Quien esto vos aconseja,
Vuestra honra no quería.
_Rom. de don García_
Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, paseándose
en su laboratorio con notable inquietud, parecía esperar á alguna
persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en
que le tenía embarcado á la sazón su desmedida avaricia.
--¿Si habré cometido una imprudencia? decía. ¡Oh! á mi edad sería
imperdonable. ¡¡Los motivos que me expuso fueron tan poderosos y
tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio
de condescendencia hay en el corazón del hombre, el más duro, el más
empedernido, el más viejo, para con una mujer, y una mujer hermosa
y joven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí
imprudencia alguna.--Señora, me halláis en la mayor inquietud... estaba
anocheciendo ya...
--Os di mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicisteis mal
en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os
advertí: bien conocéis cuán difícil es que en mi posición pueda
continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á
ocultarme me obligaron nada tenían de común con su alteza; muchas veces
no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las posiciones de
la vida... En fin, ya me habéis comprendido. Espero, pues, que si no
habéis hablado á su alteza, lo habléis cuanto antes os sea posible.
--Esta misma noche, señora, podréis retiraros. Una vez que sepa su
alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber?...
--¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!
--Vuestra estancia aquí es ahora indispensable. Su alteza pudiera
querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte
no es de extrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido
pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando
no presenta acusación tan atrevida vislumbre alguno de verosimilitud.
--¿Vos también, Abenzarsal, vos que conocéis á don Enrique de
Villena?...
--Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...
--De todo, Abrahem, de todo.
--Veo que os hace obrar, señora, algún resentimiento particular... ¡Oh!
sabido es que el conde fué siempre aficionado en demasía á las bellas...
--De nada le hubiera servido esa afición para conmigo...
--Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...
--¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecución;
pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, él
es y no yo...
--Lo sé, señora.
--Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi
señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones.
Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal.
Hállome bajo la protección de las leyes, bajo la salvaguardia de mi
estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.
--Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á hablar
por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su cámara
todavía su doncel favorito, cuya larga ausencia no podía menos de dar
lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conocéis supongo al doncel Macías?
¡Pero qué distracción! es vuestro defensor.
--Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico
morisco, nunca le hablé...
--¿No?
--Ya visteis que su presencia en la corte no tenía indicio de cosa
premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo que
ningún caballero de la corte de don Enrique quería arrostrar por una
débil mujer el poder del insolente Villena.
--Y su bizarro valor fué en ese caso y su cortesanía lo que le obligó
á...
--¡Oh! eso no es nada. Más es de admirar la cobardía de los demás
caballeros que su valor. Ése es deber...
--No seréis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que
negaréis al único caballero que os ha librado del riesgo en que
estábais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le
concede...
--Ciertamente, no. ¿Sabéis qué hora es?
--Aquí tenéis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...
--¿Á quién?
--Al doncel.
--¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no
sentía...
--Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo,
tiene ya edad de enamorarse...
--¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos?...
--No; pero sabéis que á su edad es raro el caballero que no puede
llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es
desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote no
pueda llevar...
--¿Qué decís?
--Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible, sino al aguijón
de la gloria. En ese caso su galantería sería pura caballerosidad...
--¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.
--Paréceme, señora, que tenéis interés en interrumpir la conversación
del doncel... ¿Sería yo indiscreto al hablar delante de vos?...
--Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera
otro. Sólo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que
recientemente me ha merecido.
--Sólo una cosa tenía que añadir, en el supuesto de que esta
conversación no os incomode... ¿Estáis inquieta?
--No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habría de
estarlo?
--Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...
--¡Mi caballero!
--Forzosamente ha de serlo.
--Sí, mi campeón, repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho
á su pesar.
--Como queráis. La posición en que está para con vos, ese misterio que
os empeñáis en guardar, la compasión que inspiráis, y el entusiasmo al
mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que habéis...
--No me lisonjeéis, y acabad.
--Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginación ideas que no habrá
tenido nunca tal vez, y en su corazón una afición...
--Perdonad, Abrahem, si os interrumpo; pero admiro vuestra
penetración. ¿Habéis conocido antes en mi rostro que me sentía
incomodada?...
--¿Será cierto? esta conversación...
--No, la conversación no, repuso la dama reclinándose; pero la
agitación del día, la precipitación además con que he tenido que andar
no me ha permitido tomar alimento, y siento una debilidad...
--¿No os decía yo? La palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved
qué necio, yo creía que era la conversación... ¡Qué tontería! Ya veo
que el día que habéis traído hoy es más que suficiente motivo...
--Decís bien.
--Ya sabéis que mi primera ciencia es la de curar; si queréis seguir
mis consejos...
--¡Ah! ¿Creéis que esta debilidad?...
--¿Queréis tomar algún alimento?
--Me será imposible...
--Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...
--¿Tenéis?...
--Yo mismo os la prepararía... Os daría descanso y fuerzas...
--Como gustéis, Abrahem.
--La tomaréis, dijo el físico preparando unas yerbas, y podréis
descansar un rato aquí mientras que paso á hablar á su alteza.
--Pero en vuestra ausencia...
--No temáis: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que
vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo.
Ningún sitio del palacio más seguro que éste; su inmediación á la
cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas
galerías...
--No, no es que tema ningún peligro; pero...
--Perded miedo; por otra parte tenéis vuestro antifaz, que puede
en todo caso guardaros de la indiscreción, y vuestras dos dueñas
esperan vuestras órdenes en mi antecámara. Á la menor voz, ellas y los
ballesteros...
--Decís bien.
--Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en mi
habitación; mi ausencia será corta.
--Eso deseo.
--Tomad, pues, señora, esa bebida.
--¿Pero me respondéis de su eficacia?...
--Estoy seguro de ella: apuradla.
--Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola
gota he dejado.
--Obrasteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que
disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos
ahora un momento.
--No, no hay necesidad.
--Presto conoceréis sus efectos: es maravillosa la virtud de la bebida:
al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero después... y obra con
una rapidez...
--Sí; paréceme que siento como pesadez...
--¿No os dije? acaso os hará dormir...
--¡Dormir, Dios mío! y aquí... ¡Abrahem!!!
--¡Señora!
--¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habéis dicho?
--¡Oh! será un momento... una hora.
--¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... me pondré el antifaz...
--¿Qué decís? si queréis, mi lecho...
--¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de
plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah.... Bien.
Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no
podía ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer
su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre
su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y
en que lucía su nombre con gruesos caracteres góticos de oro y seda
artificiosamente mezclados. El más profundo letargo había sobrecogido
á la enlutada: y el astrólogo conocía efectivamente muy bien el
maravilloso efecto de la narcótica bebida.
--¡Es mía! dijo, después de un momento de silencio, el físico: ¡es mía!
añadió levantando el antifaz con que se había cubierto la dueña la
cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus hermosas
facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola segura aquí
para más de dos horas. Una hora tengo para hablar con su alteza; otra
para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada.
Ésta es la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas
palabras, reconoció el astrólogo su habitación y las puertas de ella:
cerró la comunicación con la escalera secreta, y salió con dirección
sin duda á la cámara de su alteza.
* * * * *