Desde los primeros días ya hubo en aquel joven menaje un ligero tinte de
frialdad de una y otra parte. En ella era la amargura de hallar en el
amor y la pasión, tanta diferencia con lo que se había imaginado; en él,
el disgusto de un hombre bello que no se siente apreciado. Sin embargo,
la señora de Maurescamp, a pesar del caos que se agitaba en su espíritu,
mostrábase ante su madre y ante el público con esa frente serena e
impasible que sorprende siempre en las jóvenes, recién casadas, y que
atestiguan el poder del disimulo en la mujer. La organización de su
nueva vida en su gran hotel de la Avenida de Alma, el aturdimiento de
las fiestas que saludaron su enlace, el brillo de su tren de casa, de
sus equipajes y vestidos, todo la ayudó, sin duda, porque al fin era
mujer, a pasar sin reflexionar mucho, los primeros tiempos de su unión.
Pero los goces del lujo y de la vida material, a más de que no eran
absolutamente nuevos para la joven, son de aquellos que cansan más
pronto. Por otra parte, había vivido con su madre en una región más
elevada, para que pudiera contentarse con las banalidades de una
existencia mundana, y en medio de aquel torbellino sentíase invadida a
cada instante por la nostalgia de las alturas. El sueño más halagüeño de
su juventud había sido el de continuar con su esposo en la más tierna y
ardiente unión de las almas, la especie de vida ideal en que su madre la
había iniciado participando con ella de sus lecturas favoritas, sus
pensamientos y reflexiones sobre todas las cosas, sus creencias, y
finalmente, sus entusiasmos ante los grandes espectáculos de la
naturaleza o las bellas obras del genio.
Puede juzgarse cómo aceptaría el caballero de Maurescamp semejante
comunidad.
Aquella vida ideal tan saludable para todos, tan necesaria a la mujer,
rehusósela a su esposa, no solamente por ignorancia y torpeza, sino
también por sistema. A este respecto tenía igualmente su principio, y
era: que el espíritu romanesco es la verdadera y única causa de la
perdición de las mujeres. Por consiguiente, consideraba que todo lo que
puede exaltarles la imaginación, la poesía, la música, el arte bajo
todas las formas, y aun la religión, no debe permitírsele sino en
pequeñas dosis. Más de una vez intentó la joven interesarlo en lo que a
ella le interesaba. Poseía una bella voz, y le cantaba los aires que
más le gustaban, pero así que su canto expresaba un poco de pasión:
--¡No! ¡No!--exclamaba su marido burlándose--, ¡menos alma, querida, o
me desmayo!
Gustaba ella de los poetas y romancistas ingleses: elogiábale a
Tennyson, a quien adoraba y empezaba a traducirle un pasaje.
Inmediatamente el señor de Maurescamp, con el mismo tono de burla,
poníase a dar gritos de condenado y a dar golpes sobre el piano para no
oír. Así era como pretendía hacerla perder el gusto por la poesía, sin
pensar que arriesgaba más bien disgustarla de la prosa. En el teatro, en
las exposiciones, en los viajes, las mismas burlas y las mismas sátiras
frías a propósito de todo lo que despertaba en su mujer una emoción un
poco viva.
Madama de Maurescamp tomó, pues, poco a poco la habitud de
reconcentrarse en todo aquello que da precio a la vida de todo ser
delicado y generoso. No viendo aparecer las llamas, su marido creyó
extinguido el incendio, y se glorificó por ello.
--Todos estos diablillos de mujeres--decía a sus amigos del círculo--,
viven siempre en las nubes, y eso acaba mal He tomado la mía pequeñita,
y he soplado sobre todas esas estupideces de romanticismo... Ahora está
tranquila, y yo también... ¡Oh! ¡Dios mío! Es necesario que una mujer se
mueva, que camine, que recorra las tiendas, que vaya con sus amigos a
los lunchs, que monte a caballo, que cace; ésta es la vida de la
mujer... Así no tiene tiempo para pensar. ¡Esto es perfecto! En tanto
que si se queda en un rincón a soñar con Chopín o Tennyson... ¡Bah!
