Tras un galope de algunas leguas--andaba de vago y era joven y
aficionado al baile y las buenas mozas--llegué al viejo rancho
desmantelado y solitario--veterano de cien tormentas--donde se iba a
bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de
población en aquellos parajes.
Al acercarme al palenque, ya pude contar cuántos me habían precedido en
la llegada y hasta saber quiénes eran: allí estaban sus caballos a modo
de tarjeta de visita.
Primero, el petiso de los mandados--maceta[9] y mosqueador[10]--que
buscando verse libre de las sabandijas[11] u obedeciendo a la costumbre
de evitarlas, había ido retrocediendo hasta apartarse del grupo, y
sembrando el trayecto recorrido con las pilchas[12] del muchacho a cuyo
servicio lo había condenado la suerte, que nunca le fue propicia; luego
los mancarrones[13] de algunos gauchos pobres y de los viejos vagos del
pago, con sus aperos formados con prendas de procedencia diversa y de
más diversa fabricación, con sus riendas peludas y anudadas y con sus
cinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos; y, finalmente,
algunos redomones[14] bravíos, que al sentirme llegar yerguen las
orejas, relinchan y se agitan, indicándome que ya hay mocetones que me
harán competencia en el corazón de las dueñas de esos otros pingos,
cuidados y lustrosos, tusados[15] con coquetería, y cuya crin ha servido
para dibujar ya un arco atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y que
lucen bozales tan primorosos y cabestros tan llenos nos de bordados y de
adornos.
Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con pespuntes de
elegantes mozas.
Previo el consabido ladrido de los perros--arrancados por mi llegada a
un sueño plácido y tranquilo, el relincho de los redomones del palenque,
los saludos del dueño de la casa y _las vichadas_ de las mozas y
mocetones, que, cortos[16] con los forasteros, se han ocultado en el
rancho, eché pie a tierra y fui a sentarme en el ancho patio recién
barrido y carpido, que a la noche serviría de salón de baile, iluminado
por la luna plácida y serena, aquella luna de mi tierra que veo al
través del tiempo, quizás embellecida por el recuerdo.
Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.
Allá atrás del rancho, formado por una pieza grande de
paja--quinchada[17]--había un remedo de otra, formada por cuatro cueros
de potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente se denominaba con
el simpático nombre de _la cocina_.
A través del agujero que le servía de puerta, y por entre la nube de
humo que vomitaba, veía, desde donde estaba sentado, un hacinamiento de
cabezas, alumbradas por la llama temblorosa del fogón.
Entre risas ahogadas y cuchicheos, oía el canto monótono de la sartén en
la que se freían montones de pasteles dorados, que espolvoreados con
azúcar rubia, llevados de a seis u ocho--máximum que podía contener el
único plato de loza que había en la casa--con destino al depósito
general, que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una vieja
vigilante, tía[18] respetada de algunos muchachos greñudos y carasucias,
que de vez en cuando se asomaban por ahí, espiando el momento de dar un
malón con suerte.
Eran atraídos por el olor apetitoso y agradable de los pasteles, que
corría por todo el rancho, y que al penetrar por la nariz ponía en juego
las glándulas salivales y hacía caer los estómagos en sueños deleitosos
y en éxtasis bucólicos.
Bajo su influencia, uno llegaba hasta a olvidar que los tales pasteles
estaban guardados en un viejo fuentón de lata, bajo la cama, en compañía
del antiguo cajón de fideos, hoy humilde depósito de tabaco para el uso
de la patrona, y expuestos a las correrías irrespetuosas de las pulgas
matreras[19], que pasan su vida viajando de los perros a sus dueños y de
éstos a los perros, hasta encontrar algún benévolo forastero que, a
pesar suyo, las lleve por ahí a tierras lejanas.
Ya una veintena de mates amargos y sabrosos, o no, que eran cebados por
un muchacho roñoso--todo un maestro en el arte--habían pasado a mi
estómago, haciéndome olvidar la fatiga y el cansancio, cuando las mozas
y los mozos, que habían andado por ahí a salto de mata[20], ya más
familiarizados con los forasteros, empezaron a dejar sus escondites poco
a poco.
