El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos
procuraron calmarme.
--Otra vez le empieza el delirio --dijo Juan de Dios.
--Yo he sido causa de esta alteración --dijo Miss Fly muy afligida.
Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la
indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni
voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.
--El pobre Sr. Araceli --dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso-- se
volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.
--Callad, hermano, y no digáis tonterías --dijo Miss Fly cubriendo mis
brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente--. ¿Qué habláis
ahí de demonios?
--Sé lo que me digo --añadió el agustino, mirándome con profunda
lástima--. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo
he visto, lo he visto.
Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y
puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.
--Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos --dijo Miss Fly
jovialmente-- y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.
Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo.
Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:
--Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien.
Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando,
como ha dicho aquel buen hombre.
--Os he hablado largo rato --dijo Miss Fly con cierta turbación.
--Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto
y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una figura
hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. En mi
cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso de
otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real de lo
verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes
sin conocerlos.
--¡Sin conocerlos!
--He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.
--Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho
--murmuró Athenais, pálida y grave--. Y si no habéis entendido bien, os
lo repetiré.
--En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión
espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya
representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que
quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios
sobre la tierra... He creído oír no sé qué palabras dulces y claras,
mezcladas con otras que no comprendía... He creído escuchar, tan pronto
una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que
bramaban dentro de mi corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto
claramente a usted, la he conocido...
--¿Y me habéis oído claramente también? --preguntó acercando su rostro
al mío--. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré
molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais
oírme. Si por desgracia muriérais...
--De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted puesto
en libertad a una persona a quien yo aprisioné.
--¿Y esto os disgusta? --preguntó la Mosquita con terror.
--No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho --afirmé
con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos.
Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, y
dijo:
--Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el ave
encantada de la calle del Cáliz?
--Por eso, por eso es --repetí.
--¿Y seguramente la amáis?...
--La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia
y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis alegrías
son sus alegrías, y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha
desaparecido otra vez, señora Athenais de mi alma, juro a usted que
todos los romances de Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me
parecerían pocos para buscarla.
Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el
enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué
horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su
emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin
quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose
con ademán de majestuosa soberbia, me dijo:
--Caballero Araceli, adiós.
--¿Se va usted? --dije con tristeza y tomando su mano, que ella
separó vivamente de la mía--. Me quedaré solo... Merezco que usted me
desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido
para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa
que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y
asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la
muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder
por usted.
--Palabras hermosas, caballero Araceli --me dijo con acento solemne,
sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos,
como una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi
destino--. Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad
de vuestra alma vacía. Yo aparto esa hojarasca y no encuentro nada.
Estáis compuesto de grandeza y pequeñez.
--Como todo, como todo lo creado, señora.
--No, no --añadió con viveza--. Yo conozco algo que no es así; yo
conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun
en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que
concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica
ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de
la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos
momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para
que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero
Araceli, me fastidio aquí.
--¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo
todavía.
--¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy
orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará.
--Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se burla
del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. Siéntese
usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla; del pobre
Sir Thomas Parr, a quien vi morir.
--Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a los
ociosos y a los aburridos --me contestó con desdén--. Caballero, me
tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa.
--¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas que hemos realizado juntos.
¿Se acuerda usted de Jean-Jean?
--En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes
horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo
las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya
estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto.
--Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías
que usted quiera, con tal que me acompañe --exclamé jovialmente--. No
quiero que usted se marche enojada conmigo.
Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión
de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda.
Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que
sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su
intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta
y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme
su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que
se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene
duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido
en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno
profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me
hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se
repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso
regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció ver volar encima y
alrededor de mi cabeza un insecto alado, que después vino a posar sobre
mi frente sus dos alas blandas, pesadas y ardientes?
Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El
fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino
después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores
míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita,
advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy
grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto,
o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y
cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente
feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal
negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión.
Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío
en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades
repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que
estremecía los nervios, y después huyó.