Tarde acordaste!!!...
_Rom. del conde Claros_
Algunos años habían pasado ya desde los sucesos que dejamos referidos.
Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo del muy ínclito
y poderoso rey don Enrique el Doliente, y ocupábale en su menor edad,
regido y dominado por unos y otros bandos y parcialidades.
Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una tarde por
la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del más lujosamente
vestido la satisfacción que da el poder y la riqueza: distinguíase en
el ceño y en la oscura frente del otro la huella de antiguos pesares.
--Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, vería de
buena gana qué turba es aquella que se agita en el extremo de la plaza.
¿Llegamos?
--Como gustéis, señor don Luis de Guzmán, repuso secamente su
compañero; si bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito sin
agravarse mis males.
Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos le
formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una mujer
en medio parecía querer huir de la importuna concurrencia. Sus
vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su
pelo suelto y descuidado parecía haber sido hermoso; sus facciones
flacas y descompuestas debían haber tenido en su juventud proporciones
agradables. Esto era todo lo más que se podía decir. Sus ojos, hundidos
en el cráneo, brillaban con un fuego extraordinario, y parecían querer
devorar al que la miraba; sus ojeras negras, sus mejillas descarnadas,
su frente surcada de arrugas, y sus manos de esqueleto, manifestaban
que alguna enfermedad crónica y terrible consumía su existencia.
Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrían tras ella.--¡La
loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es?
¡La loca! ¡la loca!
Á toda esta algazara respondía la desdichada con una feroz y extraviada
sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando una estúpida y
horrible carcajada,--¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es tarde!
Despedazábase al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el pecho.
--¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.
--¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecía conocer al
caballero, ¡es la loca!
--¿Y quién es la loca?
--Aquí, repuso el muchacho, sólo por ese nombre la conocemos; de
temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive
por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los días
enteros mirando á los barrancos. No habla más que dos palabras. No
llora nunca: ¿ois esa carcajada? Eso es lo que hace; aquí siempre
estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una diversión.
--¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no queréis verla, señor Hernán Pérez?
--No: esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso
alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aquí, señor don Luis.
--Ó alguna amante desdichada, señor Hernán Pérez, dijo riéndose con
indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De allí á poco
ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que seguía
hostigando á la demente, la cual sólo respondía de cuando en cuando con
su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es tarde! ¡es
tarde!
Pocos años después entró una madrugada el sacristán de la parroquia de
santa Catalina de Arjonilla en la iglesia, y parecióle ver un bulto
extraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la loca.
--Loca, le dijo dándole con el pie. ¡Pues está bueno! Ésta se quedaría
aquí ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena mujer. ¡Estará
borracha!
Dábale con el pie, pero el bulto no se movía. Acercóse el sacristán,
y vió que la loca tenía un hierro en la mano, con el cual había medio
escrito sobre la piedra: _¡es tarde! ¡es tarde!_ Pero ella estaba
muerta. Sus labios fríos oprimían la fría piedra del sepulcro. Un
epitafio decía en letras gordas sobre la losa: