IV

Nada conmueve más nuestro ser moral como el descubrimiento de las

debilidades de aquellos que personificaban para nosotros lo bueno y lo

digno; sean ellos nuestros padres, nuestros amigos o nuestros maestros.

Cuando cesamos de estimar a los que habíamos consagrado nuestra

estimación y respeto, nos sentimos impulsados a dudar de las mismas

virtudes que antes admirábamos. Los falsos ídolos nos hacen dudar hasta

de la misma religión.

Esta fue la razón especiosa y muy humana que hizo que la señora de

Maurescamp, no quedándole duda de la perversidad de los sentimientos de

su amiga, cayese en desalientos tan afligentes como peligrosos. De un

carácter demasiado elevado para romper ruidosamente con aquélla con

quien había tenido tan estrecha amistad, tanto en privado como en

público, no por eso, dejó de conocer que aquella amistad había pasado.

La aureola esplendorosa que había colocado sobre su frente, habíase

extinguido para siempre, y extinguiéndose en el barro, como las luces de

los fuegos artificiales. Habríale perdonado un amor menos culpable, que

hubiese sido disculpado por su objeto; habríale perdonado Petrarca,

Dante, Goethe, pero no le perdonaba al bello Salville. No le perdonaba

su afectación hipócrita en llenarle de ridículo, y, sobre todo, no le

perdonaba que hubiese intentado desmoralizarla, exponiéndola con un

orgullo de demonio, su teoría perversa, y tanto menos la perdonaba,

cuanto que sentía que había casi logrado su objeto, y que poco a poco el

veneno iba infiltrándose en sus venas.

En efecto, bajo la impresión de aquel nuevo desencanto, Juana de

Maurescamp frecuentó la sociedad, desde entonces, con menos ilusiones y

optimismo que antes. Observó con ojos más experimentados lo que pasaba a

su alrededor; muchos comentarios que había tenido por calumnias,

pareciéronle verosímiles; y muchas relaciones que juzgara inocentes,

fuéronle sospechosas. Habiendo creído ver en el mundo más virtudes que

las que hay en realidad, empezaba a no creer en ninguna. Preguntábase si

en efecto no sería única en la especie, como se lo había dicho la señora

de Hermany, y si, sus sentimientos e ideas sobre la vida, y, sobre todo,

sobre el amor, no eran solamente el resultado de una educación

artificial y de una imaginación falseada por las utopías de los poetas;

y, finalmente, si el placer, tal cual era, no era mejor que nada.

Es un espectáculo tierno y conmovedor el que presenta una joven honesta,

que ha llegado a una época de la vida mundana, casi inevitable, luchando

en su agonía, y expuesta a caer de un momento a otro, de un exceso de

idealismo, a un exceso de realidades.

A más de los filósofos, hay siempre un buen número de curiosos

dispuestos a seguir con interés está especie de pequeños dramas. El

mundo está lleno de gente que no se ocupa en otra cosa, que esperan

también que les llegue su turno, y que se ingenian en precipitar el

desenlace. Uno de los más desdeñosos de la especie, era entonces el

vizconde de Monthélin, muy conocido en la alta sociedad parisiense. M.

de Monthélin amaba exclusivamente el amor, y con ello tenía ya un título

para con las damas. No jugaba, ni fumaba, ni iba al círculo. Cuando,

después de comer, todos los hombres se reunían para fumar, él se quedaba

con las señoras. Con esto conseguía grandes ventajas, de las que abusaba

gustoso. No era ya joven, pero era elegante, buen decidor, con aire

caballeresco y un corazón que era una verdadera cloaca de corrupción. Su

ya larga existencia la tenía consagrada a husmear los matrimonios en

desgracia, y acabar con ellos. Era su especialidad. Dos o tres duelos,

uno de ellos con el conde Jacobo de Lerne, que habíale llamado el

tiburón de los salones, habían puesto el colmo a su reputación.

