Eres mujer finalmente.
_Rom. de Zaide á Zaida_
Jaime, decía una mañana Elvira á su paje, que sentado á sus pies la
miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores: Jaime,
¿te habló hoy Fernán Pérez á ti?
--¿Á mí? prima mía, ya sabéis que no soy santo de su devoción; siempre
que me ve hablando con vos más de lo regular, hay motivo bastante ya
para que tenga mala cara un día entero. Sin embargo, nunca le hice mal
alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Conque si
no os ha hablado, lo que es á mí...
--¡Ah! tampoco; no sé qué secreta melancolía le devora desde la noche...
--Sí, aquella noche en que...
--No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que di... si
llegó á cerciorarse de que era yo...
--Pudiera ser, pero me parece que tiene alguna cosa más.
--¿Qué cosa?
--Yo he oído decir que los celosos hacen lo mismo que vuestro esposo.
--¡Jaime! ¿Será posible que Fernán Pérez abrigase la menor duda acerca
de la virtud de su consorte?...
--No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido
sorprender, hablándose solo, á sí mismo: acaso me tenga rencor por
eso... «Elvira me ama», decía antes de ayer cuando yo le encontré
distraído, «me ama tanto como yo á ella; es imposible: no era
culpable...».
--¿Eso decía?
--Eso le oí.
--¡Dios mío! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos celos que dices...
--Esos celos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...
--¿De alguno?
--Escuchad.
--Ayer en la corte miró á un caballero, que conocéis, de una manera...
¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago
hubiera sido reducido á cenizas el caballero.
--¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?
--Y como se dice que ya en una ocasión ha tenido algún lance con el
mismo caballero, y que sus heridas...
--Basta, Jaime, no despedaces mi corazón; tú que le conoces, tú que
sabes cuán inocente soy...
--¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me
habían de dar los celos! ¡cómo dormiría á pierna suelta! verdad, prima?
Un estremecimiento involuntario fué la única respuesta de Elvira y un
profundo silencio, indicio de la mayor distracción.
--¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inexperto niño, volviendo
á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello por otra parte, á
mí me da lástima.
--¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.
--Si vierais en qué estado está mi pobre amigo: el que me solía llamar
así...
--¿Qué amigo?
--¡Qué amigo queréis que sea! Si vierais qué rostro tan pálido... tan
desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer
tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.
--¿Qué dices, Jaime?
--Lo que ois; sólo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías
está así porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él
más, y sin embargo vame bien de salud. Á pesar de eso todos dicen que
está enamorado.
--¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!
--Un caballero tan aventajado, tan...
--Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad!
--Bien, prima, bien: no os aflijáis. En confianza... añadió
sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengáis cuidado... en
confianza, se me figura que no estáis vos mejor que él...
Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente la
mano del pajecillo, que continuó...
--Yo os aseguro que si le vierais... y le hablarais...
--Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle,
ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya.
--¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama...
--Porque es mi voluntad, paje. Callad.
--Pero haceos cargo de que si está enamorado, según dicen, ¿cómo puede
él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuerais tan
rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagáis el cariño de los que os quieren
bien, os dejaré yo de querer...
--No hay remedio, Dios mío, no hay remedio, exclamó Elvira desesperada.
No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir hablar sino
de él. Si no queréis, Dios mío, mi perdición, empezad por apartar su
imaginación de mis ojos, su recuerdo de mis oídos. Yo os lo pido, y os
lo pido de corazón. No quiero sucumbir, no quiero.
--Ved, prima mía, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de
esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos á
mí.
--Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el
mundo todavía: no crezcas ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.
Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y
meditabundo al pajecillo, que no veía muy claro todavía qué peligro
podría haber en crecer como todos habían crecido antes que él, retiróse
Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo á la
persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, que
cada vez se oían más cerca.
Apenas había desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla
entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.
--Tampoco, dijo, tampoco está aquí.
--¿Adónde vais, señor? preguntó el paje, asombrado del desorden que
reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?
--¿Jaime, eres tú? pues bien, he de verla.
--¿Habéis de verla? ¿á quién?
--¿Á quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra?
--¿Estáis loco?
--Sí, lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla,
no más verla. ¿Dónde está?
--¡Desdichado! ¿Y Hernán Pérez, señor?
--¡Ah! Hernán Pérez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la ribera.
Me he perdido de propósito por encontrarla.
--¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que hacéis?
--¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre la reconvención, siempre el deber,
y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, paje, que estoy obligado á
hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa!
--¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible.
--¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura no
está?
--Estar... respondió con algún embarazo el paje, eso... Mirad: está;
pero si queréis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser lo
mismo.
--¿Por qué?
--Porque está mala. ¡Ah! señor, si la vierais... tened compasión...
--¡Compasión! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué
dolencia?...
--Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora...
--¿Llora? ¿Sufre?
--Ya veis, pues, que es imposible.
--Ahora más que nunca la he de ver.
