Donde se verá cómo principió el espantoso vía-crucis y horrendo
calvario del caballero sin ventura.
Mientras el don Ramiro (que por ser Gaitón merecerá toda la antipatía
de los que esto lean) creíase obligado, por deber y por derecho,
a prestar auxilio a la hermosa señora del carro, y disponía que
conducida fuese a la botica (regentada por otro Gaitón) para que se
le administrara una bebida antiespasmódica, Gil era empujado con
violencia y grosería hacia el interior del feo edificio. Hallose dentro
de un local que recibía la luz de enrejada ventana estrecha, y con
abandono de animal rendido de cansancio se arrojó al suelo, que en
algunos sitios tenía montones de paja donde duraba el hueco de otros
presos allí albergados anteriormente. Su desesperación no le dejaba
espacio para considerar las consecuencias de su infortunio ni los
medios de conjurarlo. A poco de humillarse sobre la paja, cayó en un
sopor febril, que le daba la sensación lúgubre de un descenso a los
profundos abismos, donde le maltrataban y escarnecían diablos crueles
y harpías desvergonzadas... La noche le encontró en el propio estado
de somnolencia, con intervalos de estupidez o embrutecimiento, en los
cuales percibía los ásperos ronquidos de otro infeliz que no lejos de
él mataba las horas.
Hallábase ya el caballero más despabilado de su negra modorra, cuando
hirió sus oídos la voz del compañero de encierro, el cual en tono
familiar así decía:
--Buen amigo, pues la mala suerte nos ha traído a estar juntos en esta
mazmorra indecente, hablemos y contémonos nuestras miserias, que yo soy
de los que, a falta de pan y de alegría, se alimentan con el sueño a
ratos, y a ratos con la buena conversación.
La réplica de Gil fue tan solo de monosílabos perezosos, y el otro,
incorporado en su lecho de pajas, prosiguió así:
--Como yo voy siempre a cara descubierta, sin ocultar mi nombre ni
renegar de mí mismo, le diré que me llamo Tiburcio de Santa Inés, y
que soy natural de Rebollosa de Jadraque, donde tengo, digo, tuve mi
hacienda, y que estoy preso por haberle tirado una piedra a Crisanto
Gaitón... Le apunté a la cabeza, y le di en el hombro sin hacerle
daño... Fue por... Verá usted... Mi padre, José de Santa Inés, natural
de Garabatea, me dejó una finquita que fue de mi abuela materna,
Rosalía Carbajosa, natural de Tor del Rábano, y dicha finca linda por
el Naciente con huerta y viñedos de don Zacarías Escopete, por el Sur
con las tierras de... Pero si está usted dormido, me callo y lo dejo
para después, que no quiero molestarle...
Contestó Gil con estas incongruentes expresiones:
--Yo maté a Galo Zurdo por rescatar a mi novia y sacarla del infame
cautiverio en Calatañazor... Ahora no descansaré hasta que dé muerte a
Regino, que me engañó con arrumacos hipócritas, haciéndose pasar por
caballero encantado como yo... ¡Quién me había de decir que recobrada
mi mujer, fuera Regino quien me la quitara! Si usted defiende a Regino,
se verá conmigo en esta cárcel, o fuera de ella; y si nos llevan juntos
a Soria, veremos quién puede más.
--Amigo --dijo el otro con voz blanda, tirando al humorismo--, no me
hable usted de matar, que yo, aunque ando en cárceles, no soy hombre
que acomete a sus semejantes, y jamás he quitado la vida a ningún
nacido, como no sea mosca, mosquito, o cuanto más algún pobre conejo
que se me ha puesto delante de la escopeta. Yo no mato... Tiré una
piedra al Gaitón en el momento de más coraje que he tenido en mi vida;
pero no iba más que a descalabrarle, para que se acordara de Tiburcio
de Santa Inés, el despojado y atropellado en Rebollosa de Jadraque.
