CAPÍTULO I

Mis arreos son las armas

Mi descanso es pelear,

Mi cama las duras peñas,

Mi dormir siempre el velar.

_Cancionero general_

Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narración fidedigna, no

nos parece inútil advertir á aquellas personas en demasía bondadosas

que nos quieran prestar su atención, que si han de seguirnos en el

laberinto de sucesos que vamos á enlazar unos con otros en obsequio de

su solaz, han menester trasladarse con nosotros á épocas distantes y á

siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad

en nada semejante á este que en el siglo XIX marca la adelantada

civilización de la culta Europa. Tiempos felices, ó infelices, en que

ni la hermosura de las poblaciones, ni la fácil comunicación entre

los hombres de apartados países, ni la seguridad individual que en el

día casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una

multitud, en fin, de refinadas y exquisitas necesidades ficticias

satisfechas podían apartar de la imaginación del cristiano la idea,

que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma, de que hacemos en esta

vida transitoria una breve y molesta peregrinación, que nos conduce á

término más estable y bienaventurado.

Mis arreos son las armas,

Mi descanso es pelear,

podían repetir con sobrada razón nuestros antepasados de cuatro ó

cinco siglos: nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba

á la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no

interrumpido de elementos heterogéneos que tendían á equilibrarse,

pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los

amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilización,

se encontraban con extraña violencia en un vasto campo de disensiones

civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafíos, y á veces

de crímenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la

actualidad se conformarían.

Una incomprensible mezcla de religión y de pasiones, de vicios y

virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de

nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado

tiempo en devociones minuciosas, y que expendía sus tesoros en piadosas

fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devoción, ó

descubría de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues

en vez de arreglar por esta su conducta, se le veía no pocas veces

salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de las fatigas

del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la

mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El caballero que

volvía de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba

ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redención, aquel

misto cruzado que al entrar en el gremio de la iglesia había depuesto

en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y

jurando, á imitación del Hombre Dios, el perdón de las injurias, sin el

menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organización

irascible, que á gala tenía; á la menor sombra de pretendida ofensa

corría lanza en ristre á partir el sol del palenque, y á abrir una

ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando á

un tiempo por una inexplicable contradicción el nombre santo de Dios, y

el nombre profano de la dama por quien moría.

En vano la religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de

los hijos de los Godos, exaltados por la prolongada guerra con los

Sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud, entre

tanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es

que los primeros enemigos contra quien debía dirigirse eran los Moros;

pero muchas veces lo eran también los cristianos, y había quien matando

dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado

de su espantoso error. Matar infieles era la grande obra meritoria

del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban

engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.

Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el fácil

manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridón,

la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido

y llevado á un extremo peligroso; y para las mujeres el arte de

conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeón más

esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa

del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato sólo para con

el caballero no amado, eran la educación del siglo. _Dios y mi dama_,

decía el caballero; _Dios y mi caballero_, decía la dama.

En medio del furor de guerrear que debía animar á todos en aquella

época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las huestes,

armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en

las lides la poderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella

al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos á autorizar trances de

rebelión del soberbio rico-hombre contra la majestad de su rey y señor

natural.

Un corto número de espíritus más pusilánimes, ó acaso más calculadores

que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza literaria griega y

romana que de las ruinas del Partenón y del Capitolio habían podido

salvar, en medio de la devastación desoladora de la irrupción de

los bárbaros, algunas primitivas comunidades monásticas. El estudio

todo que se hacía en los claustros estaba reducido, y debía estarlo,

á la ciencia eclesiástica, la única que podía y debía salvar, como

efectivamente salvó á la Europa de su total ruina. Las bellezas

gentílicas de los Homeros y Virgilios debían reservarse para otros

tiempos; y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la

antigüedad, hacían á la literatura todo el servicio que podían hacerla.

Otros espíritus no obstante se dedicaban fuera de aquellas escuelas

al estudio, y la ciencia que adquirían era sólo el medio criminal de

granjearse una consideración y una fortuna aún más criminales todavía.

