Refiérese lo que el caballero vio y oyó en el mísero y olvidado lugar
de Boñices.
A la entrada del pueblo, fue recibida la ilustre pareja por una lucida
representación de chiquillos descalzos y andrajosos; por una corte de
damas escuálidas, ataviadas con refajos corcusidos de mil remiendos,
y por algunos caballeros en quienes se suponían, sobre el paño pardo,
las invisibles veneras de un trabajo estéril y el gran cordón de la
infinita paciencia. Hicieron todos cortesías y zalemas cariñosas, de
arcaico son y sentido, y la soberana vieja, que en aquella ocasión,
de vieja venerable tenía todas las trazas, avanzó despacio, asida
al brazo de su escudero. A cada paso de ella salían de las humildes
puertas más desdichadas personas, y cada cual pronunciaba su saludo de
afable reverencia. Las calles o ronderas del pueblo eran como ramblas
angostas, llenas de cantos rodados, traídos por las aguas que en días
nefastos descendían furiosas de la cercana sierra de Cabrejas. En
angulosa encrucijada vieron la torre de la iglesia, alta, fantástica
y muda; revelaba su mole una melancolía perezosa; sus campanas, si
las tenía, guardaban avaras el son grave y místico. Al ver la torre,
preguntó la Señora a sus acompañantes:
--¿Y mi buen amigo don Venancio, por qué no ha salido a recibirme?
Dijéronle que el cura tenía enfermos en su familia. Siguió la Madre, y
a los pocos pasos entró en una casa que no era la mejor del pueblo, ni
tampoco la peor, aunque en calidad poco se llevaban unas a otras. En la
puerta fue recibida por una mujer vestida de negro, de estas que más
parecen envejecidas que viejas, flaca, rugosa y desguarnecida de los
dientes incisivos, la cual con tanto alborozo como respeto la saludó:
--Dios la traiga, _señá María_, consuelo y alegría de estos probes.
Derecha entró la Madre hacia la cocina, que al extremo del pasillo se
anunciaba, y atraía con su dulce calor. Hombres y mujeres dieron a
la dama bienvenida cariñosa. En la cocina fue a ocupar un sillón de
madera rústica con asiento formado de un tejido de cuerdas. La luz era
de teas, a la que pronto se agregó un candil macilento, encendido
en obsequio a la excelsa visitante. Los que tras ella entraron, dos
hombres y una mujer, quedando los demás en la puerta contenidos por la
veneración, sentáronse frente a ella en el poyo macizo o en derrengadas
banquetas, y a los pies de la Madre se sentó Gil en el santo suelo, con
familiar abandono de sirviente leal o deudo preferido.
--Mala está la noche para venir a pie desde Clavijo --dijo un anciano
de largo pelambre, cegato, de corpachón abrupto y cansino, que ocupaba
el asiento más cercano al hogar frente a la dama--. ¿Por qué no vino mi
_doña María_ en el carro?
--Porque a una de las mulas la tengo cojita, y la otra la he tenido
trabajando todo el día en la noria. Me acompaña este criado, este buen
Gil, a quien no conocéis, y que os presento como el más fiel de mis
servidores.
Volviéndose luego a la dueña de la casa, que de rodillas ante el hogar
avivaba el rescoldo, y acaldaba los pucheros entre la ceniza salpicada
de brasas, le dijo:
--Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para
que cenemos en tu compañía. Pero no vengo desprevenida, y por vosotros
más que por mí os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y
monda como la vuestra.
Diciéndolo, metió mano al pecho por debajo del manto que holgadamente
la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de
la reciente cochura. Al recibir el pan, Fabiana lo besó como a cosa
bendita. Y ante el estupor de los presentes, metió mano la Señora
por el otro lado del pecho y sacó una ristra de cebollas y una sarta
de chorizos... luego, no se supo de dónde, dos perdices muertas
colgadas por los picos. Y si todos se maravillaron de lo que vieron,
Gil no salía de su estupor, pues al venir con la Madre no había notado
en el cuerpo de esta el embarazo que supone traer entre la ropa
objetos de tanto peso y bulto. Sin duda funcionaba el arte de magia o
encantamiento...
--Pon a un lado las perdices --dijo la Señora--, y con el pan que te
traigo nos harás unas buenas migas, aderezadas como tú sabes... Con las
migas me basta para cenar, y los demás no han de estimar corta la cena.
