De cómo las picantes aventuras se vuelven dolientes y trágicas.
Arrebató Gil del grupo cercano un hierro con que atizaban la lumbre, y
corrió disparado contra el pecho y vientre de Regino, soltando de su
boca estas horrendas imprecaciones:
--Canalla, ladrón de honras, Caín... no te contentaste con quitarme
a mi mujer, sino que te atreves con mi Madre... Espérate y vas al
infierno...
Si no le sujetaran, no habría tenido tiempo Regino de guardarse del
golpe. Flemático, sin hacer uso del máuser, dijo al que fue su amigo:
--Repórtate, _Florencio_, y no provoques. Y pues has tenido la mala
sombra de volver a nuestras manos, date preso... Poco te ha valido
escaparte. La justicia te reclama.
--Yo me chanflo en la justicia, en ti y en tu madre --gritó Gil tirando
el hierro--. Asesino eres, y si quieres matarme ahora mismo, aquí me
tienes indefenso. Pero antes te diré que eres un alma perversa, harta
de pecados.
--Ea, pájaro, a callar --dijo el guardia de la cara hosca,
disponiéndose al empleo de la cuerda.
--Aquí me tienen... Regino, ¿qué has hecho de mi mujer? ¿Qué harás
ahora de mi Madre? Yo te aseguro que una y otra morirán conmigo, y
que tantas muertes caerán sobre tu conciencia. ¿Desconocéis vosotros,
guardias en quienes veo nobleza y ceguera, porque todos, menos este
infame Regino, sois hombres de honor, que ignoráis las villanas
intenciones de los que os mandan; desconocéis, digo, a esta divina
Señora, alma de los reinos que son y que fueron, eterna entre nuestra
mortalidad?
Lo de llamar divina, eterna y alma de los reinos a la pobre vieja,
mendiga, borracha o criminal, que esto no se sabía, levantó rumores
de burla y desató carcajadas en el auditorio... El guardia de la cara
hosca, asegurando las manos de Gil, le dijo:
--Cállate la boca, chiflado, cabeza perdida. Nosotros llevamos gente a
las cárceles y a los manicomios. Ya te dirán a dónde debes ir.
--A la muerte iré con mi mujer y con mi Madre, verdugos --gritó Gil,
más desatinado--; pero no quisiera ir sin llevarme a alguno de ustedes
por delante...
En esto surgió en el grupo la talluda, imponente figura de don
Alquiborontifosio, el cual, con bronca voz, sin miedo a los civiles ni
al lucero del alba, se expresó de este modo:
--Si tienen por criminal a esta Señora, y ella es, en efecto, doña
María, ténganme a mí como su cómplice, cualquiera que sea el supuesto
delito que le atribuyen.
--Esta mujer --afirmó uno de los guardias-- iba con un compañero de
_Lobato_, que se nos escapó, corriendo más que una liebre... Por los
compañeros de la otra pareja sabemos que alienta y encubre a los
ladrones de leña, guardando sus rapiñas en la corraliza que tiene a la
salida de Guijosa, con un tapadillo de cabras, cerdo y un horno de cal,
para despistarnos.
--Pues yo también encubro y despisto --declaró con gallarda entereza el
maestro--. Si a la ilustre Señora maniatáis, haced lo mismo conmigo,
pues yo también soy escudero de ella, como este joven, a quien conocí
en Boñices.
Mientras esto decía, el guardia le metió la mano en los bolsillos, y
sacando unas patatas, le dijo:
--Explíquenos el señor escudero de la vieja dónde adquirió estas
patatas, y con qué leña hizo fuego para chamuscarlas.
--Ese fruto --replicó don Quiboro-- lo debí a la caridad. Mas si
entendéis que es fruto robado, prendedme y atadme con la Señora por el
lado contrario al que ocupa _Lobato_, para que en doña María se repita
el caso de nuestro Redentor, sacrificado entre dos ladrones.
--No, no --gritó el caballero fuera de sí--, que ese puesto a mí me
corresponde... Y si lo dudan, pregúntenselo a ella.
--No disputo el lugar --agregó don Quiboro--. Solo reclamo el honor de
un puestecito en el calvario de doña María... Estáis ciegos, señores
guardias; vivís a cien leguas de la verdad... No sabéis que a la vuelta
de cualquier camino, tendréis delante al Apóstol Santiago en persona,
que os dirá: «Teneos, hombres de poca fe, y dadme al instante a esa
santa mujer que lleváis atada entre ladrones, y entregadme también a
sus nobles escuderos...» Yo soy por mi oficio maestro de párvulos, y si
no tenéis bastante ilustración para distinguir lo grande de lo pequeño
y lo santo de lo criminal, yo os abriré las entendederas.
