SIEMPRE ADELANTE

El sargento Servando Gómez, era oriundo de Corrientes, y como soldado

del 3º de línea, había hecho las campañas del Paraguay y del interior, a

las órdenes del general Arredondo. Era, pues, un veterano como yo.

Su aprendizaje había sido rudo y tremendo; por eso en sus consejos nunca

se olvidaba de incluirme este: "Mirá, si querés pasar de sargento,

aprendé la pluma; sin esto--y movía la mano en el aire como quien

escribe--es al ñudo[72] forcejear."

No era un hombre ilustrado ni mucho menos, pero era más educado, en la

verdadera acepción del concepto, que muchos que he conocido ocupando

posiciones más elevadas.

Sus labios nunca se abrieron para una falsedad, ni para cometer una

injusticia, y en la comisaría era como el Evangelio una afirmación que

se le oyera, llegándose a decir que era hasta capaz de declarar en

contra suya si a mano venía.

Serio, grave, pocos habían visto una sonrisa en su cara angulosa,

cubierta por una tez apergaminada y morena, casi negra; no obstante, era

decidor y alegre en las horas de ocio, y más de una de sus aventuras,

casi novelescas, entretuvieron largas horas de espera en las correrías

que juntos teníamos que emprender todas las noches, ya siguiendo la

pista de algún pícaro que andaba estudiando la sección, o ya buscando la

de algún asesino que, después de cometer una fechoría, se nos había

escapado de entre las manos.

¡Y cómo admiraba yo la sagacidad, la viveza, el fino tacto y la

discreción del viejo sargento!

Cada una de sus pesquisas, a que él llamaba modestamente "trabajos", era

una filigrana y daban tentaciones de creer que tuviera pacto con el

diablo, a cualquiera que, estando en el secreto del asunto, siguiera con

atención sus procedimientos de investigación.

--¿Y quién le enseñó a trabajar, mi sargento? ¿Porque usted no habrá

aprendido solo, supongo?

--¡No!... ¡Qué esperanza!... ¡A mí me trajeron expresamente un maestro

de Inglaterra, uno de esos tigres que conocen por la cabeza a los

ladrones y a los asesinos!... ¡Mis maestros, amigo, son los que deben

tener ustedes..., si quieren servir para algo: los ojos, los oídos y las

piernas!

--¡No digo que no haya, pero yo no los he visto! ¡Vez pasada, hace como

diez años, trajeron uno, y se lo dieron al comisario Wright!... ¡Qué

hombre del diablo! ¡No sabía nada y parecía que se iba a comer el mundo!

Una noche lo hicieron examinar en la comisaría a un coronel que estaba

de visita, y que se había disfrazado de gaucho, y después de darle mil

vueltas y de hacerle sacar la lengua y blanquear los ojos, dijo que era

ladrón, asesino e incendiario.

--¡Y sería no más, pues! ¡Hay tantos diablos que parecen santos!

--¡Ave María Purísima!... ¡Si se trata de un coronel de lo mejor!... ¡

Lo que había es que, como después se supo, el sujeto era un peine de

esos que no dejan ni caspa, y que era verdad que había servido en las

policías de Europa..., pero de farolero!

Mi aprendizaje con el sargento Gómez lo hice pronto, y sus observaciones

y los cuentos que me contaba son la materia principal de los pocos

capítulos que voy a consagrar a la gente maleante con que teníamos que

bregar y a la cual recién más adelante conocí, cuando, colocado ya en

altura mayor que la de simple agente de pesquisas, me fue dado penetrar

en las profundidades de nuestro organismo social, estudiando casos

particulares.

Memorias de un vigilante · 第 30 / 56 题