Calledes, conde, calledes.
Conde, no digáis vos tale.
...........................
El conde desque esto oyera
Presto tal respuesta hace:
--Ruégote yo, caballero,
Que me quieras escuchare.
_El conde Dirlos_
Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, éste le
arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre
que se reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una
consideración. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte que
quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardía en medio de los dos;
y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en el caso de
tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad, no se imagina
de ninguna manera en posición de sostener de pie con él, sentado, una
larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de lleno en
el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea
alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes
de nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para
describir lo que en ellos hubiera visto ó al menos creído ver cualquier
observador que los hubiera acechado, por pocos progresos que hubiese
hecho en el arte Lavateriano, posteriormente reglamentado por el sabio
abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho
vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las
ventanas del corazón, y la cara el traslado del alma.
Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y
pequeños tenían una expresión particular de superioridad y predominio
que avasallaba desde la primera vez á los más de los que con él
hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían poco
á aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles
ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire
de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. Sin embargo,
como ha podido inferir el lector de su diálogo con Ferrus, no estaba
tan corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad
en que vivía una porción de consideraciones, que su criado por el
contrario atropellaba sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. De
Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío para sus fines, y
de don Enrique podemos por el contrario asegurar que no era el impío
bastante malvado para los suyos. Naturalmente afeminado y dedicado al
estudio, faltábanle el vigor y la energía de carácter que corona las
empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era ó no religioso:
nos contentaremos con exponer á la vista del lector varios rasgos que
pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y
él más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento
ó una preocupación.
El interlocutor que enfrente tenía era un mancebo que en caso de duda
hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación
de los Árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros
como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes
y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para
decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre
generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador
más inteligente hubiera leído también en su lánguido amartelamiento
que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha, elevada
y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su
natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el
rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial
á su fisonomía; su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su
estatura gallarda.
--Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena después de un breve
espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á
proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo
por la exactitud con que habéis cumplido la delicada comisión que en
vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la
corte noticia de la muerte del maestre.
--Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr
desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos los
únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento: en dos
días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros
queramos esparcir.
--Ninguna. Dadme vuestra palabra.
--De caballero os la doy.
--Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser
mi objeto.
--Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.
--Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en
vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi
carácter, disteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en Calatrava,
me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso
á los míos.
--Os juro que no tenía más plan que el de serviros.
--¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el
rubor de confesar ciertas intenciones...
--No os entiendo...
--No importa: si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con
audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio; tanto
mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser
maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.
--¿Vos, señor?
--¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón
es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará
comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?
--Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando
respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
--Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos,
dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estáis
sorprendido?
--Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del
himeneo os unen á una mujer, y no podéis ignorar que este es un
obstáculo insuperable.
--Obstáculo sí; insuperable, ¿por qué? exclamó don Enrique apoyado en
la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco antes
de venir á buscar al doncel, y que él había abrazado con tanta más
confianza cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérsele
adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad
es que el plan era diabólico, y tanto había admirado á don Enrique
que aquella había sido la primera vez que había llegado á dudar si
efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendría poder para sugerir
ideas á sus fieles servidores.
--¿Por qué? repitió Macías, esperad: solo un medio entreveo: ¿consiente
vuestra esposa en un divorcio ruidoso y?...
--Jamás consentirá. En balde la he querido reducir.
--En ese caso...
--Oídme. Cuento con vos.
--Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y...
--Oíd y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya
entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.
Encendiéronse las mejillas de Macías, y bien hubiera querido
interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de
considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su
favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar.
--Doncel, mañana al caer del día procuraré que doña María de Albornoz,
mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por
el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo
diurno y solitario su camarera Elvira; cuando se haya separado largo
trecho de sus demás criados, un caballero convenientemente armado, y
ayudado de los brazos que creyese necesarios, arrebatará á la condesa
de la compañía de Elvira. ¿Qué tenéis?
--Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su
indignación.
--Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo
entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en tanto
por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava á dar
la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para que de
ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar:
me resta designaros el osado y valiente caballero que robando á la
condesa ha de dar el paso más difícil en tan importante empresa. Si
una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa para
su ambición, él será el verdadero maestre, y después de don Enrique de
Villena nadie brillará más en la corte en poder y en riqueza que el
doncel de don Enrique el Doliente.
--¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso
mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel
de don Enrique el Doliente habéis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien
merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habéis
indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á impedir
que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien lo
merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aún atada en la vaina
por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su buen
nombre y espera de él cobardes acciones.
--¡Doncel! exclamó asombrado levantándose también á este punto el
conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar más palabra en
un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan
inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la
vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin más fruto
que su amarga reconvención, y culpábase en su interior de no haber
explorado más tiempo el terreno arenoso sobre que había sentado el pie
arriesgadamente.
--¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco
arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!
--¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero
y que Macías había de poner cobardemente la mano sobre una mujer
indefensa? ¿Qué visteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que
tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de
caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí
del rey y profeso? ¿No me habéis visto vos mismo pelear con los Moros
y los Portugueses? ¿En qué día de batalla me visteis huir? ¡Oh rabia!
¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! He aquí el concepto que de tus
mismos grandes merecen tus donceles.