--¿Qué ha de ser corta --dijo el viejo melenudo y cegato--, si, como
sabe Vuecencia, estamos todos en el caso de aquel pueblo donde se
pregonaba: _Aquí es Villagorda, un garbanzo en cada olla_?
El que así hablaba era el maestro de párvulos de Boñices, agraciado
por la España oficial con el generoso estipendio de quinientas pesetas
al año; hombre que en largos días de magisterio había sutilizado su
corta ciencia doctorándose a sí mismo en la gramática parda y en la
filosofía parduzca, sabio en recetas de vida, eruditísimo en refranes.
Su nombre, largo como un alfabeto, era de los que empiezan y no acaban:
_don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias_; mas por abreviar le
llamaban _don Quiboro_, que así las gentes acortaban kilómetros entre
la primera y la última letra. El buen señor, rendido a su cansancio y
a la miseria del pueblo, no enseñaba cosa alguna a los chicos, y les
entretenía contándoles cuentos para que adormecieran el hambre, o
salía con ellos al atrio de la iglesia para jugar al _chito_.
A don Alquiborontifosio siguió en el uso de la palabra la mujer que
junto a él se sentaba, anciana de estatura tan lucida como la de la
Madre, mas tan seca de rostro, que este se distinguía de las calaveras
por el mover de la mandíbula sin dientes, emitiendo una voz de
ultratumba, y por el brillo de sus ojuelos de lechuza, habituados a ver
de noche más que de día. Era madre de Fabiana, cuatro veces viuda, y
había dado al mundo veintidós hijos, de los cuales solo vivían tres. Su
edad competía con la del siglo, pues nació en tiempo del intruso don
José I. Ayudando a su hija en la preparación de las migas, le picaba el
pan, mientras Fabiana disponía la sartén, el aceite y los ajos... A una
pregunta de doña María, respondió con estas lúgubres razones:
--Mal tercio me ha hecho Dios teniéndome en este mundo tanto tiempo,
para que vea disoluciones tales. La que aguantó cuatro maridos y
parió hijos veintidós, parto doble tres veces, ¡ay! ya tiene derecho
a estirar la pata y dormir la mona eterna... Si me manda relatar el
mal de Boñices, direle que desde la última noche que vino acá Su
Merced, tenemos más calamidades, más. Dos nietos míos, Luis y Macario,
hombrachones recios como encinas, casados, y con tres criaturas el uno,
con seis el otro, han salido ayer camino de un puerto de mar que llaman
Santander para embarcarse en unas naves que van a las Américas... Se
contrataron para trabajar en un campo de siete mil leguas, o qué sé
yo... Llévanse a las mujeres y a los críos.
--A todos no --dijo interrumpiendo el hombre que junto a la viejísima
mujer se sentaba, el cual era un vecino llamado Cernudas, albéitar _in
illo tempore_, sacristán después, y hogaño enterrador del pueblo--; a
todos no, que la semana pasada enterré yo a dos de los de Macario y a
uno de Luis. Si la Señora quiere saber la _estadiquista_, como dicen
en Soria, la cuenta de sepulturas, sepa que en los años de más muerte
enterraba yo cuatro cuerpos cristianos cada año, y ahora salimos a ocho
por mes, sin contar criaturas que van a la tierra como moscas.
Era Cernudas un tipo regordete, calvo, y a veces risueño, contraste
violentísimo con sus fúnebres funciones en el lugar. Las chapas de
sus mejillas indicaban el hábito de alegrarse con vino; mas como en
Boñices escaseaba horriblemente el _morapio_, los dichos rosetones de
la carátula del sepulturero degeneraban ya en manchas violáceas, como
de cardenales recientes.
--Entenderalo mejor Vuecencia --dijo don Alquiborontifosio-- cuando
sepa que éramos aquí ciento veinticinco vecinos, y ahora, por bien
que hagamos la cuenta, no sale mayor suma que treinta y dos. Lo demás
se lo han llevado las malas cosechas, la falta de dinero, pues no hay
quien posea dos pesetas, y los bandidos del Fisco, embargando tierras
por no poder estos infelices con el peso de la contribución. El
arrastrado Fisco saca las tierras a remate, y no viene ningún forastero
a comprarlas por miedo a la infección de tercianas, cuartanas y
quintanas que aquí padecemos, motivado al agua estancada que rodea el
pueblo. De esta putrefacción murieron el médico y el boticario que
teníamos, y ello fue en días en que había menos enfermedad que se
sonaba, por lo que vino bien aquel refrán: _El milagro del santo de
Pajares, que ardió él y no las pajas_...