Afectando la ciencia de los astros, ó una misteriosa comunicación con

el mundo de los espíritus, sabían abusar de la insensata credulidad de

los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho

suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar

entre sí clandestina y masónicamente, como un pérfido talismán que

ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus

débiles é ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos

solapados la palanca poderosa con que movían y removían á su placer

cuantos obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar.

Á esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas

del norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan

contrarios como los bárbaros de la fría Noruega y las cultas ruinas de

la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esa sociedad vamos

á trasladar á nuestros lectores.

No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de bosquejar,

que sea preciso entrar con horror á desentrañar las costumbres de tan

inexplicable época; lejos de nosotros esta idea; también se ofrecen

en ella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros días.

El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor caballeresco, la

irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo

ardiente de la religión y de la patria, llevado el primero alguna vez

hasta la superstición, y el segundo hasta la odiosidad contra el que

nació en suelo apartado, si no son prendas todas las más adecuadas

al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde

contemplarlas; y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato

del orden de cosas entonces establecido, las hacía tan necesarias como

deslumbradoras.

El carácter empero más verdaderamente distintivo de la época era la

lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros

súbditos; una escala ascendiente y descendiente que constituía á los

pecheros vasallos de vasallos y á los reyes señores de señores, era el

principal obstáculo que impedía al poder ejercer á la vez su influencia

igual y equitativa por toda la extensión de sus dominios; el pechero

doblemente súbdito tenía dobles obligaciones (más bien que contraídas,

impuestas) para con su dueño inmediato, y para con el señor natural

de todos. Por otra parte era de notar el poder no reprimido de los

orgullosos magnates, sin cuya cooperación voluntaria hubiera sido una

vana fantasma la autoridad del monarca. Éste en todo trance de guerra

se veía poco menos que precisado á mendigar los hombres de armas, que

sólo podían proporcionarle para las jornadas los ricos-homes que los

sostenían á sus expensas, y por consiguiente á su devoción, y que

desigualaban á placer la fuerza recíproca de los partidos con la más

leve inclinación de su parte; el señorío absoluto (sino de derecho,

de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien

defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la

sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo,

nacido de los grandes favores que en la continua reconquista contra

Moros les debía el rey y la patria; y la remisión sobre todo de los

agravios al duelo particular; al paso que inutilizaban toda la energía

de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces

irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban

la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la

nación, que no había especie de ambición ni pasión frenética de que no

se dejasen torpemente arrastrar.

Éste era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente

de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que

pasaba lo que vamos á contar, hacía ya trece que don Enrique III, dicho

el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, había subido á

ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan

I, ocurrida en Alcalá de Henares de caída de caballo. Y apenas habían

bastado estos trece años para reparar los daños que su menor edad

había acarreado á Castilla desvalida.

El cisma duraba en la Iglesia desde la elección tumultuosa del

arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, después

de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales

en cónclave; pero sabedores acaso los Romanos de que la corte de

Francia trataba de influir en la elección del cardenal de Génova

ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de

Oliveros, y por parte de madre con los condes de Boloña, parientes de

la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el lugar

del cónclave, después de forzar las cerraduras, según en nuestras

leyendas se refiere, clamaron: «Papa romano queremos, ó á lo menos

italiano», de cuya infracción notable y sacrílega resultó la elección

del arzobispo, que se coronó el día de Pascua de Resurrección. Varios

cardenales empero, refugiándose en el lugar de Anania, y después en

Fundi, proclamaron la invalidez de la elección forzada, y amparados

de la corte de Francia eligieron al cardenal de Génova, que tomó el

nombre de Clemente VII, y estableció la silla de su iglesia en Aviñón.

