Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían
á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por
definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo
que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de
mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada
voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es
música--decía.--Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen
saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que
fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el
Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el
Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues
hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está
mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del
Ministro con cara _feroce_ diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me
den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando
fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una
condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno
á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un
D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo
Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien
dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».
Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo
afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al
Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de
categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose
del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los
empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto
obscuro de la enrevesada Administración.
Profesaba Villaamil entrañable cariño á la mole colosal del Ministerio;
la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido
durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía,
visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda
la morada de donde le expulsaron, soñando en volver á ella, Atravesaba
el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía
despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que
tiene algo de feudal y de carcelario á la vez. Casi siempre encontraba
por aquellos tramos á algún empleado amigote que subía ó bajaba. «Hola,
Villaamil, ¿qué tal?»--«Vamos tirando». Al llegar al principal titubeaba
antes de decidir si entraría en Aduanas ó en el Tesoro, pues en ambas
Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre
Contribuciones á Propiedades. Los porteros le saludaban; y como
Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era
tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas,
cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si
temprano, llevando papeles de una oficina á otra ó transportando
bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo
va?»--«Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle á usted todos los
días por aquí».--«Dígame, ¿y Ceferino?»--«Ha pasado á Impuestos. El
pobre Cruz fué el que _cascó_».--«¿Qué me cuenta usted? Hombre, ¡si le
vi el otro día tan bueno y tan sano!... ¡Qué mundo éste! Vamos quedando
pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí en tiempos de D. Juan Bravo
Murillo, ya estaba Cruz _en la casa_... Mire usted si ha llovido...
Pobre Cruz, lo siento».
El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tenía en aquella
casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de
Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo doméstico de las
_Miaus_. Visitaba con preferencia D. Ramón la oficina de tan excelente y
antiguo compañero (Contribuciones), del cual había sido jefe: tomaba
asiento en la silla más próxima á la mesa; le revolvía los papeles si no
estaba allí, y si estaba, trabábase entre los dos sabroso coloquio de
chismografía burocrática.
«--¿Sabes...?--decía Pantoja.--Hoy salieron calentitos dos oficiales
primeros y un jefe de Administración. Ayer estuvo ese fantoche (aquí el
nombre de cualquier célebre político), y claro, á rajatabla. Lo que yo
te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.
--Sea por amor de Dios--respondía Villaamil, dando un doliente suspiro
que ponía trémulas las hojas de papel más cercanas».
Aquel día tardó mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja.
Á cada paso saltaban conocidos. Uno salía por aquí, aferrando legajos
atados con balduque; otro entraba presuroso por allá, retrasado y
temiendo un regaño del jefe. «¿Cuánto bueno?... ¿Qué tal,
Villaamil?»--«Hijo, defendiéndonos». La oficina de Pantoja formaba parte
de un vastísimo salón, dividido por tabiques como de dos metros de alto.
El techo era común á los distintos departamentos, y en la vasta
capacidad se veían los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados
en ángulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba
aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los
jefes, llamando sin cesar á sus subalternos. Como era la hora en que
entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros
toman café, que mandan traer de la calle, no reinaba allí el silencio
propicio al trabajo mental; antes, todo se volvía cierres de puertas,
risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.
