EL _escruchante_--Es decir, aquel cuya especialidad es abrir puertas con
o sin violencia--es otra interesante variedad de la familia lunfarda.
Los que la forman son, por lo general, individuos de avería, hombres
avezados a todas las asperezas de la vida.
Brotan de las capas inferiores de la sociedad, y rara vez alcanzan otras
más elevadas: son constante y perennemente víctimas del que _ha
campaneado_--estudiado--el robo a realizar, y su fin es generalmente
desastroso.
Concluyen por ser un harapo humano a fuerza de consumirse en las
cárceles o en los más bajos fondos de la corrupción.
La miseria, engendradora de todas las lepras, luce en ellos sus fuerzas
y su vigor.
De todos los lunfardos es el _escruchante_ el más desgraciado: sus robos
son los más fáciles de descubrir, sus condenas son las más largas, sus
días son los más negros, pues cuando no está preso lo andan buscando.
Es necesario tener una afición desenfrenada a lo ajeno, para dedicarse
al _escrucho_.
El escruchante tiene tres especialidades: se dedica a fabricar llaves
falsas, a trabajar con el formón o a _cargar la burra_, o sea alzar los
robos.
Poco se le ve en la calle durante el día: camina sólo de noche o en la
madrugada, hora en que la vigilancia es menos activa.
Sus _golpes_ los reciben ya estudiados por el _campana_, que percibirá
su buena parte, sin riesgo.
Éste es el que moldea las llaves que el escruchante fabricará en los
ratos de ocio, en su tugurio, donde tiene su pequeño taller _ad
hoc_[83]; el que estudia las costumbres del habitante de la casa que va
a robarse; el que levanta el plano de sus entradas, salidas, caminos
fáciles para escapar, parada del vigilante, hora en que hace la ronda y
demás datos útiles.
¡En posesión de todos estos elementos, es que el _escruchante_ tienta su
empresa y va dispuesto a todo!
Si se ha moldeado bien la llave, ésta ha sido seguramente bien hecha y
funcionará a maravilla, simplificándose mucho el trabajo.
Si no anda bien, es necesario abandonar la empresa hasta que los
defectos se hayan corregido o recurrir a la violencia, que dobla las
probabilidades del fracaso, y sobre todo la condena.
Entonces es cuando se recurre a cortar el tablero de la parte inferior
de la puerta, formado por lo general de madera blanda, en la cual una
cuchilla afilada_ entra como en queso_ y abre un buen postigo.
Si el dueño de casa es precavido, y usa sus puertas enchapadas de hierro
en la parte vulnerable, se da un corte en el umbral con el formón frente
a los pasadores y se levantan éstos; luego se introduce la _pata de
cabra_--instrumento de acero, formado en zigzag--frente a la cerradura,
y se la hace saltar sin ruido, con un leve movimiento lateral.
La puerta ya presenta facilidad para enlazar con una faja el pasador de
arriba y correrlo.
Puede ser que la precaución del propietario haya llegado hasta poner una
barra, y entonces hay que tratar de sacarla.
La extremidad libre de la faja con que se enlazó el pasador se pasa por
debajo de la barra y se tira para arriba.
Si aquélla es de gancho, cede al esfuerzo, y se la baja hasta el suelo
con cuidado para que no haga ruido, para lo cual se afloja una de las
puntas de la faja poco a poco; si es de las que tienen candado, es mejor
renunciar al golpe: la puerta es infranqueable.
Cuando el robo no puede hacerse con violencia, se recurre a sobornar un
dependiente que deje la puerta abierta, o se coloca en la casa una
persona que lo haga, y que pasará en ella el tiempo necesario para
acreditarse y alejar sospechas.
Si estos medios no son posibles, queda aún el recurso de _meter un
gato_, es decir, hacer esconder en la casa un cómplice que a una hora
dada franqueará la entrada.
Este papel de _gato_ no lo desempeña cualquiera es necesario dedicarse a
él y hacerse una especialidad; acostumbrarse a estar inmóvil por horas
enteras; a respirar sin hacer ruido; a no estornudar ni toser; en fin, a
hacerse un cadáver.
_El Cuervito_, Román--un gajo de cierta familia, en que padres, hijos,
hijas, tíos y tías, eran del arte, abarcando todas sus variedades, se
metió _de gato_ en casa de un inglés, en la calle Corrientes, y su
respiración fatigosa--pues era asmático--le traicionó, valiéndole un
balazo y una buena condena.
Una vez, cierto ladrón conocido--un santafecino, Ludueña--que había sido
soldado de línea, después desertor en la frontera y hasta capitanejo
entre los indios, penetró en un almacén, luego de acostados los dueños y
robó el dinero que encontró, llegando en su osadía hasta haber bebido y
comido como si estuviera en su casa.
El robo lo practicó a vista y paciencia de los damnificados--un
matrimonio italiano--quienes no se animaron a contar los detalles cuando
dieron cuenta del hecho.
Al ser conocidos éstos por referencias o jactancia del mismo Ludueña,
fue muy celebrada la hazaña, llegando ella a nuestros oídos.
Estando una vez preso por haber practicado un robo en la fábrica de
baldosas "La Fe", y respondiendo a alguien que le preguntó si era cierto
lo del almacén, dijo:
--¿Cómo no?... ¡Si yo vi que los gringos se hacían los dormidos y me
aproveché!
El ladrón que penetra a una casa, va por lo general seguro de que nadie
atentará a su vida; sabe muy bien si el dueño es hombre capaz de
defender lo suyo, y en este caso, espera asegurarlo, o si en caso de
sentirlo, evitará un lance.
Muy rara vez llegan a asesinos: para ello necesitan no tener ningún
medio de que valerse a fin de tomar lo que codician o verse acorralados
y sin más probabilidad de escapar a un fracaso que una puñalada dada a
tiempo.
Su afán, su ambición, es poder llegar a ser maestros, a dirigir golpes
sin riesgo, es decir, a hacerse de un capitalito y trabajar de
_campana_.
Llegado a esa meta, el escruchante es feliz, y ha escapado al
atorrantismo, que es su bestia negra.
¡Y asimismo, hay _campana_ de éstos que de repente tropieza y quiebra su
dicha: entonces rueda al abismo sin esperanza de levantarse!
Del cinismo hacen un arte, y suele no faltarles ingenio.
Un comisario pescó, en circunstancia muy especial, a cierto escruchante
conocido: violentaba una caja en una mueblería, donde se había
introducido.
El ladrón hacía su trabajo y de repente vio entrar a un changador de la
casa, que le dijo:
--¿Qué hace usted?
--Silencio..., tengo una cita con la señora.
--¿Cita?... ¡Ahora verá!
Y a empellones lo sacó a la calle para entregarlo a un vigilante, ¡pero
cuál no sería su asombro al verse agredido a trompada limpia! Acudió el
vigilante, y ladrón y changador fueron conducidos a la comisaría por
"desorden en vía pública".
Llevados, sin embargo, ante el comisario, éste, que era un lince para
eso de ladrones, empezó a revolverle las respuestas y no tardó en
descubrir la verdad: el desorden era un pretexto para ocultar la
tentativa de robo.