Mi permanencia en el delicado servicio que tenía a su cargo el sargento
Gómez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudiera
concurrir, y en ella aprendí a conocer este Buenos Aires bello y
monstruoso, esta reunión informe de vicios y de virtudes, de grandezas y
de miserias.
Yo penetré el movimiento de los hombres en sus calles estrechas, las
pasiones que encierran los palacios y los conventillos, los intereses
que se juegan diariamente desde la Bolsa a los mercados, y, nacido en
las más humildes esferas, ascendí peldaño a peldaño la larga escala
social, tendida entre el humilde vigilante, que, parado en una esquina,
expuesto a las inclemencias del tiempo, ignora todo lo que no se
relacione con el pequeño radio puesto a su cuidado, y apenas sospecha
los sucesos de más volumen que ocurren fuera de su parada y la vida
turbulenta y accidentada de los hombres de mundo.
Todo lo que vi y aprendí en mi larga y penosa ascensión, todo desfilará
en las páginas de estas Memorias, y si no en este volumen, en otro que
le seguirá reflejaré con toda la precisión que me sea dado, las cosas y
los hombres que encontré en el andar de mi vida y los sucesos
extraordinarios en que más de una vez tuve que actuar.