Ellos se acercaban serios y graves, nos daban la mano--a mí y a otros
convidados desconocidos que estábamos como en asamblea, con el brazo
rígido como si fueran a pegar una puñalada o _a asigurar un ñudo_,
murmuraban algo que no se entendía y luego se sentaban en rueda, con
toda simetría, tratando, a fuer de bien criados, de colocar los pequeños
bancos de una cuarta de alto y formados por un trozo de madera pulido
por el uso y las asentaderas, y con las cabeceras llenas de pequeños
cortes producidos por el cuchillo al _picar el naco_, de modo a no dar
la espalda a nadie.
Y allí se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo encogido en esa
posición en que se encuentran las momias incásicas en sus urnas de
barro, pintarrajeadas.
Más allá, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando la oreja,
medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa del sombrero
descolorido y ajado, están los gauchos pobres y menos considerados, con
sus chiripás rayados, sus camisetas de percal y sus rebenques colgados
en el mango del facón, atravesado en la cintura y que asoma por sobre el
culero[21] fogueando por el lazo o por bajo el tirador, cuando más
sujeto por una yunta de bolivianos[22] falsos.
Ellas, las mozas, venían en grupo, disimulando su turbación con una
sonrisa y haciendo sonar sus enaguas almidonadas y sus vestidos de
percaltiesos a fuerza de planchado y que cantaban alegremente al rozar
el suelo.
Se sentaban en hilera, graves, por más que la alegría les rebosaba; se
ponían serias, pero la risa les chacoteaba entre las pestañas largas y
crespas, jugueteaba sobre sus labios y se arremolinaba, allí, en las
extremidades de la boca.
Pronto la conversación se hizo general, la fuente de pasteles se puso al
alcance de las manos y la familiaridad comenzó a desarrugar los ceños
adustos y a alejar las desconfianzas.
Más mozos y más mozas continuaron llegando, y de recepción en recepción
y de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche, que era la
aspiración de todos.
Al fin llegó y con ella los guitarreros, que eran tres: un viejo
tuerto--verdadero archivo de cicatrices--y dos parditos, que eran sus
discípulos, los voceros de su fama y futuros herederos de su clientela
en el pago.
Se colocaron los bancos en rueda, destinado el frente que daba al
rancho--sitio de honor--para los guitarreros, para las mamás y para los
mosqueteros de más consideración; luego seguían las mozas que entrarían
en danza y la turbamulta de mirones y de asistentes.
El bastonero[23], que era dueño de casa, se situó en un punto cómodo
para abarcar el conjunto y hacer la designación de parejas con la mayor
estrictez, y mientras se acordaban las guitarras, empezó a estudiar la
concurrencia para--con conocimiento de causa--poder hacer combinaciones
que pudiesen satisfacer las aspiraciones de todos: enamorados-bailantes
y bailantes solamente.
¡Cómo latía el corazón, en la esperanza de que fuera la moza de su
simpatía la que le tocara a uno en aquel reparto de beldades, que
duraría lo que durase la pieza!
¿Conmover al bastonero con una súplica? ¡Pero si eso era un sueño
irrealizable!
Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre todo, tenía demasiada
admiración por las elevadas funciones que desempeñaba para entrar en
familiaridades con nadie.
¡Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos, por no
rebajar su autoridad!
Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron oír los
acordes de una polka en que trinaban las primas[24] y las segundas[25],
y no tanto destinada a ser bailada cuanto a demostrar la habilidad de
los ejecutantes: era como un punto de atención echado por el viejo
guitarrero.
Los mocetones más empilchados y ladinos fueron los que debutaron.
Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco como aguja y con
todo el frente bordado, daban vueltas pretenciosas de elegantes,
pareciendo muñecos movidos por un mismo resorte, tal era la precisión
con que seguían el compás que el _máistro_ marcaba con la cabeza.
El bastonero--para satisfacción de las mamás, que se le dormían[26] a
los pasteles y al mate, agrupadas alrededor de los
guitarreros--circulaba entre las parejas, diciendo cuchufletas[27] y
haciendo con su frase sacramental--¡que se vea luz, caballeros!--que las
aproximaciones no fueran más allá de lo lícito y honesto.
