Abelarda se resistió á esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la
llevarían á butacas de aquella manera, y así quedó la cuestión. Todo se
redujo á ir á delantera de paraíso una noche que dieron _La Africana_, y
al punto de sentarse las tres cundió por la concurrencia de aquellas
alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. «¡Las
_Miaus_ en delantera!» En diez años no se había visto un caso igual. La
vasta gradería del centro y las laterales estaban llenas de bote en
bote. Las _Miaus_ eran conocidas de todo aquel público como puntos fijos
del paraíso, siempre en la última fila lateral de la derecha junto á la
salida. La noche que faltaban notábase un vacío, como si desaparecieran
los frescos de la techumbre. No eran ellas las únicas _abonadas á
paraíso_, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en
aquellos bancos, sucediéndose de generación en generación. Estos
beneméritos y tenaces _dilettanti_ constituyen la masa del entendido
público que otorga y niega el éxito musical, y es archivo crítico de las
óperas cantadas desde hace treinta años y de los artistas que en las
gloriosas tablas se suceden. Hay allí círculos, grupos, peñas y
tertulias más ó menos íntimas; allí se traban y conciertan relaciones;
de allí han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telégrafos
tienen, entre romanza y dúo, atmósfera y ocasión muy propicias. Desde su
delantera, las _Miaus_ saludaron con sonrisas á los amigos que en la
banda de la derecha y en el centro tenían, y de una y otra parte las
saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: «Mira qué sílfide
está doña Pura. Se ha traído toda la caja de polvos». «Pues ¿y la
hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta
negra, no les faltará el cascabelito para estar en carácter». «Mira,
mira con los gemelos á la _Miau_ chica; tiene que ver. Aquel traje café
y leche es el que llevaba el año pasado la mamá. Le ha puesto unas
cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros». «Sí, sí, son de
mazos de cigarros». «Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido
que debió de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa».
«Sí, mira, mira; es una túnica romana con grecas y todo. ¡Qué clásica
está!»
--Diga usted, Guillén--murmuraban en otro círculo, donde hacía el gasto
el maldecido cojo.
--¿Han colocado á ese pobre _Miau_, el padre de sus amigas de usted?
Porque ese lujo asiático de delantera significa que _han subido los
nuestros_.
--Como no le coloquen en Leganés... Viven ahora del _sable_. El buen
señor da unas estocadas... de maestro.
Abelarda, más que en la ópera, que había visto cien veces, fijó su
atención en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y
butacas, reparando en todas las señoras que entraban por la calle del
centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola é introduciéndose
después con todo aquel falderío por las filas ya ocupadas. Poco á poco
se iba poblando el patio. Los palcos no aparecían poblados hasta el fin
del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del
Consejo tan retrógrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio
apareció la reina Mercedes, detrás D. Alfonso. Las señoras inevitables,
conocidas del público, aparecieron en el segundo acto, conservando el
abrigo hasta el tercero, y aplaudían maquinalmente siempre que había por
qué. Las _Miaus_, conocedoras de toda la sociedad elegante, _abonada_
también, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus
asientos. Viéndola una y otra noche, habían llegado á tomarse tanta
confianza, que se creería que trataban íntimamente á damas y caballeros.
«Ahí está ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todavía... María
Buschental no puede tardar. Ya empiezan á llegar al _tranvía_ sus
amigos... Mira, mira, ahora viene María Heredia... ¡Pero qué pálida está
Mercedes; pero qué pálida!... Ahí tienes á D. Antonio en el palco de los
Ministros, y á ese Cos-Gayón... así le fusilaran».
Después de mucho rebuscar, descubrió la insignificante á su cuñadito en
la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el
primero. ¡Qué cosas hay en la vida! ¿Quién había de decir que aquel
hombre parecido á un duque, aquel apuesto joven que charlaba
desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un
empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en
cuartucho humilde, guardando su ropa en un baúl! «¿No es aquél
Víctor?--dijo Pura, echándole los gemelos.--¡Buen charol se está
dando!... ¡Si le conocieran!... ¡Parece un potentado! ¡Cuánto hay de
esto en Madrid! Yo no sé cómo se las compone. Él buena ropa, él butacas
en todos los teatros, él cigarros magníficos. Mira, mira con qué
desparpajo habla. ¡Pobre señor, qué papas le estará encajando! Y esos
extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creerá».
Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le veía mirar para algún
palco, seguía la dirección de sus miradas, creyendo que ellas venderían
el amoroso secreto. «¿Cuál de éstas que aquí están será?--pensaba la
insignificante.--Porque alguna de éstas tiene que ser. ¿Será aquella
vestida de blanco? ¡Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; él mira á
otro lado. ¿Será alguna cantante? ¡Quiá!, no, cantante no. Es de éstas,
de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir». Fijábase
en alguna, sin saber por qué, por mera indicación de su avizor
instinto; pero luego, desechando la hipótesis, se fijaba en otra, y en
otra, y en otra más, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las
presentes. Víctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas á butacas y
palcos. Podría ser que hubieran concertado no mirarse de una manera
descarada y delatora. También echó el joven una visual hacia la
delantera de paraíso, é hizo un saludito á la familia. Doña Pura estuvo
un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta á la salutación que del
noble fondo del teatro subía hasta las pobres _Miaus_.
En los entreactos, algunos amigos, _abonados_ como ellas á paraíso
limpio, se acercaron á saludarlas, abriéndose paso por entre la apretada
muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y él y todos querían oir la
opinión crítica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella
noche en el papel de Selika. Cuando ésta espichó bajo el manzanillo,
retiráronse las _Miaus_, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban
sino después de la última llamada á la escena. Durante el penoso
descenso por las anchas escaleras invadidas del público, se les
aproximaron varios íntimos, entre ellos el cojo Guillén, y algunas
amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparición en
delantera.
Al regresar á su casa, encontraron á Villaamil en vela; Víctor no había
entrado aún ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dormían menos
Abelarda, que sintió el ruido del llavín, y echándose de la cama y
mirando por un resquicio de la puerta, le vió entrar en el comedor y
meterse en su alcoba, después de beber un vaso de agua. Venía de buen
humor, tarareando, el cuello del gabán alzado, pañuelo de seda al
cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadísima y con
chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.
Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños
servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien
algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran
diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había
muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con
más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad
sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de
gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse
de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los
padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño
vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos
apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona,
y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura
empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de
sobremesa, y le dijo:
--¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á
la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato
escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el
ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No
crees tú lo mismo?
--¿Cómo he de creer eso?--clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad
artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que
encontraba coyuntura favorable.--Si lo creyera no iría á la iglesia, ó
sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese
registro. Si no crees, buen provecho te haga.
--Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y
me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.
--¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti
no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?
--Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.
--Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y
piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras
acciones?
--¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de
_vámonos_, nos recibe en sus brazos la señora _Materia_, persona muy
decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni
conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos
totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es
decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de
barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria
ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de
mi vida rezando.
--Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á
Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)
--¿Por qué no lo haces tú?
--¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á
castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy
dura; verás.
En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su
padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un
pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando:
«¡Bruto!»
Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos
á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo.
Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más
que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser
eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus
misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que
Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito
nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele
la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al
fin has llegado á creer».
--¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!--dijo Víctor,
levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para
rehuir el halago.--¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un
velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia
te van á tener tus compañeros.
La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del
pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de
servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un
velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus
compañeros, muertos de dentera.