--¿Qué habláis? Yo creía que con deciros...
--¡Ah! ¿conque me engañas, paje?... ¿no es cierto cuanto me dices?...
--Como el evangelio, señor caballero; pero... en una palabra, díjome no
ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño, ella viene...
--¿Ella? ¿Elvira?
--Salid, pues: ved que no gustará...
--¡Que salga! No, paje, no.
--Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengáis! Yo no pude hacer
más, dijo el paje encogiendo los hombros al ver que Macías, apartándole
con brazo poderoso, se dirigía hacia donde sonaba el ruido de los pasos.
--¿Qué altercado es ése, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios!
añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecía
implorar el perdón de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia,
señor, y qué osadía! ¿Qué hacéis? ¿Vos en mi habitación?
--Sí, bien mío, respondió Macías. Vana es ya la porfía: inútil la
resistencia; yo os amo, Elvira.
--¡Ah! ¿qué intentáis? Alzad, señor; volveos.
--¿Adónde queréis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y
estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo entero está para
mí donde estáis vos. No hay más allá.
--¡Silencio! Si mi esposo...
--Elvira, no temáis...
--Salid. Os lo ruego, os lo mando.
--¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á acción tan aventurada,
cuando me expuse y os expuse á vos misma á los riesgos de esta
entrevista, fué para volverme después de lograda?
--Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...
--Perded cuidado, prima mía... respondió Jaime.
--Corre, sí: si le vieses venir...
--Jaime os probará su fidelidad.
Dicho esto, salió el inteligente pajecillo, bien resuelto á ejercer
la más activa vigilancia para evitar que la locura imprudente del
doncel acarrease á su prima más funesta consecuencia que la de haber de
convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar en aquel
momento. Macías dirigió al paje, que desaparecía, una mirada en que
se podía leer claramente una larga acción de gracias al cielo, que le
proporcionaba por fin aquella secreta ocasión de vencer el desdén de la
señora de sus pensamientos.
--¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oíd mis ruegos por
piedad. Idos. Soy mujer, y os lo ruego. Á vuestras plantas si queréis...
--¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira.
Oídme. Un momento no más. Oídme, y partiré. Tres años, señora, hace
que os vi la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro,
como nadie amó jamás: igual tiempo callé. Mil veces fué á escaparse de
mis labios la palabra fatal; mil veces la sofoqué: la inmensidad de mi
amor la ahogó en el fondo de mi corazón. Mis ojos, sin embargo, os lo
dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. ¿Por qué
los vuestros me respondieron? Callaran ellos, y muriera yo callando.
Ellos me animaron empero. Bien lo sabéis, señora. Mi amor es obra
vuestra.
--¿Mía? ¡Ah! ¡sed, doncel, más generoso!
--¿Pedísme generosidad? ¿La usasteis vos conmigo? ¿Vos me pedís
virtudes? Pedid amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, y
nada más. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crimen,
soy un monstruo.
--¡Silencio!
--¿Por qué? ¿Pensáis que la naturaleza ha podido imprimir con
caracteres de fuego en el corazón del hombre un sentimiento sublime,
un sentimiento de vida, eterno, inextinguible, para que se avergüence
de él? ¡Ah! No la hagáis injuria semejante. Cuando lanzó la mujer al
mundo, _la amarás_, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes
son inmutables, su voz más poderosa que la voz reunida de todos los
hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo
callé...
--¿Pero podéis ignorar, Macías, que mi estado?...
--¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazón por qué latió en mi pecho
con violencia cuando os vi por la vez primera. Preguntadle por qué no
adivinó qué lazos indisolubles y horribles os habían enlazado á otro
hombre. Nada inquirió. Yo os vi, y él os amó. ¿Por qué, cuando dispuso
el cielo de vuestra mano, no dispuso también de vuestra hermosura? Si
sólo para un hombre habéis nacido, ¿por qué os dió el cielo belleza
para rendir á ciento?
--Vos deliráis, Macías.
--Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis
acciones, si en mis palabras echáis de menos por ventura la razón, vos
la tenéis sin duda, que vos me la robasteis. Vuestros son también mi
locura y mi delirio.
--Falso es, Macías, lo que habláis; es falso. Ni vos me amáis ahora, ni
me amasteis jamás. ¿Dónde aprendisteis á amar de esta manera? Me veis,
y vuestros ojos, funestamente clavados en los míos, están diciendo á
todo el mundo: _¡Yo la amo!_ Corro al campo á buscar la tranquilidad
que en vano me pide mi corazón en la ciudad, y allí Macías, allí
donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, es mi esposo, es
cosa mía, y hacéis gala de decir á las gentes con vuestras fatídicas
miradas: _Porque ella es suya le aborrezco_. ¿Y por qué, imprudente, no
he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué hacéis
vos que él no haya hecho, y antes, doncel? ¿Gustáis de mí, decís?
También él lo decía. ¿Puede ser en él crimen el amarme, y en vos?...