Concluida la polka, las parejas se deshicieron: las mozas, después de
sacudirse las polleras para quitarles la tierra, tomaron asiento y
comenzaron a torcer sus pañuelos, a _sacarse mentiras_ o a alisarse el
jopo, para dar ocupación a las manos, que ociosas les incomodaban,
mientras los mozos volvían sonrientes a nuestras filas, de donde el
bastonero los sacaba de uno a uno, para hacerles probar de cierta caña
con cáscara de naranja, que tenía reservada para los preferidos.
Volvieron a sonar las guitarras, haciéndose oír un rasgueo, alegre y
armonioso; era un gato que se bailaba solo de puro sentido y bien
tocado.
Dos parejas salieron al medio de la rueda. La segunda, que era puramente
decorativa, pasaba desapercibida: la primera era formada por un mocetón
de color bronceado--vistiendo amplio chiripá de grano de oro, caído
hasta el taco de la charolada bota de campana, camiseta de merino negro
tableada, pañuelo volador de seda punzó, sombrero chambergo de felpa con
un barbijo lleno de borlas que le castigaban la nariz y la barba--y por
una moza, no mal parecida, que lucía entre el cabello negro, lustroso,
un ramo de fragantes claveles rojos y que indudablemente era la
consentida del mocetón.
Debutó él con un saludo y luego con un zapateado en que lucía todas las
gracias de sus pies adiestrados, siguiendo al mismo tiempo el compás,
mientras el guitarrero se desgañitaba, gritando con voz gangosa: "¡salta
la perdiz madre!" y ella, la consentida, se hacía la que huía de los
ataques del animalito que era empecinado y la seguía, haciendo resonar
el suelo con el acompasado golpeteo de sus pies.
Iba a terminar la pieza, cuando de allá de la última fila de mirones y
gauchos pobres salió una voz que dijo _¡barato!_[28], mientras avanzaba
a reemplazar al mocetón--que parecía ceder su puesto de mala gana--otro,
que era su rival y que, aunque más despilchado, tenía la habilidad de
cantar y no dejaba de ser famoso en el pago.
Su aparición fue aplaudida, y la muchacha, encendida, se remilgó y trató
de lucir toda su gracia al que le daba tal prueba de distinción.
Cuando llegó el momento del canto, moduló con voz llena de dulzura,
aunque emitida por la nariz, unas coplas llenas de sentimiento en que
había una que envolvía todo un piropo, que venía como de molde:
¡Las muchachas bonitas
Son perseguidas
Como la azucarera
Por las hormigas!
Y remató su canto con un escobilleo que arrancó voces de admiración: los
pies se movían con tal presteza, mientras el tronco permanecía recto,
que era imposible seguirlos con la vista.
La muchacha volvió a su asiento, y el mocetón quedó gozando de su
triunfo, orgulloso y satisfecho.
La caña hizo su aparición, llevando la alegría a todos los corazones, y
los guitarreros, después de tocar un triste, en que palpitaban todos los
anhelos de un alma enamorada, comenzaron a puntear un pericón con todas
las reglas del arte.
Salieron las parejas al centro, elegidas con cuidado por el bastonero,
entre los mozos y mozas de más fama.
Hicieron la demanda, algo como la primera figura de la cuadrilla--con
mucho garbo y donaire, rivalizando ellos en gravedad y ellas en
sonrojo--y vino el alegre que permitió a un aficionado, mientras las dos
parejas valsaban, lanzar su nota quejumbrosa:
Las estrellas en el cielo
forman corona imperial.
Mi corazón por el tuyo y el tuyo
¡no sé por cuál!
Y concluyeron su danza con el cielo--pasadas las peripecias de la
cadena--en que los bailarines coronaron su esfuerzo, haciendo
castañetear los dedos al compás de la música y con gran habilidad,
mientras las guitarras gemían con un vals lleno de sentimiento y armonía
de esos que, según la expresión consagrada, levantan de los pelos.