Urbano y Clemente habían enviado entrambos al rey de Castilla, á la

sazón Enrique II, sus mensajeros, así como los había enviado en apoyo

del último Carlos V, rey de Francia; la corte de Castilla permaneció

por entonces indecisa hasta consultar en materia tan delicada á sus

varones más famosos. Posteriormente, en el año 1381, el sucesor de don

Enrique II, don Juan I, hallándose en Medina del Campo, y después de

haber reunido y consultado á sus prelados, ricos-hombres y doctores,

se decidió por Roberto de Génova, negando la obediencia al _intruso

apostático Bartolomé_, como le llama en la carta que con fecha de

Salamanca le escribió á Clemente VII, prestándole homenaje como á

único papa verdadero. Más adelante murió en su palacio de Aviñón el

papa Clemente VII, á 26 de setiembre de 1394, reinando en Castilla don

Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la unión de la Iglesia, se

propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos

evangelios renunciar el papazgo inmediatamente después de nombrados,

si así fuese necesario, y en el caso de que se ciñese á hacer otro

tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en

Roma á la elección válida y conforme de uno solo. Fué elegido, pues, en

Aviñón el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nación, y rico-hombre

de los de Luna; negóse al principio á admitir la triple corona, pero

una vez sentado en la silla apostólica, se resistió enteramente á las

solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le envió á

Juan duque de Berri y á Felipe duque de Borgoña, sus tíos, para que

renunciase conforme había jurado. Esto dió lugar á continuos debates,

que se hallaban en pie todavía en el tiempo á que nos referimos,

habiéndose declarado en favor de Benedicto, Francia, Castilla, Navarra

y Aragón, y por el papa romano el emperador, la Inglaterra y la Italia.

Con respecto á Portugal, Castilla seguía defendiendo, aunque

débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada de

Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes y

acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo había casi

abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente

le perteneciera por su boda con doña Beatriz, hija y única heredera

del muerto rey don Fernando. El odio entre Portugueses y Castellanos,

y el empeño sobre todo de aquéllos en no ver nuevamente fundido en la

corona de Castilla su suelo independiente, había dado una popularidad

extraordinaria al maestre de Avís; ayudado de ella se propuso á quitar

la vida al conde de Orén en el mismo palacio de la regenta, y permitió

á sus partidarios la muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de

la torre: erigióse rey en Coimbra con el dictado de Juan I, después de

la resignación de regenta de la viuda Leonor, y reclusión de ésta por

nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras

crónicas contemporáneas.

Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de

la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo

sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos á su hijo y

sucesor Enrique III, le había legado también las dudas que acerca de

tan delicada contienda en su propio corazón albergaba. En la época de

nuestra narración, era tan débil ya la guerra que se sostenía contra

Portugal, que más parecía efectos de una obstinación irrealizable, que

una verdadera lucha que presentase síntomas de un término definitivo.

Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existía entre las dos

naciones, si no lo hubiesen atestiguado las continuas treguas y largos

armisticios, que continuamente por una parte y por otra se ratificaban.

Enrique III, al subir al trono á los catorce años para dar fin á la

anarquía, que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, había

ratificado las ligas hechas por su padre con don Carlos VI de Francia y

con los reyes de Aragón y de Navarra; y sólo con el rey moro de Granada

sostenía una guerra muy semejante en su lentitud y en sus largas

treguas á la de Portugal.

Tal era también el estado político de Castilla en la época de nuestra

historia caballeresca, á que daremos principio desde luego sin

detenernos más tiempo en digresiones preparatorias, de poco interés

acaso para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la

particular inteligencia de los hechos que á su vista tratamos de

exponer sencilla y brevemente.

Con respecto á la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que

no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente

desenterrado; así que, el lector perdiera su tiempo si tratase de

irle á buscar comprobantes en ningún libro antiguo ni moderno:

respondemos sin embargo de que si no hubiese sucedido, pudo suceder

cuanto vamos á contar, y esta reflexión debe bastar tanto más para el

simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos

andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no

nos atreveríamos á sacar tantas líneas de verdad, ó por lo menos

de verosimilitud como las que encontrará quien nos lea en nuestras

páginas, tan fidedignas como útiles y agradables.

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 78 / 121 题