Nada conmueve más nuestro ser moral como el descubrimiento de las
debilidades de aquellos que personificaban para nosotros lo bueno y lo
digno; sean ellos nuestros padres, nuestros amigos o nuestros maestros.
Cuando cesamos de estimar a los que habíamos consagrado nuestra
estimación y respeto, nos sentimos impulsados a dudar de las mismas
virtudes que antes admirábamos. Los falsos ídolos nos hacen dudar hasta
de la misma religión.
Esta fue la razón especiosa y muy humana que hizo que la señora de
Maurescamp, no quedándole duda de la perversidad de los sentimientos de
su amiga, cayese en desalientos tan afligentes como peligrosos. De un
carácter demasiado elevado para romper ruidosamente con aquélla con
quien había tenido tan estrecha amistad, tanto en privado como en
público, no por eso, dejó de conocer que aquella amistad había pasado.
La aureola esplendorosa que había colocado sobre su frente, habíase
extinguido para siempre, y extinguiéndose en el barro, como las luces de
los fuegos artificiales. Habríale perdonado un amor menos culpable, que
hubiese sido disculpado por su objeto; habríale perdonado Petrarca,
Dante, Goethe, pero no le perdonaba al bello Salville. No le perdonaba
su afectación hipócrita en llenarle de ridículo, y, sobre todo, no le
perdonaba que hubiese intentado desmoralizarla, exponiéndola con un
orgullo de demonio, su teoría perversa, y tanto menos la perdonaba,
cuanto que sentía que había casi logrado su objeto, y que poco a poco el
veneno iba infiltrándose en sus venas.
En efecto, bajo la impresión de aquel nuevo desencanto, Juana de
Maurescamp frecuentó la sociedad, desde entonces, con menos ilusiones y
optimismo que antes. Observó con ojos más experimentados lo que pasaba a
su alrededor; muchos comentarios que había tenido por calumnias,
pareciéronle verosímiles; y muchas relaciones que juzgara inocentes,
fuéronle sospechosas. Habiendo creído ver en el mundo más virtudes que
las que hay en realidad, empezaba a no creer en ninguna. Preguntábase si
en efecto no sería única en la especie, como se lo había dicho la señora
de Hermany, y si, sus sentimientos e ideas sobre la vida, y, sobre todo,
sobre el amor, no eran solamente el resultado de una educación
artificial y de una imaginación falseada por las utopías de los poetas;
y, finalmente, si el placer, tal cual era, no era mejor que nada.
Es un espectáculo tierno y conmovedor el que presenta una joven honesta,
que ha llegado a una época de la vida mundana, casi inevitable, luchando
en su agonía, y expuesta a caer de un momento a otro, de un exceso de
idealismo, a un exceso de realidades.
A más de los filósofos, hay siempre un buen número de curiosos
dispuestos a seguir con interés está especie de pequeños dramas. El
mundo está lleno de gente que no se ocupa en otra cosa, que esperan
también que les llegue su turno, y que se ingenian en precipitar el
desenlace. Uno de los más desdeñosos de la especie, era entonces el
vizconde de Monthélin, muy conocido en la alta sociedad parisiense. M.
de Monthélin amaba exclusivamente el amor, y con ello tenía ya un título
para con las damas. No jugaba, ni fumaba, ni iba al círculo. Cuando,
después de comer, todos los hombres se reunían para fumar, él se quedaba
con las señoras. Con esto conseguía grandes ventajas, de las que abusaba
gustoso. No era ya joven, pero era elegante, buen decidor, con aire
caballeresco y un corazón que era una verdadera cloaca de corrupción. Su
ya larga existencia la tenía consagrada a husmear los matrimonios en
desgracia, y acabar con ellos. Era su especialidad. Dos o tres duelos,
uno de ellos con el conde Jacobo de Lerne, que habíale llamado el
tiburón de los salones, habían puesto el colmo a su reputación.
