No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitóse
de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad
policial fuera á poner en vereda á los revoltosos pagochiquenses.
Antes de él, es decir, antes de que se fundara _La Pampa_ y se formara
el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel
pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos.
El antecesor de Barraba fué un tal Benito Páez, gran truquista,
no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo,
salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino en número
reducidísimo,--aunque las planillas dijeran lo contrario,--para crearse
honestamente un sobre sueldo con las mesadas vacantes.
--¡El comisario Páez--decía Silvestre--se come diez ó doce vigilantes
al mes!
La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de
La Polvadera[1], las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres
no menos perentorios, obligaban á D. Benito Páez á frecuentes, á casi
reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo
tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fué ir un comisario activo
con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos
y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la
boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias
filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque
quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel
tiempo, y los viejos del pago lo repiten á menudo.
Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal
inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos
rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran á
escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, D. Benito
ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni
dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el
personal con gendarmes de ocasión.
Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra
y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso,
dos hombres á caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del
chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se
dirigieron á la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo
las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad
corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de
intransitabilidad.
Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos
personajes de novela caballeresca, y llegaron á la puerta de la
comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el
mejor caballo,--y en quien el lector perspicaz habrá reconocido
al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra á su
asistente--trepó á la acera sin desmontar, dió tres fuertes golpes en
el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...
Y esperó.
Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y
refunfuñando un terno volvió á golpear con mayor violencia.
Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se
notaba movimiento alguno.
Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo
cada una de ellas con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin
allá á las cansadas entreabrióse la puerta, vióse por la rendija la
llama vacilante de una vela de sebo, y á su luz un ente andrajoso
y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y
dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.
--¿Está el comisario?--preguntó el inspector bronco y amenazante.
El otro, humilde, tartamudeando, contestó:
--No, señor.
--¿Y el oficial?
--Tampoco, señor.
El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco
para atrás, y ordenó, perentoriamente:
--¡Llame al cabo de cuarto!
--¡No... no... no hay señor!
--De modo que no hay nadie aquí, ¿no?
--Sí se... señor... Yo.
--¿Y usted es agente?
--No, señor... yo... yo soy preso.
Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que
temblaba de pies á cabeza.
--¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?
--Sí se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la
esquina bo... borracho, ¡sí se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.
Una hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones
de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera.
Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó á dar simples
explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría
el hecho de que su sistema no sufrió modificación, y de que el
preso-portero y protector de agentes descarriados, siguió largos meses
desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.