--¡A la cárcel! --clamó el guardia de la cara hosca--, y allí se verá
si algunos de estos han de ir a una sala de observación en el hospital.
Pocas bromas, y a callar todo el mundo.
Imperante la fuerza, se procedió a engarzar a Gil y a don Quiboro en
las ignominiosas cuerdas. El caballero tuvo el honor de que su mano
derecha fuese atada con la izquierda de la Madre, que en el suelo yacía
sin dar acuerdo de sí. Y como en aquel momento descubrieran los civiles
a Tiburcio de Santa Inés, y le reconocieran como escapado de la cárcel
de Sigüenza, no le valió el intento de escabullirse, y su mano carnosa
quedó enlazada cruelmente con la huesuda mano del maestro. De este modo
fueron conducidos casi a rastras los dos rosarios por un pasillo largo
que se abría junto a la taberna, y terminaba en anchurosa cuadra, y en
ella entraron precedidos de la cuerda en que iban Becerro y los dos
leñadores furtivos.
Cerrada la puerta, los infelices presos quedaron en hórrida oscuridad,
pues la cuadra no recibía por ninguna parte el menor destello de
luz. Conforme entraban, iban echándose al suelo; cada cuerda caía de
golpe, pues uno solo a los demás arrastraba. Mediano rato estuvo Gil
maldiciendo todo lo maldecible, y dando aire a su insana desesperación.
A la Señora, que a su lado yacía, llamó una vez y otra. No contestaba.
Por el tacto quiso reconocer su presencia, y solo tocaba un bulto
blando en inmovilidad de cosa inanimada. Pensó que la Madre se había
desvanecido, dejando en su lugar un fardo de lana y huesos. La sacudió.
Ni voz ni aliento le dieron respuesta. Al otro extremo de la caverna
tenebrosa sonaba una voz que le pareció la de Becerro, declamando
ininteligibles oraciones, o aforismos de filosofía de la Historia. ¿Qué
falta hacían en tal desolación la Historia y sus abstrusas filosofías o
exegesis?... Más cerca, sonaba la trompeta del Juicio final, o sea el
ronquido de don Quiboro, que profundamente dormía como un santo mártir
en su urna de cristal...
La oscuridad profunda determinó en el cerebro del caballero visiones
extravagantes y terroríficas, animales absurdos nunca vistos en la
realidad, personas reptantes y seres gelatinosos, que con la huella de
sus babas iban trazando en suelo y paredes letreros indescifrables. La
imagen de Regino, con el máuser al hombro, desafiando al mundo entero
con su arrogancia desdeñosa, dominaba en las insanas hechuras de la
fiebre, infernal inspiración del condenado a muerte. Y singularmente
le atormentaba el anhelo no satisfecho de ver a Cintia entre aquellas
aberraciones cerebrales. «¿Dónde está Cintia? --se decía--. Es deber
suyo presentarse aquí... Ni la veo, ni quiere verme. Y lo peor es que
no me acuerdo de cómo es Cintia... Llamo su rostro a mi memoria, y su
rostro no viene; su rostro se esconde, dejándome en la mayor confusión
de mi vida... Yo pregunto a la oscuridad, yo pregunto a la luz cómo es
el rostro de Cintia, y la luz y la oscuridad nada quieren decirme.»
En las innumerables vueltas de la rueda de este suplicio pasó la
noche, imagen de una dolorosa eternidad sin consuelo. Al rayar el
día, cuando algunos presos se desperezaban y los más dormían, fueron
sacadas las tres cuerdas para emprender el lento y angustioso viaje
hacia la indeterminada meta en que se erigía, rodeado de sombras,
el fetiche de la justicia para pobres. ¡Inhumana y expeditiva ley,
sin otro ideal que acabar pronto y cumplir una función de policía de
los caminos! Los guardias conductores de los presuntos delincuentes
actuaban con la rigidez de mecánicas escobas que traían y llevaban las
basuras sociales, sin cuidarse de su destino. Ellos barrían lo que se
les mandaba barrer, y no tenían por qué averiguar si había polvo de oro
entre el polvo y mondaduras mal olientes...