Desde el invierno que siguió a la estadía de las dos amigas en Douville,
no quedó duda de que el señor de Monthélin miraba a la señora de
Maurescamp como una presa ya casi segura. Viósele estrechar su amistad
con su marido, al mismo tiempo que estrechaba el círculo de sus
operaciones alrededor de Juana. Sus visitas a la hora del crepúsculo
fueron cada vez más frecuentes; arreglose de modo de poderla encontrar
por las mañanas en el bosque, y presentábase regularmente en su palco el
viernes en la Opera y los martes en los Franceses.
En su profunda enervación moral y en su aislamiento desesperado, Juana,
casi sin defenderse, dejábase arrastrar por esa fascinación que ejerce
casi siempre sobre las de su sexo, la insistente persecución de un
hombre.
Sentíase poco a poco presa de vértigos de las continuadas y sabias
evoluciones que el señor de Monthélin describía en torno suyo. Empezó a
concederle esos pequeños favores, que son casi siempre el preludio del
completo abandono. Es así como fue tomando la costumbre de informarle de
las visitas que pensaba hacer, de las casas donde podría hallarla; y
hasta le indicaba las horas en que la encontraría sola en su casa; en
los bailes, como él no bailaba, le reservaba algunos bailes sentados, es
decir, las ocasiones a solas, tras del abanico, bajo la sombra de un
cortinado o de una palmera en el invernáculo. Estos manejos, a falta de
otros, causábanle una turbación que la entretenía; la emoción del
peligro, que agitaba sus nervios, hacíale creer en una pasión. En una
palabra, la desgraciada y noble Juana se hallaba en vísperas de la caída
más vulgar, cuando un tercer personaje intervino en el escenario.
Era una mujer, una anciana, la condesa de Lerne; madre de Jacobo de
Lerne, que había sido herido en duelo, algunos años antes, por el señor
de Monthélin.
La señora de Lerne había sido siempre una mujer sin principios, pero sin
malevolencia, aunque muy espiritual. Tenía el buen sentido de no haberse
hecho mogigata, después de haber sido una coqueta. Su indulgencia por
las debilidades por que ella también había pasado, su buen humor, sus
buenos consejos, y su situación de familia y de fortuna, valíanle, a
pesar de los recuerdos todavía vivos de su juventud, la simpatía
general. Su salón era muy buscado; allí se reunían los hombres más
distinguidos en la política, la literatura y las artes. Agregaba algunas
jóvenes bellezas, como para adornar el paisaje. Juana de Maurescamp, con
su elegante hermosura, y tímida superioridad, era uno de los encantos de
aquel salón modelo. La vieja condesa prodigábale todo género de
atenciones y lisonjas para atraerla y retenerla. Dos razones tenía para
obrar así; la primera, muy confesable, era aumentar el brillo de sus
reuniones; la segunda, menos cristiana, hacer de ella la querida de su
hijo.
Hacía siete u ocho años que había perdido a su hijo mayor, Guy de
Lerne; el segundo, Jacobo, salía de Saint-Cyr al tiempo de la muerte de
su hermano. Viendo a su madre sola, dio su dimisión para vivir a su
lado. Era un joven muy bien dotado, que si hubiese querido dar impulso a
sus dotes naturales, habría llegado a ser un hombre de talento. Pintaba
acuarelas muy agradables, pero sobre todo era excelente músico, y
algunas de sus composiciones, valses, «berceuses» y sinfonías eran de un
mérito superior. Pero sea indolencia natural, sea el desaliento de ver
interrumpida su carrera, no era otra cosa que un simple dilettante, y
para complemento, se había convertido en un mal sujeto. Excepto en casa
de su madre, donde el deber lo retenía, poco se le veía en la buena
sociedad, donde nada se divertía, y sí mucho en la mala, donde parecía
gozar inmensamente. La señora de Lerne había intentado casarle en los
primeros tiempos, hay que hacerle esta justicia; pero se había
manifestado tan recalcitrante sobre aquel artículo, que había variado de
pronto sobre sus ideas de una unión honorable que lo sacase cuando menos
de sus malas compañías.