Desde el invierno que siguió a la estadía de las dos amigas en Douville,

no quedó duda de que el señor de Monthélin miraba a la señora de

Maurescamp como una presa ya casi segura. Viósele estrechar su amistad

con su marido, al mismo tiempo que estrechaba el círculo de sus

operaciones alrededor de Juana. Sus visitas a la hora del crepúsculo

fueron cada vez más frecuentes; arreglose de modo de poderla encontrar

por las mañanas en el bosque, y presentábase regularmente en su palco el

viernes en la Opera y los martes en los Franceses.

En su profunda enervación moral y en su aislamiento desesperado, Juana,

casi sin defenderse, dejábase arrastrar por esa fascinación que ejerce

casi siempre sobre las de su sexo, la insistente persecución de un

hombre.

Sentíase poco a poco presa de vértigos de las continuadas y sabias

evoluciones que el señor de Monthélin describía en torno suyo. Empezó a

concederle esos pequeños favores, que son casi siempre el preludio del

completo abandono. Es así como fue tomando la costumbre de informarle de

las visitas que pensaba hacer, de las casas donde podría hallarla; y

hasta le indicaba las horas en que la encontraría sola en su casa; en

los bailes, como él no bailaba, le reservaba algunos bailes sentados, es

decir, las ocasiones a solas, tras del abanico, bajo la sombra de un

cortinado o de una palmera en el invernáculo. Estos manejos, a falta de

otros, causábanle una turbación que la entretenía; la emoción del

peligro, que agitaba sus nervios, hacíale creer en una pasión. En una

palabra, la desgraciada y noble Juana se hallaba en vísperas de la caída

más vulgar, cuando un tercer personaje intervino en el escenario.

Era una mujer, una anciana, la condesa de Lerne; madre de Jacobo de

Lerne, que había sido herido en duelo, algunos años antes, por el señor

de Monthélin.

La señora de Lerne había sido siempre una mujer sin principios, pero sin

malevolencia, aunque muy espiritual. Tenía el buen sentido de no haberse

hecho mogigata, después de haber sido una coqueta. Su indulgencia por

las debilidades por que ella también había pasado, su buen humor, sus

buenos consejos, y su situación de familia y de fortuna, valíanle, a

pesar de los recuerdos todavía vivos de su juventud, la simpatía

general. Su salón era muy buscado; allí se reunían los hombres más

distinguidos en la política, la literatura y las artes. Agregaba algunas

jóvenes bellezas, como para adornar el paisaje. Juana de Maurescamp, con

su elegante hermosura, y tímida superioridad, era uno de los encantos de

aquel salón modelo. La vieja condesa prodigábale todo género de

atenciones y lisonjas para atraerla y retenerla. Dos razones tenía para

obrar así; la primera, muy confesable, era aumentar el brillo de sus

reuniones; la segunda, menos cristiana, hacer de ella la querida de su

hijo.

Hacía siete u ocho años que había perdido a su hijo mayor, Guy de

Lerne; el segundo, Jacobo, salía de Saint-Cyr al tiempo de la muerte de

su hermano. Viendo a su madre sola, dio su dimisión para vivir a su

lado. Era un joven muy bien dotado, que si hubiese querido dar impulso a

sus dotes naturales, habría llegado a ser un hombre de talento. Pintaba

acuarelas muy agradables, pero sobre todo era excelente músico, y

algunas de sus composiciones, valses, «berceuses» y sinfonías eran de un

mérito superior. Pero sea indolencia natural, sea el desaliento de ver

interrumpida su carrera, no era otra cosa que un simple dilettante, y

para complemento, se había convertido en un mal sujeto. Excepto en casa

de su madre, donde el deber lo retenía, poco se le veía en la buena

sociedad, donde nada se divertía, y sí mucho en la mala, donde parecía

gozar inmensamente. La señora de Lerne había intentado casarle en los

primeros tiempos, hay que hacerle esta justicia; pero se había

manifestado tan recalcitrante sobre aquel artículo, que había variado de

pronto sobre sus ideas de una unión honorable que lo sacase cuando menos

de sus malas compañías.