Gil se incorporó para ver a su compañero; pero la claridad de luna que
por la reja entraba era tan pobre, que uno a otro se reconocían tan
solo como bultos o sombras vivificadas por la palabra. Secamente dijo
el caballero:
--Yo maté a Zurdo Gaitín porque debí matarle, que así me lo aconsejaron
San Basilio y San Agustín... «Cuando no quieran darte lo tuyo, tómalo.»
Yo no podía tomarlo sin destripar antes al cerdo. Ya sabe usted, amigo,
que a cada puerco le llega su San Martín. Me quedé con las ganas de
pegar fuego a Calatañazor...
--Pues yo le aseguro a usted --dijo el otro-- que si nunca he matado a
nadie, tampoco puse mis manos en quemazón de paneras y trojes, como han
hecho otros, movidos de venganza. Siempre fui honrado, y de mi buena
conducta podrá dar fe todo el gentío de estos pueblos.
Extremado ya en la incongruencia, habló Gil de este modo:
--Pues usted conoce al dedillo estos terrenos, dígame si cae por aquí
cerca Zorita de los Canes... porque ha de saber usted que yo soy
Conde... ¿se va usted enterando?... Conde de Zorita de los Canes.
--Lejos está ese pueblo... allá por tierra de Pastrana y Mondéjar,
tocando a los mojones de Cuenca... Orilla de Zorita, en un pueblo que
llaman Almonacid, tengo yo una prima casada con Cristino Angosto,
natural de Tetas de Viana, que cae hacia esta parte... ¿Conque dice que
es Conde? Querrá decir que _esconde_ algo...
--Conde soy, y si lo duda, ahí están los libros del Becerro, que se lo
dirán.
--Pues yo soy Marqués de Rebollosa de Jadraque --afirmó el otro
riendo--, y aquí todos somos de la grandeza.
--Mi condado es Zorita de los Canes. Y yo quiero que usted me informe
de si aquel pueblo lleva tal nombre porque hay en él muchos perros...
quiero decir, Gaitones.
--Perros habrá de caza y de campo, y Gaitones no han de faltar, que
son los animales más propagados en esta comarca. Por acá conozco a don
Ramiro, don Crisanto y don Manuel Gaitón. Este es el más pudiente...
cocido en dinero; y para redondearse se ha casado con la hija de un
señor riquísimo que vive allá por Riaza, y le llaman don Gaitán de
Sepúlveda, propietario de tierras, dueño de tantos ganados, que con
ellos podría estrellar de ovejas el cielo.
--¡Le conozco... ya sé! Un vejestorio con antiparras... He sido pastor
en uno de sus rebaños.
--¿Pastor y Conde? Eso sí que es bueno... Amigo, ¿se llama usted _don
Patraña_?
--Me llamo Tarsis... me llamo _Asur, Hijo del Victorioso_, y si usted
me apura, me llamo Mudarra o _Mutarraf_, que quiere decir _Vengador_.
--Que sea por muchos años, ja, ja... Pues no es el hombre poco
divertido... ¡Quién lo diría, Señor! Hasta en estos lugares de
tristeza, salta, cuando menos se piensa, el buen humor, y unas veces
por flautas y otras por pitos, se va pasando el rato.
En estas vagas conversaciones les cogió el alba, y conforme iba
entrando en la prisión la tímida luz del nuevo día, mermada por los
gruesos barrotes de la ventana, se vieron y se examinaron los dos
presos. En su compañero, solo conocido hasta entonces por la voz,
vio Gil un hombre revejido y de talla corta, de facciones vulgares,
iluminadas por un mirar de plácida mansedumbre, afeitado de días, con
traje de labrador o jornalero del campo. Al poco rato, se personaron
en el calabozo dos individuos que dieron a Gil orden de disponerse
para partir a Soria en conducta de la Guardia civil; el otro quedaría
en Sigüenza hasta nueva orden. Dieron a los dos mísero desayuno de pan
negro y tocino crudo averiado. No tardaron en aparecer los guardias que
habían de llevarse a Gil. Este se despidió de su compañero, que con
sombrío gracejo le dijo:
--Abur, señor Conde; Dios se la depare buena. Aquí me tiene a su
disposición no sé hasta cuándo. Tiburcio de Santa Inés, para servir a
Su Excelencia.
