CAPÍTULO XXXVI

Ya la gran noche pasaba

É la luna sextendía;

La clara lumbre del día

Radiante se mostraba;

Al tiempo que reposaba

De mis trabajos é pena

Oí triste cantinela

Que tal canción pronunciaba.

_D. Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._

No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida,

echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar

con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido

comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos

escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió

reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como á diez

varas del pie de la muralla interior.

Fatigados de la faena que la ignorancia de llaves les acarreaba, y aún

más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder,

tomaron allí algún descanso. La cautiva, que acababa de experimentar

una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba

abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de

mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía, no

pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un

momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la

pieza en que á la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la

esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales sin embargo

su compañera que en la noche anterior y á deshoras había creído oir

un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde

su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión

de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de

la torre. Esta advertencia sólo podía animar á los generosos amigos

del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de

examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la

angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un

viento fuerte de norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes

dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la

luna en su ocaso advirtió á Hernando, así como la posición de algunas

estrellas que acertó á ver, que podría faltar una hora todo lo más para

el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observación nada favorable,

el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar

que debajo de ellos debía haber al pie de la muralla un soldado de

facción. Esta precaución le confirmó en la idea de que debía caer hacia

aquella parte del castillo la buscada prisión. Resolviéronse, pues,

á probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios, á quien

fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Virgen de la

Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva

prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de

tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta

que debía conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la

muralla, cuando el rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa

y Hernando, los dejaron suspensos.

--¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la

blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.

Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspensión, y de allí

á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido

acento una cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos

siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la

interrumpían, y del monótono rumor del torrente, que á los pies de la

torre por la honda zanja se desprendía.

¿Será que en mi muerte te goces impía,

Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata?

¿Así al tierno amante, más fino, se trata?

¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?

¡Llorad! ¡ay!, mis ojos, llorad noche y día,

Mis tristes gemidos levántense al cielo,

Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo,

Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.

........................................

La copa alevosa, que amor nos colmó

También heces cría, señora, en mi daño.

Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.

La copa y las heces mi labio apuró.

¡Ay triste el que al mundo sensible nació!

¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!

¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata!

¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!

¿Por qué, justos cielos, en pecho amador

Tiranos me disteis una alma de fuego?

¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,

Bebido, en el pecho, se torna el licor?

Contempla, señora, mi acerbo dolor.

¡Ay!, torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;

Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,

La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.

No más á mis ruegos te muestres impía,

Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata.

No así al tierno amante, más fino, se trata.

No quepa en tu pecho tan grande falsía.

Dolor no se vuelva lo que era alegría.

Mas ¡ay!, si en mi pena no alcanzo consuelo,

Si en vano mis quejas se elevan al cielo,

¡Llorad! ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!

Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había

arrancado lágrimas de los ojos de aquéllos que silenciosamente la

habían oído.

Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse

prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos

se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fué el terrible

alano, el cual no bien se halló al aire libre cuando comenzó á ladrar

dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.

--¡Brabonel!, dijo Hernando. ¡Brabonel!, vamos, silencio.

--¿Quién va?, preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su

ballesta contra el montero, que salió primero á contener á su perro.

No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.

--¡Ése es quien va!, respondió Hernando lanzando su venablo, el

cual fué recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del

faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.

--¡Ay!, gritó la compañera de nuestros aventureros apartando

rápidamente los ojos del que acababa de caer.

--Silencio, señora, silencio, dijo Peransúrez: dejad la piedad para

después. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya alguno otro

centinela con este intempestivo ruido.

--Venga en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz éxito

de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caído,

púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo ensangrentado con la

diestra mano. El venablo al salir del cuerpo dejó libre el paso á un

surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y á poco el infeliz había ya

espirado.

Vencida esta primera dificultad, examinaron la posición, y no les

quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servía de puerta

á la prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el

rastrillo? Perplejo, Hernando miraba á una parte y otra, mordíase los

dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar

el opuesto lado del castillo, volviendo por donde había venido para

probar la entrada que debería tener forzosamente la prisión, era caso

imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.

--¡Voto va!, dijo por fin Hernando. Denme á mí la fiera en el campo;

pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aquí, para

ser presa de esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto

amanezca?

Su posición tenía más dificultades de las que á primera vista habían

creído encontrar. Sin embargo, fué preciso deliberar; y por último,

Hernando decidió que lo más acertado sería probar á salir Peransúrez

y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella

posición. Oponíanse los otros á esta generosa determinación; pero

Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no había logrado

ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, ó saltaría la muralla

y pasaría el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al salón de

la torre se haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que

probablemente debería permanecer en el mismo estado, pues no se había

dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron tales, por

último, sus ruegos y sus amenazas, que fué preciso ceder á ellas.

Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; fuera

ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro; y la presencia

sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debía hacer variar

completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que

quedase preso. Éste, en fin, se aferró en decir que él no saldría del

castillo sino muerto ó con su amo; lo más que pudo conseguir de él

Peransúrez fué que quitándose su traje de montero vistiese la ropa del

muerto centinela, y quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del

alba, como era de pensar, acaso no sería reconocido, y entre tanto

tenía aquella probabilidad más de salvación. Hízolo así Hernando, y

arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie,

dió algunas instrucciones á Peransúrez acerca de lo que debería hacer

en saliendo del castillo y en llegando á la corte.

Despidiéronse en seguida, como aquéllos que acaso no habían de volver á

verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha,

siguieron la senda que debía conducirlos forzosamente á lo largo de la

muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más

que probable que no hallasen obstáculos á su salida, siendo como era ya

la hora á que había dejado advertido Ferrus la noche anterior que se

abriese á los padres descaminados; y donde los dejaremos para acudir

adonde nos llaman otros personajes, no menos interesantes, de nuestra

historia.

Sólo podemos añadir, para sacar algún tanto á nuestros lectores de

la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que hacia

aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes ó

después, el jefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del

castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total

durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón que se

habían reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano llamó repetidas veces.

Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres,

los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura, y les

dieron entrada en el salón. Allí fueron encontrados amordazados, en

la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose

todavía, y sin dar otra respuesta á las preguntas del jefe que un

sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que

produce un sordo-mudo para mover la pública conmiseración. Desatóse

á los alcaides, dióse la alarma, y en pocos minutos era el castillo

todo un teatro de actividad difícil de pintar: corrían unos sin saber

adónde, ni de qué enemigos se habían de guardar; tocaban algunos

bocinas en son de guerra; preparaban otros sus armas; recorríanse las

escaleras y galerías; oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos

de venganza. Abríanse unas puertas, derribábanse aquéllas cuyas llaves

habían echado por dentro nuestros atrevidos paladines... en una

palabra, era el castillo todo desorden y confusión. Nuestras leyendas,

empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus

relatos, parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasión; pues

ni una sola palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar ó

barruntar siquiera si cuando se dió esta alarma en el castillo habían

salido ya al campo los fugitivos, ó si fué ocasión de que su intento

se malograse. Lo cual prueba, además de otras muchas cosas que no son

de este lugar, que no es tan fácil el oficio de historiador y cronista

como generalmente se cree, sobre todo si no ha de dejarse olvidada

ninguna de las circunstancias que puede anhelar saber el impaciente

lector.

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 114 / 121 题