IV

Cuéntase la rigurosa desdicha del caballero, seguida de sucesos

increíbles.

Pasados bastantes días, cercana ya la inauguración o apertura del

verano, cayó sobre el caballero Tarsis una fuerte desdicha que le puso

fuera de sí. La sacudida que agitó su alma le llevó del pesimismo a

la desesperación, y eran de oír sus voces iracundas, eran de ver sus

gestos de rabia, como de hombre que se pierde en un laberinto y no

sabe qué camino tomar para salir de él. Ello fue que cuando parecía

pan comido la boda del caballero con la chica de Mestanza, tan pelada

de carnes como guarnecida de riquezas, de pronto los padres de ella

volvieron de su acuerdo; vaciló por unos días la novia, fluctuando

entre la obediencia filial y un amor desabrido, hasta que al fin se le

notificó oficialmente al Marqués de Mudarra que no había nada de lo

dicho, y que podía llamar a otra puerta.

Indagado el motivo de tal infracción de la regla social, se puso en

claro que los padres de la niña cedieron al consejo y halago de otros

_Padres_, que así se llaman por serlo de las almas, y regidores de las

conciencias. En una grave conversación que tuvo Tarsis con su excelso

padrino Torralba de Sisones, confirmó este lo que públicamente sonaba.

--Desde que empezaron tus relaciones con esa que parece el espíritu

de la golosina --le dijo--, te advertí que procurases poner en tus

palabras el sentido más católico, y que no dejaras escapar en aquella

casa concepto ni apreciación, ni siquiera chiste, que dañe a la única

religión verdadera, o al culto, o a sus ministros. Sé que no me has

hecho caso; no has sabido refrenar el flujo de las frases irónicas y

punzantes para lucir tu ingenio. Bien merecido te está el desastre;

porque del otro lado... yo lo supe hace un mes y traté de estar al

quite... del otro lado los _Padres_ trabajaban contra ti y en favor

de un joven muy arrimado a ellos desde su tierna infancia. Pues ya

sabes que te ha desbancado Luisito Codes, no necesito decirte de dónde

ha venido tu desgracia, porque esos benditos _Padres_ protegen a los

chicos buenos, dóciles y observantes de la ley de Dios con celo y

maneras devotas. Natural es que miren por esa juventud recoleta, y que

traten de formar familias cristianas, ayuntando a los muchachos de

conducta ejemplar con las chicas bien dotadas. Es una labor social muy

meritoria que asegura la perfecta ortodoxia de la generación futura.

Respondió Tarsis a estas razones con el desprecio y burla de los de

Mestanza, de su dinero y de la niña descarnada y angulosa. Su amor

propio se rehizo al instante, y recompuso con excelentes reflexiones el

castillete de su dignidad. Pasados dos o tres días volvió el padrino a

la carga de sus consejos, encareciéndole que redujese a la mitad sus

gastos, rebajando en mayor proporción sus apetitos y goces desaforados,

y por fin de fiesta le dijo:

--Sujetándote a un plan de moralidad y economías, puedes esperar

tranquilamente la ocasión de otra jugada como la que has perdido.

Herederas ricas abundan. He tomado lenguas del género disponible, y

sé que en todas las clases sociales las encontrarás. De una me han

hablado que, a más de única y millonaria, es bonita de cara y cuerpo.

Pero temo que no te agrade por su extracción demasiado baja. Su abuelo

materno, a quien conocí mucho, tuvo la contrata de limpieza de pozos

negros, y luego explotó la industria de aprovechamiento de animales

muertos, en la cual ganó cuanto quiso. El padre de la chica vino de

Cuba, al terminar la guerra, con un capitalazo. ¿Cómo lo hizo? Acerca

de esto se cuentan horrores. De la señora, es decir, de la madre de

la rica heredera, se susurra si tuvo o no tuvo en la Habana elegantes

mancebías... Ahora tú verás. La muchacha es linda y discreta, si

bien un poquito achulada, y escribe sin la menor idea de lo que es

ortografía. Por si quieres conocer a esta familia, te advierto que este

verano irán a Biarritz a darse pisto.