Pasaron por el corral o patio, donde yacían durmientes descuidados...
Vio Gil cenizas donde hubo llamas, los pucheros volcados, todo en
el desorden matutino, antes que empezara el arreglo de los ajuares,
obra doméstica del día. Pasó junto al grupo de los volatineros: los
hombres dormitaban; las mujeres, ya despiertas y en todo el horror de
su despintada fealdad y de sus flacas pechugas colgantes, se alisaban
las greñas con peines desdentados. Al paso del caballero preso le
agraciaron con signo de compasión y simpatía, no atreviéndose a más
por miedo a los guardias... Llegose a la puerta de la taberna la
triste caravana, y allí José Corvejón, hombre cristiano y de buen
natural, obsequió a todos con lo que quisieron tomar para sustentarse.
Los más bebieron aguardiente. La Madre no quiso probarlo, y cedió
a Gil su vaso. A don Alquiborontifosio dieron pan negro, vino y su
tajadita de bacalao, y con lo mismo se apañó Tiburcio. _Lobato_ pidió
más aguardiente: por indicación de los civiles no le fue concedida más
de una ración discreta. Remediados así, salieron al campo, y el aire
fresco desentumeció sus espíritus y entonó sus cuerpos, vigorizándolos
para la marcha penosa.
Delante iba la cuerda de Becerro; seguía la de don Quiboro, y atrás, en
colocación de respeto como la Virgen en las procesiones, la cuerda de
doña María. De los siete infelices conducidos, el _Lobato_ era el de
mayor cuidado. Por tal le tenían los guardias, como buenos conocedores
del personal vagabundo, y no quitaban de él la vista, observando sus
manifestaciones de salvaje alegría. Bromeaba y canturriaba al compás de
la marcha, y refería las innumerables procesiones de aquella guisa, en
que figurado había desde su tierna infancia. Cuando a lo largo de la
carretera general, en la cual entraron poco antes de las nueve, veían
venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta.
Pasaba el auto como exhalación, levantando polvo y exhalando la fetidez
de la gasolina, y el _Lobato_ era el más vehemente en las exclamaciones
de amenaza y vituperio contra la máquina veloz, que corría parejas con
el viento y aun le superaba en el tragar de kilómetros.
--¡Así te escacharres!... Miá la pendanga que va detrás del vidrio...
¡Corréi, corréi; matarvos pronto, granujas!...
A menudo dirigíase Gil a la vieja con interrogaciones cariñosas;
mas ella solo respondía con su mirar de intensa piedad y dulzura.
Pensó el caballero que la excelsa Señora perdido había la palabra en
las recientes sofoquinas que le dieron sus ingratos hijos. Por fin,
recorrido ya un buen trecho a lo largo de la polvorosa, la Madre,
agobiada y envejecida, se dignó manifestarse con susurro, que el
caballero interpretó de este modo:
--Hemos llegado a las horas de prueba... La tremenda adversidad
oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa... Yo, eterna, sé
morir... He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de
mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo... En trances de
esta naturaleza me vi alguna vez; mas la desdicha presente supera,
hijo mío, a otras que parecieron extremadas. Mi destino me impone la
sumisión a los ultrajes más atroces. No podré ser redentora, si no soy
mártir...
Al son de estos graves dichos, _Lobato_ entonaba canciones obscenas.
Los delanteros marchaban silenciosos, y Becerro era como un autómata
impulsado por inverosímil mecanismo de piernas. En la segunda cuerda
notábase cierta irregularidad de andadura, pues el ágil paso de
Tiburcio no emparejaba con la torpeza del pobre don Quiboro, que iba
como arrastrado por su compañero. La Madre mostraba un vigor y compás
de movimientos que desdecían de su vejez caduca. Observándolo así, los
guardias decían a los hombres:
--Adelante; no os hagáis los remolones. Aquí tenéis a la pobre _Güela_,
que os da el ejemplo. Vean cómo no se cansa. _Güela_, tú mereces que se
te dé libertad por valiente y juiciosa. Nosotros no podemos dártela;
pero te recomendaremos por tu buen caminar... Anda, _doña Sancha_ o
_doña Berenguela_, que aún no sabemos tu nombre, y quizás por no querer
decirlo te ves en esta traílla.
