DOS PALABRAS

No tratamos de redactar un periódico: 1.º porque no nos creemos ni con

facultad ni con ciencia para tan vasta empresa; 2.º porque no gustamos

de adoptar sujeciones, y mucho menos de imponérnoslas nosotros mismos.

Emitir nuestras ideas tales cuales se nos ocurran, ó las de otro tales

cuales las encontremos para divertir al público, en folletos sueltos

de poco volumen y de menos precio, este es nuestro objeto; porque en

cuanto á aquello de instruirle, como suelen decir arrogantemente los

que escriben de profesión ó por casualidad para el público, ni tenemos

la presunción de creer saber más que él, ni estamos muy seguros de que

él lea con ese objeto cuando lee. No siendo nuestra intención sino

divertirle, no seremos escrupulosos en la elección de los medios,

siempre que estos no puedan acarrear perjuicio nuestro, ni de tercero,

siempre que sean lícitos, honrados y decorosos.

Á nadie se ofenderá, á lo menos á sabiendas; de nadie bosquejaremos

retratos; si algunas caricaturas por casualidad se pareciesen á

alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos

al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje

de parecérsele. Adoptamos por consiguiente con gusto toda la

responsabilidad que conocemos del epíteto satírico que nos hemos echado

encima; solo protestamos que nuestra sátira no será nunca personal, al

paso que consideramos la sátira de los vicios, de las ridiculeces y de

las cosas, útil, necesaria, y sobre todo muy divertida.

Siendo nuestro objeto divertir por cualquier medio, cuando no se le

ocurra á nuestra pobre imaginación nada que nos parezca suficiente

ó satisfactorio, declaramos francamente que robaremos donde podamos

nuestros materiales, publicándolos íntegros ó mutilados, traducidos,

arreglados ó refundidos, citando la fuente, ó apropiándonoslos

descaradamente, porque como pobres habladores hablamos lo nuestro y

lo ajeno, seguros de que al público lo que le importa en lo que se le

da impreso no es el nombre del escritor, sino la calidad del escrito,

y de que vale más divertir con cosas ajenas que fastidiar con las

propias. Concurriremos á las obras de otros como los faltos de ropa á

los bailes del carnaval pasado; llevaremos nuestro miserable ingenio,

le cambiaremos por el bueno de los demás, y con ribetes distintos lo

prohijaremos, como lo hacen muchos sin decirlo; de modo que habrá

artículos que sean una capa ajena con embozos nuevos. El de hoy será

de esta laya. Además ¿quién nos podrá negar que semejantes artículos

nos pertenezcan después de que los hayamos robado? Nuestros serán

indudablemente por derecho de conquista. Habrálos también sin embargo

enteramente nuestros.

Siguiendo este sistema no podemos fijar las materias de que hablaremos;

sabemos poco, y aún sabemos menos lo que se nos podrá ocurrir, ó lo que

podremos encontrar. Reirnos de las ridiculeces; esta es nuestra divisa:

ser leídos; este es nuestro objeto: decir la verdad; este nuestro medio.

Aunque nos damos tratamiento de nos, bueno es advertir que no somos más

que uno, es decir, que no somos lo que parecemos; pero no presumimos

tampoco ser más ni menos que nuestros coescritores de la época.

[Ilustración]

EL POBRECITO HABLADOR

REVISTA SATÍRICA DE COSTUMBRES, ETC., ETC.

POR EL BACHILLER

DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA

¿QUIÉN ES EL PÚBLICO

Y DÓNDE SE LE ENCUENTRA?

(Artículo robado)

El doctor tú te le pones,

El Montalván no le tienes,

Con que quitándote el don

Vienes á quedar Juan Pérez.

_Epigrama antiguo contra el doctor don Juan

Pérez de Montalván_

Yo vengo á ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz,

un pobrecillo, como ya se echará de ver en mis escritos; no tengo más

defecto, ó llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más veces

sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase porque otros tienen el

no hablar nada, aunque se les pregunte la suya. Entremétome en todas

partes como un pobrecito, y formo mi opinión y la digo, venga ó no

al caso, como un pobrecito. Dada esta primera idea de mi carácter

pueril é inocentón, nadie extrañará que me halle hoy en mi bufete con

gana de hablar, y sin saber qué decir; empeñado en escribir para el

público, y sin saber quién es el público. Esta idea, pues, que me

ocurre al sentir tal comezón de escribir será el objeto de mi primer

artículo. Efectivamente antes de dedicarle _nuestras_ vigilias y tareas

_quisiéramos_ saber con quién _nos_ las _habemos_.

