Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado

el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para

contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y

vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones

tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire

libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su

organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario

desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le

apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la

carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos

tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo

después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un

modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no

fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario,

confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba

prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su

espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez

años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su

carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y

receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba

dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los

hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia;

pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban

los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a

veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin

carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No

obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes.

Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de

trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de

respeto hacia su madre.

Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de

salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo.

Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle

desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no

tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de

jurisprudencia.

Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos

oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy

en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio

por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo

que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla

notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros

de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de

ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.

Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y

también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó

cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo,

que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía,

que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue

adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí

mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que

sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante

los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta

suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la

casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación.

Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño

agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con

afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se

fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía

ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría

carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían

poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin

duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida

había arraigado.

«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su

turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran

extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una

impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las

suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba

absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana

nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la

Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había

salido.

Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de

Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos

de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de

sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la

calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su

entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de

tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba

enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A

los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió

dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración.

Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la

escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos

momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y

la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de

tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un

miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en

la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora

de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía

acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor

indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más

respetables aún su voluntad y sus placeres.

Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la

puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a

llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña

tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó

a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de

cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para

atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba

esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un

vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante,

embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma

discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido

otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus

amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su

centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No

era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a

correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por

ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella

sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta

índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones

había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su

confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con

largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa

extraordinaria.

La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al

conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por

cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido.

Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para

qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la

escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con

algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada

que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con

el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de

Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad

y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su

amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin

que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella

fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar,

y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido

y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la

ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales

manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la

palma de la mano en la mejilla.

--Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.

Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita

forrada de raso azul.

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono

que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices

soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los

muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica

cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los

primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente

en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera

perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama

forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los

Quiñones.

Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó

conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le

brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:

--¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos

esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver

claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos

ayudase.

--¡Dios!--murmuró estremeciéndose el conde.

Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró

a decir con desenfado:

--Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y

tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy

tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo

conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...

No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he

saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba,

del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa--añadió

sonriendo con coquetería.--Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?

--Para mí todo es igualmente hermoso.

--¡Vamos!--exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada

de burla cariñosa.--Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues

bien--añadió en tono serio,--tú no sabes las vueltas que hemos tenido

que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna

me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a

chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me

cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el

señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla?

Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!

--La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de

Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y

como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin

cesar...

--Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?

--¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban

perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los

pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de

barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el

paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me

volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo!

¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa,

la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que

me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en

aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un

paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo

para otro día.

--Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de

agua.

Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a

reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó:

--No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha

sido bien duro. Te has portado como un héroe.

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia

le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que

acababa de pasar Amalia, y dijo:

--¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido

una imprudencia bajar tan pronto la escalera.

--¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.

--Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni

una queja!

--¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?--dijo poniéndole una mano en la

boca.--¿Has parido alguna vez?

--Luego cuatro días solamente en la cama--prosiguió el joven separando

dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,--y al quinto bajar

al salón.

--Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a

bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día

estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco

por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y

se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía

Dios para consolarnos de no tener familia...

El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la

dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.

--A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado--dijo

metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de

su amante.--Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo

niegas?--añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los

labios en el oído.--Voy a traértela.

--Pero ¿va a venir el ama?--preguntó él con terror.

--No, hombre, no--replicó riendo.--Vendrá ella solita. Verás qué bien

camina ya.

El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún

más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con

Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa

medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña

dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la

contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo

soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un

instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa

de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica.

Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso

ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se

confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne

rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles

sus almas y sus vidas.

--¡Qué hermosa es! Se parece a tí--murmuró el conde con tan blando

acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.

--Aún más a tí--respondió ésta en la misma voz apagada.

Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se

miraron larga, intensamente, con amor.

--Te adoro, Amalia--dijo él.

--Te quiero, Luis--respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron

tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.

IV

Historia de aquellos amores.

Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de

tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto

a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que

pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que

a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta

en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la

rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor

consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en

el seno de la naturaleza.

¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta

frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se

hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de

atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen

los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo

hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su

germinación.

Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue

impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio

Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había

consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su

hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos

medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia

era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su

hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del

esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un

banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo

Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado

respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,

pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa.

Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para

llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la

deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella

una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida

y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la

festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la

figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su

cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez

constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían,

y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste

principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba

a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con

fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se

aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban

alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como

húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su

movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e

insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.

No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y

borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes

ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y

entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del

gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de

escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de

D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su

cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero

como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu

ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto

que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las

amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el

escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos

meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz

sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.

Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la

población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume

su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio,

sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo

pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a

los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la

voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los

veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de

matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se

le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que

sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y

cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su

padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase

por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan

desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una

indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico,

después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el

sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No

se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada

supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua

pensión, con la cual a duras penas podía comer.

El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de

aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a

Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al

mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En

Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo

que pasó.

La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por

mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era

Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable.

Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el

corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de

atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios

meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan

pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la

astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las

montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de

su esposa, por lo menos sus favores.

El maestrante · 第 5 / 21 段