Mi actividad docente y la multiplicación espiritual. --
Discípulos aventajados. -- La escuela histológica española. --
Realización parcial de mi ideal patriotico-científico. -- Aptitud
de los españoles para la investigación científica. -- Sentimiento
del deber cumplido. -- Lista de trabajos del autor y de sus
discípulos ó inmediatos continuadores.
Tocamos al fin del presente libro. Con la mayor claridad compatible
con la brevedad, dejo expuesto lo fundamental de mi modesta labor y
las condiciones que la motivaron.
Conforme he avanzado en la narración, mi _autobiografía_ se ha
_despersonalizado_. El trabajo regular y el espíritu de aventuras
son cosas incompatibles. De cada vez más pobre en episodios amenos,
mi vida ha sido gradualmente absorbida en mi obra. La abeja ha sido
olvidada en consideración al panal.
Incompleta fuera la actividad del científico si se contrajera
exclusivamente á actuar sobre las cosas; opera también sobre las
almas. Ello es un deber si el hombre de laboratorio pertenece al
magisterio universitario. Entonces hay derecho á esperar que buena
parte de su labor sea empleada en forjar discípulos que le sucedan
y le superen. Nadie negará que el cumplimiento de tan capital
función constituye la más noble ejecutoria del investigador y el más
preeminente título á la gratitud de sus compatriotas.
Conforme dejamos expresado en otro libro[286], importa mucho al
cultivador de la ciencia proceder á su multiplicación espiritual.
De esta suerte la vida del maestro alcanza su plenitud, ya que
entraña en potencia nuevas existencias. «La tarea es sin duda penosa
--decíamos--. La actividad del profesor bifúrcase en las corrientes
paralelas del laboratorio y de la enseñanza. Crecen así sus desvelos,
pero aumentan también sus venturas. Sobre dar pábulo á elevadas
tendencias, gozará los deleites de la paternidad ideal, y sentirá el
noble orgullo de haber cumplido honradamente con su triple misión de
investigador, de maestro y de patriota. Ya no declinará su vida en
melancólica soledad; antes bien, verá su ocaso rodeado de un séquito
de discípulos entusiastas capaces de comprender su obra y de hacerla,
en lo posible, fecunda y perenne.»
[286] _Cajal_: Reglas y consejos sobre la investigación
biológica, 4.ª edición, 1916.
Excusado es decir que procuré siempre seguir mis propios consejos.
Aunque al alborear mi carrera hube de confinarme, por imperio del
hábito y de la necesidad, en la categoría de los trabajadores
solitarios, me preocupé siempre, sobre todo después que el Estado
puso en mis manos decoroso y bien provisto laboratorio, de fundar
una escuela genuinamente española de histólogos y biólogos. Y pese
á los lúgubres voceros de nuestra decadencia y á los aguafiestas
para quienes la ciencia, como la aurora boreal, sólo embellece el
cielo de las regiones hiperbóreas, el ideal soñado está en gran
parte conseguido. La ansiada escuela existe y es foco de vivísima
actividad. Sus descubrimientos importantes (excluyo los modestos
míos) han traspasado las fronteras, y sus métodos é invenciones
aplícanse corrientemente en los laboratorios extranjeros.
No con hueras declamaciones, que pretenden ser patrióticas y resultan
jactancias de ignaro chauvinismo, sino con hechos positivos é
indiscutibles he demostrado la aptitud de la gente hispana para la
investigación científica. La pretendida incapacidad de los españoles
para todo lo que no sea producto de la fantasía ó de la creación
artística, ha quedado reducida á tópico ramplón. Cuando durante la
noche el tenebroso mar aparece tranquilo, basta agitar las aguas
para que nubes de noctílucos apagados enciendan su luz y brillen
como estrellas. De igual modo ocurre en el océano social. Ha sido
suficiente que dos ó tres personas (una de ellas el ilustre Dr.