Despejado el día, el sol picaba un poco, y con el sol el aire fresco
componía un buen temple para la marcha. Al filo de las doce, entraban
en un desfiladero en cuesta, con corte de trinchera no muy alta por
un lado, por otro lindante con terreno de peñas y matorrales. Apenas
vencido el arranque de la cuesta, don Alquiborontifosio empezó a dar
traspiés y caía y se levantaba, sacando fuerzas míseras de su honda
flaqueza. Suspendiose por un momento la marcha. Respiró el buen
maestro, y al dar los primeros pasos después de la breve parada, cayó
en el suelo con pesadumbre, abatiendo a su compañero. Acercáronse los
guardias, animándole con palabras caritativas. Pero don Quiboro se
tendió a lo largo, quedando en cruz, los cuatro remos extendidos, el
rostro mirando al cielo.
--Caballeros guardias --dijo con voz cavernosa--, mátenme de una vez,
que de aquí no puedo pasar. La vida se me acaba. Si han de seguir,
remátenme con un tirito... y yo quedaré contento y ustedes libres de
esta carga.
En derredor del infeliz viejo se agruparon todos. Uno de los guardias
declaró que según reglamento no podían abandonarle. Para llevarle
cómodamente ajustarían el primer carro que pasara. Don Quiboro se
volvió a Gil, diciéndole:
--Caballero que me acompañó y me dio parte de su queso y pan, coja mi
manta. No puedo hacer testamento de otra cosa; y usted, doña María,
écheme su bendición. _Ven, muerte pelada, ni temida ni deseada._
Trataron de animarle con palabras afectuosas y bromas compasivas. Lo
primero que dispuso el de la cara hosca fue desligarle de Tiburcio,
atado a él mano con mano. Lleváronle fuera del arrecife, depositándole
en un lomo de tierra, bastante apropiado para servir de cama. La faz
angulosa del anciano se desfiguró y descompuso por entero, anticipando
la faz cadavérica. Llevose la mano al pecho; abrió la boca cuanto
abrirla podía, y absorbiendo gran cantidad de aire, pudo articular
estas palabras:
--Amigos, dadme los parabienes, porque ya se acabó el padecer de
Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias.
--Ea, no se acobarde, abuelo --le dijo Regino poniéndole la mano en la
frente, mientras el otro guardia le tomaba el pulso--. Le llevaremos en
un carro... Descanse... ¿Ha sido usted militar? ¿Ha sido labrador?
--No señor... He sido...
--Ha sido maestro de escuela --dijo la Madre--. Tened compasión del que
enseñó a leer a vuestros padres.
Advirtieron todos fúnebre contracción de los músculos faciales del
desgraciado viejo. Encogió este una pierna, y las dos estiró luego
desmesuradamente.
--Maestro --dijo un guardia--, haga el favor de no morirse en nuestras
manos, que no tenemos la culpa de su infelicidad.
Y él, extinguiéndose, articuló trémulas expresiones:
--Maestro fui; ya no soy nada... Rezadme algo... Mejor será que digáis:
_Muerta es la abeja, que daba la miel y la cera_.
Así entregó su alma en un camino el caminante que recorrió larga vida
de penas y abrojos; así murió la solícita abeja, que dio toda su miel a
las generaciones ingratas.
Y en el trance de atender al maestro moribundo, y en la emoción
de verle morir, distraídos los guardias por ley de humanidad, no
advirtieron que Tiburcio de Santa Inés, en cuanto se vio desligado de
su compañero, se deslizó lindamente hacia las peñas próximas, y por
entre malezas y pedruscos hizo una teatral desaparición de su persona.
Uno de los guardias, apenas recobrada la conciencia de su obligación,
le vio a lo lejos, ganándose la libertad con la ligereza de sus pies,
y la instintiva táctica del prisionero en salvo... El representante
de la ley se echó el fusil a la cara. Pero Tiburcio, que sin duda se
había encomendado al Niño Jesús, supo desaparecer tras de una roca. Por
muy diligentes que fuesen los del tricornio, no habrían de engancharle
nuevamente, y el matarle de un tiro no era fácil, por lo abrupto
del terreno y el broquel de piedras con que el fugitivo defendía su
existencia. Mientras dos de los civiles deliberaban sobre esto, los
otros dos vieron con sorpresa y enojo que el _Lobato_ desprendía su
mano de la de la vieja, y tomaba carrera por el mismo escenario que fue
la salvación de Tiburcio. El pícaro cortó la cuerda con navaja. ¿Cómo
pudo ser esto, después del cacheo minucioso que a todos se hizo? Sin
entretenerse en descifrar tal enigma, acudieron a la cuerda de Becerro,
notando en los dos consortes de este inquietudes reveladoras del ansia
de libertad.
