LOS BOCETOS DE UN MIOPE

¡Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor, de tener

tantos compañeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo, solo como si me

hallara en el desierto!

¡No había en la multitud un alma que armonizara con la mía, y envidiaba

de corazón a los cabos y sargentos que de nada se asombraban y parecían

saberlo todo, no sabiendo nada en realidad, y a los soldados como yo, a

quienes no les preocupaba lo que ignoraban, sino lo poco que sabían y

tenían el coraje de estar alegres y de reír!

¡Con qué ahinco estudiaba mis obligaciones, y cómo me contraía a mis

deberes, circunscribiéndolos al límite más estrecho que era posible,

tratando de aislarlos del mundo aquel, que me rodeaba y que temía!

¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y libre y

despreocupado pude entregarme a la investigación paciente y minuciosa de

todo lo que me rodeaba, a la observación metódica y tranquila de todo lo

que veía y oía, y cuánta conquista pude hacer para mi alma anhelosa de

conocer, y sedienta de vivir!

Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarán tal vez, las

escenas callejeras que más me impresionaron, los cuadros de la vida que

primero descifraron mis ojos y las primeras letras del abecedario social

que aprendí a conocer.

Mi primer servicio en carácter de vigilante fui a prestarlo a los veinte

días de mi ingreso, bajo la dirección del cabo Pérez; el teatro elegido

fue el Ministerio del Interior[54], donde se requería, por no sé qué

causa, ayuda de la fuerza pública.

El tal servicio consistía en estar parado en la puerta de la sala de

espera... y en nada más.

Quince días pasé desempeñando mi comisión con toda conciencia, bajo la

inmediata vigilancia del cabo, que era flamante, lleno de ardimiento, y

creía que las funciones que desempeñábamos eran de esas que ni los

pueblos ni los gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido la

suerte de ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores,

no ya de estatuas en las plazas públicas, sino de ser tenidos como

ejemplos en la historia de la humanidad civilizada.

¡Pobre Pérez!

¡Era español, como de treinta años, y se tenía por bello, por valiente y

por muy entendido en achaques de ordenanzas de policía! ¡Casi no había

buena cualidad atribuida por los hombres de una época a los que vivieron

en otra, que él, con una modestia verdaderamente infantil, no se las

atribuyera y tratara de convencer, a los pocos con quienes tenía

contacto en el mundo, que verdaderamente las poseía!

Era generoso, y una vez casi lloró porque lo mandaron al Once de

Septiembre y no le dieron dos pesos de los viejos para el tramway; era

suertudo en lides de amor, y la mujer se le escapó con un sepulturero de

la Recoleta, que se iba como administrador del Cementerio de

Navarro[55]; era sobrio y por lo general lo arrestaban por ebrio; y era

valiente, y hubo que darlo de baja porque desertó una consigna,

perseguido por unos vendedores de diarios, que le quitaron el machete y

el kepí.

¡Allí, en el Ministerio, se daba un corte bárbaro, y aún me parece ver

su figurita, que parecía recortada de una caja de fósforos!

Con paso reposado medía, contoneándose, el ancho corredor, mientras yo

estaba de facción en la puerta del salón de espera, casi al lado de la

ventanilla correspondiente a la Mesa de Entradas y Salidas.

Invariablemente llevaba la mano izquierda apoyada en la reluciente

empuñadura del machete, la derecha suspendida por el pulgar en la parte

delantera del cinturón, jugando como al descuido con la cadena--virgen

seguramente en poder del cabo--, el kepí volteado con aire coqueto sobre

la oreja y echando sombra sobre un ojo de color blanquizco, que parecía

hacerle guiños a una nariz arremangada y carnuda, que emergía de entre

unos bigotes semirrubios y enmarañados, que eran el orgullo de su

propietario.

Con esto y con bañar su rostro en una sonrisa con pretensiones de

picarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Pérez en toda su

graciosa majestad.

Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos Aires, puede

decirse, las tengo presentes, y las siento como si fueran de ayer; veo

aún las escenas y las cosas, tal como se presentaron a mí, así en

tropel, medio confusas, informes, barajándose de una manera infernal,

figuras, espectáculos, diálogos, ruidos y hasta aire de personas

absolutamente desconocidas, que yo encontraba en la calle o veía en las

antesalas del Ministerio en las horas de facción.

Durante mi corta comisión alcancé a conocer, con sólo verlos caminar, a

los vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando empleo; a los

imaginativos que se creen en posesión de los puestos que anhelan porque

han llevado al ministro una carta de cualquiera que se les antoja de

valimiento[56], a los pichuleadores[57], a los amigos de confianza de

los escribientes y auxiliares, a los de otros que vuelan más alto, a los

comisionistas, a los noticieros de los diarios, a las señoras honestas

que buscan pensión y a las más interesantes aun que gestionan asuntos

por cuenta ajena; fueron las que estudié y observé con más detenimiento,

porque eran las que abundaban y las que constantemente tenía ante los

ojos.

Las conocía por el aire de suficiencia que respiraban, por la majestad,

que como un perfume se exhalaba de sus personas, y por el amaneramiento

de todos sus gestos y ademanes.

No vagaban sin rumbo bajo los largos corredores de la Casa de Gobierno,

buscando aquí y allá una oficina desconocida, como cualquiera 19 viuda

que busca pensión, empleo para un jovencito que es una monada, o beca

para una señorita joven pero honrada; no señor, ellas iban seguras a su

objeto, serenas, tranquilas, y no necesitaban indicaciones ni

lazarillos.

No se las veía en las antesalas haciendo esperas, porque conocían las

horas del despacho, y si se adelantaban por un caso fortuito, se

paseaban en los corredores con aires de dueñas de casa, o formaban en la

rueda de los ordenanzas y porteros, donde salpicaban los comentarios

banales o los chismes corrientes, con la observación mordaz o el relato

pimentado, recogido de "los mismos labios de los de la presidencia", "de

los del Congreso" o de cualquier otro foco de fama indiscutible.

Yo, en mi facción al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es su

teatro, las veía en toda su magnificencia y gozaba en grande, viéndolas

desfilar en su opulenta variedad.

Al principio creía en sus amenazas, en sus cóleras, en sus penas y hasta

en sus súplicas, pero después me convencí de la realidad--comedia

pura--y al cabo de dos o tres días oía los diálogos con curiosidad, pero

sin interesarme mayormente ni por el asunto ni por quienes lo trataban.

Memorias de un vigilante · 第 21 / 56 题