Simarro) sacudiéramos la modorra de la juventud, para que surgiera
entre nosotros brillante pléyade de eméritos investigadores. Por
afirmar estoy, sin temor á la nota de optimista, que en orden á
ciertos estudios, que exigen ingeniosidad, paciencia y obstinación,
nuestros compatriotas compiten si no superan á los más cachazudos é
infatigables hijos del Norte. Todo consiste en despertar el espíritu
de curiosidad científica, adormecido durante cuatro siglos de
servidumbre mental, y de inocular con el ejemplo el fuego sagrado
de la indagación personal. Vivimos en un país en que el talento
científico se desconoce á sí mismo. Deber del maestro es revelarlo y
orientarlo.
Los jóvenes laboriosos á quienes aludo son ya legión, sobre todo
si juntamos los pretéritos con los presentes. Entre los antiguos
(algunos fallecidos en plena juventud y otros perdidos por desgracia
para la ciencia patria en el _desierto de la clínica_) citaré á
Cl. Sala, Terrazas, C. Calleja, Olóriz Aguilera, Blanes Viale, J.
Bartual, I. Lavilla, Del Río Lara, Márquez, etc.
Y, entre los modernos, me es muy grato nombrar á mi hermano, P. Ramón
Cajal, á F. Tello, á N. Achúcarro, á Domingo Sánchez, á Rodríguez
Lafora, á Del Río-Hortega. Este grupo de entusiastas trabajadores
acabaron ya su formación y saben caminar solos y triunfar en el
terreno de la investigación. Muchas de las investigaciones que luego
citaré, son fruto de su exclusiva iniciativa. En vías de formación,
y con promesas de ópimos frutos, figuran Arcaute, Fortún, Sacristán,
Calandre, Sánchez y Sánchez, Ramón Fañanás, Luna, Fernando de Castro
y otros.
La lista abrumadora de monografías (y sólo incluyo las efectuadas en
mi Laboratorio) de los citados investigadores, registrada al final de
este libro, dará idea de la magnitud é intensidad relativa de la obra
de cada uno. Se verá, además, que, dentro del común fervor hacia la
religión del Laboratorio, cada iniciativa ha corrido por diferente
camino.
Los arriba nombrados han sido mis discípulos, en el amplio sentido
de la palabra. Todos han vivido algo mi vida y participado de mis
emociones; todos me han oído pensar, con palabra balbuciente, durante
el ensimismamiento de la atención y en los breves paréntesis del
trabajo febril.
Fuera, sin embargo, pueril vanidad é injusta pretensión atribuirme
por entero la paternidad espiritual de los actuales cultivadores de
la histología española. Varios de ellos, singularmente Achúcarro,
Tello y Rodríguez Lafora, han perfeccionado notablemente en el
extranjero su educación técnica y su formación intelectual. Y de los
Laboratorios alemanes, franceses ó ingleses, han aportado á España,
amén del dominio de los idiomas y de la bibliografía, novísimos
métodos de investigación, y lo que vale más, la costumbre de la
autocrítica y la severa disciplina del trabajo metódico.
Mi papel principal ha consistido en fomentar el entusiasmo. Fué
siempre mi lema confortar é ilustrar la voluntad con pleno respeto
á las iniciativas individuales. Siempre procuré --y de ello me
felicito-- pesar lo menos posible sobre el cerebro de mis discípulos.
Toda opinión fruto de esfuerzo honrado de pensamiento, sobre todo
si ha surgido de hechos recién descubiertos, infúndeme simpatía
y respeto, aunque contradiga concepciones personales largamente
acariciadas. ¿Cómo había de caer yo en la tentación de imponer mis
teorías, cuando he dado sobrados ejemplos de abandonarlas ante la
menor contrariedad objetiva?
Profundamente penetrado de estas ideas; deseoso de evitar que mis
continuadores vengan á ser lectores _de un solo libro_ y _oyentes
de un solo maestro_; resuelto, además, á descartar en lo posible
deplorables polarizaciones ideológicas y metodológicas, puse especial
empeño en que mis discípulos gozasen del beneficio de una pensión
en los Laboratorios más prestigiosos del extranjero. Injusto fuera
olvidar que, en esta obra de sano patriotismo y de confortador oreo
doctrinal, ayudáronme solícitos mis dignos compañeros de la _Junta de
pensiones_, de que soy indigno Presidente.