Esa voz _público_ que todos traen en boca, siempre en apoyo de sus

opiniones, ese comodín de todos los partidos, de todos los pareceres,

¿es una palabra vacía de sentido, ó es un ente real y efectivo? Según

lo mucho que se habla de él, según el papelón que hace en el mundo,

según los epítetos que se le prodigan y las consideraciones que se le

guardan, parece que debe de ser alguien. El público es _ilustrado_,

el público es _indulgente_, el público es _imparcial_, el público es

_respetable_: no hay duda, pues, en que existe el público. En este

supuesto, _¿quién es el público y dónde se le encuentra?_

Sálgome de casa con mi cara infantil y bobalicona á buscar al público

por esas calles, á observarle, y á tomar apuntaciones en mi registro

acerca del carácter, por mejor decir, de los caracteres distintivos de

ese respetable señor. Paréceme á primera vista, según el sentido en que

se usa generalmente esta palabra, que tengo de encontrarle en los días

y parajes en que suele reunirse más gente. Elijo un domingo, y donde

quiera que veo un número grande de personas llámolo público á imitación

de los demás. Este día un sinnúmero de oficinistas y de gentes ocupadas

ó no ocupadas el resto de la semana, se afeita, se muda, se viste y se

perfila, veo que á primera hora llena las iglesias, la mayor parte por

ver y ser visto; observa á la salida las caras interesantes, los talles

esbeltos, los pies delicados de las bellezas devotas, las hace señas,

las sigue, y reparo que á segunda hora va de casa en casa haciendo una

infinidad de visitas; aquí deja un cartoncito con su nombre cuando los

visitados no están ó no quieren estar en casa; allí entra, habla del

tiempo que no interesa, de la ópera que no entiende, etc. Y escribo

en mi libro: «El público oye misa, el público coquetea (permítase la

expresión mientras no tengamos otra mejor), el público hace visitas, la

mayor parte inútiles, recorriendo casas, adonde va sin objeto, de donde

sale sin motivo, donde por lo regular ni es esperado antes de ir, ni

es echado de menos después de salir; y el público en consecuencia (sea

dicho con perdón suyo) pierde el tiempo, y se ocupa en futesas:» idea

que confirmo al pasar por la Puerta del Sol.

Éntrome á comer en una fonda, y no sé por qué me encuentro llenas

las mesas de un concurso que, juzgando por las facultades que parece

tener para comer de fonda, tendrá probablemente en su casa una

comida sabrosa, limpia, bien servida, etc., y me lo hallo comiendo

voluntariamente, y con el mayor placer, apiñado en un local incómodo

(hablo de cualquier fonda de Madrid), obstruido, mal decorado, en mesas

estrechas, sobre manteles comunes á todos, limpiándose las babas con

las del que comió media hora antes en servilletas sucias sobre toscas,

servidas diez, doce, veinte mesas, en cada una de las cuales comen

cuatro, seis, ocho personas, por uno ó solos dos mozos mugrientos,

mal encarados y con el menor agrado posible: repitiendo este día los

mismos platos, los mismos guisos del pasado, del anterior y de toda

la vida; siempre puercos, siempre mal aderezados; sin poder hablar

libremente por respetos al vecino; bebiendo vino, ó por mejor decir

agua teñida ó cocimiento de campeche abominable. Digo para mi capote:

«¿Qué alicientes traen al público á comer en las fondas de Madrid?». Y

me contesto: «El público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece

el agrado, el aseo y la hermosura del local».

Salgo á paseo y ya en materia de paseos me parece difícil decidir

acerca del gusto del público, porque si bien un concurso numeroso,

lleno de pretensiones, obstruye las calles y el salón del Prado, ó

pasea á lo largo del Retiro, otro más llano visita la casa de las

fieras, se dirige hacia el río, ó da la vuelta á la población por

las rondas. No sé cuál es el mejor, pero sí escribo: «Un público

sale por la tarde á ver y ser visto; á seguir sus intrigas amorosas

ya empezadas, ó enredar otras nuevas; á hacer el importante junto á

los coches; á darse pisotones, y á ahogarse en polvo; otro público

sale á distraerse, otro á pasearse, sin contar con otro no menos

interesante que asiste á las novenas y cuarenta horas, y con otro no

menos ilustrado atendidos los carteles, que concurre al teatro, á los

novillos, al fantasmagórico Mantillo y al Circo olímpico».