Hacía tiempo que había echado los ojos para tan laudable destino, sobre

Juana de Maurescamp, cuyo desastre conyugal no había escapado a su vieja

experiencia. Sin entrar al respecto con su hijo en explicaciones

malsanas, trató siempre que pudo de ponerle ante sus ojos a aquella

seductora criatura, sin descuidar ninguna ocasión de revelar sus bellas

cualidades. Pero Jacobo, aunque evidentemente impresionado de la extrema

belleza de Juana y de su distinguida inteligencia, no había manifestado

sino un interés distraído. Fue entonces cuando la condesa, que vigilaba

atentamente a la joven, viéndola a punto de caer en los lazos de

Monthélin, resolvió dar un golpe teatral, tanto en el interés de su hijo

cuanto por odio hacia el hombre que había podido matarle.

Escribió una mañana a Juana, diciéndole que iría a verla, salvo

contraorden, a las tres de la tarde, porque tenía que confiarle algo muy

importante y agradable. Juana, algo intrigada con aquel misterio, la

esperó a la hora indicada. Viola entrar en su gabinete con un sirviente

portador de una de esas casillas de mimbre, adornada con cordones,

franjas y borlas, que se usan ahora para los perros. La condesa llevaba

maternalmente entre sus brazos a un pequeño perrillo de pelo largo y

sedoso, una verdadera miniatura de faldero blanco y rojo, que decía ser

originario de Méjico y que era admirado y codiciado por todos sus

conocedores.

--Mi muy querida--dijo--, me habéis dicho que estabais enamorada de

Toby. Permitidme que os lo regale.

La señora de Maurescamp exclamó:

--Pero, ¡es posible!

--Hace mucho tiempo que me preguntaba qué es lo que podría hacer para

agradecer a una joven tan amable y encantadora como vos, su bondad y

fidelidad para con una amiga anciana... Es una cosa tan rara... Estoy

tan agradecida, ¡tan agradecida! Al fin he hallado algo que pueda

agradaros, y soy feliz, podéis creerlo.

Juana no recordaba muy bien la ocasión en que había manifestado su

entusiasmo por _Toby_, pero, no por esto, dejaba de apreciar el

sacrificio que se le hacía.

--¡Ah, señora, querida señora!--dijo toda confundida--. ¿Pero, cómo

podré aceptar un animal tan lindo, tan gracioso, tan extraordinario?

¡Pero qué privación! ¡oh Dios mío! ¡y esa casilla tan preciosa!

No, no es posible... y para acabar la frase, Juana saltó al cuello de la

condesa de Lerne, cosa que hizo aullar a _Toby_.

--Ven, amor mío--dijo Juana tomándolo en sus brazos y cubriéndolo de

caricias.

Sentáronse, y la señora condesa, contestando a las preguntas repetidas

de Juana, diole instrucciones sobre el modo de cuidarlo, alimentarlo, y

hasta de medicamentar a _Toby_.

En seguida se informó de la salud de Maurescamp, añadiendo:

--No sé por qué os lo pregunto, no hay sino mirarlo... su salud es

admirable. ¡Es un hombre magnífico... magnífico! Da gusto ver un hombre

así...

--¿Y vuestro hijo?--preguntó Juana--. ¿Cómo está?

--¿Mi hijo?... ¡Ah! él es otra cosa... delicado de naturaleza... ya

sabéis, artista, pero en fin, ¡sino fuera más que eso!

--Pero, ¿es un buen hijo?--dijo tímidamente Juana.

--Ciertamente, es un buen hijo; en cuanto a esto, sí, es un buen hijo,

no hay duda. Y, decidme, queridita, ¿estaréis libre mañana? Es mi

miércoles... ¿Queréis venir a comer con nosotros? Os encontraréis con

vuestra amiga la señora de Hermany.

--Con mucho gusto... Creo que el señor de Maurescamp no tiene ningún

compromiso.

--Perfectamente, entonces... Pues bien, cuento con vosotros.

Levantose la señora de Lerne como para retirarse, pero antes quiso

despedirse de _Toby_ y Juana volvió a manifestarle sus agradecimientos.