--Mejor salud tenemos acá desde que se llevó Dios al médico --dijo
la vieja-vieja, por nombre y cognomen Celedonia Recajo--, y aquí,
don Quiboro, no hay más maleficio que el no comer, y todo eso del
_miquiborio_ es enredo y trabalenguas como el nombre de usted. Que
nos traigan pan. Para espantar a la muerte nos bastaría con el pan, y
con otra cosa que es el pan del alma, la santa alegría... Ya no hay
mozas en el pueblo, que todas se han ido a Soria y al Burgo, a ser
criadas o pior cosa. Ya no hay mozos, que unos por servir al Rey,
otros porque les llama la golosina de las Indias, todos se han ido, y
aquí no queda quien baile, ni se oye un rasgueo de guitarra. Yo, si
hubiera un vejestorio que me sacara, bailaría; y aunque fuera danza
de esqueletos, con la música de huesos contra huesos, se alegrarían
los que quedan vivos en Boñices... ¡Ay, Boñices, quién te vido cuando
yo me casé por primera vez, reinando don Fernando el Séptimo, y te
ve ahora con tu gente ida, y la que queda descomida, y las almas...
ateridas de tristeza!... Alegría, ¿dónde estás; sal de los cuerpos, a
do te fuiste?... ¡Ay, ay! Cernudas, llévame pronto allá, y entiérrame,
y apisona bien la tierra sobre mí, que si no, me arresucito, y saco
a bailar a don Alquibori, bori... tifonsio... ¡Renegado nombre, que
todavía en mil años que tengo no aprendí a decirlo de corrido!
Las bromas lúgubres de la secular Celedonia dieron cierta amenidad a la
velada. Queriendo la Madre alejar la tristeza del ánimo entenebrecido
de los boñicenses, incitó a don Alquiborontifosio a que hablase más de
lo que le permitía su respeto. Desatose el maestro en estos peregrinos
comentarios:
--Cuando yo enseñaba a los chicos a jugar con las letras y a pintarse
los dedos con los palotes, ellos me socorrían... Uno me traía la ristra
de cebollas, otro la media decena de huevos, aquel dos medidas de
leche, quillotro una hogaza de seis libras. Pero vienen los tiempos
malos, y Alquiborontifosio sale a pedir limosna a los caminos, y lo
que saco doylo a los niños... Conforme Cernudas va enterrando a mis
alumnos, mi escuela se va quedando vacía... _Donde no hay pan, vase
hasta el can_... Viejo era yo cuando me salió una viuda joven, y pensé
si me casaría. Pero yo dije: _¿Qué hace con la moza el viejo? hijos
güérfanos_... Pasado un año, por mi guapeza y mi habla graciosa, otra
moza se prendó de mí. Yo pensé, yo vacilé. _Demás está la grulla al
sol, dando la teta al asno_, que es como decir que está uno perplejo,
sin decidirse... La muchacha era fea. Venía bien aquello de _hambre
larga, no repara en salsa_... Mas era también rica. _A la mona que
te trae el plato, no le mires el rabo._ Yo dudé, yo medí mis años y
mis redaños, y dije con filosofía: _Ni patos a la carreta, ni bueyes
a volar, ni viejo con moza casar_. Ea, he vivido luengos días, y aún
viviré más con hambres y estrecheces. ¿Qué es la vida? Una muerte
que come. ¿Qué es la muerte? Una vida que ayuna. Vivamos muriendo.
¿Cementerio dijiste? Pues entre sepultura y sepultura, testigo
Cernudas, nunca falta un pedazo de pan y un traguito de vino.
Celebraron todas las humoradas del viejo filósofo y vividor, y en esto
llegaron otros que a doña María con festejo saludaron. Entre ellos
venían dos mozos fornidos y guapetones, los únicos que quedaban en las
proximidades del pueblo, inmunes ya contra el paludismo y resignados
a la miseria, y uno que a la espalda traía su guitarrillo colgado de
una cuerda, y era músico, juglar o coplero, de esos que a los pueblos
divierten con sus ingenuas invenciones de poesía mal trovada y burda.
