EL TUFO PORTEÑO

Se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzando

en la Plaza de la Victoria[38] se propagó por toda la República y estuvo

a punto de hacer revivir las épocas de barbarie que el tiempo y la

civilización habían muerto en nuestra patria, y auras de paz y de

progreso corrían desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes al

Atlántico.

Cumplido mi servicio, pulido mi espíritu hasta donde me había sido dado

lograrlo y ansiando mezclarme al mundo de Buenos Aires, que hervía a mi

alrededor y me atraía como atrae siempre lo desconocido, pedí mi baja y

me separé del 6º; como quien dice, dejé mi casa, y en ella todos los

halagos de mi juventud, todas mis afecciones de la vida.

Con mi baja en el bolsillo y con una carta de recomendación de mi

coronel, me presenté al señor don Marcos Paz[39], que era entonces él

Jefe de Policía, en su despacho del Departamento viejo[40], que ocupaba

lo que hoy es la Avenida de Mayo[41], frente a la Plaza de la Victoria.

¡Cómo palpitaba mi corazón al encontrarme en el vasto salón, cuyas

ventanas se abrían hacia la plaza, en el cual yo contemplaba el

hervidero de gentes que me atraía!

¡Oh!... ¡Cuánta ilusión durante las largas horas de espera!

Aquellos hombres que pasaban afanosos, secándose el sudor de sus

frentes, aquellos que con un cigarro en la boca caminaban despreocupados

y tranquilos, yo los conocería en mi hora, yo sabría de las pasiones que

los movían y de las esperanzas que los alentaban.

Y alguna, quizás, de esas preciosas mujeres que como en un relámpago

pasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi vista, estaba destinada a

apartarse conmigo, allá, a una casita lejana, en cuyo umbral modesto

irían a morir sin rumores las olas tempestuosas que me azotaran en las

horas de lucha.

Y luego mi vista recorría con asombro los muros del despacho,

empapelados de color granate; los muebles tallados de los cuales no

tenía la menor idea, y comparaba aquello--que yo creía la última

expresión del lujo--con el destartalamiento de la carpa del coronel que,

a nosotros, nos parecía suntuosa.

¡Era el punto de comparación que teníamos para darnos cuenta de la

magnificencia de los palacios encantados que en sus cuentos nos

describía el trompa Gareca, aquel viejo veterano que recibió el Sol del

Ecuador a las órdenes de San Martín, que fue asistente del general

Paunero[42] en la guerra del Paraguay y que hoy duerme el sueño del

olvido en las soledades de Las Manzanas![43]

Cayó durante uno de aquellos combates homéricos del general Conrado

Villegas[44], con el bravo Namuncurá[45], y allá se quedó... como se han

quedado tantos--modestos y oscuros, de esos que cumplen el deber por el

deber y a quienes los eunucos[46] de la acción y del pensamiento les

llaman soñadores porque no pusieron, sobre todo, las exigencias de la

bestia,--sin que la patria les recuerde, por más que le consagraron lo

único que poseían: ¡la vida!

De repente me sacó de mis sueños y contemplaciones la voz del ordenanza,

quien tocándome en el hombro, me decía:

--¡Ahí está el jefe!... ¡aproveche!

Memorias de un vigilante · 第 17 / 56 题