Al fin la palabra que esperaba la señora de Lerne salió de sus labios:

--¡Dios mío! ¿qué podré hacer yo a mi vez que pueda seros agradable?

La condesa volviose bruscamente hacia ella y mirándola con su amable

sonrisa de vieja:

--Casad a mi hijo--díjola.

--¡Ah! en cuanto a eso--contestó alegremente la señora de Maurescamp--,

es una empresa de que no me siento capaz.

--¿Por qué, pues?--repuso en el mismo tono la condesa--. Por el

contrario, yo os considero capaz para todo.

Juana abrió, sin contestarle, sus grandes ojos interrogadores.

--Yo estoy verdaderamente convencida de que mi hijo aceptaría gustoso la

mujer que le designarais.

--Pero, ¿qué ocurrencia, mi querida señora?--continuó Juana, mirándola

siempre con la misma sorpresa.

--No me chanceo... Y si tuvieseis una hermana que se os pareciese,

sería asunto concluido.

--Os aseguro--dijo Juana--, qué no os comprendo... Vuestro hijo apenas

me conoce.

--Perdón... os pido mil perdones; mi hijo os conoce perfectamente... es

muy observador... Muy perspicaz... Sé perfectamente que os aprecia

mucho... No tengo más que decir sobre eso... Pero estoy segura de que,

en cuanto a esta cuestión del matrimonio, tendríais grande influencia

sobre él... Y si le propusieseis, supongo, a una joven, una de vuestras

amigas... pues bien, yo creo que la aceptaría con los ojos vendados, os

lo aseguro.

--¡No creo una palabra!--exclamó Juana.

--Y yo estoy segura... Ensayad y veréis.

Las dos echáronse a reír.

--No, seriamente--replicó la condesa--, pensad un poco en ello...

Buscad entre vuestras amigas, entre vuestras conocidas... ¡Ah! me

haríais un gran servicio.

--Pero os diré primeramente que vuestro hijo me da mucho miedo.

--¡Oh!--exclamó la condesa estupefacta.

--Positivamente... Tiene un aire tan burlesco... Es tan mordaz, tan

acerbo... Y en fin...

La joven pareció perpleja.

--Y a más es un calavera, ¿no es verdad?

--¡Oh! ¡Dios mío! Yo no sé, yo no tengo que ver con esto.

--Sí--dijo la condesa--, es un calavera, no hay duda, pero como todos

estos perdidos, tiene un corazón de oro, y a más de todo esto, es

encantador... ¡Ah! que obra de caridad sería la vuestra, hija mía, si me

ayudaseis a librarlo de las garras de esa Lucy Marry... porque es Lucy

Marry ahora, ¿sabíais?

--¡Ah!

--Sí, de la Opera... la que hace de paje... ¡Esto es horrible, horrible!

Ya veréis eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mío,

y qué bueno sería eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacer

ese milagro... ¡Adiós, querida hermosa! Volvió a besarla, y ya en la

puerta, antes de salir, volvió a decirle:

--Mañana le diréis algo, ¿no?

--¡Vaya! veré de hacerlo--dijo Juana.

La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no tenía por

qué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrás, se

ocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthélin. Había comprendido

muy bien lo que la señora de Lerne le había dicho con insinuaciones y

palabras solapadas, a saber, que tenía en su hijo Jacobo un admirador

fervoroso. Esto la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existía

entre ellos? Nada de esto podía explicarse.

Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que se había

encontrado con él, las palabras que le había dicho, su actitud y la

expresión de su mirada. Era cierto que aquel mocetón, frío, espiritual y

fastidiado, le había intimidado siempre; sentíase inquieta cuando se le

acercaba en su salón. Creyó recordar, sin embargo, que siempre la había

tratado con una cortesía excepcional, dispensándola de las bromas

burlescas con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el pensar

que era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bella

fisonomía cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillas

limpias y sus largos bigotes caídos a lo tártaro. Sonriose a la idea de

tomar a aquel personaje, terror de las jóvenes, bajo su protección

maternal; pero acabó por decirse que nunca se atrevería a hacerlo.

Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano las

grandes orejas de _Toby_, cuando la puerta dio paso a la bella presencia

y a las patillas azulejas del señor de Monthélin.

El joven _Toby_ que no había visto todavía al tiburón de los salones,

porque el señor de Monthélin no iba a casa de la señora de Lerne, le

tomó seguramente por un malhechor, y sin embargo, le demostró que no le

temía. Bajose de las rodillas de su señora, y se apostó resueltamente

delante de ella ladrando furiosamente, y aun atacando a su enemigo.

No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de damas, sobre todo

cuando tiene pretensiones a sus favores como un pequeño incidente de esa

especie. Juana de Maurescamp, que era tan sagaz como cualquier otra, y

aun más, no, pudo dejar de reírse del contraste que ofrecía el señor de

Monthélin con su expresión amable y la inquietud manifiesta que le

causaba la agresión de _Toby_. Así fue como _Toby_, cual si estuviese en

el complot de la señora de Lerne, contribuyó a su-buen éxito con su

humilde contingente.

Después de aquel estreno comprendió Monthélin que una escena de amor era

imposible. Limitose, pues, aquel día a tocar ligera y melancólicamente

lo concerniente al amor, y resignose a acariciar a _Toby_, puesto que no

podía ahogarlo.

V

Al día siguiente, al subir al cupé de su marido para ir a casa de Lerne,

sentíase Juana agitada. Habíale preocupado mucho el traje que llevaría;

después de muchas reflexiones, decidiose a ponerse un traje austero, en

armonía con la gravedad del rol que iba a desempeñar aquella noche.

Púsose únicamente un vestido de terciopelo punzó, obscuro. Era lástima

que sus brazos y hombros quedasen al descubierto en su deslumbrante

desnudez; la severidad de su actitud sufría una alteración. Pero no

podía hacerlo de otro modo.

En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tenía a su derecha

a la señora de Hermany. Como había acalorado un poco su imaginación

sobre el culto secreto que le consagraba el joven, no dejó de parece ríe

al principio que aquel culto era por demás discreto. El señor de Lerne

apenas le dirigía la palabra, y se consagraba exclusivamente a su vecina

de la derecha. No teniendo otra cosa en qué ocuparse prestó el oído a su

conversación; entre otras cosas, oyó que la señora de Hermany le

reprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.

--Supongo--le dijo--que yo también tendré el mío.

--Sin duda alguna--contestó Jacobo.

--¿Y cuál?--preguntó la joven rubia alzando su frente angelical.

--«¡Agua que duerme!»--dijo el joven, inclinándose un poco hacia ella.

La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de frente con aire

de niña en su primera comunión:

--¿Y por qué «Agua que duerme»?

--Por nada... es un nombre indio.

--Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?--preguntó Juana sonriendo.

--¿Vos?--dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y añadió en

tono serio:--¡No!

Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de conversación,

hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los países extranjeros

que había visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones,

únicamente para tener el gusto de oír sus respuestas, y mirándola con

aire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.

¡No había duda! Sí, decididamente algo había de extraordinario. En el

modo de hablarla, escucharla y mirarla, notábase una mezcla indefinible

de bondad y distinción que parecía reservada únicamente para ella. ¿Cómo

ella no se había apercibido antes?... ¡Qué singularidad!... Y tanto más

singular era lo que sucedía, cuanto que ella no era, no, absolutamente

de aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era una

fineza de su parte, y Juana desde entonces se consagró con todo empeño e

interés a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malas

compañías, conservaba todavía algunas buenas cualidades.

Pasó revista inmediatamente en su memoria a todas las jóvenes que

conocía y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontró

ninguna.

Después de la comida, una parte de los convidados pasó a la pieza de

fumar; el señor de Lerne les seguía, cuando su madre le detuvo.

--Jacobo--díjole--, toca tu último vals a la señora de Maurescamp antes

que lleguen los demás convidados; no te lo ha oído, y estoy segura de

que le gustará.

