CAPÍTULO XVIII

Melisendra está en Sansueña,

Vos en París descuidado,

Vos ausente, ella mujer.

Harto os he dicho; miraldo.

_Rom. de Gaiferos_

En cuanto había llegado á su habitación don Enrique de Villena, se

había despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente si

era su esposa la que por obsequio á la memoria de la condesa se había

presentado con tanta osadía en la corte del rey de Castilla. Pesábale

en gran manera que hubiese cabido en la imaginación de su consorte

tan heroica determinación, pero lo que con más cuidado le traía era

la circunstancia de haber llegado tan á punto el doncel para tomar

sobre sí su demanda, y la exclamación de la tapada al oir la voz de

su defensor, circunstancias entrambas que ligaba mal que bien con el

músico de la noche anterior á la desaparición de la condesa. Podía ser

casual esta coincidencia; podían muy bien, su consorte por amistad á

doña María de Albornoz, y Macías por amor á esa misma, ó por cortesanía

de caballero ocioso, encontrarse en el mismo camino. Esta reflexión,

sin embargo, no bastaba á declarar sus dudas, y pensó en el partido que

debería tomar si no encontraba á Elvira en su cuarto.

Sucedióle sin embargo lo que no pensaba. Llamó el escudero á su

habitación, y la primera persona con quien dió fué con el listo paje,

el cual con aire sumamente alegre:

--Buenos días, le dijo, señor Hernán Pérez; bien hacéis en venir,

porque desde que la señora condesa ha desaparecido no hay medio de

alegrar á mi prima. Venid, venid á consolarla; mis esfuerzos todos son

inútiles.

--¡Vuestra prima, señor paje! dijo con asombro y gravedad el escudero.

¿Supongo que no os queréis burlar de mí?

--¿Yo burlarme, señor escudero, pesia mi alma? Para burlas estamos por

cierto, y no se cesa de llorar hoy en esta habitación. Entrad vos mismo

y lo veréis.

Abrió Hernán Pérez la mampara inmediata, y quedóse como de piedra

cuando contra todas sus esperanzas vió levantarse al presentarse él á

Elvira, que con afectuosas palabras:

--Esposo, le dijo, cuán mal lo hacéis conmigo: vos tenéis secretos

para mí, vos pasáis los días enteros lejos de mí: hoy, sobre todo,

me habéis dejado sola, y sabéis que no tenía ya la compañía de la

condesa...

--Perdonad, Elvira, si... yo... ya sabéis que... Pero nunca pudo decir

más el asombrado escudero. Su esposa estaba vestida de negro, sí, pero

su ropa no manifestaba haber salido aquella mañana; por otra parte, la

dama enlutada había quedado en palacio.

--¿Qué tenéis? ¿Traéis mala nueva?

--Sí por cierto, contestó más repuesto Hernán Pérez; os traigo la de

que me he vuelto loco.

--Muy cuerdo lo decís.

--Jurara que os había visto en otra parte...

--Puede...

--¿Cómo? ¿puede?...

--Tantas veces me habéis dicho que no me separe un punto de vuestra

imaginación, que me veis en todas partes tal cual soy... que... ¿no es

cierto?

--Sí, replicó mordiéndose los labios el desairado esposo. Pero esta

mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estáis aquí...

--¿Os estorbo, Vadillo? habladme con el corazón en la mano... ¿Queréis

que salga efectivamente?...

--No, no es eso; es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.

--Lindo humor traéis, esposo. Si hubierais perdido una amiga, si os

persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: _Un

crimen se ha cometido, y el criminal está impune..._

--¿Qué decís? ¿ois vos esa voz?

--Os digo que no puedo desechar de mi imaginación que esa pobre condesa

ha sido malamente muerta, y que una persona...

--¡Silencio! gritó con terror Vadillo.

--¡Silencio! ¿por qué? Esta noche lo he soñado.

--¿Qué habéis soñado?

--Tonterías; pero cuando está una afligida y prevenida por una idea...

no sé qué efecto...

--Contad.

--Nada; soñé que había estado en la corte no sé por qué accidente, y

que una dueña enlutada se había aparecido á pedir justicia...

--Proseguid, dijo temblando Vadillo.

--Sus facciones eran las de la condesa, su voz la misma: arrojéme á

abrazarla y...

--¿Vos?

--Yo, y me rechazó: «Aparta, dijo; estoy manchada de sangre: ¿no la ves

correr aún?». Un chorro entonces pareció salpicarme toda y temblé...

Pero ¡Dios mío! vos tembláis también.

--No.

--Sí.

--Bien, sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si

habrá muerto efectivamente la condesa; ¿sería capaz el conde?... ¡Qué

horror! Por otra parte, conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo

hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Yo he sido

cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podía ser sino la sombra

misma de la condesa. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Virgen santísima! gritó Vadillo

fuera de sí.

--Esposo, ¿qué es eso? ¿sabéis que empiezo á temer que sea cierta la

pérdida de vuestra razón?... Contadme por Dios...

--Nada; imposible; en dos palabras: ¿vos no habéis salido?

--¡Qué pregunta!

--¿No saldréis?

--¡Qué aire!

--Á Dios. Elvira, á Dios. No me esperéis hasta la noche. Asuntos de

importancia me llaman al lado de don Enrique...

--¿Os vais? ¿Para eso habéis venido? Mirad...

--Bien sé que me queréis, que me sois fiel; soy un loco... pero...

la condesa... ya sabéis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra

presencia me hace mal.

Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la

cual quedó sollozando en un sillón con el paje al lado.