Pero ya bajan las sombras de los altos montes, y precipitándose sobre

estos paseos heterogéneos arrojan de ellos á la gente; yo me retiro el

primero, huyendo del público que va en coche ó á caballo, que es el

más peligroso de todos los públicos; y como mi observación hace falta

en otra parte, me apresuro á examinar el gusto del público en materia

de cafés. Reparo con singular extrañeza que _el público tiene gustos

infundados_; le veo llenar los más feos, los más oscuros y estrechos,

los peores, y reconozco á mi público de las fondas. ¿Por qué se apiña

en el reducido, puerco y opaco café del Príncipe, y el mal servido

de Venecia, y ha dejado arruinarse el espacioso y magnífico de Santa

Catalina, y anteriormente el lindo del Tívoli, acaso mejor situados? De

aquí infiero que _el público es caprichoso_.

Empero aquí un momento de observación. En esta mesa cuatro militares

disputan, como si pelearan, acerca del mérito de Montes y de León, del

volapié y del pasatoro; ninguno sabe de tauromaquia; sin embargo se van

á matar, se desafían, se matan en efecto por defender su opinión, que

en rigor no lo es.

En otra cuatro leguleyos que no entienden de poesía se arrojan á la

cara en forma de alegatos y pedimentos mil dicterios disputando acerca

del género clásico y del romántico, del verso antiguo y de la prosa

moderna.

Aquí cuatro poetas que no han saludado el diapasón se disparan mil

epigramas envenenados, ilustrando el punto _poco tratado_ de la

diferencia de la Tossi y de la Lalande, y no se tiran las sillas por

respeto al _sagrado_ del café.

Allí cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento,

avaros, digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del

día están perdidos, opinan que no saben _sentir_ como se sentía en su

tiempo, y echan abajo sus ensayos, _sin haberlos querido leer siquiera_.

Acullá un periodista _sin período_, y otro periodista con _períodos

interminables_, que no aciertan á escribir artículos que se vendan,

convienen en la manera indisputable de redactar un papel que llene con

su fama sus gavetas y en la importancia de los resultados que tal ó

cual artículo, tal ó cual vindicación debe tener en el _mundo_ que no

los lee.

Y en todas partes muchos majaderos, que no entienden de nada, disputan

de todo.

Todo lo veo, todo lo escucho, y apunto con mi sonrisa, propia de un

pobre hombre, y con perdón de mi examinando: «El ilustrado público

gusta de hablar de lo que no entiende».

Salgo del café, recorro las calles, y no puedo menos de entrar en las

hosterías y otras casas públicas; un concurso crecido de parroquianos

de domingo las alborota merendando ó bebiendo, y las conmueve con

su bulliciosa algazara; todas están llenas: en todas el Yepes y el

Valdepeñas mueven las lenguas de la concurrencia, como el aire la

veleta, y como el agua la piedra del molino; ya los densos vapores de

Baco comienzan á subirse á la cabeza del público, que no se entiende á

sí mismo. Casi voy á escribir en mi libro de memorias: «El respetable

público se emborracha;» pero felizmente rómpese la punta de mi lápiz

en tan mala coyuntura, y no siendo aquel lugar propio para afilarlo,

quédase _in pectore_ mi observación y mi habladuría.

Otra clase de gente entre tanto mete ruido en los billares, y pasa las

noches empujando las bolas, de lo cual no hablaré, porque este es de

todos los públicos el que me parece más tonto.

Ábrese el teatro, y á esta hora creo que voy á salir para siempre de

dudas, y conocer de una vez al público por su indulgencia ponderada, su

gusto ilustrado, sus fallos respetables. Ésta parece ser su casa, el

templo donde emite sus oráculos sin apelación. Represéntase una comedia

nueva; una parte del público la aplaude con furor: es sublime, divina;

nada se ha hecho mejor de Moratín acá: otra la silba despiadadamente;

es una porquería, es un sainete, nada se ha hecho peor desde Comella

hasta nuestro tiempo. Uno dice: «Está en prosa, y me gusta solo por

eso; las comedias son la imitación de la vida; deben escribirse en

prosa». Otro: «Está en prosa y la comedia debe escribirse en verso,

porque no es más que una ficción para agradar á los sentidos; las

comedias en prosa son cuentecitos caseros, y si muchos las escriben

así, es porque no saben versificarlas». Éste grita: «¿Dónde está el

verso, la imaginación, la chispa de nuestros antiguos dramáticos?

Todo eso es frío, moral insípida, lenguaje helado; el clasicismo

es la muerte del _genio_». Aquel clama: «¡Gracias á Dios que vemos

comedias arregladas y morales! La imaginación de nuestros antiguos era

desarreglada: ¿qué tenían? Escondidos, tapadas, enredos interminables

y monótonos, cuchilladas, graciosos pesados, confusión de clases, de

géneros; el romanticismo es la perdición del teatro: sólo puede ser

hijo de una imaginación enferma y delirante». Oído esto, vista esta

discordancia de pareceres, ¿á qué me canso en nuevas indagaciones?