Hacía tiempo que había echado los ojos para tan laudable destino, sobre
Juana de Maurescamp, cuyo desastre conyugal no había escapado a su vieja
experiencia. Sin entrar al respecto con su hijo en explicaciones
malsanas, trató siempre que pudo de ponerle ante sus ojos a aquella
seductora criatura, sin descuidar ninguna ocasión de revelar sus bellas
cualidades. Pero Jacobo, aunque evidentemente impresionado de la extrema
belleza de Juana y de su distinguida inteligencia, no había manifestado
sino un interés distraído. Fue entonces cuando la condesa, que vigilaba
atentamente a la joven, viéndola a punto de caer en los lazos de
Monthélin, resolvió dar un golpe teatral, tanto en el interés de su hijo
cuanto por odio hacia el hombre que había podido matarle.
Escribió una mañana a Juana, diciéndole que iría a verla, salvo
contraorden, a las tres de la tarde, porque tenía que confiarle algo muy
importante y agradable. Juana, algo intrigada con aquel misterio, la
esperó a la hora indicada. Viola entrar en su gabinete con un sirviente
portador de una de esas casillas de mimbre, adornada con cordones,
franjas y borlas, que se usan ahora para los perros. La condesa llevaba
maternalmente entre sus brazos a un pequeño perrillo de pelo largo y
sedoso, una verdadera miniatura de faldero blanco y rojo, que decía ser
originario de Méjico y que era admirado y codiciado por todos sus
conocedores.
--Mi muy querida--dijo--, me habéis dicho que estabais enamorada de
Toby. Permitidme que os lo regale.
La señora de Maurescamp exclamó:
--Pero, ¡es posible!
--Hace mucho tiempo que me preguntaba qué es lo que podría hacer para
agradecer a una joven tan amable y encantadora como vos, su bondad y
fidelidad para con una amiga anciana... Es una cosa tan rara... Estoy
tan agradecida, ¡tan agradecida! Al fin he hallado algo que pueda
agradaros, y soy feliz, podéis creerlo.
Juana no recordaba muy bien la ocasión en que había manifestado su
entusiasmo por _Toby_, pero, no por esto, dejaba de apreciar el
sacrificio que se le hacía.
--¡Ah, señora, querida señora!--dijo toda confundida--. ¿Pero, cómo
podré aceptar un animal tan lindo, tan gracioso, tan extraordinario?
¡Pero qué privación! ¡oh Dios mío! ¡y esa casilla tan preciosa!
No, no es posible... y para acabar la frase, Juana saltó al cuello de la
condesa de Lerne, cosa que hizo aullar a _Toby_.
--Ven, amor mío--dijo Juana tomándolo en sus brazos y cubriéndolo de
caricias.
Sentáronse, y la señora condesa, contestando a las preguntas repetidas
de Juana, diole instrucciones sobre el modo de cuidarlo, alimentarlo, y
hasta de medicamentar a _Toby_.
En seguida se informó de la salud de Maurescamp, añadiendo:
--No sé por qué os lo pregunto, no hay sino mirarlo... su salud es
admirable. ¡Es un hombre magnífico... magnífico! Da gusto ver un hombre
así...
--¿Y vuestro hijo?--preguntó Juana--. ¿Cómo está?
--¿Mi hijo?... ¡Ah! él es otra cosa... delicado de naturaleza... ya
sabéis, artista, pero en fin, ¡sino fuera más que eso!
--Pero, ¿es un buen hijo?--dijo tímidamente Juana.
--Ciertamente, es un buen hijo; en cuanto a esto, sí, es un buen hijo,
no hay duda. Y, decidme, queridita, ¿estaréis libre mañana? Es mi
miércoles... ¿Queréis venir a comer con nosotros? Os encontraréis con
vuestra amiga la señora de Hermany.
--Con mucho gusto... Creo que el señor de Maurescamp no tiene ningún
compromiso.
--Perfectamente, entonces... Pues bien, cuento con vosotros.