Por su andar a tientas y por la fijeza inexpresiva de sus ojos, se
vio que era ciego. Lleváronle junto a la Madre, cuya mano buscó para
besársela; sentose en el suelo, y le espetó esta retahíla:
--Gran Señora, dígame si es verdad la _lienda_ que de Su Alteza corre
por estos pueblos; dígamela, y pondrela yo en solfa con caída de
sonsonete para recite o cante... Dicen que Su Magnificencia vive en el
castillo de Clavijo, con su corte de ricas hembras, de caballeros y de
trovadorcillos que le cantan y le bailan las cosas añejas. Dicen que en
noches de tempestad se presenta ante el castillo un caballero; llama
soplando en un cuerno que con su son atruena toda Castilla; levantan
los de dentro el puente levadizo; entra el jinete en la plaza de armas,
y vuestros escuderos le tienen del estribo para que baje de su caballo
poderoso, blanco como la nieve. Es el Apóstol Santiago que va cuando
le place a visitar a la gran doña María, y con ella cena en manteles de
brocado, y de sobremesa platican de las cosas de estos reinos, y de las
picardías de los hombres ruines que en ellos han puesto el mantel de
sus negras meriendas. Yo voy a componer unas coplas y seguidillas con
este asunto para cantármelas de lugar en lugar, y comer de ellas, que
el comer es necesario, y ya que he tomado este oficio, tengo que sacar
de él los garbanzos de cada día.
--Puedes componer y cantar lo que gustes, buen hombre --replicó la
Madre risueña--. Pero cuanto supones de mi vida y mi castillo es
invención, que no por mentirosa deja de tener su encanto y algún
crédito en el mundo de las almas. Engaño es la poesía; mas con tal
engaño se alimentan de substancia pura los entendimientos... Y diciendo
y cantando cosas que no serán creídas, te aplaudirán las multitudes
y ganarás honradamente tu pan... Direte ahora la verdad, que no es
poética ni cantable. Yo vivo pobremente en Clavijo. Soy noble hidalga
que ha venido muy a menos; no tengo más corte que dos o tres criados
fieles como este que aquí ves, y mi castillo es una ruina desmantelada,
donde verás gallinas, patos y otras aves, y algo de cuatropea para mi
servicio y sustento, y nada más. Amiga he sido del Apóstol Santiago;
pero hace siglos que el buen señor ni me visita ni de mí se deja ver en
ninguna parte. En mi casa le tengo pintado en una lámina vetusta, y si
hablo con él es tan solo para decirle: «Caballero mío, descansa en tu
fuesa, si es que en ella yace tu santo cuerpo, y pon tu corcel blanco
a tirar de un carro, que solo para eso sirve ya...» Esta es la verdad;
pero si tú quieres _lienda_, como dices, y vives de ella, componla a tu
gusto, y Dios te inspire y te ayude, hijo.
--Así lo haré, y algún día oiréis mis trovas en estos y otros caminos
--dijo el ciego--, si os dignáis pararos en el corro de mis oyentes.
Yo ando en el canticio y recitorio desde que la gota serena me quitó
la presencia de las cosas. Mi nombre es Críspulo, y soy conocido en
todo el mundo, _verbi gracia_, en toda esta tierra, por _Crispulín de
Chaorna_, que tal es el nombre del pueblo donde vi la luz y donde la
luz me fue quitada.
Muy del gusto de todos fue el relato de Crispulín, a quien la Madre
invitó a participar de la cena que Fabiana y Celedonia con diligente
afán disponían. Cuando nadie le esperaba, entró de rondón en la cocina
el cura del pueblo, don Venancio Niño, varón docto y afable, bienquisto
de sus feligreses, cuarentón, escueto y de traza pobre. En elogio
suyo debe decirse que del lado de los mundanos intereses era el más
cristiano de los hombres, pues cuanto poseía, y lo que le entraba
por el pie de altar, repartíalo entre sus convecinos afligidos de
atroces calamidades, reservándose tan solo lo preciso para la precaria
subsistencia de su nada corta familia. Al verle llegar le hicieron
sitio junto a doña María, cuya mano besó, diciéndole en el familiar
tono de antiguos amigos:
--Dispénseme la Señora que no saliese a saludarla cuando entró en
el pueblo. Tengo a la niña mayor muy malita; la pequeñuela, aunque
corretea y brinca sin parar, se me está quedando en los huesos. Me ha
entrado el temor de que las dos quieren írseme al Cielo. A la Santísima
Virgen pido que me las deje... Me da el corazón que no seré oído. Vivo
en ascuas, señora mía. Creo que estas amarguras darán conmigo en tierra.