Recuerdo que Latorre tiene un partido considerable, y que Luna sin

embargo es también aplaudido sobre esas mismas tablas donde busco un

gusto fijo; que en aquella misma escena los detractores de la Lalande

arrojaron coronas á la Tossi, y que los apasionados de la Tossi

despreciaron, destrozaron á la Lalande, y entonces ya renuncio á mis

esperanzas. ¡Dios mío! ¿dónde está ese público tan indulgente, tan

ilustrado, tan imparcial, tan justo, tan respetable, eterno dispensador

de la fama, de que tanto me han hablado; cuyo fallo es irrecusable,

constante, dirigido por un buen gusto invariable, que no conoce más

norma ni más leyes que las del sentido _común_, que tan pocos tienen?

Sin duda el público no ha venido al teatro esta noche: acaso no

concurre á los espectáculos.

Reúno mis notas, y más confuso que antes acerca del objeto de mis

pesquisas, llego á informarme de personas más ilustradas que yo.

Un autor silbado me dice cuando le pregunto: ¿quién es el público?

«Preguntadme más bien cuántos necios se necesitan para componer un

público». Un autor aplaudido me responde: «Es la reunión de personas

ilustradas, que deciden en el teatro del mérito de las producciones

literarias».

Un escritor cuando le silban dice que el público no le silbó, sino que

fué una intriga de sus enemigos, sus envidiosos, y este ciertamente no

es el público, pero si le critican los defectos de su comedia aplaudida

llama al público en su defensa; el público la ha aplaudido; el público

no puede ser injusto; luego es buena su comedia.

Un periodista presume que el público está reducido á sus suscritores,

y en este caso no es grande el público de los periodistas españoles.

Un abogado cree que el público se compone de sus clientes. Á un médico

se le figura que no hay más público que sus enfermos, y gracias á su

ciencia este público se disminuye todos los días; y así de los demás:

de modo que concluyo la noche sin que nadie me dé una razón exacta de

lo que busco.

¿Será el público el que compra la Galería fúnebre de espectros y

sombras ensangrentadas, y las poesías de Salas, ó el que deja en la

librería las Vidas de los Españoles célebres y la traducción de la

Ilíada? ¿El que se da de cachetes por coger billetes para oir á una

cantatriz pinturera, ó el que los revende? ¿El que en las épocas

tumultuosas quema, asesina y arrastra, ó el que en tiempos pacíficos

sufre y adula?

Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda, ¿será acaso

la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las

leyes y con la justicia? ¿Será la que condena á vilipendio eterno

al hombre juicioso que rehusa salir al campo á verter su sangre por

el capricho ó la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él?

¿Será la que en el teatro y en la sociedad se mofa de los acreedores

en obsequio de los tramposos, y marca con oprobio la existencia y el

nombre del marido que tiene la desgracia de tener una loca ú otra cosa

peor por mujer? ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los

nombres de señor ó de héroe, y sanciona la muerte infamante del que

roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el

honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la

punta incierta de un hierro afilado?

¿En qué consiste, pues, que para granjear la opinión de ese público se

quema las cejas toda su vida sobre su bufete el estudioso é infatigable

escritor, y pasa sus días manoteando y gesticulando el actor

incansable? ¿En qué consiste que se expone á la muerte por merecer sus

elogios el militar arrojado? ¿En qué se fundan tantos sacrificios que

se hacen por la fama que de él se espera? Sólo concibo, y me explico

perfectamente el trabajo, el estudio que se emplean en sacarle los

cuartos.

Llega empero la hora de acostarse, y me retiro á coordinar mis notas

del día: léolas de nuevo, reúno mis ideas, y de mis observaciones

concluyo:

En primer lugar, que el público es el pretexto, el tapador de los fines

particulares de cada uno. El escritor dice que emborrona papel, y saca

el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico

cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por

el bien del público. El juez sentencia _equivocadamente_ al inocente

por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan,

imprimen y roban por el mismo motivo; y en fin, hasta el... ¿Pero á qué

me canso? Yo mismo habré de confesar que escribo para el público, so

pena de tener que confesar que escribo para mí.

Y en segundo lugar concluyo: que no existe un público único,

invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la

sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres

diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que

llamamos público; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto

y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es

intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que

novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se

decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras;

que ama con idolatría sin _porqué_, y aborrece de muerte sin causa; que

es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo

regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada

uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la

medianía intrigante y _charlatana_, y el objeto de su olvido ó de su

desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad é ingratitud los

servicios más importantes, y premia con usura á quien le lisonjea y le

engaña; y por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la

posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados.

[Ilustración]

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 55 / 121 题