Salió Gil entre los dos guardias. La mañana era fría y brumosa. Al
pasar frente a la catedral, vio el caballero las almenadas torres de
feudal arrogancia ceñuda. Entre los velos de la niebla, el grandioso
monumento se revestía de cierta majestad funeraria. Bajando hacia
la alameda tomaron el camino real, y a poco de entrar en este, como
notaran los guardias en el preso cierta inquietud y ganas de monólogo,
le ataron, recomendándole paciencia y juicio. Gil les dijo:
--Atadme si queréis. No me importa, que yo tengo en mi familia quien
podrá darme libertad aunque me llevarais encerrado en una jaula de
hierro. Vosotros no contáis con una Madre como la mía... Siento que no
venga Regino a conducirme. De seguro lo habría pasado mal... Vosotros
sois honrados y buenos; cumplís vuestras obligaciones sin deshonrar
a los amigos robándoles la mujer... Hay hombres que tienen pinta de
caballeros y son como hienas con bonitos ojos. Otros con mal ceño
y cara borrascosa llevan dentro un corazón de ángel. Yo, señores
guardias, no les aborrezco; sé que me llevan preso y atado por mandato
de la ley, y que no porque yo sea persona principal serán más blandos y
considerados conmigo.
Con buenas razones le exhortaron los guardias a guardar silencio, y él
obedeció, reduciendo a soliloquio las incoherentes cláusulas que de la
boca le salían.
«Imposible que la señora Madre deje de venir en mi socorro --se
decía--, a no ser, Gil, que el uso que has hecho de tu albedrío sea tal
que... No recuerdo bien lo que me dijo al despedirse en Calatañazor...
Que si la línea de mi albedrío... que si la línea de su protección...
No sé, no sé. Al perder a Cintia he perdido mi razón. Estoy loco.
¿Será verdad que estoy loco?... Ya que mi Madre no me dé la libertad,
devuélvame al menos la razón.»
A los dos o más kilómetros de andadura, tuvo Gil bastante claridad
de entendimiento para reconocer que el camino que seguía no era el
mismo por donde había venido de Atienza. Conducíanle por Medinaceli
y Alcuneza, que era, sin duda, más derecho camino hacia Soria.
Verdaderamente, por lo tocante a su comodidad, esta o la otra ruta le
importaban lo mismo; pero prefirió la de Medinaceli, porque dio en
creer que en ella sería más fácil encontrar a la Madre redentora. ¿En
qué se fundaba para pensarlo así? En nada... Tal vez en indescifrables
voces que susurraban dentro de su cerebro.
Al mediodía emprendieron el preso y sus custodios la subida del puerto
de Sierra Ministra. Iban desde las fuentes del Henares a las del
Jalón, dos ríos que nacen en opuestas bandas de aquellos montes, y
corren luego en contrarias direcciones, tributario el uno del padre
Tajo, el otro del padre Ebro. Conforme subían, el tiempo cerrábase
más de niebla, y la humedad les penetraba con punzante frialdad hasta
los huesos. Por lo que Gil oyó decir a los guardias, hablando con
dos caminantes que en sendos mulos llevaban la propia dirección,
comprendió que se detendrían en una venta llamada _del Cuervo_, para
tomar alimento y arrimarse un poco a la lumbre, siguiendo después hasta
el lugar de Honrubia, en cuya cárcel terminaría la primera etapa de
la conducta, para continuar al siguiente día con otra pareja hasta
Medinaceli. Picaron espuela los caminantes, y a la media hora, próximos
ya Gil y sus conductores a la venta que les prometía sustento y abrigo,
vieron alzarse una ondulante columna de humazo negro, y oyeron griterío
de alarma y terror. La venta y dos casas y cuadras medianeras ardían en
toda la extensión de sus jorobados techos.