--Os pido que lo hagáis, señor--dijo Juana.

El señor de Lerne saludó y sentose al piano. Tocó el vals nuevo y

algunas otras piezas nuevas que le pidió Juana.

Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, después de

haber escuchado un rato, retiráronse a conversar cada uno por su lado.

La señora de Maurescamp quedó sola como dilettante obstinada, cerca del

piano y de Jacobo, en una de las extremidades del salón.

Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseaba

distraído sus dedos sobre el teclado, Juana creyó llegado el momento

fisiológico:

--¡Qué talento tenéis!--díjole--, y a más, pintáis muy bien, según

dicen.

--Borroneo un poco...

--¡Qué cosas tan curiosas hay en este mundo... cosas

inexplicables!--articuló la joven como hablándose a sí misma.

--¿Soy yo, señora, quien os sugiere esa reflexión?

--Sí, tenéis todos los gustos que pueden detener a un hombre en su

casa... y vivís... en el círculo...

--¡Dios, mío! ¡Vaya!--dijo el señor de Lerne.

--Señor Jacobo--replicó Juana, cuyo abanico se agitó violentamente.

--¿Señora?

--¿Os voy a parecer muy indiscreta?

--¡Soy tan indulgente!...

--Vuestra madre desea veros casado.

--Me lo figuro, señora.

--¿Y vos no lo queréis?

--No, señora, absolutamente.

--¿Tenéis alguna razón para ello?

--Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de mí.

--¡Ah! ¡Mi Dios!

--Es decir, perdón...--replicó Jacobo con la misma gravedad--: estáis

vos... pero vos no sois libre... y por otra parte...

--Por otra parte, ¿qué?--preguntó la joven, tendiendo el arco de sus

cejas.

--Por otra parte... vos, vos misma estáis a punto de caer.

--¡Pero, señor Jacobo!

--Excusadme, es mi opinión.

--¿Por qué?--continuó Juana.

--Por que elegís mal vuestros amigos.

--¿Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al señor Jacobo

de Lerne?

--No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, había nacido

para comprender y aun para participar de los amores de los ángeles.

--¡Ah! francamente--dijo riendo la señora de Maurescamp--, si he de dar

crédito a las voces que corren, os halláis muy lejos de los amores de

los ángeles.

--¿Qué queréis? Me han desanimado--dijo el señor de Lerne riendo a su

vez--. ¿Me permitís, señora, contaros una historia escandalosa?...

--Me interesará mucho... pero supongo que tendré que irme a la mitad.

--Yo no lo creo. Es una historia que os aclarará muchas... es la de mis

primeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero no

anticipemos. Tenía, señora, veintiún años, y por extraño que parezca, no

había amado todavía... Tenía entonces, de las mujeres y del amor, una

idea extraordinariamente elevada, casi santa. Tenía en mi corazón un

verdadero tesoro de abnegación, de amor y de respeto, al que no me era

dado dar una mala colocación. En fin, encontré una mujer a quien amé,

como ella quería ser amada, y que no amó como ella quiso amarme.

Pertenecía al mundo más aristocrático. Estaba mal casada, sobre eso no

hay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por eso

mismo la amé más todavía, pues había sufrido mucho... Bella en extremo

todavía, aunque rubia; y a más de una honestidad timorata que me

desesperó más de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yo

tenía veinte años... Pero había que respetarla o alejarme de ella...

Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y la

vigilaba de cerca. Podíamos muy bien darnos algunas citas por los medios

más vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese podido

degradar nuestro amor, nos repugnaba igualmente a ambos... Los meses se

pasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de sus

reservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me imponía, quizá a

causa de esa misma reserva, sentíame tan enamorado y tan feliz, como se

puede serlo en este mundo; sentía la más grande alegría al dar a aquella

criatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningún

remordimiento serio, porque lo poco que me concedía, habríaselo

concedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para mí la más

suprema voluptuosidad.

