Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento
de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el
mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante
apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus
resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque
no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta
forma: «Ponga usted bueno á _Posturitas_. Á bien que poco le cuesta. Con
decir _levántate, Posturas_, ya está». Acordándose después de que la
mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan
afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la
inquina que le tenía. «Pero no es _señora_--pensó.--No es más que
_mujer_, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».
Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada
instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy
singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de
la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la
aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo
que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente
forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es
éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino
sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y
no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección,
¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda
estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que
una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto,
también _me lo supe_, y sólo me trabuqué después en aquello de los
Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de
una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo
mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.
Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues
Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño,
conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos
estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo
sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al
punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de
puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo
era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar,
diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente
de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la
vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis
murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me
supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello
con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora,
sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te
escribe cartas no es dama, sino una tía _feróstica_... Tonto, y me
desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá,
yo quiero ser monja». «No...--decía Luis,--ya sé que no le dió usted al
Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla...
Bueno, en dos tablas... _Posturas_ se va á morir. Su padre le envolverá
en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene
ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»
Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta. Quiero escapar. ¡Con el
frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»
Luis: «Es un ratón lo que _Posturas_ echa por la boca, un ratón negro y
con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»
Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes?
Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás
diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»
Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no
duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi
papá?
--Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.
--Sí que está... Mírale, mírale... Estoy despierto, tiíta. ¿Y tú?
--Despéjate, hijo... ¿Quieres que encienda luz?
--No... Tengo sueño. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes,
y mi papá estaba acostado contigo, y cuando yo le llamé vino á cogerme.
--Prenda, acuéstate de ladito y no tendrás malos sueños. ¿De qué lado
estás acostado?
--Del lado de la mano izquierda... ¿Por qué es todo grandísimo, del
tamaño de las cosas mayores?
--Acuéstate del lado derecho, alma mía.
--Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... ¿Ves? éste es
el pie derecho, ¡tan grande! Por eso la mamá de Posturas no es señora.
Tiíta...
--¿Qué?
--¿Estás dormida?... Yo me duermo ahora. ¿Verdad que no se muere
_Posturas_?
--¡Qué se ha de morir, hombre! No pienses en eso.
--Díme otra cosa. ¿Y mi papá se va á casar contigo?
En la excitación cerebral que producen la obscuridad y el insomnio,
Abelarda no pudo responder lo que habría respondido á la luz del día con
la cabeza serena; por cuya razón se dejó decir: «No sé todavía...
verdaderamente no sé nada... Puede...»
Poco después murmuró Luis «bueno» en tono de conformidad, y se quedó
dormido. Abelarda no pegó los ojos en el resto de la noche, y al día
siguiente se levantó muy temprano, la cabeza pesadísima, los párpados
encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y
nuevo, reñir con alguien, así fuese el mismísimo cura cuya misa pensaba
oir pronto, ó el monago que había de ayudarla. Se fué á la iglesia, y en
ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin
saber para qué, casarse con Ponce y pegársela después, meterse monja y
amotinar el convento, hacerle una declaración burlesca de amor al cojo
Guillén, empezar la representación de la comedia y retirarse á la
mitad, dejándoles á todos plantados; envenenar á Federico Ruiz, tirarse
del paraíso del Real á las butacas en lo mejor de la ópera... y otros
disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y
plácido, las tres misas que oyó, sosegaron poco á poco sus nervios,
estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se
asustaba y aun se reía de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo
de tirarse del paraíso á las butacas en un momento de desesperación;
pero envenenar al pobre Federico Ruiz, ¿á qué santo?
Al llegar á su casa, lo primero que hizo, según costumbre, fué enterarse
de si Víctor había salido ó no. Resultó que sí, y doña Pura dijo con
alegría no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le
habían ido agotando á la señora con la rapidez solutiva de esa sal
puesta en agua que se llama dinero. ¡Cosa más rara! Lo mismo era cambiar
un duro que desleírsele pieza á pieza. Y ya veía próximo el aterrador
lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrás de aquel
lindero se alzaban los espectros familiares mirando á doña Pura y
haciéndole muecas. Eran sus terribles compañeros de toda la vida, el
deber, el pedir y el empeñar, resueltos á acompañarla hasta la tumba. Ya
estaba la señora tirando sus líneas á ver si Víctor le daba medios de
zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Víctor, á las primeras
indirectas, se había hecho el mal entendedor, señal de que no encerraba
ya su cartera los tesoros de mejores días. Además, pudo observar doña
Pura que por dos ó tres veces habían venido á cobrarle á su yerno
cuentas de zapateros ó sastres, y que Víctor no había pagado, diciendo
que volvieran ó que él pasaría por allá. Este olor á chamusquina puso á
la señora sobre ascuas.
Fueron aquella tarde doña Pura y su hermana á visitar unas amigas.
