Las corrientes del mundo me arrebataron y luché con ellas con suerte
varia; ninguna ¡ay! volvió a traerme hasta los montes nativos, y cuando
un día--después de muchos años--volví a ellos, ya no guardaban sino
restos miserables, escapados al hacha del montaraz; y del pobre rancho y
de la familia que lo ocupó, ni el recuerdo siquiera.
¿Qué fue de los míos?
¿Qué fue de las hojas del tala frondoso, en cuyas ramas flexibles mi
madre colgaba la cuna de sus hijos, aquel noque[5] de cuero que la brisa
mecía cariñosa?
¿Qué fue de los trinos del boyero y del contrapunto de las calandrias y
de los zorzales?
¡Sólo quedan en mi memoria como un recuerdo!
Sirviendo de guía a las tropas de carretas, picando[6] éstas cuando ya
mis músculos lo permitieron, de peón aquí, de vago allá, llegó un día
para mí dichoso y bendecido--porque es el origen de mi felicidad
actual--en que una leva[7] me tomó y puso punto final a mis correrías de
vagabundo, perfilando sobre la figura mal pergeñada[8] del pobre gaucho
ignorante la simpática silueta del soldado.
Recuerdo, como si fuese ayer, las circunstancias en que fui tomado y voy
a tratar de pintarlas, no con la pretensión de hacer un cuadro sino con
la intención de presentar una escena de nuestros campos, vulgar y
corriente en tiempos no lejanos, pero hoy ya casi exótica, debido a las
exigencias de la vida.