Levantose la señora de Lerne como para retirarse, pero antes quiso
despedirse de _Toby_ y Juana volvió a manifestarle sus agradecimientos.
Al fin la palabra que esperaba la señora de Lerne salió de sus labios:
--¡Dios mío! ¿qué podré hacer yo a mi vez que pueda seros agradable?
La condesa volviose bruscamente hacia ella y mirándola con su amable
sonrisa de vieja:
--Casad a mi hijo--díjola.
--¡Ah! en cuanto a eso--contestó alegremente la señora de Maurescamp--,
es una empresa de que no me siento capaz.
--¿Por qué, pues?--repuso en el mismo tono la condesa--. Por el
contrario, yo os considero capaz para todo.
Juana abrió, sin contestarle, sus grandes ojos interrogadores.
--Yo estoy verdaderamente convencida de que mi hijo aceptaría gustoso la
mujer que le designarais.
--Pero, ¿qué ocurrencia, mi querida señora?--continuó Juana, mirándola
siempre con la misma sorpresa.
--No me chanceo... Y si tuvieseis una hermana que se os pareciese,
sería asunto concluido.
--Os aseguro--dijo Juana--, qué no os comprendo... Vuestro hijo apenas
me conoce.
--Perdón... os pido mil perdones; mi hijo os conoce perfectamente... es
muy observador... Muy perspicaz... Sé perfectamente que os aprecia
mucho... No tengo más que decir sobre eso... Pero estoy segura de que,
en cuanto a esta cuestión del matrimonio, tendríais grande influencia
sobre él... Y si le propusieseis, supongo, a una joven, una de vuestras
amigas... pues bien, yo creo que la aceptaría con los ojos vendados, os
lo aseguro.
--¡No creo una palabra!--exclamó Juana.
--Y yo estoy segura... Ensayad y veréis.
Las dos echáronse a reír.
--No, seriamente--replicó la condesa--, pensad un poco en ello...
Buscad entre vuestras amigas, entre vuestras conocidas... ¡Ah! me
haríais un gran servicio.
--Pero os diré primeramente que vuestro hijo me da mucho miedo.
--¡Oh!--exclamó la condesa estupefacta.
--Positivamente... Tiene un aire tan burlesco... Es tan mordaz, tan
acerbo... Y en fin...
La joven pareció perpleja.
--Y a más es un calavera, ¿no es verdad?
--¡Oh! ¡Dios mío! Yo no sé, yo no tengo que ver con esto.
--Sí--dijo la condesa--, es un calavera, no hay duda, pero como todos
estos perdidos, tiene un corazón de oro, y a más de todo esto, es
encantador... ¡Ah! que obra de caridad sería la vuestra, hija mía, si me
ayudaseis a librarlo de las garras de esa Lucy Marry... porque es Lucy
Marry ahora, ¿sabíais?
--¡Ah!
--Sí, de la Opera... la que hace de paje... ¡Esto es horrible, horrible!
Ya veréis eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mío,
y qué bueno sería eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacer
ese milagro... ¡Adiós, querida hermosa! Volvió a besarla, y ya en la
puerta, antes de salir, volvió a decirle:
--Mañana le diréis algo, ¿no?
--¡Vaya! veré de hacerlo--dijo Juana.
La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no tenía por
qué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrás, se
ocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthélin. Había comprendido
muy bien lo que la señora de Lerne le había dicho con insinuaciones y
palabras solapadas, a saber, que tenía en su hijo Jacobo un admirador
fervoroso. Esto la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existía
entre ellos? Nada de esto podía explicarse.
Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que se había
encontrado con él, las palabras que le había dicho, su actitud y la
expresión de su mirada. Era cierto que aquel mocetón, frío, espiritual y
fastidiado, le había intimidado siempre; sentíase inquieta cuando se le
acercaba en su salón. Creyó recordar, sin embargo, que siempre la había
tratado con una cortesía excepcional, dispensándola de las bromas
burlescas con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el pensar
que era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bella
fisonomía cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillas
limpias y sus largos bigotes caídos a lo tártaro. Sonriose a la idea de
tomar a aquel personaje, terror de las jóvenes, bajo su protección
maternal; pero acabó por decirse que nunca se atrevería a hacerlo.
Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano las
grandes orejas de _Toby_, cuando la puerta dio paso a la bella presencia
y a las patillas azulejas del señor de Monthélin.
El joven _Toby_ que no había visto todavía al tiburón de los salones,
porque el señor de Monthélin no iba a casa de la señora de Lerne, le
tomó seguramente por un malhechor, y sin embargo, le demostró que no le
temía. Bajose de las rodillas de su señora, y se apostó resueltamente
delante de ella ladrando furiosamente, y aun atacando a su enemigo.
No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de damas, sobre todo
cuando tiene pretensiones a sus favores como un pequeño incidente de esa
especie. Juana de Maurescamp, que era tan sagaz como cualquier otra, y
aun más, no, pudo dejar de reírse del contraste que ofrecía el señor de
Monthélin con su expresión amable y la inquietud manifiesta que le
causaba la agresión de _Toby_. Así fue como _Toby_, cual si estuviese en
el complot de la señora de Lerne, contribuyó a su-buen éxito con su
humilde contingente.
Después de aquel estreno comprendió Monthélin que una escena de amor era
imposible. Limitose, pues, aquel día a tocar ligera y melancólicamente
lo concerniente al amor, y resignose a acariciar a _Toby_, puesto que no
podía ahogarlo.
V
Al día siguiente, al subir al cupé de su marido para ir a casa de Lerne,
sentíase Juana agitada. Habíale preocupado mucho el traje que llevaría;
después de muchas reflexiones, decidiose a ponerse un traje austero, en
armonía con la gravedad del rol que iba a desempeñar aquella noche.
Púsose únicamente un vestido de terciopelo punzó, obscuro. Era lástima
que sus brazos y hombros quedasen al descubierto en su deslumbrante
desnudez; la severidad de su actitud sufría una alteración. Pero no
podía hacerlo de otro modo.
En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tenía a su derecha
a la señora de Hermany. Como había acalorado un poco su imaginación
sobre el culto secreto que le consagraba el joven, no dejó de parece ríe
al principio que aquel culto era por demás discreto. El señor de Lerne
apenas le dirigía la palabra, y se consagraba exclusivamente a su vecina
de la derecha. No teniendo otra cosa en qué ocuparse prestó el oído a su
conversación; entre otras cosas, oyó que la señora de Hermany le
reprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.
--Supongo--le dijo--que yo también tendré el mío.
--Sin duda alguna--contestó Jacobo.
--¿Y cuál?--preguntó la joven rubia alzando su frente angelical.
--«¡Agua que duerme!»--dijo el joven, inclinándose un poco hacia ella.
La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de frente con aire
de niña en su primera comunión:
--¿Y por qué «Agua que duerme»?
--Por nada... es un nombre indio.
--Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?--preguntó Juana sonriendo.
--¿Vos?--dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y añadió en
tono serio:--¡No!
Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de conversación,
hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los países extranjeros
que había visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones,
únicamente para tener el gusto de oír sus respuestas, y mirándola con
aire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.
¡No había duda! Sí, decididamente algo había de extraordinario. En el
modo de hablarla, escucharla y mirarla, notábase una mezcla indefinible
de bondad y distinción que parecía reservada únicamente para ella. ¿Cómo
ella no se había apercibido antes?... ¡Qué singularidad!... Y tanto más
singular era lo que sucedía, cuanto que ella no era, no, absolutamente
de aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era una
fineza de su parte, y Juana desde entonces se consagró con todo empeño e
interés a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malas
compañías, conservaba todavía algunas buenas cualidades.
Pasó revista inmediatamente en su memoria a todas las jóvenes que
conocía y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontró
ninguna.
Después de la comida, una parte de los convidados pasó a la pieza de
fumar; el señor de Lerne les seguía, cuando su madre le detuvo.
