Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas,
vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado,
¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca,
luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El
Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese
algo. Había pasado mucho tiempo desde que le vió por última vez, y el
respeto era mayor que nunca.
--El caballero para quien trajiste la carta--dijo el Padre,--no te ha
contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te
contestará. Le he dicho que te dé un _sí_ como una casa. Pero no sé si
se acordará. Ahora está hablando por los codos.
--Hablando--repitió Luis;--¿y qué dice?
--Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes--replicó el Señor,
sonriendo con bondad.--¿Te gustaría á ti oir todo eso?
--Sí que me gustaría.
--Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.
--Y usted--preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar
á Dios de _tú_,--¿usted no habla?
--¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga
algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.
--¿Y no se cansa?
--Un poquitín; ¡pero qué remedio!...
--¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?
--No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he
mandado la friolera de tres veces.
--Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.
--No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros,
no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de
sellos, más aprovecharías.
--Ayer me supe la lección.
--Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no
basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque
figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para
predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.
--Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme
cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame,
¿es malo mi papá?
--No es muy católico que digamos.
--Y la Quintina, ¿es buena?
--La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa!
Debías ir á verlas.
--Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha
metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que
nones.
--Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde
estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?
--¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?
--Sí, por ahí anda.
--¿Y también él hablará?
--También. ¡Pues no faltaba más!...
--Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas.
Por eso yo no quiero casarme nunca.
--Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser
curita.
--Y obispo, si usted no manda otra cosa...
En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí
algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y
el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió
Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo
asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y
quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con
alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que
aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á
aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían,
haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se
largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas.
Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo
allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se
fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado,
diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo
aguantar». Pero esto lo decía con acento bonachón y tolerante.
Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de
entre los alados granujas se destacaba uno...
¡Contro! era _Posturitas_, el mismo _Posturas_, no tieso y lívido como
le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de
admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el
mayor descaro del mundo le dijo: «_Miau_, fu, fu...» El respeto que
debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella
salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo
enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman _las
arpidas_!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos...
Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y
hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el
recondenado de _Posturitas_, desde gran distancia, y cuando ya el Padre
celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose
frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico
risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza,
diciendo otra vez: «_Miau_, _Miau_, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano...
Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro
se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos,
soltó un _Miau_ tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero,
repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...
Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba
mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta
para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».
--Sí, yo soy... digo, es mi abuelo--contestó al fin Luisito, y
restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la
cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se
le iba á poner la ropa perdida. _Canelo_, á todas estas, había matado el
tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo
las _muchachas_ bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares
de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su
correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase
bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no
estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto
y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.
¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil
(mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la
ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas
cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente
en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho
trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer
acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la
epístola abierta, arrojada sobre la mesa.
--¡Ya!--dijo la _Miau_, después de leerla;--las pamplinas de siempre.
Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...
--Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están
jorobando...
Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio
completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren
estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la
esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su
casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre,
no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna
tontería--pensaba, arrimándose siempre á lo peor.--Vamos, vamos allá». Y
salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo
triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo
pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno
piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está:
porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer
el premio gordo. Lo previsto no ocurre jamás, sobre todo en España,
pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los
sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del
fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa?
Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su
realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar
á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la
evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con
éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En
uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró
absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda
esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado
de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba
más que en el fatídico _cese_; lo veía delante de sí día y noche,
manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me
le ascendieron.
En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se
impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como
si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome:
«Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es
imposible hacer nada por usted».
Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y
jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este
registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su
yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en
provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más
fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».
En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron,
sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel
negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia
ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No
participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin
nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no
estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo
posible, dando gracias á Dios.
Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo
vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se
colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba
un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con
la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos
dice: _Pedid y se os dará_; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de
su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga
vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: _No esperes y
tendrás_; _desconfía del éxito para que el éxito llegue_. Allá se las
compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría,
volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión
de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que
le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el
eterno _cese_, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz
dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del
pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer
caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo
estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los
acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.