--Ánimo, don Venancio --le dijo la Madre--, y no desconfíe de la
protección divina. Procuraré yo mandarle un médico, y las niñas sanarán.
--Dios se lo pague, y dé a Vuestra Señoría días de gloria.
--Eso es más difícil. Los días de gloria están lejos, y si no que lo
diga don Alquiborontifosio, que ya no tiene chicos, ni escuela, ni
mendrugos de pan que roer.
--Sostengo yo --clamó el maestro con firme voz-- que los días de gloria
se fueron para no volver. En mi pueblo aprendí este refrán: _Don
Fután por la pelota, don Zitán por la Marquesota y don Roviñán por la
rasqueta, pierden la goleta_. Y si este no les convence, aquí tienen
otro, que es de Aliud y de Lubia, pueblos que fueron romanos: _Cárdenas
y el Cardenal, don Chacón y Fray Mortero, traen la Corte al retortero_.
--Razón tiene el maestro --dijo el cura--; pero en este lugar de
Boñices, los males de toda la tierra se agravan con el abandono en que
nos tienen los mandarines.
--Yo he pedido a los pudientes --indicó la Madre-- que sean desecadas
estas lagunas para que acabe el maleficio, y no me han hecho caso.
--Ni lo harán --declaró el maestro, sentencioso-- mientras en el agua
corrompida no vean los Gaitines peces, quiero decir, negocio.
Y no una, sino seis o más voces gritaron:
--Pues duro a los pudientes ensalzaos, y a los Gaitines que nos roban
la vida. ¡Si quieren guerra, guerra!
Alguien propuso que se reuniesen los supervivientes de Boñices con la
gente de las aldeas cercanas, hombres y mujeres, viejos y chiquillería,
y armados todos con garrotes, o con escopeta el que la tuviese, se
lanzaran bramando por campos y caminos hasta llegar a Soria y a la
casa del Gobernador, y allí, con escándalo, tiros y estacazo limpio,
pidieran y recabaran el derecho a vivir. Don Venancio con autorizada
voz les dijo:
--Yo os acaudillaría; pero ¿qué puedo hacer con mi niña mayor
moribunda, la pequeña encanijadilla? De añadidura, tengo a Ramona
sin poder valerse de dolores de reúma. No puedo faltar de mi casa,
que es un hospital y un asilo de parientes de Ramona y míos, con
quienes reparto mi pobre techo y las sopas de ajo... cuando la Divina
Misericordia las envía.
Díjole doña María que para él eran las perdices que había traído, y al
darle el cura las gracias, las repitió más efusivas por otro reciente
obsequio de la Señora.
--Mucho le agradecí el zaque de vino blanco que me dejó esta noche al
pasar por la puerta de mi casa. Ya dije a Ramona que retendremos tan
solo la mitad del clarete, y la otra parte será para que participen de
él los que cenen aquí con Vuecencia esta noche.
Quedó Gil pasmado de que la Madre dejara de soslayo la bota de vino en
la casa rectoral sin que él lo advirtiese; y el trovador Crispulín de
Chaorna, así como el fúnebre Cernudas, se holgaron del anuncio de vino,
que en luengos días no habían catado. Don Alquiborontifosio comentó los
obsequios al cura con su habitual socarronería refranesca: _No hay casa
harta sino donde hay corona rapada_.
Cerrado este ameno paréntesis, los mozos gallardos, que habían venido
de cercanos caseríos, y los vecinos de Boñices, que en la puerta de
la cocina se asomaban disputándose un hueco para meter sus cabezas, y
los ancianos abatidos y las viejas regañonas, proclamaron de nuevo el
derecho a rebelarse contra los que se apropiaban los manantiales de
la existencia, no dejando ni una gota para los desvalidos... Como la
vehemencia de los manifestantes produjese en la cocina algún tumulto,
Fabiana hizo saber que despejaría el local si no se expresaban con
respeto y sin ruido. La Madre intervino en favor de ellos, diciendo que
a los que tanto sufrían podía permitirse algo más que la simple queja.