--Esto es mejor, dijo el paje. ¿Lloráis de veras?

--Jaime, sí. Hace una tantas cosas contra su voluntad; las

consideraciones del mundo...

--¿Cómo? ¿Lo decís porque tenéis que agasajar y poner buen semblante á

vuestro esposo?

--¿Qué dices, Jaime? preguntó lanzando un suspiro Elvira: ¿quién te ha

dicho eso? es mentira, mentira. Yo amo á mi esposo; ni pudiera amar

sino á él: ¡es tan bueno!

--Pues entonces, dijo el paje, no os entiendo: yo por mí, si no os

viera llorar, ahora me reiría, soltaría la carcajada.

--¿Por qué? ¿Porque una circunstancia desgraciada le ha puesto en el

caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Porque

una mujer tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo, se

habrá de deducir que éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño ten

lástima siempre al engañador, que en realidad ése es el más risible, y

ése es acaso realmente el engañado.

Después de esta pequeña reprimenda no osó hablar el pajecillo.

--Mira, Jaime, si va lejos ya Hernán Pérez.

--Tan lejos que no lo alcanzaría el mismo Hernando, que no hay corza

que no alcance.

--Vamos, pues, paje; no hay tiempo que perder: ya tienes tus

instrucciones. Prudencia y silencio... Como la muerte, ¿estás?

--Como la muerte, respondió el paje. Dichas estas palabras, Elvira y el

paje pasaron á otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con ellos.

Hernán Pérez entre tanto recorría con más terror que celos las inmensas

galerías del alcázar: cada pisada suya le parecía las de la condesa.

Hay muchos hombres valientes, temerarios contra un millar de enemigos

armados en un día de batalla, y que perecen de terror ante la idea de

un muerto y el recuerdo de una fantasma; que treparían los primeros

á la brecha, y no subirían nunca solos una escalera oscura. En aquel

momento Hernán Pérez era de éstos: el menor ruido que hubiera oído

realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante de sus ojos le

hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía él la imaginación

llena de ideas de muertes y apariciones, de sombras y emplazamientos.

Llegó por fin á la cámara de don Enrique. Abrióla de golpe, y

precipitóse dentro con los cabellos erizados y los ojos casi fuera del

cráneo.

--¿Qué traes, Vadillo? dijo levantándose don Enrique al ver el desorden

de su escudero.

--Es su sombra, señor, es su sombra, repuso Vadillo mirando atrás

todavía, y procurando componer su semblante.

--¿Qué sombra? replicó don Enrique. Será la que hace vuestro cuerpo al

pasar por delante de la lámpara de la galería.

--No es eso, señor, no es eso.

--¿Qué es, pues? explicaos.

--Mi esposa...

--¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué decís?

Temblaba ya Ferrus de pies á cabeza con la explicación del escudero, y

no sabía don Enrique qué creer de semejante asombro.

--Digo, señor, concluyó Vadillo reponiéndose, que la dueña enlutada no

es mi esposa, porque mi esposa está en su habitación, y mi esposa no ha

salido ni saldrá...

--¿Estáis seguro?

--Como estoy vivo.

--¿Quién puede entonces?...

--No puede ser, dijo Ferrus, sino...

--La sombra de la condesa, concluyó Vadillo.

--¿La sombra de la condesa? ¡Ésa es buena! exclamó soltando una

estrepitosa carcajada don Enrique de Villena.

--¿Te ríes, señor?

--¿No he de reirme, si habéis perdido entrambos la cabeza?

--Ah, señor, repuso Vadillo, veo que si yo contara un sueño... En fin,

quiero que me hayáis referido de la condesa la pura verdad. ¿Estáis

seguro de que el encargado de?...

--Deliráis, Vadillo, deliráis. Verdad es que ahora pierdo yo el hilo

de mis observaciones, y no sé... Puesto que decís que estáis seguro

de haber visto á vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos

modos es necesario que vayáis á buscar al astrólogo: os aguarda para

darme una razón que espero con ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais,

Vadillo, á averiguar quién sea la tapada? ¿Tendríais resolución?...

--Manda, señor, á tu escudero.

--Bien, pues yo confío á vuestro talento esa intriga: si el

nigromántico lo sabe, os lo dirá: si no, ved de tocar siquiera esa

sombra, que como la toquéis, y como ella ofrezca cuerpo y resistencia,

añadió riéndose don Enrique, podéis estar seguro, no quiero yo decir de

que sea vuestra esposa, pero á lo menos, sí, de que es persona; y á

ser hombre como parece mujer...

--Entonces, señor, yo os prometo que mi espada hiciera pronto la

experiencia. Perdona si el sobrecogimiento de una escena que he tenido

tan rara, tan extraordinaria, me ha hecho parecer á tus ojos, señor...

--Vadillo, os he visto pelear; sé que tenéis valor. Conozco por otra

parte á los hombres: son débiles y miserables en todo. Una preocupación

es más fuerte que cien ballesteros.

Iba á despedirse el escudero para la cámara del astrólogo, donde le

esperaban acontecimientos más extraordinarios cien veces que los

pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno á las

intrigas que debía preparar el nigromante, y lo otro porque entonces

que en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debía

tratarle con más amistad y consideración que nunca. No debía faltarles

tampoco qué hablar desde que don Enrique era maestre, desde que iba á

ser Hernán Pérez caballero, y desde que el singular duelo de la mañana

había venido á complicar tan extraordinariamente los negocios y los

intereses de los principales personajes de nuestra verídica historia.

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 96 / 121 题