Villaamil entró en la sección, saludando á diestro y siniestro. Allí
estaba de oficial tercero el cojo Guillén, muy amigo de la familia
Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba á
representar. Era, por más señas, tío del famoso _Posturitas_, amigo y
émulo de Luisito Cadalso, y vivía con sus hermanas, dueñas de la casa de
_empréstamos_. Tenía fama Guillén de mordaz y maleante, capaz de tomarle
el pelo al lucero del alba. En la oficina escribía juguetes cómicos
groseros y verdes, algún dramón espeluznante, que nunca llegaría á
arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba sátiras contra
la mucha gente ridícula de la casa. También había por allí un
aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los
diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una pólvora, apto
para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era
un tal Espinosa, señorito elegante, de carrera improvisada y raya en el
polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la
ortografía; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes
bromas de Guillén. Pero el más característico de todos era un tal
Argüelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del
tiempo de Felipe IV: pequeño, genuino _gato_ de Madrid, rostro enjuto y
color de cera, bigote y perilla teñidos de negro, melenas largas y bien
atusadas. Para que el tipo resultase más cabal, usaba cierta capita
corta y negra, que parecía un desecho del guardarropa de Quevedo. El
sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lástima
que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de
alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y
elegancia; pero ya sus espaldas tiraban á corcovarse, y su rostro, con
los pelos pintados, tenía un sello de vigilia forzoso que daba
compasión. Tocaba la trompa en un teatro. Llamábanle sus compañeros el
_padre de familia_, porque en todas las conversaciones burocráticas
traía á colación la multitud de bocas que tenía que mantener con el
mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Había tres ó cuatro
empleados más, algunos taciturnos y atentos á su obligación, repartidos
en varias mesas, á distancia respetuosa de la del jefe, próxima á la
ventana que daba al patio.
Cerca de las mesas veíanse las perchas donde los funcionarios colgaban
capas y sombreros. Guillén tenía las muletas junto á sí. Entre mesa y
mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que sólo se ven
en las oficinas, viejos los unos, con no sé qué olor y color de _Paja y
Utensilios_, de donde tal vez procedían; los otros nuevos, pero no
semejantes á ningún mueble usado fuera de las regiones burocráticas.
Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los
unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y
encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas
flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas
ininteligibles. Eran las piezas más modernas del pleito inmenso entre el
pueblo y el fisco.
Pantoja no estaba: le había llamado el Director.
--Tome usted asiento, D. Ramón. ¿Quiere un cigarrito?
--¿Y tú qué te traes entre manos? (acercándose á la mesa del cojo y
apoderándose de un papel). ¿Á ver, á ver...? _Drama original y en
verso._ ¿Título? _La hijastra de su hermanastra._ Muy bien, zánganos;
así perdéis las horas.
--Don Ramón, D. Ramón--dijo el elegante, que acababa de paladear su
café.--¿No sabe? Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en
Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los
doce mil. ¿Ha visto usted _polacada_ mayor?
--Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años--dijo el
_padre de familia_, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la
aflicción del mundo en su cara alguacilesca.--Era tan asno, que le
ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras,
qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora.
Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando
digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran
pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.
--Amigo Argüelles--suspiró Villaamil con tristeza estoica,--no hay más
remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis
órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo...
Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos
en las cajas de cigarros.
--Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!,
de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me
remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo
de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones
que á uno le quedan!... Era allá por el 51. Pues no sólo no quise oir
hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser
caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!...
Después, _pian pianino_, nueve de familia, suegra y dos sobrinos
huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que
la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me
planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me
veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el
ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...
Las lamentaciones del trompista _padre de familia_ eran oídas siempre
con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y _conticuere omnes_. Cubría
la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo
de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia.
Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto,
dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún.
Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y
charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada
instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor
de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia
pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de
débitos por Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de
balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos
también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al
mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.
El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia
espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y
tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas,
donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque,
resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar
cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca
no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos
parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen
expresamente creados para la discreción.
Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo
de _probo funcionario_ iba tan adscrito á su persona como el nombre de
pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir _Pantoja_ era
como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas
necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su
ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de
cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento
práctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les
limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia
burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se
transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma
ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía
hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy
altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un
estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún
proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se
le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra _chanchullo_. Nunca
iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como
en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la
muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la
Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza
del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía
ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás
caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido
en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando
en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó
maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él
era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad
defenderse, pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre
ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la
Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el
dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus
notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el
Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran
organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y
revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á
la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no
poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la
Sala de _Mil y Quinientas_; se había criado en un desván de los
Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las
oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos
servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la
santa rosca de cada día.