--Jacobo--díjole--, toca tu último vals a la señora de Maurescamp antes
que lleguen los demás convidados; no te lo ha oído, y estoy segura de
que le gustará.
--Os pido que lo hagáis, señor--dijo Juana.
El señor de Lerne saludó y sentose al piano. Tocó el vals nuevo y
algunas otras piezas nuevas que le pidió Juana.
Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, después de
haber escuchado un rato, retiráronse a conversar cada uno por su lado.
La señora de Maurescamp quedó sola como dilettante obstinada, cerca del
piano y de Jacobo, en una de las extremidades del salón.
Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseaba
distraído sus dedos sobre el teclado, Juana creyó llegado el momento
fisiológico:
--¡Qué talento tenéis!--díjole--, y a más, pintáis muy bien, según
dicen.
--Borroneo un poco...
--¡Qué cosas tan curiosas hay en este mundo... cosas
inexplicables!--articuló la joven como hablándose a sí misma.
--¿Soy yo, señora, quien os sugiere esa reflexión?
--Sí, tenéis todos los gustos que pueden detener a un hombre en su
casa... y vivís... en el círculo...
--¡Dios, mío! ¡Vaya!--dijo el señor de Lerne.
--Señor Jacobo--replicó Juana, cuyo abanico se agitó violentamente.
--¿Señora?
--¿Os voy a parecer muy indiscreta?
--¡Soy tan indulgente!...
--Vuestra madre desea veros casado.
--Me lo figuro, señora.
--¿Y vos no lo queréis?
--No, señora, absolutamente.
--¿Tenéis alguna razón para ello?
--Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de mí.
--¡Ah! ¡Mi Dios!
--Es decir, perdón...--replicó Jacobo con la misma gravedad--: estáis
vos... pero vos no sois libre... y por otra parte...
--Por otra parte, ¿qué?--preguntó la joven, tendiendo el arco de sus
cejas.
--Por otra parte... vos, vos misma estáis a punto de caer.
--¡Pero, señor Jacobo!
--Excusadme, es mi opinión.
--¿Por qué?--continuó Juana.
--Por que elegís mal vuestros amigos.
--¿Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al señor Jacobo
de Lerne?
--No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, había nacido
para comprender y aun para participar de los amores de los ángeles.
--¡Ah! francamente--dijo riendo la señora de Maurescamp--, si he de dar
crédito a las voces que corren, os halláis muy lejos de los amores de
los ángeles.
--¿Qué queréis? Me han desanimado--dijo el señor de Lerne riendo a su
vez--. ¿Me permitís, señora, contaros una historia escandalosa?...
--Me interesará mucho... pero supongo que tendré que irme a la mitad.
--Yo no lo creo. Es una historia que os aclarará muchas... es la de mis
primeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero no
anticipemos. Tenía, señora, veintiún años, y por extraño que parezca, no
había amado todavía... Tenía entonces, de las mujeres y del amor, una
idea extraordinariamente elevada, casi santa. Tenía en mi corazón un
verdadero tesoro de abnegación, de amor y de respeto, al que no me era
dado dar una mala colocación. En fin, encontré una mujer a quien amé,
como ella quería ser amada, y que no amó como ella quiso amarme.
Pertenecía al mundo más aristocrático. Estaba mal casada, sobre eso no
hay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por eso
mismo la amé más todavía, pues había sufrido mucho... Bella en extremo
todavía, aunque rubia; y a más de una honestidad timorata que me
desesperó más de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yo
tenía veinte años... Pero había que respetarla o alejarme de ella...
Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y la
vigilaba de cerca. Podíamos muy bien darnos algunas citas por los medios
más vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese podido
degradar nuestro amor, nos repugnaba igualmente a ambos... Los meses se
pasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de sus
reservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me imponía, quizá a
causa de esa misma reserva, sentíame tan enamorado y tan feliz, como se
puede serlo en este mundo; sentía la más grande alegría al dar a aquella
criatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningún
remordimiento serio, porque lo poco que me concedía, habríaselo
concedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para mí la más
suprema voluptuosidad.
