En los días subsiguientes, Pura saldó algunas cuentas de las que más la
agobiaban; trajo á casa diversas prendas de ropa de las más
indispensables, y en la mesa restableció el trato de los días felices.
La _pudorosa Ofelia_ se pasaba las horas muertas en la cocina, pues
insensiblemente iba tomando afición al arte de Vatel, tan distinto
¡María Santísima! del de Rossini, y sentía verdadero goce espiritual en
perfeccionarse en él, lanzándose á inventar ó componer algún plato.
Cuando había provisiones, ó, si se quiere, asunto artístico, la
inspiración se encendía en ella, y trabajaba con ahinco, entonando á
media voz por añeja costumbre y con afinación perfecta, algún tiernísimo
fragmento, como el _moriamo insieme, ah! sí, moriamo_...
Todas las noches que las _Miaus_ no iban á la ópera, la sala llenábase
de gente. _Aliquando_, la espléndida doña Pura obsequiaba á los actores
con dulces y pastas, lo que hacía creer á la tertulia que Villaamil
estaba ya colocado ó al menos con un pie dentro de la oficina. La
combinación, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto
de recomendaciones y compromisos, no se resolvía á darle la última mano.
Crecía, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundíase más y
más en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: «Antes
veremos salir el sol por Occidente que á mí entrar en la oficina».
Desde el segundo día de su llegada, Víctor no se recataba de nadie.
Entraba y salía con libertad; pasaba á la sala á las horas de tertulia,
pero sin echar raíces en ella, porque tal sociedad le era atrozmente
antipática. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo político, se
compadeció de verle dormir en el duro sofá del comedor, y por fin
convinieron las tres _Miaus_ en ponerle en la habitación de Abelarda,
previa la traslación de ésta á la de su tía Milagros, que era la de
Luisito. La _pudorosa Ofelia_ se fué á dormir á la alcoba de su hermana,
en angostísimo catre. Á D. Ramón no le supieron bien estos arreglos,
porque lo que él desearía era ver salir á su yerno á cajas destempladas.
En la Dirección de Contribuciones, su amigo Pantoja le había dicho que
Víctor pretendía el ascenso, y que tenía un expediente cuya resolución
podía serlo funesta si algún padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de
la Administración de Consumos, ó irregularidades descubiertas en la
cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia.
Parecía que en la relación de apremios no figuraban algunos pueblos de
los más alcanzados, y se creía que Cadalso obraba en connivencia con los
alcaldes morosos. También dijeron á Villaamil que el reparto de
consumos, propuesto en el último semestre por Víctor, estaba hecho de
tal modo que _saltaba á la vista_ el chanchullo y que el jefe no había
querido aprobarlo.
De estas cosas no habló Villaamil ni una palabra con su yerno. En la
mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin
conseguir interesar vivamente en lo que decía á ninguno de la familia.
Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban
solos ó en el acto interesante de acostar á Luis. Gustaba el padre de
observar el desarrollo del niño y vigilar su endeble salud, y una de las
cosas en que principalmente ponía cuidado era en que le abrigaran bien
por las noches y en vestirle con decencia. Mandó que se le hiciera
ropa, lo compró una capita muy mona y traje completo azul con medias del
mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no podía menos de
agradecer á su papá que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa
nueva, nada es comparable al lujo que desplegó en su persona el mismo
Víctor al poco tiempo de llegar á Madrid. Cada día traíale el sastre una
prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un
_artista_ de poco más ó menos, casi de portal, sino de los más afamados
de Madrid. ¡Y que no lucía poco la gallarda figura de Víctor con aquel
vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo
de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le
observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en él al
mismo hombre excepcional que algunos años antes le sorbió el seso á su
desgraciada hermana, y sentía en su alma depósito inmenso de indulgencia
hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel
depósito parecía pequeño mientras no se veía de él sino la mal explorada
superficie; pero luego, cavando, cavando, se veía que era inagotable,
quizás infinito, como grande y riquísima cantera. ¡Y qué vetas purpúreas
se encontraban en la masa; qué ráfagas brillantes; algo como venas
henchidas de sangre ó como el material de las piedras preciosas
derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La
indulgencia se le subía del corazón al pensamiento en esta forma: «No,
no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le
comprenden».
