La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una
especulación en tierras, bastante grande en relación á la importancia
del pueblo.
La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente
de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó á la mitad
de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos
comenzaron á andar á caballo ó á esconderse como los peludos.
Pero, antes de esta semi-catástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta
sin diez ó doce remates de solares, quintas y chacras, y un terreno
cualquiera solía tener en un solo mes cuatro ó cinco propietarios
sucesivos, dejando apreciable ganancia á todos los vendedores.
Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de
la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba
prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los
albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.
Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad
para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de
«sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por
solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.
Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al
fondo de la verídica historia que narramos.
Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal
aplicado[2] y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar,
quedaba á veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el
«sobrante».
Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelemos á
las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento
cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta
y siete y media varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:
37½ 37½ 37½ 37½
A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=150 varas
Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150
varas,--equivocados al situarse los puntos A y B,--era forzoso que
entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente
ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de
pudor administrativo) entre solar y solar.
37½ 37½ 37½ 37½
A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=165 varas
Las quince varas de diferencia--sobrante--eran adjudicadas al precio
primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente--á la
persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de
influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir
entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro
influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban
á peso de oro, un terreno que habían pagado ya, pero cuyo exceso de
superficie no ignoraban probablemente: á un engaño hay otro engaño, á
un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.
Este error topográfico, provocaba el inverso, que otro línea explicará,
sin más vueltas:
37½ 37½ 37½ 37½
A ━━━━━━━━━━━━ B=112.50 varas
En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera ó pudiese forjarse
un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba
(naturalmente si era situacionista porque la reclamación no «cuajaba»
de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir
las varas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez ó veinte
veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado
cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron
por este sistema! y si Ferreiro llegó á diputado fué sólo á costa de
muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí,
indicar á otros ó repartir entre los «personajes» que le interesaban ó
podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas
«comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales,
de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente
su propina.
Esto hubiera bastado á cualquier gobierno aprovechador.
Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo
resolvieron un buen día dedicarse también á la industria y establecer
una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados
estupendos.--Asistamos á la reunión en que quedaron sentadas las bases
de la empresa.
Celébrase ésta en casa del juez de Paz D. Pedro Machado, con asistencia
del intendente Municipal D. Domingo Luna, del comisario Barraba, del
doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías
habían de conducirlo más tarde á ser todo un personaje provincial y
hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de
que «todo se andará si el palito no se quiebra».
Es de noche. Ronco son hace del mar la resaca...
Una chinita desarrapada, ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa
del comedor, como adorno característico, se alza un porrón de ginebra
rodeado de copas.
Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia
lo lucrativo que á su parecer resultará el negocio, las ventajas que
reportará á los asociados, las grandes cantidades de ladrillo que se
podrán producir y vender...
--Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och'hornos en el pueblo y
nos van á hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces
de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos
sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...
Largo rato se debatió la cuestión, entróles miedo á los presuntos
fabricantes, y ya iban á abandonar la empresa por demasiado aleatoria,
cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte
en la discusión, electrizó de nuevo á sus socios y discípulos de
siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:
--¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder
trabajar?--preguntó á don Domingo Luna, el más interiorizado en el
asunto.
--Seis meses.
--¿Y para que venga la maquinaria de Europa?
--Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.
--Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...
Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros
y exclamaciones de satisfacción. Á nadie se le ocurrió objetar
que aquello podría ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con
semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó á Ferreiro en el hombro.
Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una
copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y
levantando la cabeza sonriente, y D. Domingo hizo un movimiento tan
brusco é intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la
china cebadora.
El plan de Ferreiro era muy sencillo:
Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un
principio, y como los improvisados «ingenieros»--ni agrimensores
siquiera,--municipales habían hecho las calles en forma de dientes de
sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar
al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación
mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano
de la futura ciudad.
Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábríca; los horneros,
presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres
de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían á producir
«ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina»,
demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.
Y así se hizo, como se dijo.
Los horneros fueron emigrando poco á poco; la maquinaria llegó; la
fabricación inicióse con un resultado desastroso, porque nadie entendía
aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja;
(la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un
viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América ú otro país bárbaro);
gritó _La Pampa_; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él
enviando anónimos al gobernador y á los periódicos de la capital...
Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires,
comenzaron á levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos,
como diciendo «compradme», Ferreiro se encaró cierto día con «el digno
y progresista intendente de Pago Chico», según _El Justiciero_.
--¡Hombre, don Domingo! ¡Se me acaba de ocurrir una cosa!
--¡Vamos á ver qué se le ocurre!--exclamó Luna.--Estoy á su servicio.
--Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.
--¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?
--¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero, ando un poco necesitado
de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de
comprar, y naturalmente, ¡no voy á vender las acciones á algún extraño
que vaya á meter las narices en nuestros asuntos!...
--¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?
--Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se
las doy por lo que me costaron.
--¡Arreglao!--exclamó el otro muy satisfecho.
Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad
anónima de los ladrillos de máquina.
Véase ahora la tontería de Ferreiro:
Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los
obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces
más que su valor fiduciario, y D. Domingo Luna, hecho un puerco espín,
exclamaba:
--¡Á este Ferreiro no hay por donde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!...
¡Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó
el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo!
¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no á mañas
libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que díbamos á
hacer!...
Una vez se atrevió á increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:
--Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario,
estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación
es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último,
es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.
--Pero, yo soy su amigo, don...
--En la especulación, lo mismo que en el juego no hay amigos, sino
enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al
fin y al cabo, y aquí estoy yo para hacer que se desquite. Compre
certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de
pocos meses habrá duplicado ó triplicado el capital.
Y fué, en efecto, un gran negocio para D. Domingo, quien perdonó
gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los
malhadados ladrillos de máquina...