hay para mí mayor gozo que someter mi criterio al de
mi buena madre, y expresar con mi subordinación mi grande amor. ¡Oh,
que no fuera mañana mismo el venturoso suceso que usted me anuncia,
reunirnos en una casa que comprará en Burgos, Briviesca, o Medina de
Pomar! ¿Dónde? Si usted no me lo dice, me encariñaré con el sitio antes
de conocerlo. Puesto que usted aguarda solo a que calmen los fríos
para venir cerca de mí, a mi lado quizás, yo al lado suyo, contaré
los días que restan de diciembre, los del próximo enero, calculando
que al término de ellos comenzará la mayor dicha de mi vida. Y cierro
esta: ya es bastante. El tiempo mejora; la nieve se derrite; el frío
es tolerable. Que pase, que pase pronto. Días asoleados y placenteros,
venid, venid. Abrazos mil de su amante hijo — _Fernando._