Ya la gran noche pasaba
É la luna sextendía;
La clara lumbre del día
Radiante se mostraba;
Al tiempo que reposaba
De mis trabajos é pena
Oí triste cantinela
Que tal canción pronunciaba.
_D. Enr. de Vill. Querella de amor de Mac._
No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida,
echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar
con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido
comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos
escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió
reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como á diez
varas del pie de la muralla interior.
Fatigados de la faena que la ignorancia de llaves les acarreaba, y aún
más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder,
tomaron allí algún descanso. La cautiva, que acababa de experimentar
una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba
abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de
mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía, no
pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un
momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la
pieza en que á la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la
esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales sin embargo
su compañera que en la noche anterior y á deshoras había creído oir
un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde
su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión
de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de
la torre. Esta advertencia sólo podía animar á los generosos amigos
del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de
examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la
angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un
viento fuerte de norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes
dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la
luna en su ocaso advirtió á Hernando, así como la posición de algunas
estrellas que acertó á ver, que podría faltar una hora todo lo más para
el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observación nada favorable,
el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar
que debajo de ellos debía haber al pie de la muralla un soldado de
facción. Esta precaución le confirmó en la idea de que debía caer hacia
aquella parte del castillo la buscada prisión. Resolviéronse, pues,
á probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios, á quien
fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Virgen de la
Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva
prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de
tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta
que debía conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la
muralla, cuando el rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa
y Hernando, los dejaron suspensos.
--¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la
blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.
Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspensión, y de allí
á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido
acento una cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos
siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la
interrumpían, y del monótono rumor del torrente, que á los pies de la
torre por la honda zanja se desprendía.
¿Será que en mi muerte te goces impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata?
¿Así al tierno amante, más fino, se trata?
¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?
¡Llorad! ¡ay!, mis ojos, llorad noche y día,
Mis tristes gemidos levántense al cielo,
Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo,
Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.
........................................
La copa alevosa, que amor nos colmó
También heces cría, señora, en mi daño.
Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.
La copa y las heces mi labio apuró.
¡Ay triste el que al mundo sensible nació!
¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!
¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata!
¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!
¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
Tiranos me disteis una alma de fuego?
¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
Bebido, en el pecho, se torna el licor?
Contempla, señora, mi acerbo dolor.
¡Ay!, torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;
Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,
La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.
No más á mis ruegos te muestres impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata.
No así al tierno amante, más fino, se trata.
No quepa en tu pecho tan grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era alegría.
Mas ¡ay!, si en mi pena no alcanzo consuelo,
Si en vano mis quejas se elevan al cielo,
¡Llorad! ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!
Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había
arrancado lágrimas de los ojos de aquéllos que silenciosamente la
habían oído.
Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse
prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos
se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fué el terrible
alano, el cual no bien se halló al aire libre cuando comenzó á ladrar
dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.
--¡Brabonel!, dijo Hernando. ¡Brabonel!, vamos, silencio.
--¿Quién va?, preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su
ballesta contra el montero, que salió primero á contener á su perro.
No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
--¡Ése es quien va!, respondió Hernando lanzando su venablo, el
cual fué recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del
faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
--¡Ay!, gritó la compañera de nuestros aventureros apartando
rápidamente los ojos del que acababa de caer.
--Silencio, señora, silencio, dijo Peransúrez: dejad la piedad para
después. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya alguno otro
centinela con este intempestivo ruido.
--Venga en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz éxito
de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caído,
púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo ensangrentado con la
diestra mano. El venablo al salir del cuerpo dejó libre el paso á un
surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y á poco el infeliz había ya
espirado.
Vencida esta primera dificultad, examinaron la posición, y no les
quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servía de puerta
á la prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el
rastrillo? Perplejo, Hernando miraba á una parte y otra, mordíase los
dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar
el opuesto lado del castillo, volviendo por donde había venido para
probar la entrada que debería tener forzosamente la prisión, era caso
imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
--¡Voto va!, dijo por fin Hernando. Denme á mí la fiera en el campo;
pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aquí, para
ser presa de esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto
amanezca?
Su posición tenía más dificultades de las que á primera vista habían
creído encontrar. Sin embargo, fué preciso deliberar; y por último,
Hernando decidió que lo más acertado sería probar á salir Peransúrez
y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella
posición. Oponíanse los otros á esta generosa determinación; pero
Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no había logrado
ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, ó saltaría la muralla
y pasaría el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al salón de
la torre se haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que
probablemente debería permanecer en el mismo estado, pues no se había
dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron tales, por
último, sus ruegos y sus amenazas, que fué preciso ceder á ellas.
Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; fuera
ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro; y la presencia
sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debía hacer variar
completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que
quedase preso. Éste, en fin, se aferró en decir que él no saldría del
castillo sino muerto ó con su amo; lo más que pudo conseguir de él
Peransúrez fué que quitándose su traje de montero vistiese la ropa del
muerto centinela, y quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del
alba, como era de pensar, acaso no sería reconocido, y entre tanto
tenía aquella probabilidad más de salvación. Hízolo así Hernando, y
arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie,
dió algunas instrucciones á Peransúrez acerca de lo que debería hacer
en saliendo del castillo y en llegando á la corte.
Despidiéronse en seguida, como aquéllos que acaso no habían de volver á
verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha,
siguieron la senda que debía conducirlos forzosamente á lo largo de la
muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más
que probable que no hallasen obstáculos á su salida, siendo como era ya
la hora á que había dejado advertido Ferrus la noche anterior que se
abriese á los padres descaminados; y donde los dejaremos para acudir
adonde nos llaman otros personajes, no menos interesantes, de nuestra
historia.
Sólo podemos añadir, para sacar algún tanto á nuestros lectores de
la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que hacia
aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes ó
después, el jefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del
castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total
durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón que se
habían reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano llamó repetidas veces.
Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres,
los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura, y les
dieron entrada en el salón. Allí fueron encontrados amordazados, en
la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose
todavía, y sin dar otra respuesta á las preguntas del jefe que un
sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que
produce un sordo-mudo para mover la pública conmiseración. Desatóse
á los alcaides, dióse la alarma, y en pocos minutos era el castillo
todo un teatro de actividad difícil de pintar: corrían unos sin saber
adónde, ni de qué enemigos se habían de guardar; tocaban algunos
bocinas en son de guerra; preparaban otros sus armas; recorríanse las
escaleras y galerías; oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos
de venganza. Abríanse unas puertas, derribábanse aquéllas cuyas llaves
habían echado por dentro nuestros atrevidos paladines... en una
palabra, era el castillo todo desorden y confusión. Nuestras leyendas,
empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus
relatos, parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasión; pues
ni una sola palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar ó
barruntar siquiera si cuando se dió esta alarma en el castillo habían
salido ya al campo los fugitivos, ó si fué ocasión de que su intento
se malograse. Lo cual prueba, además de otras muchas cosas que no son
de este lugar, que no es tan fácil el oficio de historiador y cronista
como generalmente se cree, sobre todo si no ha de dejarse olvidada
ninguna de las circunstancias que puede anhelar saber el impaciente
lector.
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