CAPÍTULO XXIX

Seis años fuí de él servida,

Sin de mí alcanzar nada.

Él ofendió á mi marido,

Y de ello yo fuí la causa;

Y con todo esto le quiero,

Y le tengo acá en el alma.

_Rom. de Cazul_

--¡Ah! Vadillo, exclamó Elvira creyendo haber oído algún rumor en el

gabinete, ¡cuán desdichada soy!

--¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernán Pérez. Diría que alguien

había hablado á nuestro lado.

--¿Á nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...

--Tiempo es el caballero,

Tiempo es de andar de aquí,

entró cantando á esta sazón con voz descomunal el atolondrado

pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular

que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien creía que

habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.

--Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía, dijo Elvira

aprovechando tan feliz coincidencia.

--¿Qué buscáis de nuevo aquí? preguntó Hernán Pérez con todo el mal

humor de aquel á quien interrumpen en una ocupación agradable para la

cual no ha menester testigos. No haría yo mal, ¡vive Dios! atolondrado,

en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que

hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.

--Perdonadle, gritó Elvira asustada.

--Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el

pajecillo prontamente: nadie entra en él jamás.

--Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernán

Pérez. ¡Ea! salid.

--De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer,

y que es tan torpe Álvar, el escudero que os habéis echado desde que

recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de

veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su

respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se

ve! quiérese escapar. Os digo que se escapará.

--¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, á vos os lo di: si él se escapa,

acordaros habéis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo

que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese

insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!

Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el paje,

vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los

hijares:

--Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí, señor, se

escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré

tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis,

prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el

hidalgo, y el pájaro no se escapará.

--¡Santo Dios! ¿Conque es falso ese recado que nos habéis traído,

Jaime? ¿Y no tembláis?...

--Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y más perderíais

vos si...

--¡Querido Jaime, querido Jaime! exclamó Elvira estrechando al paje

entre sus brazos.

--Luego, prima mía, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hacia la

parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en

seguida hacia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero!

¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por

enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! prosiguió todo asustado

viendo salir al doncel. Parecía éste efectivamente más bien un

espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su

semblante.--¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada

Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacáisme aquí á la

luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no

oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan

grande? ¡Le amáis, le amáis!

--¡Macías! basta; huid, huid, exclamó temblando de terror y echándose á

sus plantas la infeliz. No más tiempo, no más; que ha de volver.

--¡Vuelva! ¡vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.

--¡Vaya! señor, exclamó el paje, deje para otro día esa canción; mire

por Dios...

--¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.

--¿Qué os ha de aborrecer? repuso el paje.

--¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente...

Macías... partid.

--No, no partiré. ¡Á qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo

completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca sólo quien no debe gozar!

--¡Por Dios! ¡por mí, Macías!

--¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan,

dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fría de un hombre

desesperado.

--¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin

lo diga? Huid y lo diré.

--Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez?...

--No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? Á ti amo: sólo á ti...

--¿Á mí? ¡ah! ¿Á mí? ¡Sueño, deliro!

--¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de

mi boca: por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese

amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!

--¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad.

Huyo, sí, huyo. Díme, empero, que volveré.

--Volverás si huyes ahora, volverás.

--¡Á Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó

fuera del cuarto.

--¡Á Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas

casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas

manos su rostro descompuesto y avergonzado.

--Alzad, prima; no lloréis, dijo Jaime acercándose á la hermosa

desconsolada.

--¿No he de llorar? exclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas

partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué le

dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No,

jamás!

--Andad, añadió el paje: templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con

qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba

tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la

carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera

hacernos reir con fundado motivo?

--¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien!

yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor,

su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas

eran sus palabras para mí. ¡Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque

tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado crecer

en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él

es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He ahí el premio que doy á su

cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo; porque me ha confiado su

casa, porque me dió su corazón, porque quiso llamarme madre de sus

hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy

horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré á eterno

oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme

lo pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo

pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mío por ventura mi

corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile

que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro,

sí, le adoro. Díselo tú también: pero que huya. ¡Qué delirio el mío!

¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!

--Hermosa prima, Fernán Pérez vuelve. Serenaos.

--¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: ¡yo

su castigo merecí!

--¡Ah! no, no parto si lloráis así.

--Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos

Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al

paje; parte: que no te llegue á ver.

--¿Dónde está, gritó Hernán Pérez; dónde el insolente que osa jugar con

mi cólera y desafiarla?

--¡Á Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernán

Pérez... añadió arrojándose al paso de su esposo.

--¡Oh! decidme vos sino, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro

misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra

confusión?...

--Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra

cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad...

oíd...

--¡Elvira! ¡Elvira! exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que

comenzaba á sospechar vagamente.

--¡Perdón! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas

y sollozos: esposo mío, ¡perdón! Y cayó de rodillas abrazando los

pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro

de aquél, que cruzado de brazos delante de ella parecía en la mayor

inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna explicación de escena

tan extraordinaria.

* * * * *

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 107 / 121 题