Milagros encargó á Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la
exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil había ido al Ministerio
y Luis á la escuela, echó al olvido cacerolas y sartenes, y metióse en
el cuarto de Víctor, con el fin de revolver, de escudriñar, de ponerse
en íntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Sentía la
insignificante, en esta inspección vedada, los estímulos de la
curiosidad mezclados con un goce espiritual de los más profundos. El
examen de la indumentaria, la exploración de todos los bolsillos, aunque
en ellos no encontrara cosa de verdadero interés, era un gusto que no
cambiaría ella por otros más positivos é indiscutibles. Porque
manoseando las camisas se suponía por momentos en una intimidad á la
cual su viva imaginación daba apariencias reales. Soñaba actos de los
más nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido ó no,
deseando algo que arreglar en ella, botón suelto ó forro descosido; y
en tanto reconocía en el olor la persona, por más señas limpia y
elegante, gozando en olfatearla á menor distancia que en familia y ante
el mundo. Las pocas veces que Abelarda podía darse estos atracones de
idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no
arrojaban ninguna luz sobre el misterio que á su parecer envolvía la
existencia de Cadalso. Á veces, encontraba en el bolsillo del pantalón
perros grandes ó chicos, billetes de tranvía y butacas de teatro; en los
de la americana ó levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta
indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo á su sitio para que no
fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el baúl á meditar. No
había sido posible poner en el cuarto de Víctor cómoda ni armario
ropero, de modo que tenía su equipo en la misma maleta de viaje, como si
estuviera por pocos días en una fonda. Lo que desesperaba á la
insignificante, era encontrar el baúl siempre cerrado. Allí sí que
habría querido ella meter manos y ojos. ¡Qué de secretos guardaría
aquella cavidad misteriosa! Varias veces había probado á abrirla con
llaves diferentes, pero en vano.
Pues señor, aquel día, al sentarse en el baúl, ¡tlin!, un rumorcillo
metálico. Miró, y... ¡las llaves estaban puestas! Víctor se había
olvidado de quitarlas, faltando á sus hábitos cautelosos y previsores.
Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultáneos.
Gran desorden en la parte superior del contenido. Había allí un
sombrero chafado, de los que llaman _livianillos_, cuellos y puños
sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto,
periódicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda
observó todo un buen rato sin tocar, enterándose bien, como es uso de
curiosos y ladrones, de la colocación de los objetos para volver á
ponerlos lo mismo. Luego deslizó la mano por un lado, explorando la
segunda capa. No sabía por dónde empezar. Al propio tiempo, la
presunción de que Víctor andaba en líos con alguna señora de mucho
lustre y empinadísimo copete, se imponía y destacaba sobre las ideas
restantes. Pronto se descubriría todo; allí se encontraban de fijo las
pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de
Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya creía
olfatearlo, porque el olfato era quizás su sentido más despierto en
aquellas pesquisas. «¡Ah! ¿no lo dije? ¿Qué es esto? Un ramito de
violetas». En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa,
encontró el ramo ajado y oloroso. Siguió explorando. Su instinto, su
intuición ó corazonada, que tenía la fuerza de una luz precursora ó de
indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sacó
varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de
aquí, busca de allí, su mano convulsa dió con un paquete de cartas. ¡Ah!
por fin había parecido la clave del secreto. ¡Si no podía ser de otro
modo! Cogió el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundióle terror
su propio hallazgo.
Sin quitar la goma leyó algo ya, pues las cartas no tenían envoltura que
las cubriese. Lo primero que se echó á la cara fué una coronita
estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en
heráldica, no supo si la corona era de marquesa ó de condesa... Pensó
entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no podía
ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien _él_
estaba en relaciones era de alta categoría. Había nacido Víctor para las
esferas superiores de la vida, como el águila para remontarse á las
alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese á las
esferas de cursilería y pobreza en que ella vivía... ¡absurdo! y
raciocinando así, persuadíase también de que lo incomprensible y
tenebroso de la conducta y del lenguaje de Víctor no era falta de él,
sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciación
vulgar de la vida á la superioridad de semejante hombre.
Á leer tocan. No sabía la joven por dónde empezar. Hubiera querido
echarse al coleto en un santiamén todas las cartas de cruz á fecha. El
tiempo apremiaba; su madre y su tía no tardarían en entrar. Leyó
rápidamente una, y cada frase fué una cuchillada para la lectora. Allí
se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como
respondiendo á una acusación celosa: allí se prodigaban los términos
azucarados que Abelarda no había leído nunca más que en las novelas;
allí todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura,
anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas,
refinamientos de precaución para evitar sospechas, y al fin derrames de
ternezas en forma más ó menos velada. Pero el nombre, el nombre de la
sinvergüenzona aquélla, por más que la lectora lo buscaba con ansia, no
parecía en ninguna parte. La firma no rompía el anónimo; á veces una
expresión convencional, _tu chacha, tu nenita_; á veces un simple
garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de él. Leyendo todo, todo
cuidadosamente, se habría podido sacar en limpio, por referencias, quién
era la _chacha_; pero Abelarda no podía detenerse; ya era tarde,
llamaban á la puerta... Había que colocar todo en su sitio de modo que
no se conociese la mano revoltijera. Hízolo rápidamente, y fué á abrir.
Ya no se borró más de su mente, en aquel día ni en los que le siguieron,
la fingida imagen de la odiada señora. ¿Quién sería? La insignificante
se la figuraba hermosota, muy _chic_, mujer caprichosa y desenfadada,
como á su parecer lo eran todas las de las altas clases. «¡Qué guapa
debe de ser!... ¡qué perfumes tan finos usará!--se decía á todas horas
con palabras de fuego que del cerebro le salían para estampársele en el
corazón.--¡Y cuántos vestidos tendrá, cuántos sombreros, cuántos
coches!...»