La vida hispana era un puro quejido, y los males continuaban inmóviles
en su eternal dureza, como las rocas que no se ablandan al paso de las
aguas sino cuando estas corren acariciando por siglos y siglos.
--No acariciéis --les dijo--; abandonad toda blandura; sed fuertes,
clamad, pedid...
--He vivido un siglo, gran Señora --dijo con acento cavernoso la vieja
Celedonia Recajo--, y desde que me salieron los dientes hasta que se
me fueron todos, he visto al pobre labrador nadando en la miseria.
Si labra tierras propias, rabia; si labra tierras ajenas, muere
embrutecido. El que no se vuelve loco, acaba como los animales. El
campo es siempre campo, asolación, esclavitud; abajo la tierra que
le dice: «lo que te doy no es para ti»; arriba el Cielo que le dice:
«no me mires: te mandaré agua... Pero lo que agua y tierra te den no
es para ti»... Si el campo es esto, la ciudad es lujo y bizarría...
¡Ay, qué estirados van los caballeretes, y qué majas las señoras! Lo
he visto en Soria, en Guadalajara, y lo vi en tres días que estuve en
Madrid cuando la traída de Espartero... ¡Labradores, revolucionarvos,
carandilogios!... Llorad y mamaréis. Mandrias, si yo hubiera nacido
hombre, en vez de nacer lo que soy, a esta hecha ya estaríais, como
aquel que dice, de la otra parte... Yo tengo el genio que ha visto
Boñices en tantos años... Testigos de mi genio fueron mis cuatro
maridos. ¿Sabéis lo que os digo? que vosotros hacéis a los que llaman
capitalistas, y que esos ricos de allende mandan a cualquier Gaitín
de aquende el dinero que les sobra, para que os lo dé a préstamo en
vuestras necesidades, y os cobra un duro de rédito por cada cinco.
¿Habrá judíos? ¿Sabéis lo que os digo? que cuando toméis dinero no lo
devolváis; quedaos con lo que es vuestro. Y cuando venga un tío ladrón
con el aquel de cobranza... cantazo limpio, y aquí tenemos a Cernudas,
que enterrará judíos mejor que entierra cristianos.
Alabaron todos con festejo y palmas el discurso, que bien podría
llamarse así, de la Recajo, y la Madre con afable reprensión le dijo:
--Modérate un poco, Celedonia, que no debemos ir tan a prisa en la
enmienda de los males que afligen al mundo. Contra la usura y la
avaricia ya dijeron los Santos Padres más de lo que pudiéramos decir tú
y yo. Recuerdo esta dura sentencia: «Los ricos avaros son ladrones que
asaltan los caminos públicos, despojan a los pasajeros, y convierten
sus casas en cavernas donde ocultan los tesoros de otros.» Si no
estoy equivocada, amigo don Venancio, el que esto dijo fue San Juan
Crisóstomo.
--Así es, Señora --replicó el cura--, y de San Basilio es este otro
varapalo a los ricachones: «Cuando damos con qué subsistir a los que
están en necesidad, no les damos lo que es nuestro; les damos lo que es
suyo.»
En esto don Alquiborontifosio, que en aquel ilustrado concurso, ya
convertido en club demagógico, no quería ser menos que los demás,
sabiendo más que todos, limpió el gaznate con ligera tosecilla; sacó
el pecho afuera, soltando los brazos a la libre gesticulación, y con
acento de apóstol más que de dómine, pronunció una corta homilía:
--Hijos míos, conciudadanos: no porque las diga yo, sino porque las
dijo San Agustín, grabad en vuestra mente estas verdades: «Cualquiera
que posea la tierra es infiel a la ley de Jesucristo...» Esperad un
poco y no metáis ruido. Sigo. Retened también estas otras de San
Ambrosio: «La tierra ha sido dada en común a todos los hombres.
Nadie puede llamarse propietario de lo que le queda después de haber
satisfecho sus necesidades naturales.»