Era un lindo espectáculo el del humo negro, que, retorciéndose como
columna salomónica, subía lentamente, y en sus caracoleos voluptuosos
se iba fundiendo con el blanco albor de la niebla. Las llamas daban
toques de púrpura rutilante al bello espectáculo, y el vocerío de las
gentes que querían salvar de la quema trebejos y animales, concluía
y remataba el conjunto dramático. Llegaron a un punto en que la
confusión de humo y vapores cegaron el día, impidiendo la visión de
los objetos más próximos. Gil no vio a los guardias, y estos a él le
perdieron de vista. ¿Qué había de hacer un hombre en ocasión y momento
tan propicios para la conservación personal, más que ponerse en salvo
con rauda ligereza de pies? Así lo hizo Gil, por lo cual merece toda la
simpatía y alabanzas de sus admiradores. Emprendió carrera en dirección
de las fuentes del manso Henares, y para mayor dicha suya y alegría de
los que se interesan por su suerte, a los pocos minutos de precipitarse
en la veloz huida se sintió desligado del atadijo que le sujetaba
los codos. La soga se desprendió silbando como culebra, y los brazos
del preso quedaron libres para dar impulso y compás a las disparadas
piernas...
Su primera parada para tomar aliento hízola el fugado a distancia
tal, que apenas se veían ya las negras humaredas desliéndose en la
niebla lechosa. ¡Libre! Con decir que la libertad duplicó su energía,
se da una idea de su velocísima carrera; y como iba cuesta abajo, no
tardó en pisar terreno llano. «Aunque no te has dejado ver, señora
Madre --decía--, ¿quién sino tú me preparó con un oportuno incendio
la oscuridad que cegó a los guardias? ¿Qué manos que no fueran las
tuyas pudieron desatar la cuerda que me oprimía los codos?... Yo
advertí que el cordel por sí solo deshizo sus nudos, y salió silbando
y serpenteando hasta perderse de vista en el monte... Ahora déjame
ver la luz rosada que anuncia tu presencia, y sienta yo dentro de mí
la suspensión o azoramiento, señal infalible de que la Naturaleza se
conmueve a tu paso.»
Por más que el caballero miraba a un lado y otro y a los oteros
cercanos, únicos que se dejaban ver, no tuvo el menor atisbo de luz
rosada ni verde. Imperaba el blanco algodonoso de la niebla, sin
dejar ningún resquicio por donde pudieran colarse luces naturales o
fantásticas. Avanzada ya la noche, dio de bruces en un lugar miserable
cuyo nombre ignoraba. Después supo que era Guijosa. No queriendo
infundir sospechas pidiendo albergue o haciendo preguntas, echó un
vistazo al caserío del pueblo, vio la iglesia y en ella un ancho
pórtico con dos rinconadas laterales que parecían hechas de encargo
para que los vagabundos pasaran en ellas la noche.
Antes de acomodarse en su camarín, quiso dar a su cuerpo algún
sustento, y recordando que aún le quedaban dos bellotas en el bolsillo
del pantalón, metió en él la mano para cogerlas. Grande fue su sorpresa
cuando al tacto reconoció que no eran dos bellotas, sino cuatro.
Momentos después entraba en una taberna que había visto al pasar por la
corredera central del pueblo. Compró medio pan y un pedazo de queso, y
fue a comérselo al pórtico donde había encontrado su albergue nocturno.
Instalose en él, arrimándose bien al ángulo para buscar todo el abrigo
que la dura piedra podía darle, y apenas tiraba los primeros bocados
al queso y pan, creyó ver en el rincón frontero un bulto de cosa viva.
Poco tardó, por cierto rumor de respiración y carraspeo, en cerciorarse
de que era un hombre, un desgraciado caminante, como él sin hogar ni
dinero, acaso como él perseguido de la justicia. En estas dudas se
hallaba, cuando del bulto misterioso salió una ronca voz que dijo:
--Buen hombre, se quedará usted helado si no tiene manta. Arrímese acá
y participará de la mía, que es de cuatro varas, morellana neta. No
tema que le pegue miseria, que yo, aunque pobre, no la tengo.
