Los lunfardos que _cuentan el cuento_, dan a cada uno de sus robos un
nombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.
Cuando estafan, valiéndose de los sentimientos religiosos, dicen que han
hecho "un católico", y si han empleado el recurso de los papeles
inservibles, o sea _el balurdo_, _han hecho_ un _toco_ o _un vento_,
_mischo_.
También tienen otro golpe lucrativo, que es el _cambiazo_, o sea el
engaño, la mistificación, otra prueba del ingenio de estos perdularios
que si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas útiles,
producirían verdaderas maravillas.
Un señor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a hora
determinada a un almacén, cuyo propietario encierra en el fondo de su
alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibido
para el vulgo, pero que el olfato finísimo de los estafadores ha
descubierto.
Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos,
diariamente y a la misma hora: el almacenero nota la singularidad y
designa a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando un
momento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar su
consumo.
Cuando ya ha sido notado, pregunta un día si hay buen Oporto o buen
Coñac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires de
hombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando al despacho de
bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.
Este pequeño consumo a hora fija, establece una especie de intimidad
entre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, le
hace saber que es un funcionario de categoría elevada, más o menos en
los ramos en que el almacenero pueda tener algún día necesidad de un
buen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo político
dominante o con el comisario de la sección o con la comisión de higiene
de la parroquia.
Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad del
consumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos o
tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen día el
hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro,
con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:
--¡Vea!... ¡Hágame el favor de hacerme tasar esta prenda con algún
joyero de su confianza, algún amigo de conciencia!... ¡Tengo necesidad
de saber exactamente su precio!
El almacenero acepta complacido la comisión, y al otro día le informa
que la alhaja es riquísima y que puede valer como mínimum seiscientos
pesos.
--¡Bueno, amigo!... ¡Me alegro!... ¡Estoy salvado!... Figúrese que
necesito trescientos pesos por cuatro o cinco días para un compromiso, y
un usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no era buena y
que por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría cincuenta
de interés.
--¡Qué bárbaro!--dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole los
ojos.
--Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?
--¡Claro!
--¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!
--¡Es natural!... ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza!...
¿Qué diablos, para qué son los amigos?
Y cierran el trato.
A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la
prenda en setecientos pesos y quiere verla.
El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se
retiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito"
famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".
Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.
El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios,
llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con
dolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino
también su nombre y apellido.
La duda le asalta y va a ver al joyero que le tasó la prenda, y éste le
declara rudamente que no es la misma que le llevó la primera vez sino
una imitación.
Y aquí son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas las
personas que entran al negocio, pero nada le vale: el _cambiazo_ se
efectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesos
volaron del cajón como por arte de encantamiento.