En una hermosa noche del mes de octubre, durante las cacerías--éramos
vecinos en el campo--, su marido había ido a pasar veinticuatro horas a
París... A fuerza de súplicas y de juramentos, pude conseguir que me
concediese pasar una hora en su habitación...
--¡Perdón!...--dijo la señora de Maurescamp, levantándose de su
asiento--, ¿si me fuese?
--No, no, no temáis nada.
--La habitación estaba en el primer piso y se abría sobre el parque.
Penetré allí hacia media noche por una ventana un poco alta y de un
acceso bastante difícil a cuyo alrededor había, lo recuerdo, algunos
bejucos y jazmines y clemátides que esparcían por la noche un olor
exquisito, no sé si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresión
nueva para mí de aquella habitación personal... pero debo confesaros que
aquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrúpulos
inhumanos que se me oponían... Aquélla fue una escena dolorosa que no
recuerdo sin avergonzarme...
La pobre mujer acabó por arrojarse a mis pies, con las manos juntas,
suplicándome que fuese honrado y preguntándome con lágrimas en los ojos,
si no era feliz, si podría serlo jamás tanto, si podría serlo a expensas
de su reposo, de su honor y aun de su vida... porque ella no
sobreviviría a su deshonra... En fin, ella venció. Yo cedí en parte a
sus lágrimas, en parte a mis propios sentimientos que me decían que no
podía haber más allá de aquella amistad apasionada e inocente... Ella me
lo agradeció besándome como loca las manos y yo salí por donde había
entrado.
Apenas había puesto el pie en la arena del camino cuando me volví para
enviarle un último beso, murmurando: ¡hasta mañana! Vila a la claridad
de la luna parada e inmóvil dentro del marco de la ventana, los brazos
cruzados sobre el pecho, el busto un poco echado hacia atrás. Al envío
del beso, contestó con un ligero movimiento de hombros; en seguida con
su bella voz de contralto que tanto adoraba, dejó caer lentamente estas
palabras: ¡Adiós... imbécil!
Después no he vuelto a verla. Desde aquel momento me cerró su puerta,
su ventana y su corazón.
La señora de Maurescamp habíale escuchado con extremada atención. Cuando
hubo concluido, mirole fijamente:
--¿Y qué consecuencia sacáis de eso?--díjole.
--He sacado por consecuencia que las mujeres honestas eran demasiado
fuertes para mí.
--A la verdad, señor, que si para justificar vuestro desprecio por
nuestro afecto no tenéis más motivos que ese recuerdo de vuestra
juventud...
--¡Oh, tengo otros!--dijo el señor de Lerne.
Pronunció esas palabras con un tono tan singular que Juana lo miró, y
sorprendida quedó de la expresión casi dolorosa que repentinamente había
contraído su frente y sus labios.
--¡Tengo recuerdos atroces!--añadió el joven insistiendo.
Después, con un acento conmovido, añadió:
--Sois una joven llena de bondad y delicadeza, a quien estimo en
extremo, pero esos motivos no puedo decirlos, ni a vos misma.
Levantose Juana algo turbada y alzando su tapado:
--Creo que me comprometo--dijo risueña.
El señor de Lerne se levantó también inmediatamente diciendo:
--Perdón por haberos detenido tanto tiempo.
--¡Pero yo no renuncio!--dijo ella graciosamente al alejarse.
Él se inclinó sin contestar.
La larga conversación de la señora de Maurescamp y Jacobo, no había
dejado de despertar la curiosidad más o menos benévola de los invitados
de la señora de Lerne. Juana se apercibió de ello, y para destruir el
carácter sospechoso que pudiese tener aquella entrevista, dijo en voz
alta a la condesa, que pasaba por su lado:
--¡Ninguna esperanza, señora! ¡He perdido mi tiempo!
La madre de Jacobo, que había observado desde lejos con vivo interés la
fisonomía de los dos interlocutores, no era de la opinión de Juana.
Juzgó, por el contrario, que la joven no había perdido su tiempo y que
todavía había que esperar.