No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban: tal eran la
ira y el coraje que crecían por momentos en su corazón. Algún tiempo
dudó si echando mano á la espada vengaría con sangre los ultrajes
á su persona que por primera vez oía, y si sepultaría para siempre
en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente
había descubierto, ó hundiría en la suya propia su vergüenza y su
afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones todas, para obrar
en consecuencia, el ofendido joven, y bien se veía en su semblante la
resolución que tomada tenía de responder con la espada ó con la lengua
á los desmanes del orgulloso magnate. Reflexionó empero don Enrique
que un lance ruidoso de esta especie á aquellas horas, y en el alcázar
mismo de S. A., no podría tener en ningún caso buenas consecuencias
para sus planes, y determinó encomendar á la prudencia los yerros que
por falta de ella había recientemente cometido. Revistióse, pues, con
asombrosa rapidez la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le había
sido de conocida utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la
espada cuya hoja había brillado ya en parte un corto instante á los
ojos de su interlocutor:
--Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos años
han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he errado el
golpe, y os devuelvo todo el honor que os había quitado. No penséis
sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo velas, que era
mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os proponía: tal
vez quería conocer á fondo vuestro carácter; y estoy completamente
satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto al objeto de mi
visita, ignoro si, después de haber pensado mejor los medios que tengo
á mi disposición para llegar á ser maestre, elegiré ése ú otro. De
todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio
en mi casa; excusáis volver á Calatrava: mañana os devolveré á su
alteza; pero como os supongo bastante talento para conocer el mundo y
los hombres, á pesar de vuestros pocos años, espero que nos separemos
amigos, como dos caminantes que han pasado una mala noche en una misma
posada, y que al día siguiente, debiendo seguir cada uno un sendero
opuesto, se despiden cortésmente. Si sois el caballero que decís,
vuestro honor os dicta si debéis guardar el de otro caballero y los
pactos en que estábamos hasta la presente convenidos; si creéis sin
embargo de vuestro deber dar á luz pública nuestro diálogo, sois dueño
de hacerlo; pero... acordaos, añadió afirmándose en los talones con
ademán de hombre resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó
en gran parte del alcázar, acordaos de que don Enrique de Aragón y
Villena, conde de Cangas y Tineo, señor de las villas de Alcocer,
Salmerón, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime, y tío del rey
don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer probar
los tiros de su poderosa venganza á un doncel pobre y oscuro del rey
Doliente, á quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.
--Deteneos, dijo Macías más sosegado asiéndole de la ropa al ver que
se preparaba á salir del teatro de su confusión. Deteneos; puesto que
habéis creído necesaria una explicación antes de concluir nuestra
entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo á
su clase le exponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas
que acabáis de proferir. Sé cuánto debo al rango que ocupa don Enrique
de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar
sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á responder no
sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero conocerá cuánto
cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene sangre noble en
las venas. Si exigís de ello una satisfacción, en esto os la doy: si
la queréis de otra especie, mi lanza y mi espada están siempre prontas
á abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la
otorgo; vuestra protección no la necesito. Como caballero observaré
los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar.
Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto á vuestros
planes, no me exigísteis palabra de ocultarlos...
--¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.
--Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os
prometo sin embargo, en consideración al nombre ilustre que lleváis,
y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré más uso de lo que
acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el indispensable
para salvar á la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de
que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso
silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda
salvar á la de Albornoz sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio
contribuir á su ruina, hablaré. Á esto me obliga el ser caballero.
--Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor;
pero ¡temblad!...
--Permitidme, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra
estancia, añadió Macías con respeto y mesura.
--No, estaos aquí; yo lo exijo; á Dios quedad.
--Ved, señor, que no es ésa la salida: por allí saldréis mejor.
--Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena,
que en medio de su arrebato había equivocado la puerta interior con la
exterior.
Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que
sobre la mesa ardía, alumbrólo hasta que comenzó á bajar los escalones,
y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse: «Á
Dios, señor, y el cielo os prospere», dijo en voz alta el comedido
doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus oídos dió
indicios de que había sido oído su saludo y respondido entre dientes,
acaso con alguna maldición, por el irritado conde, que se alejaba
premeditando los medios de venganza que á su arbitrio tenía, y sobre
todo la manera que debería observar para impedir los efectos de la
terrible amenaza que al despedirse de él le había hecho el magnánimo
doncel.
Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la
notable mudanza que había efectuado en su situación la escena en que
acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de su
corazón á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del tigre
en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber
cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la cámara de
Hernando, y llamóle en voz baja.
--¿Quién _pregunta_? dijo entre sueños el feliz montero: _¿tañen de
andar al monte?_
--Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si nada
hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa,
y deja descansar á los caballos.
--Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó
en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.
Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el
recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los
proyectos que preparaba para el día siguiente pudiesen ser de pronta
utilidad.
Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde encontró
á su Ferrus. Allí trataron los dos, no ya de llevar á cabo su
proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino con aquellas
alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto
la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían
usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar á sus pérfidas
intenciones. Después que hubieron conversado largo espacio, trató don
Enrique de averiguar qué hora podría ser. Mas fué imposible saberlo
jamás por su reloj de arena, pues con la agitación de las escenas de
la noche habíase descuidado el volver el reloj al concluírsele la
arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la cámara inmediata que
tenía vistas al soto, y reconoció que debía haber durado mucho su
coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzada, que él
se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, á entregarse al
descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los demás pacíficos
habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya á cerrar la ventana para
realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño
rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir á aquellas horas
de causa alguna natural; empero permítanos el lector que demos algún
reposo á nuestro fatigado aliento.
* * * * *