Seis años fuí de él servida,
Sin de mí alcanzar nada.
Él ofendió á mi marido,
Y de ello yo fuí la causa;
Y con todo esto le quiero,
Y le tengo acá en el alma.
_Rom. de Cazul_
--¡Ah! Vadillo, exclamó Elvira creyendo haber oído algún rumor en el
gabinete, ¡cuán desdichada soy!
--¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernán Pérez. Diría que alguien
había hablado á nuestro lado.
--¿Á nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...
--Tiempo es el caballero,
Tiempo es de andar de aquí,
entró cantando á esta sazón con voz descomunal el atolondrado
pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular
que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien creía que
habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.
--Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía, dijo Elvira
aprovechando tan feliz coincidencia.
--¿Qué buscáis de nuevo aquí? preguntó Hernán Pérez con todo el mal
humor de aquel á quien interrumpen en una ocupación agradable para la
cual no ha menester testigos. No haría yo mal, ¡vive Dios! atolondrado,
en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que
hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.
--Perdonadle, gritó Elvira asustada.
--Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el
pajecillo prontamente: nadie entra en él jamás.
--Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernán
Pérez. ¡Ea! salid.
--De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer,
y que es tan torpe Álvar, el escudero que os habéis echado desde que
recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de
veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su
respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se
ve! quiérese escapar. Os digo que se escapará.
--¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, á vos os lo di: si él se escapa,
acordaros habéis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo
que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese
insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!
Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el paje,
vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los
hijares:
--Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí, señor, se
escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré
tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis,
prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el
hidalgo, y el pájaro no se escapará.
--¡Santo Dios! ¿Conque es falso ese recado que nos habéis traído,
Jaime? ¿Y no tembláis?...
--Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y más perderíais
vos si...
--¡Querido Jaime, querido Jaime! exclamó Elvira estrechando al paje
entre sus brazos.
--Luego, prima mía, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hacia la
parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en
seguida hacia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero!
¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por
enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! prosiguió todo asustado
viendo salir al doncel. Parecía éste efectivamente más bien un
espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su
semblante.--¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada
Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacáisme aquí á la
luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no
oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan
grande? ¡Le amáis, le amáis!
--¡Macías! basta; huid, huid, exclamó temblando de terror y echándose á
sus plantas la infeliz. No más tiempo, no más; que ha de volver.
--¡Vuelva! ¡vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.
--¡Vaya! señor, exclamó el paje, deje para otro día esa canción; mire
por Dios...
--¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.
--¿Qué os ha de aborrecer? repuso el paje.
--¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente...
Macías... partid.
--No, no partiré. ¡Á qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo
completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca sólo quien no debe gozar!
--¡Por Dios! ¡por mí, Macías!
--¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan,
dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fría de un hombre
desesperado.
--¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin
lo diga? Huid y lo diré.
--Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez?...
--No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? Á ti amo: sólo á ti...
--¿Á mí? ¡ah! ¿Á mí? ¡Sueño, deliro!
--¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de
mi boca: por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese
amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!
--¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad.
Huyo, sí, huyo. Díme, empero, que volveré.
--Volverás si huyes ahora, volverás.
--¡Á Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó
fuera del cuarto.
--¡Á Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas
casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas
manos su rostro descompuesto y avergonzado.
--Alzad, prima; no lloréis, dijo Jaime acercándose á la hermosa
desconsolada.
--¿No he de llorar? exclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas
partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué le
dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No,
jamás!
--Andad, añadió el paje: templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con
qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba
tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la
carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera
hacernos reir con fundado motivo?
--¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien!
yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor,
su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas
eran sus palabras para mí. ¡Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque
tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado crecer
en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él
es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He ahí el premio que doy á su
cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo; porque me ha confiado su
casa, porque me dió su corazón, porque quiso llamarme madre de sus
hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy
horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré á eterno
oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme
lo pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo
pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mío por ventura mi
corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile
que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro,
sí, le adoro. Díselo tú también: pero que huya. ¡Qué delirio el mío!
¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!
--Hermosa prima, Fernán Pérez vuelve. Serenaos.
--¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: ¡yo
su castigo merecí!
--¡Ah! no, no parto si lloráis así.
--Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos
Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al
paje; parte: que no te llegue á ver.
--¿Dónde está, gritó Hernán Pérez; dónde el insolente que osa jugar con
mi cólera y desafiarla?
--¡Á Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernán
Pérez... añadió arrojándose al paso de su esposo.
--¡Oh! decidme vos sino, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro
misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra
confusión?...
--Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra
cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad...
oíd...
--¡Elvira! ¡Elvira! exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que
comenzaba á sospechar vagamente.
--¡Perdón! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas
y sollozos: esposo mío, ¡perdón! Y cayó de rodillas abrazando los
pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro
de aquél, que cruzado de brazos delante de ella parecía en la mayor
inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna explicación de escena
tan extraordinaria.
* * * * *