Cuando volvieron á la casa, ambos estaban satisfechos de sí mismos.
Cada cual en su vivienda atendió á sus urgentes necesidades. Á Miquis
le habían acompañado por la tarde Rosita y su muñeca. Cirila entraba
de vez en cuando para preguntar al enfermo si se le ofrecía algo; y
como los sentimientos caritativos no están excluidos en absoluto de
ninguna persona humana, la que respondía al nombre de Cirila tuvo,
en aquel día de escasez, decaimientos de su rigor característico;
quiero decir, que se desmintió á sí propia, descolgándose, como suele
decirse en modo vulgar, con una taza de caldo y otras frioleras,
traídas de la bien provista cocina de Resplandor. Véase por dónde
no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como
piezas que acaban de salir de manos del tornero. Aquel Miquis,
optimista furibundo que á todos aplicaba la medida de sus propios
sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que de ellos
á la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es esta
mujer!--decía.--Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa mal, no
comprende su mérito.»
Por la noche le dió una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma
algunos días antes, no se había presentado aún de manera tan grave.
Era realmente como un simulacro de agonía... El aliento le faltaba.
¿No había aire en el cuarto? Las doloridas cavidades de su pecho se
contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar, sin conseguirlo.
La atmósfera se detenía en su boca, y dentro del tronco, fugaces
sensaciones de cuerpos extraños atravesados le producían malestar
dolorosísimo. No podía hablar: sólo podía quejarse; y cuando su breve
aliento le concedía el goce de un par de palabras, era para extraer
alguna idea del inagotable depósito de su bendito optimismo, que en
él hacía las veces de vida, las veces también de la salud ausente.
--La suerte es...--murmuraba como quien espira,--la suerte es que
esto no vale nada, según dice Moreno. Es la resolución de un fuerte
catarro... También consiste mi ahogo en que no hay aire en la
habitación. Aristo... dame aire, hijo, aire.
Á tan penosos trances seguía un estado comático, en el cual, si sus
sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando
con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la palabra; disfrutaba
de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces, aunque falsas; sus
ideas, las ideas de todos los momentos de su vida, pero engrandecidas
por un sentido hiperbólico, deformadas por la amplificación
romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de vigorosas
tintas, todo metafórico y trasladado á los patrones del ensueño,
conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus
entreabiertos párpados daban paso á un mirar vago, soñoliento; veía
claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz y alegría,
con gallardas columnas de pórfido, techo á lo pompeyano, pavimento
de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana del fondo, que
daba á una desahogada logia, se veían techumbres, cúpulas, miradores
y campanarios; en el fondo, el Vesubio con su cima humeante y sus
laderas de negra lava. Pebetero del cielo exhalaba aromas de poesía,
perfumando el espacio y la mar, desde las costas Mauritanas hasta
las de Provenza. El Tirreno y el Adriático se llenaban también de
aquella emanación hermosa, y á lo lejos humareda semejante á una
nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué cielo azul, y qué mar, más propio
de tritones que de barcos! Blancas velas brillaban en su inmensidad
cerúlea, renovando en su elegante ligereza los ramilletes con
alas, los pájaros nadantes y los peces emplumados de la fantasía
calderoniana. Eran las galeras del Buque que volvían cargadas de
despojos de venecianos y de orientales riquezas...
La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer. ¡Qué
guapa!... Morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus miradas
eran lenguaje obscuro para el que no entendiese de amor apasionado
y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera mirar del
mismo modo, y tener algo de inmortalidad que llevar del alma á los
ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino, que dejaría
de serlo si pudieran verlo los topos... Iba vestida la tal señora,
no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa
croata ó albanesa, sino á la moda de Madrid de 1864, y con afectada
elegancia... ¡Qué bien la vió Alejandro, y qué claramente comprendía
su situación!... Era la Escena Undécima del acto cuarto. El Virrey
acababa de ser preso por los emisarios secretos del Duque de Uceda.
Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse
con el reino de Nápoles, de domar á Venecia, de conquistar y unificar
todas las tierras de la hermosa Italia, anticipándose en dos siglos y
medio á los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos que
le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía espantado;
don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, le denunciaba á la corte de
España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo del mando,
y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas para llevarle á
España como reo de lesa Majestad. Sólo era fiel el bromista Quevedo.
Piel era también la Carniola.
En la Escena Undécima, Catalina entra en requerimiento del Duque; ha
oído ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando
desdichas... Dice con admirable calor los versos:
¿Dónde iré de esta suerte,
tropezando en la sombra de mi muerte?
Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios
pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella
sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser
Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del
Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara
vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la
clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos,
depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda
combinación dramática está en _salvar_ á alguien. Este sistema ya
interesa poco y ha pasado á las óperas.
Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en
resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira,
sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la
compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de
siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede
moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres
endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación,
ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que
también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista,
y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola,
después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la
mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que
hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas
de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse.
Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después
se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez
con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable...
¡Adiós!
Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:
--Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó
cuatro congojas más, no las resiste.
Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la
Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de
llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la
ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba
cansada: ¡qué escalera!
--¡Pobrecito!--murmuró.--¡Parte el corazón verle!
--Si tira una semana, será mucho tirar.
--Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...
--Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....
--Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...
--¡Qué guapa estás!...--exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar
de otra cosa.--¿Vas á los Campos?
La Tal hizo un mohín de disgusto...
Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra
ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú
me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí...
¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me
lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»
En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de
la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido
á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible
lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano,
Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en
este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente
todo el trágico final de ella.
La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo, donde
aquellos enemigos, los secuaces del Cardenal, han encerrado al Grande
Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso de la
obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha vendido,
entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y
cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil herejías.
Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye á condenarla más en
el ánimo de Téllez Girón, que acusa con la misma rabia á Jacques
Pierres, primitivo amante de Catalina. Furiosa como leona, la guapa
hembra pone por testigos de su inocencia á Dios y á San Jenaro,
patrono de Nápoles... Preséntase Jacques Pierres, que está preso en
otro calabozo, dispuesto ya para la horca. Este caballerete se la
tiene jurada á la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole
por el Duque, y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su
venganza. Á él le ahorcan. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil
mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión
(allá en el primer acto) escribió la buena moza á Barbarigo. La carta
es un testimonio de culpabilidad aparente... Pasa aquí algo semejante
al pañuelo de Otelo y á la carta de Desdémona á Casio. El Duque se
ciega, saca su daga y la mata... Ella muere gozosa, bendiciéndole,
declarando que le adora, y que en la otra vida reconocerá él su error
y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces, tiernas
y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas
del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan á pelo en casos
semejantes, y es: «¡estoy vengado!...» Cuando aparecen los que han de
llevarle al patíbulo, el Duque les dice que lo maten pronto; después
se inclina sobre el cadáver de la Tal para darle besos y decir que la
mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían también un
favor en quitarle á él de encima el peso de la vida, y el agonioso
fardo de su itálico sueño.
Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su alma:
--¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con música
de Verdi... ¡Y se hará; tarde ó temprano se hará!... Habrá _Il Magno
Ossuna_, como hay _Il Trovattore_ y _Simone Boccanegra_.