Y cuando esto ocurría, Gil y la viejecita, libres ya de la impedimenta
del cuatrero, subieron tranquilamente por un senderillo escalonado, y
se encontraron en lo alto de la trinchera que dominaba por la derecha
el camino real. Desde allí vieron el cadáver de don Quiboro, medio
cubierto con su manta, y observaron el trajín de los guardias para
contener a los de la traílla de Becerro. No fue iniciativa de Gil
el subirse con paso sereno a donde fácilmente podían ser de nuevo
aprehendidos. La Madre le llevó con suave tirón de su mano atada, y al
llegar arriba le dijo:
--Veremos lo que hacen estos pobres cuadrilleros de la Santa Hermandad,
tan sencillotes y puntuales en cumplir lo que les ordena su reglamento.
Su deber es cogernos o matarnos. Subamos un poquito más arriba.
Advertida por los guardias la fuga de la vieja y su escudero, con ellos
se encararon. Regino les dijo:
--Baja, Florencio, y no nos comprometas. A _doña Sancha_ podríamos
dejar en libertad; a ti no, que eres acusado de homicidio.
--Es hijo mío --gritó la Madre con voz cascada--, y los dos correremos
la misma suerte. ¿Para qué quiero vivir yo, si a mi hijo matáis, o si
vivo le lleváis a la deshonra, abriéndole las puertas del presidio?
--Volved acá. ¿Qué más quisiéramos nosotros que dejaros libres?
--gritó Regino, blasonando de riguroso, sin olvidar lo humano--. Si
la vieja es tu Madre, cumplirá con Dios haciendo por salvarte. Pero
nosotros, máquinas frías de la ley, no podemos encender en nuestros
pechos la compasión. Has matado a un hombre. La anciana no ha hecho
más que ocultar la rapiña de los leñadores furtivos... Para ella puede
haber un poco de lo que llamamos vista gorda; para ti no... Bajad y
entregaos.
--Farsante --clamó Gil-Tarsis ronco de ira--. Más culpable que mi Madre
y que yo eres tú, que aprovechándote de mis desdichas me has quitado a
mi mujer. ¡Y hablas de justicia y de ley, y distingues la vista gorda
de la vista flaca! La vista tuya ante mí es de lobo carnicero, porque
después de quitarme la mujer que adoro, quieres ocultar tu delito con
mi perdición. En Numancia te conocí; en Numancia me engañaste, pues con
hipócritas zalamerías me hiciste creer que eres caballero. Caballero
fuiste, sin duda, y estás encantado como yo, penando por tus culpas...
Al mismo escarmiento y expiación estamos condenados: yo por desórdenes
de mi vida, de los que afean, pero no deshonran; tú por delitos contra
mi Madre.
--Baja, loco de atar --gritó el de la cara fosca--; baja, y si más que
presidio mereces manicomio, a él irás.
--No bajo... Regino, mal hombre, ¿piensas que desconozco la causa de
tu condenación, y el pasar de caballero y alta figura militar a simple
número de la Guardia civil? Pues encantado fuiste por entregar a una
nación extranjera tierras españolas... ¿Te atreves a negarlo?...
Vendiste a tu patria, no por dinero, sino por obedecer a los que
querían la paz aunque esta fuera bochornosa. Y ahora, el que fácilmente
y sin lucha permitió la conquista de una parte de España, ahora también
con maniobra fácil a mí me conquista la mujer... Esto es indigno.
Contra ti protestarán el cielo y la tierra, y maldito de Dios, y
maldito de los hombres, no tendrás en tu vida ni un instante de paz...
Y nada más tengo que decirte. Yo criminal, creo deshonrarme hablando
contigo.
Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir
cuesta arriba, los guardias les dieron el alto.
--¡Quietos! --gritó el del feo rostro--. Quietos, o disparamos.
_Güela_, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad: os lo mando por
tercera y última vez.
No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los guardias no podían eludir
el cumplimiento de su deber... Los mortíferos fusiles subieron a la
altura de los ojos. ¡Brrrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con
formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron... Su
caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados
del cielo por invisibles hilos... que las balas rompieron.