--Más fuerte estuvo San Gregorio --afirmó el cura disparando este
cañonazo--: «Hombre codicioso, devuelve a tu hermano lo que le has
arrebatado injustamente.»
Y el sabio _don Quiboro_ prosiguió así:
--Amados convecinos, hermanos en el martirio de Boñices, oíd estotro
de San Gregorio Nacianceno: «El que pretenda hacerse dueño de todo,
poseerlo por entero, y excluir a sus semejantes de la tercera o de la
cuarta parte, no es un hermano, sino un tirano, un bárbaro cruel, o por
mejor decir, una bestia feroz.» ¿Qué tal? ¿Os vais enterando de que no
debéis pedir lo vuestro, sino tomarlo? Pues a ello, valientes. Si no
os convencieran los Santísimos Padres, acordaos de lo que decía la tía
Rocacha, de Barahona: «En la sopa del judío mete tu cuchara y di: _lo
tuyo es mío_.»
Llevaba camino el maestro de agotar su archivo de refranes; pero
viendo que las migas empezaban a pasar de la sartén a las bocas, cortó
discretamente su perorata, que si no lo hiciera, corría el peligro de
quedarse _asperges_, porque todos acudían al olor del pan frito con
chorizo, y a ello atendían más que a las divinas y profanas sentencias
sobre lo mío y lo tuyo. Las primicias de la cena fueron para doña
María, a quien Fabiana sirvió en plato aparte, dándole una cuchara de
peltre, que brillaba como de plata. A los demás se les repartieron
cucharas de palo, y cada cual, en ordenado ruedo, iba cogiendo lo
que su necesidad le pedía. Rezagado se quedó el maestro por dejarse
llevar de su flujo oratorio; pero con su autoridad y algunos codazos
cogió puesto y vez, siendo de los más activos en el mete y saca de la
cuchara.
Asombrábase grandemente Gil de que los constantes y repetidos tientos
de las cucharas veloces no mermaran el contenido de la sartén. Eran
muchos a comer, y sin cesar sucedían los entrantes famélicos a los que
satisfechos salían. Crispulín de Chaorna fue de los más diligentes
para colarse hasta tres veces en el ruedo. Su ceguera no le impedía
encontrar un hueco, ni meter el largo brazo entre apretujados cuerpos
y sacarlo trayéndose colmada la cuchara. Veía Gil que la sartén estuvo
llena mientras hubo manos que acudieran a ella, cual si lo que estas
retiraban lo sustituyese al instante una próvida mano invisible.
El reparto del vinillo blanco se hizo después con un orden relativo, en
vasos y tazas, que iban de boca en boca comunicando la dulce alegría
a viejos y muchachos. La Recajo, por el fuero de su longevidad, se
atizó dos tomas, absorbiéndolas con dos airosas empinadas del codo
esquelético. Quisieron Cernudas y _don Quiboro_ hacer lo mismo; mas
Fabiana les sometió a régimen de un solo cortadillo. El trovador de
Chaorna tuvo privilegio, por su ceguera, de vaso y medio, y otros se
quedaron en el medio solo, que era el justo régimen de templanza. Gil
bebió un vaso y la mitad del de la Madre (que solo por compromiso, y
por no desairar a la reunión, cató del precioso vino), y a poco de
apurarlo, sintió ganas intensas de dormir. Luchando con el sueño,
discurría vaga y confusamente de lo que había visto. Si el que la
sartén no se agotara del caudal de migas mientras hubo cucharas que
acudieran a ella fue sortilegio indudable, en el sueño que a él le
sobrecogió también se traslucía el arte de encantamiento. Así lo
pensaba viendo que todos se amodorraban, y oyendo los _baladros_ o
ronquidos de la vieja-vieja tendida en todo su largo delante del fogón.
Lo más peregrino fue que hallándose él traspuesto con su cabeza en el
regazo de la Madre, vino Fabiana y le llevó a un cuarto de la casa,
donde lucían dos candiles, y allí encontró su hatillo con la ropa que
había perdido en la fuga de Cíbico tras de su ingrata compañera la
ardilla. Celebró Gil el prodigioso hallazgo, que conceptuaba favor
especial de la bondadosa Madre. Y dormido volvió a sentirse junto a
ella... Y dormido decía: «Soñemos, alma, soñemos.»