La idea de no ser comprendido la había expresado Víctor muchas veces, no
sólo en aquella temporada, sino en otra más antigua, dos años antes,
cuando pasó algunos meses con la familia. ¿Cómo habían de comprender las
pobres cursis á un ser de esfera ó casta superior á la de ellas por la
figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los
defectos? Abelarda retrocedía con la imaginación á los tiempos pasados,
y estudiando sus sentimientos con respecto á Víctor, se reconocía
poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la
casa hablaban pestes de él, Abelarda consolaba á su hermana con
especiosas defensas del pérfido ó volviendo por pasiva sus faltas. «No
tiene Víctor la culpa de que todas las mujeres le quieran», solía decir.
Muerta su hermana, Abelarda siguió admirando en silencio al viudo.
Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin á la difunta; pero
ello consistía en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cómo, á
veces por delicadeza, se veía cogido en lazos amorosos ó en trampas que
le tendían las picaras mujeres. Pero tenía buen fondo; con la edad
sentaría un poco la cabeza, y sólo necesitaba una mujer de corazón y de
temple que le sujetase, combinando el cariño con la severidad. La
desdichada Luisa no servía para el caso. ¿Cómo había de practicar este
difícil régimen una mujer que por cualquier motivo fútil se echaba á
llorar; una mujer que en cierta ocasión cayó con un síncope porque su
marido, al entrar en casa, traía el lazo de la corbata hecho de manera
muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?
En los días de este relato, costábale á la insignificante gran esfuerzo
el disimular la turbación que su cuñado producía en ella al dirigirle la
palabra. Á veces un gozo íntimo y bullicioso, con inflexiones de
travesura, le retozaba en el corazón, como insectillo parásito que
anidase en él y tuviera crías; á veces era una pena gravativa que la
agobiaba. En toda ocasión sus respuestas eran vacilantes, desentonadas,
sin gracia ninguna.
--¿Pero es de veras que te casas con ese pájaro frito de Ponce?--le dijo
él una noche, cuando apostaba al pequeño.--Buena boda, hija. ¡Qué
envidia te tendrán tus amigas! No á todas les cae esa breva.
--Déjame á mí... tonto, mala persona.
Otra noche, demostrando vivo interés por la familia, Víctor le indicó:
«Mira, Abelarda, no esperes que coloquen á tu papá. La combinación está
hecha, pero no se publica todavía. No va en ella. Me lo han dicho
reservadamente. Ya comprenderás cuánto lo deploro. ¡El pobre señor tan
lleno de ilusiones!... porque, aunque él diga que no espera nada, no
hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengañe recibirá un golpe
tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor
arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonaré;
ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia
necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no
acabaré de quitarme este peso.
--No, no es malo--pensaba Abelarda reconcentrándose en sus
cavilaciones.--Y todo eso que dice de que no cree en Dios es música,
guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso sí; echa por
aquella boca cosas muy extrañas, que no se le ocurren á nadie. No es
malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Sólo que no le
sabemos entender.
En lo de no ser entendido insistía Víctor siempre que venía á pelo.
«Mira tú, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte á ti una
barbaridad, porque tú me comprendes algo; tú no eres vulgo, ó al menos
no lo eres del todo, ó vas dejando de serlo».
Á solas se descorazonaba la pobre joven, achicándose con implacable
modestia. «Sí, por más que él diga que no, vulgo soy, y ¡qué vulgo Dios
mío! De cara... psh; soy insignificante; de cuerpo no digamos; y aunque
algo valiera, ¿cómo había de lucir mal vestida, con pingos aprovechados,
compuestos y vueltos del revés? Luego soy ignorantísima; no sé nada, no
hablo más que tonterías y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una
calabaza con boca, ojos y manos. ¡Qué pánfila soy, Dios mío, y qué
sosaina! ¿Para qué nací así?»