Y tras el pericón vino un triunfo, donde se floreó aquel que fue héroe
en el gato y que endilgó estas indirectas a su moza:
Dicen que las heladas
Secan los yuyos,
¡Ansí me voy secando
De amores tuyos!
¡Este es el triunfo, madre
Dueña del alma;
Más quiero dulce muerte
Que vida amarga!
***
¡Ni aunque todos se opongan
Los doloridos,
No hay dolor que se iguale
Al dolor mío!
¡Este es el triunfo, madre,
Dame la muerte,
Dámela despacito,
No me atormente!
Y así siguió toda la noche la jarana, mientras la caña circulaba y los
corazones anhelosos se buscaban, tratando de fundir en una sola todas
sus aspiraciones.
Con los primeros rayos de la aurora se pensó recién en poner punto final
a la fiesta, y los guitarreros echaron el resto en una hueya[29] de
aquellas donde se oyen quejidos y risas, donde se ven lágrimas y
alegrías, verdadero reflejo del carácter de nuestro gaucho.
Las guitarras comenzaron a vibrar, mientras uno de los cantores gemía
con voz gutural:
¡Por una ausencia larga
Mandé sangrarme,
Hay ausencias que cuestan
Gotas de sangre!
***
¡A la hueva, hueya,
Hueya sin cesar,
Abrasé la tierra
Vuelvasé a cerrar!
Y tras la hueya, la concurrencia comenzaba a despedirse y a dirigirse al
palenque--unos en busca de sus pilchas para dormir por ahí, en cualquier
parte, otros para tomar sus caballos y buscar su rancho, solos o
acompañando a alguna de las damas que, llevando en ancas a su mamá,
volvía al suyo,--cuando de repente un tropel de caballos despertó los
ecos del campo dormido, y coreado por ruidos de latas, pasos
precipitados, ladridos de perros y ayes acongojados de las mujeres
asustadas, resonó estentórea una voz vinosa que, dominando aquel
desconcierto, nos dejó como clavados en el puesto que cada uno ocupaba.
--¡Alto a la polecía!... ¡No se mueva naides!
Vino el dueño de casa y se acercó al que gritaba, que no era otro que el
sargento de policía que andaba de recorrida:
--¿Qué busca, mi sargento, por estos pagos? ¿En qué le podemos servir?
--¡En nada, amigo!... ¡A ver, caballeros, formensén en ese limpio[30]:
vamos a revisar las papeletas[31]!
Cinco de los presentes carecíamos de semejante documento y algunos de
ellos, como yo y el que después fue el cabo Minuto, que murió en los
Corrales[32] en 1880, ni habíamos oído hablar jamás de tal requisito que
debieran llenar los ciudadanos.
¿Quién se iba a ocupar en enseñarnos las leyes?
¿Con qué objeto?
¡Ya se encargará el castigo de probarnos que no era bueno desobedecer
los mandatos del Gobierno!
Excuso decir que hasta sin despedirnos del dueño de casa abandonamos el
viejo rancho bamboleante, rodeados por la partida y montados de dos en
dos en mancarrones inservibles a cuyas piernas hubiese sido una locura
confiarles una esperanza de salvación.
¡Los fletes nuestros y nuestras pilchas mejores, serían la presa de los
piquetanos que nos habían cazado como a chorlos![33]
¡Ahí quedaban entre sus garras hambrientas!
Siempre he pensado, después, que estos procedimientos son el origen de
ese odio ciego, de esa invencible antipatía que los soldados de línea
sienten por las policías rurales, y que los hombres observadores no
alcanzan a explicarse.
¿Trata uno de cobrarse las prendas tan injusta como infamemente
arrebatadas en un momento de desgracia?
Puede ser...
El hecho es que cada vez que se ve una chaquetilla de infantería puesta
sobre un pantalón particular, un sable golpeando sin gracia las canillas
de un compadrito y un kepí[34] con vivos colorados jineteando sobre una
chasca[35] enmarañada y estribando en los cachetes por medio del barbijo
roñoso, el alma se subleva: uno recuerda los primeros dolores y las
primeras humillaciones, y, por las dudas, pela[36] el machete para
vengar, si no los agravios de uno, los de aquellos que más tarde han
recorrido el áspero sendero.
V