Y los resultados de semejante táctica han sido excelentes. Á su
vuelta, los pensionados más sobresalientes no sólo han efectuado
conquistas valiosas en los dominios predilectamente explorados por
mí, sino en otros terrenos apenas desflorados en mi Laboratorio,
por ejemplo: en el de la _Neurología patológica_ del hombre, donde
Achúcarro y Lafora han recogido datos de subido valor. Excusado es
advertir que los citados pensionados han desarrollado sus trabajos en
mi propio Laboratorio y que mi _Revista_ se ha visto enriquecida y
honrada con comunicaciones interesantes y variadas. Mención especial
merece Achúcarro, quien, gracias al hallazgo de nuevo y fecundo
método de investigación (proceder del tanino-plata amoniacal) y á sus
envidiables dotes docentes, ha creado á su vez importante escuela
anatomo-patológica. Sus discípulos Fortún, Gayarre, Sacristán, Del
Río-Hortega, Calandre, etc., se han ilustrado ya con muy estimables
descubrimientos histológicos, singularmente Del Río-Hortega, autor
de numerosos trabajos sobre el _centrosoma_, _estructura de la
neuroglia_, _textura de las células epiteliales_, _disposición de
la trama conectiva de los invertebrados_, etc. Estos fervorosos
trabajadores vienen á ser algo así como mis nietos espirituales.
Contémplolos con orgullo de abuelo. La _eclosión_ inesperada de esta
segunda generación intelectual demuestra que la semilla cayó en
buen terreno. Todo asegura que la cosecha de investigadores no se
interrumpirá en adelante. En sus manos está, y ellos lo saben, el
porvenir de la histología española.
* * * * *
Debo ahora terminar. Lo exige la impaciencia del lector; lo impone mi
fatiga.
He procurado que mi vida sea en lo posible, conforme al consejo del
filósofo, poema vivo de acción intensa y de heroísmo callado, en
pro de la cultura de mi país. Pobre es mi obra, pero ha sido todo
lo extensa y original que mis escasos talentos consintieron. Para
juzgarla con algún conocimiento de causa, bastará recordar lo que
era la histología hispana cuando yo empecé tímidamente en 1880 y lo
que representa en la actualidad. Lejos estoy --lo he dicho ya--, de
excluir otras valiosas colaboraciones: séame empero permitido pensar
que mi obstinada labor ha entrado por algo en el actual renacimiento
biológico de mi país.
Doy por seguro y hasta por conveniente que en el fluir del tiempo, mi
insignificante personalidad será olvidada; con ella naufragarán, sin
duda, muchas de mis ideas. Nada puede substraerse á esta inexorable
ley de la vida y menos los trabajadores humildes. Contra todas las
alegaciones del amor propio, los hechos vinculados inicialmente á
un nombre acabarán por ser anónimos, perdiéndose para siempre en el
_nirvana_ de la Ciencia Universal. Por consiguiente, la monografía,
impregnada todavía del aroma humano, se incorporará, depurada de
sentimentalismos, en la doctrina abstracta del libro de conjunto. Al
sol caliente de la actualidad sucederá --si sucede-- la fría claror
de la historia erudita...
Mas no tengo el derecho de afligir al lector con reflexiones
melancólicas. No pensemos en cosas tristes. Preocupémonos de la vida,
que es energía, renovación y progreso. Y continuemos trabajando. Sólo
la acción intensa en pro de la verdad justifica el vivir y consuela
del dolor y de la injusticia. Sólo ella posee la rara virtud de
convertir al obscuro parásito social en héroe de leyenda.
Y cultivemos --repito-- nuestro jardín, cumpliendo en lo posible
con el doble y austero deber de hombres y de patriotas. Para el
biólogo, el ideal supremo consiste en resolver el enigma del propio
_yo_, contribuyendo á esclarecer al mismo tiempo el formidable
misterio que nos rodea. No importa que nuestra labor sea prematura é
incompleta; de pasada, y en tanto alborea el ansiado ideal, el mundo
se dulcificará gradualmente para el hombre. La naturaleza nos es
hostil porque no la conocemos: sus crueldades representan la venganza
contra nuestra indiferencia. Escuchar sus latidos íntimos con el
fervor de apasionada curiosidad, equivale á descifrar sus secretos:
es convertir la iracunda madrastra en tiernísima madre.
¿En qué más noble y humanitaria empresa cabe emplear la
inteligencia?...
[Ilustración]