Estáis perdidos... Este es mi sistema.
Era imposible que la mezquindad de semejante sistema y la carencia
intelectual de su marido, pudiesen escapar a una inteligencia tan
activa como la de la señora Maurescamp. No fue mucho tiempo víctima de
sus aires de suficiencia y maneras autoritarias. No siempre conocen los
hombres a sus mujeres, pero las mujeres conocen siempre a sus maridos.
No había pasado un año cuando ya habían desaparecido todas las
ilusiones: y la señora de Maurescamp veíase obligada a reconocer que
estaba ligada para siempre a un hombre de sentimientos bajos y de
inteligencia nula, sintiendo a más con horror que despreciaba a su
marido.
Mucho mérito tiene una mujer cuando apercibida de tales miserias,
permanece siendo amable y sumisa esposa. La señora de Maurescamp tuvo
ese mérito; pero para tenerlo viose obligada muchas veces a acordarse de
que era cristiana, es decir, que pertenecía a una religión que ama las
pruebas y el sacrificio.
No por eso dejó de ser feliz ante un acontecimiento muy previsto que
tuvo lugar dos años después de su casamiento, y que prometiéndole un
grato consuelo, asegurábale en su hogar una independencia y una soledad
relativas. El nacimiento de un hijo vino pronto a darle el único goce
puro que experimentara desde el día de su enlace: única felicidad, en
efecto, que realizan en el matrimonio los goces prometidos.
Como se comprende, ella quiso criar a su hijo; llenaba aquel deber con
tanto más placer, cuanto que le permitía ganar tiempo y prolongar
respecto de su marido una situación con la que se avenía perfectamente.
Pero llegó al fin el momento en que el niño debía ser despechado. Fue
por ese tiempo que el señor de Maurescamp tuvo una noche la sorpresa de
ver a su mujer bajar al comedor con su cabeza adornada a la Tito;
habíase hecho cortar sus magníficos cabellos con el pretexto de que se
le caían, y esto, no era cierto; pero esperaba que aquel pequeño
sacrificio, afeándola, le evitaría otros más penosos. Había contado sin
la huéspeda. Su esposo halló, por el contrario, que aquel adorno de
soldadito, le sentaba muy bien dándole cierto aire original. La pobre
mujer no sacó sus gastos y se resignó a dejarse crecer el cabello
nuevamente.
Sin embargo, la libertad a que aspiraba en el secreto de su corazón
debía venirle, por decirlo así, de sí misma, y del lado por donde menos
la esperaba.
Una criatura tan noble y tan atractiva como ella, debía inspirar, así
como sentir, la más profunda, ardiente y duradera de las pasiones: era
digna de ocupar un lugar entre los amantes inmortales a quienes la
historia y la leyenda han consagrado sus páginas imperecederas.
El amor de Maurescamp, sin embargo, no contenía ningún elemento durable:
era, para emplear una expresión de actualidad, un amor naturalista, y
los amores naturalistas, aunque no se parecen a la rosa, tienen, sin
embargo, su efímera duración. Decíase, y así lo dejaba comprender a sus
amigos, que se había casado con una estatua, bastante agradable a la
vista, pero cuya frialdad habría desanimado al mismo Pigmalión.
Decía esto en términos menos honestos, tomando sus comparaciones de la
historia natural con preferencia a la mitología. La verdad es que el
señor de Maurescamp, que era sumamente celoso, no estaba disgustado de
una circunstancia que creía ser una garantía para su hogar. En una
palabra, disgustado al verse desairado, fastidiado de los escrúpulos y
objeciones que se le oponían sin cesar, y ocupado, a más, por otro lado
más agradablemente, retirose a su tienda definitivamente, de donde su
mujer ni aun intentó sacarle.