Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras particularidades
tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi inalterable tranquilidad
durante tantos años, lean, si para ello tienen paciencia, lo que otras
lenguas menos cansadas que la mía narrarán en lo sucesivo. Yo pongo
aquí punto final, con no poco gusto de mis fatigados oyentes, y gran
placer mío por haber llegado a la más alta ocasión de mi vida, cual
fue el suceso de mis bodas, primer fundamento de los sesenta años de
tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo el bien posible, amado
de los míos y bien quisto de los extraños. Dios me ha dado lo que da a
todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan sin dejar de pedirlo. Soy
hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi
escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve.
Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de sacarme
nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad), sabed que una
serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su muchedumbre y
complicación, hicieron que no tomase parte en el resto de la guerra;
pero lo más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a
ascender de tal modo, que aquello era una bendición.
Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington,
recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto
me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente
agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue
aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la
batalla de Waterloo.
Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente coronel. Pero
mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida correspondencia, me
hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había repuesto del susto,
cuando una mañana me encontré hecho general.
--Basta --exclamé con indignación, después de leer mi hoja de
servicios--. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán
general sin mérito alguno.
Y pedí mi retiro.
Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos nuestro
bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden admirable que
mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía la manía del
orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo que llamaban los
antiguos _aurea mediocritas_; viví y vivo con holgura, casi fui y soy
rico, tuve y tengo un ejército brillante de descendientes entre hijos,
nietos y biznietos.
Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis,
pues sería inmodestia; pero si sois jóvenes; si os halláis postergados
por la fortuna; si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas,
inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos
vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los
generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de
Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo.
Febrero-marzo de 1875.