--Crimen, sí, crimen imperdonable, que sólo con mi sangre ó con la
suya...
--Basta ya, temerario. ¿Y vos me amáis, doncel? ¡Y vos me lo decís! ¿Os
encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en vuestro
corazón como debiera sin duelo alguno, y vos lo provocáis y osáis
contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie hay en
la corte que al pronunciar vuestro nombre no pronuncie el mío al mismo
tiempo. ¿Por qué esa unión fatal? Vuestra imprudencia acaso...
--¡Mi imprudencia!
--Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber
llenado de luto mi corazón, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de
lágrimas inagotables, ¿osáis aun, á riesgo de ser hallado, traspasar el
dintel de mi puerta, osáis comprometer mi vida... mi honor?...
--¿Yo, Elvira? ¡Maldición sobre mí!
--¿Eso es, decidme, lo que debía yo prometerme de ese amor tan
decantado? ¡Ah! Macías, si os amara, ¡cuán infeliz sería!
--¡Si me amara!
--¡Cuán infeliz! Vos mismo habéis cavado entre los dos un abismo
insondable...
--Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos
hundiremos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz
trémula y agitada, la tempestad que anuncian tus palabras, son señales
harto ciertas que descubren el volcán inmenso que arde en tu corazón.
Si fuí imprudente, lo confieso, tú tuviste la culpa. ¿Por qué no me
inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasajero, de ésos que
es dado al hombre disimular, de ésos que no se asoman á los ojos, que
no hablan de continuo en la lengua del amante, de ésos que pasan y se
acaban y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor
tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el
rayo el corazón donde cae, que rompe y aniquila la existencia; y que es
tan fácil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es fácil
encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra.
--Macías, ¡por piedad!
--No: sufre ahora, que yo sufrí también, y sin consuelo y sin
indemnización, sin premio. Una vez no más te hablo en la vida, pero me
has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente
lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso jamás
existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él,
huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los dos.
Basta.
--¿Qué escucho? ¿adónde queréis llevarme?
--Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una cueva
nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu presencia.
Sólo nosotros hablaremos de nosotros. El león allí no contará á la
leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las fieras se aman
también, y no se cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento
sólo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á nosotros mismos. Ven,
Elvira, bien mío.
--Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel,
vos os dejáis llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteáis...
--¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si nuestros
ojos se tutean?
--¡Ea! partid, dejadme, añadió Elvira con una emoción difícil de
explicar. Por la última vez, dejadme.
--Decidme que me amáis, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que
he de volver á veros, que he de volver á hablaros...
--Soltad; es imposible.
--Amadme, Elvira: ¡por piedad!
--¡Nunca! ¡jamás! os aborrezco.
--¿Me aborrecéis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate?
¡Fernán Pérez!
--¿Qué hacéis?
--Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernán Pérez!
--¡Teneos! Macías. Bien: yo...
--Acaba, acaba.
--Yo os... imposible, jamás. Os aborrezco.
--¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos.
Huyamos. Los amantes son sólo, Elvira, los esposos... inútil es la
lucha...
--No, no. Macías, hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es
primero. ¡Santo Dios! exclamó prosternándose la desdichada Elvira,
dadme fuerza y virtud. Sola no basto á resistir.
--¿Qué escucho? ¡Es mía, es mía!
Macías estrechaba sobre su corazón á la infeliz Elvira, que exánime y
sin sentido no oponía á su loco arrebato más resistencia que la pasiva
inmovilidad del estupor y del asombro.
--Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oídos de
Macías y de Elvira. Él viene, repitió de allí á un momento. Así resonó
en el corazón del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que anuncia
al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva consigo
el tierno objeto de sus ansias.
--¿Viene, Jaime?... preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mío! Salid,
señor, salid. ¿Veis á qué extremidad me reduce vuestra imprudencia?
--Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aún, decidme una palabra
sola de consuelo.
--¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor
agitación.
--Ved que no es tiempo ya, repitió el pajecillo mirando por entre los
coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.
--¡Mi honor, mi honor, Macías! exclamó Elvira.
--Hablad pues...
--Bien: sí, lo que gustéis diré, pero ocultaos.
--Sólo por ti...
--¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro.
Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.
Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hacia la
puerta por donde debía tardar muy poco en entrar el hidalgo: impelido,
sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le rogaba con
lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el gabinete, y
cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.
--¡Dios mío! exclamó Elvira. ¡Perdón, perdón¡ ¡Vos veis, señor, mi
inocencia desde los cielos! ¡Dadme valor para la amarga prueba que me
falta!
No bien había acabado de decir estas palabras, y de enjugar
precipitadamente las lágrimas que se habían agolpado á sus ojos, rogó
al pajecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado
en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la
de un amigo además, para no revelar ante los perspicaces ojos de su
marido la terrible emoción que dominaba en su pecho. Poco después entró
Fernán Pérez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la
prosecución del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.
* * * * *