--Buen señor --replicó el caballero, conociendo, por la voz cascada,
que hablaba con un anciano--, acepto muy agradecido el abrigo, y allá
me voy. Y si quiere usted acompañarme en esta pobre cena de pan y
queso, tendré mucho gusto en partirla con usted.
--¡Ay, sí: deme acá, hermano! Tengo un hambre horrible. No poseo más
capital que la manta, lo único que he podido sacar del pueblo.
Mientras el famélico señor se incorporaba para tirar feroces mordiscos
al pan, Gil se acomodó bajo un pico de la luenga y tupida manta
morellana. A la escasa claridad de la luna examinó la cara de su
compañero de hospedaje: era cara de viejo, con melenas canosas, y no
desconocida para Gil. En alguna parte y en días no lejanos habíala
visto. ¿Dónde, Señor? Tanto apuró su memoria, que al fin creyó
descifrar el enigma, y para llegar a la certeza, habló así:
--Señor, yo le conozco a usted; creo haberle visto en un lugar llamado
Boñices. Dígame si es usted un maestro que tiene por nombre don
Alqui...bori...
--Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias, para servir a Dios y a
usted --dijo el otro gravemente mordiendo el queso con avidez--.
_Escóndese el rico, mas no el mísero._ Como los lobos bajan del monte
al llano movidos del apetito de carne, así he salido yo de Boñices, y
voy a la ventura por estas tierras, buscando el lugar de abundancia
donde sobre un mendrugo. Dios me ha favorecido esta noche trayéndole a
usted a mi lado con su pan, su queso y su cortesanía, que me han dado
aliento para vivir hasta mañana. Y ahora, buen hombre, ya que hemos
metido algo en el buche, hagamos por dormir, que yo estoy rendido, y
usted también, a lo que parece. Mañana hablaremos. Abríguese y duerma.
La noche es para el descanso, llamémoslo sueño, que es la jaula en
que se guardan los pensamientos; el día es para que se abra la jaula,
y salgan otra vez los pensamientos a darnos guerra y a engendrar las
acciones... Conque buenas noches.
Pareciole muy cuerdo a Gil lo que su compañero de alcoba decía,
y se acurrucó bajo la manta para conciliar el sueño. Durmió con
intermitencias, atormentado de pesadillas, y una de estas fue que
se acababa el mundo, sensación pavorosa producida tal vez por los
ronquidos de don Quiboro, que imitaban el son terrible de la trompeta
del Juicio final. El día le despejó la cabeza de los terrores
milenarios, y puesto en pie y sacudiendo la pereza, mientras el maestro
anciano se desperezaba como un camello, se aprestaron a seguir su
peregrinación... Don Quiboro dobló su manta en forma de que le sirviera
como tapabocas, y por el primer callejón que les vino a mano salieron
al campo libre, observando gozosos que el día se presentaba menos
encapuchado de nieblas que el anterior.
--¿Hacia dónde vamos, amigo? --dijo don Quiboro, mirando sucesivamente
a los cuatro cuadrantes--. Yo ando a la ventura... a ver si caigo
donde me sea fácil encontrar un pienso razonable. ¿Hacia dónde cae
Guadalajara?
--Hacia el Sur, y el Sur es por aquí --replicó Gil, señalando una
dirección, después de apreciar en el horizonte la salida del sol--. A
usted, que es persona justa, no debo ocultarle que huyo de la justicia,
y no me conviene andar por senderos concurridos.
--Pues yo, hijo mío --indicó el viejo con gravedad estoica--, voy sin
criterio propio y entregado al Destino. Ni busco a la justicia, ni huyo
de ella; que si la justicia me coge y me conduce de pueblo en pueblo,
en estos habrá pesebres donde se alimenten bien o mal los cristianos
errantes, que no tienen casa, ni familia, ni una chispa de numerario.
--También yo cuento con el Destino, que suele ser más humanitario que
las leyes y los que cuidan de cumplirlas --declaró el caballero--. Si
por una parte huyo de la justicia, por otra voy hacia ella... Déjeme
que le explique... Yo maté a un cerdo... me prendieron, me escapé...
