Dos días después, al llegar una tarde al Departamento, tras quince días
de facción en el Ministerio del Interior, se me comunicó que debía
presentarme al siguiente en la comisaría 2ª, a cuyo personal quedaba
adscripto.
¡Adiós vida regalona y tranquila!
¡Salve días oscuros y brumosos!
Esa noche vi pasar ante mis ojos, en sueños, la figura plácida del
ministro del Interior[69], con sus cuidadas patillas canosas, sus
verrugas y lunares, y la eterna sonrisa bondadosa con que acompañaba sus
saludos graves, correctos y parsimoniosos.
Tras él iba también la turbamulta de buscadores de empleos, que formaban
su séquito ministerial, y que, según la voz corriente en antesalas,
jamás se desengañaba, y raras veces conseguía lo que buscaba, pues si
bien el hombre era servicial y generoso, el ministro no tenía medios
cómo satisfacer sus exigencias, siempre crecientes.
Pasó ante mí, siguiéndolo, el viejo sargento del tiempo de Rosas, que se
sentaba en la cuarta silla de la izquierda; el señor calvo que se reunía
en uno casi invisible, con que quería taparse la oreja, los pocos
mechones dispersos que poseía; el caballero cordobés que promiscuaba
entre esta antesala y la de los demás ministros, y cerrando la marcha de
la larga fila interminable, los habituales del despacho, los amigos de
confianza: un señor, que más tarde he visto de comerciante de fuste,
otro medio francés, que era periodista, y que después he encontrado de
librero; un periodista fogoso, que luego ha sido orador político e
historiador de vuelo, y un coronel, que--según la voz corriente
circulada por El Cascabel, que redactaba esa pléyade de inteligencias
vigorosas, que después ha tenido tanta actuación en nuestra
patria--"comandó con gran denuedo los lanceros de la Muerte, que se
murieron de miedo".
Y más lejos, atrás de todos, el mayordomo Luis Morel, siempre apurado,
perseguido por el ordenanza, su rival, que iba lanzando pullas agudas
contra el ministro, y analizando su costumbre de tener cigarrillos para
su uso y otros para convidar, y de alumbrarse con vela durante el día,
teniendo el despacho casi a oscuras!
Este rival del mayordomo era el propagandista más asidao de las
versiones contra el ministro, y tengo la seguridad de que la mayor parte
de los cuentos que circulaban en la Casa de Gobierno, como una
cosquilla, eran hijos de su labio maldiciente.
Una vez lo vi rodeado de todos los ordenanzas del Congreso, que andaban
en no sé qué gestión ministerial, y se entretenían en contar el modo de
ser y de vivir de cada congresal, en aquilatar sus méritos como oradores
y sus probabilidades de reelección, en criticar su vestuario y hasta en
vituperar su procedimiento dentro de la Cámara.
--¡Ése es bueno, dijo uno, refiriéndose al señor José Fernández,
caudillo de la Boca del Riachuelo; cuando puede, sirve: es medio
camandulero[70] cuando no puede, pero tiene alma!
--Hombre--interrumpió el rival del mayordomo--, decile que aprenda de mi
ministro, que sirve con palabras desleídas en sonrisitas. Mirá. ¡Aquí
verás siempre las antesalas llenas de la misma gente: son personas que
esperan durante meses un maná que nunca llega, y... siempre están
contentas!
--¡No digás!
--¿No digás?... ¡Pero si es sabido! ¡Y el proceder es sencillo! Cuando
hay una vacante de administrador de Correos en algún pueblito de la
frontera o de Jujuy, de esos que ganan diez pesos, ¿sabés?..., la
guarda, y empieza a hacer entrar a los penitentes.
--¡Claro!... ¡Y los pobres no agarran!
--¡Qué van a agarrar!... Y ahí empieza él con sus sonrisas y sus
disculpas: "No hay más; por esto verá que no lo olvido; otra vez
será"... ¡Y los hombres se retiran satisfechos, y... como vinieron!