En una hermosa noche del mes de octubre, durante las cacerías--éramos

vecinos en el campo--, su marido había ido a pasar veinticuatro horas a

París... A fuerza de súplicas y de juramentos, pude conseguir que me

concediese pasar una hora en su habitación...

--¡Perdón!...--dijo la señora de Maurescamp, levantándose de su

asiento--, ¿si me fuese?

--No, no, no temáis nada.

--La habitación estaba en el primer piso y se abría sobre el parque.

Penetré allí hacia media noche por una ventana un poco alta y de un

acceso bastante difícil a cuyo alrededor había, lo recuerdo, algunos

bejucos y jazmines y clemátides que esparcían por la noche un olor

exquisito, no sé si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresión

nueva para mí de aquella habitación personal... pero debo confesaros que

aquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrúpulos

inhumanos que se me oponían... Aquélla fue una escena dolorosa que no

recuerdo sin avergonzarme...

La pobre mujer acabó por arrojarse a mis pies, con las manos juntas,

suplicándome que fuese honrado y preguntándome con lágrimas en los ojos,

si no era feliz, si podría serlo jamás tanto, si podría serlo a expensas

de su reposo, de su honor y aun de su vida... porque ella no

sobreviviría a su deshonra... En fin, ella venció. Yo cedí en parte a

sus lágrimas, en parte a mis propios sentimientos que me decían que no

podía haber más allá de aquella amistad apasionada e inocente... Ella me

lo agradeció besándome como loca las manos y yo salí por donde había

entrado.

Apenas había puesto el pie en la arena del camino cuando me volví para

enviarle un último beso, murmurando: ¡hasta mañana! Vila a la claridad

de la luna parada e inmóvil dentro del marco de la ventana, los brazos

cruzados sobre el pecho, el busto un poco echado hacia atrás. Al envío

del beso, contestó con un ligero movimiento de hombros; en seguida con

su bella voz de contralto que tanto adoraba, dejó caer lentamente estas

palabras: ¡Adiós... imbécil!

Después no he vuelto a verla. Desde aquel momento me cerró su puerta,

su ventana y su corazón.

La señora de Maurescamp habíale escuchado con extremada atención. Cuando

hubo concluido, mirole fijamente:

--¿Y qué consecuencia sacáis de eso?--díjole.

--He sacado por consecuencia que las mujeres honestas eran demasiado

fuertes para mí.

--A la verdad, señor, que si para justificar vuestro desprecio por

nuestro afecto no tenéis más motivos que ese recuerdo de vuestra

juventud...

--¡Oh, tengo otros!--dijo el señor de Lerne.

Pronunció esas palabras con un tono tan singular que Juana lo miró, y

sorprendida quedó de la expresión casi dolorosa que repentinamente había

contraído su frente y sus labios.

--¡Tengo recuerdos atroces!--añadió el joven insistiendo.

Después, con un acento conmovido, añadió:

--Sois una joven llena de bondad y delicadeza, a quien estimo en

extremo, pero esos motivos no puedo decirlos, ni a vos misma.

Levantose Juana algo turbada y alzando su tapado:

--Creo que me comprometo--dijo risueña.

El señor de Lerne se levantó también inmediatamente diciendo:

--Perdón por haberos detenido tanto tiempo.

--¡Pero yo no renuncio!--dijo ella graciosamente al alejarse.

Él se inclinó sin contestar.

La larga conversación de la señora de Maurescamp y Jacobo, no había

dejado de despertar la curiosidad más o menos benévola de los invitados

de la señora de Lerne. Juana se apercibió de ello, y para destruir el

carácter sospechoso que pudiese tener aquella entrevista, dijo en voz

alta a la condesa, que pasaba por su lado:

--¡Ninguna esperanza, señora! ¡He perdido mi tiempo!

La madre de Jacobo, que había observado desde lejos con vivo interés la

fisonomía de los dos interlocutores, no era de la opinión de Juana.

Juzgó, por el contrario, que la joven no había perdido su tiempo y que

todavía había que esperar.

Historia de una parisiense · 第 12 / 24 题