Un guardia civil me quitó a mi mujer... yo voy a que me devuelvan a mi
mujer, o a que me maten, pues sin ella no puedo vivir.
--Historia complicada es esa, y no he de entenderla como no me dé más
explicaciones. Al decir mujer, ha dicho enredo y confusión. Habrá usted
oído aquello de _Hembra lozana, darse quiere a vida vana_, y también
estotro: _Mujeres y malas noches, matan a los hombres_...
--No es eso, señor --dijo el caballero--. Usted no me entiende... y yo
no podría ponerle al tanto de mi historia sin darle una conferencia de
tres días.
--Pues resérvela para mejor ocasión, porque con los estómagos vacíos,
en esta hora del desgaste orgánico, ni los entendimientos, ni la
palabra, ni la memoria, están para largos cuentos, ya sean verdaderos,
ya mentirosos. Veamos si la Providencia o San José bendito nos deparan
almas caritativas que nos socorran con algún alimento. Usted que tiene
buena vista, mire y observe si hay por aquí pastores, o si a lo lejos
se descubre algún caserío...
--Pastores no veo --dijo el encantado--; pero sí gente de labranza, que
a mi parecer está sacando patatas.
--Pues vamos primero al señuelo de las patatas --dijo el desgraciado
Quiboro, avivando cuanto podía su vacilante paso--, que me da el
corazón que hemos de encontrar hidalguía y caridad... Quiera Dios
que sea la cosecha muy abundante, y que los dueños de ella estén
alborozados y satisfechos... Deme el brazo, hijo, y ayúdeme a salvar
pronto la distancia que nos separa de esos dignísimos labradores... La
Virgen bendiga su trabajo y les aumente el fruto... Ande, hijo, ande.
Llegaron al grupo de labriegos, que eran tres mujeres y dos hombres, y
tal ventura deparó el cielo a los peregrinos, que apenas manifestada
su fiera necesidad entre bostezos, les dieron cuanto pudo meter en
sus anchos bolsillos el cansado viejo. Sin detenerse en el grupo más
tiempo que el preciso para expresar del modo más patético su inmensa
gratitud, se fueron en busca de un lugar montuno donde pudieran recoger
leña y hojarasca, encender lumbre y asar los preciosos tubérculos que
de la caridad habían recibido. Atravesando rastrojos y metiéndose por
empinadas veredas, dieron en un encinar que les ofrecía descanso,
abrigo, soledad, cocina, fogón, leña y mesa para banquetear a su gusto.
Recogió al punto Gil un buen brazado de palitroques y ramaje seco.
Felizmente, tenía fósforos y encendió lumbre, que pronto tomó cuerpo, y
las crujientes llamas alegraron el alma y templaron el aterido cuerpo
de don Alquiborontifosio. De rodillas ante la hoguera, extendiendo
las palmas de las manos en actitud litúrgica, tuviérasele por un
sacerdote de los prístinos tiempos de la Historia. Acólito de tal
ofrenda o sacrificio era Gil, que cuidadosamente cebaba la llama para
que se formara un buen rescoldo. Don Quiboro metía las patatas en la
ceniza, y tales eran los estímulos de su apetito, que medio asadas
y medio quemadas empezó a comerlas, soplando sobre ellas antes de
meterlas en su desdentada boca. Y cuando los dos habían aplacado las
primeras ansias del gusanillo, cogió el maestro una patata y la mostró
con solemnidad a su compañero de fatigas, pronunciando este triste
razonamiento:
--A tal miseria han venido a parar mis cincuenta y más años de
magisterio en Aliud primero, después en Torreblascos, y por fin en el
moribundo lugar de Boñices. Vea usted el premio que dan a una vida
consagrada a la más alta función del Reino, que es disponer a los
niños para que pasen de animalitos a personas... y aun a personajes,
que yo con documento puedo atestiguar... carta canta... que en Buenos
Aires, en Méjico y en otras partes de las Indias, viven ricachones
que fueron desasnados por mí, y que bajo mi palmeta, hoy en desuso,
aprendieron a distinguir la _e_ de la _o_. Y en esas Cortes o Senados
de Madrid, en que tanto se parla, algunos hay que llegaron cerriles a
mis manos, y de ellas salieron bien pulidos de lectura y escritura,
con algo de aritmética. Nadie me ha favorecido en este vía-crucis
doloroso. Dos generaciones de Gaitines han pasado delante de mí con
los oídos tapados a mis quejas, y solo me atendieron a medias y de
mala gana cuando reclamaba yo dos años de atrasos, dos años de paga,
¡Señor! que me debía el Ayuntamiento. Los Gaitines han favorecido más
la fábrica de aguardiente que la fábrica de ilustración. Y heme aquí
errante, sin hogar ni más ropa que la puesta y esta manta, atenido a la
caridad pública, rodando como las hojas muertas que lleva el viento,
sin encontrar ni protección, ni pan, ni siquiera sepultura, pues cuando
menos lo piense caeré muerto en lugar salvaje donde las bestias me
pisen y los buitres me coman. ¡Oh, buitres, comedme y hartaos de mi
carne podrida, y que os aproveche y hagáis buena digestión! Seréis más
dichosos que yo lo fui. ¡Oh, niños, niños mil a quienes saqué de las
tinieblas, al daros luz hice una generación de hombres ingratos!
Al terminar, limpiose una lágrima y siguió comiendo. Con la
conversación del improvisado amigo fue recobrando el pobre viejo su
normal temple, y _de sobremesa_ propuso a Gil que, pues habían yantado
con sosiego, que compensaba la triste frugalidad, quedáranse buena
parte del día en lugar tan apacible, recogiendo y almacenando en sus
cuerpos el calorcillo de la hoguera, para tener reserva con que hacer
frente a los fríos y desmayos que les esperaban. Así lo hicieron.
Echose Gil a dormir, y a media tarde reanudaron su vida errante,
llevándose don Quiboro en sus hondos bolsillos las patatas medio asadas
y medio carbonizadas que sobraron del festín.
Caminando encontraron una pareja de mendigos: él, caduco y patizambo,
con un voluminoso morral al hombro; ella, jovenzuela, canija y
andrajosa, con un morral chico y una bandurria vieja. Trabaron
conversación, y el hombre, que era muy parlero y comunicativo, les dijo
así:
--Yo me voy a pasar la noche a Pitarque, que es alivio del pobre en
esta tierra desamparada.
No había oído don Quiboro tal nombre, y pedidas explicaciones, el
pordiosero las dio muy claras:
--Bien se conoce que no son ustés de por acá. Pitarque es un
conventorro viejo de franciscos o dominiscos... no sé qué. Desde tiempo
memorial está caído... la iglesia sin techo, lo demás apañado para
casas de labor y lo consiguiente. Comprolo por pocos riales un granjero
de Torremocha, que le llaman José Corvejón, y allí ha puesto taberna,
algo de parador para personas y bestias naturales, lonja de bacalao y
piensos... A la mano acá del monasterio hay un patio grande que fue
mismamente claustro, donde salían a regoldar los frailes, acabado el
refitorio. José Corvejón, que es hombre cristiano de suyo, porque,
según dicen, vivió antes en necesidad, nos deja a los probes entrar
en el patio, y nos da sarmientos y otras leñas comustibles para que
hagamos lumbre y nos calentemos, y las más de las noches nos reparte
la bazofia que sobra de los yantares de la posada... Si no tenéis vos
mejor corral donde albergaros, venid con nosotros y lo pasaréis tan
ricamente, que también suele haber quien eche al aire las penas con
algún desperezo de seguidillas y danza...
--Sí, sí --dijo don Quiboro con desentonos de chochez infantil--.
Iremos allá. ¿No piensa lo mismo el amigo? Si hay lumbre, un rincón
para dormir, y alegría del pueblo, ¿qué más podemos desear?
Arreando a prisa, llegaron los cuatro cristianos vagabundos, ya de
noche, al caseretón llamado Pitarque, donde ocurrieron sorprendentes
sucesos y casos de risa y llanto, que conocerá el que tenga paciencia
para seguir leyendo.