No se entusiasmó aceleradamente el buen Tarsis con la extravagante

proposición del padrino; pero tampoco la echó en saco roto, pues su

idea fija era encontrar una mina que le proveyera profusamente de

cuanto necesitase para vivir en la elegante holganza de caballero

noble y pesimista. Dinero buscaba y quería, viniera de donde viniese.

La sociedad no es aquí tan escrupulosa que repudie la riqueza por la

ruindad o porquería pestilente de sus orígenes... Las tristezas de su

fracaso disimuló Tarsis en la vida de club, donde pasaba medio día y

media noche abrevando su espíritu en el chorro de las conversaciones

fútiles y perezosas. Se aburría variando la traza y colores de su

irisado ensueño. Los amigos ya conocidos y los hermanos Pinel, sus

directores políticos, constituían parte mínima de sus relaciones,

muchas de las cuales eran flor de casino, que en él crecían y en él

se cultivaban. De estos amigos, algunos eran peores que él; otros

le superaban, si no en ingenio, en el buen gobierno de su hacienda.

Los había riquísimos; los había que ociosamente y con toda elegancia

vegetaban en disimulada ruina.

Transcurrió el verano, que el caballero pasó en las estaciones de moda,

y ni en ellas ni en el dulce otoño de Madrid encontró el filón que

buscaba. Las niñas ricachonas se le escabullían de las manos cuando

hacía presa en ellas: la señorita de Porcuna, nieta del explotador de

pozos negros, prefirió a un capitán de Ingenieros, y otra, muy bella,

huérfana millonaria nacida en Bogotá y recriada en la Argentina, le

entretuvo por meses y le plantó al fin, prefiriendo a un desabrido

diplomático. Y de este fracaso hubo de quedar más llagado y dolorido

que de los otros, porque se prendó locamente de la bogotana, tan

adorable por su gallarda hermosura como por su fino, seductor talento.

Su nombre era _Cintia_, de dulce sabor pastoril y pagano, y le caía

tan bien, que habría desmerecido su gentileza si la llamaran Manuela o

Francisca. En las americanas se advierte cierta inclinación a paganizar

los nombres, cual si quisieran iniciar una graciosa escapada de las

sombrías esferas del cristianismo. Así lo pensaba Tarsis, en cuya mente

y corazón quedaron para siempre estampadas la imagen y asperezas de la

hermosa colombiana.

Y corriendo los días aumentaron de tal suerte los infortunios del

caballero, que llegó a tenerse por el más desdichado de los hombres.

Golpe tras golpe iba perdiendo el caudal heredado, y cada vez que le

visitaba el siniestro Bálsamo era para notificarle un nuevo desastre.

Supo el triste caso de tener que malvender una de las mejores fincas

rústicas de la casa para el pago perentorio de una deuda de juego,

y recoger o renovar parte de los pagarés usurarios. Viendo cómo se

deshacía su fundamento social, sin que ni en sí mismo ni en el mundo

exterior viera el remedio, el Marqués de Mudarra se fue abismando en

tristezas y murrias que afectaron a su propio carácter después de

influir en sus costumbres, en su elegancia y hasta en sus estilos

de vestir. Esquivaba la sociedad, dándose de baja en sus visitas y

relaciones, y a tal punto llegó en su requerimiento de la oscuridad,

que en la primavera de aquel año muchos de sus amigos creyeron que se

había condenado a emigración voluntaria o forzosa.

El Marqués de Torralba y Ramirito Núñez, como buenos cristianos, no

negaban al amigo la consolación de leales consejos; mas nunca le

llevaron el desenlace de ningún conflicto, ni el alivio de sus ahogos.

En tanto, pasaban meses sin que el gran Becerro entristeciera con su

esmirriada persona la casa del que fue opulento amigo. ¿Para qué había

de ir si estaba totalmente seco el manantial de los socorros? Por

referencias fidedignas supo Carlos que Augusto padecía grave mal de

miseria, y que recluido en su casa engañaba el hambre con las hartazgas

de erudición. Día y noche trabajaba sin levantar mano en un prolijo

estudio de la vida y sapiencia del famoso prócer don Enrique de Aragón,

Marqués de Villena, reputado en su tiempo por letrado, astrólogo

y alquimista, con ribetes de nigromante o brujo. Despertó esto la

curiosidad del caballero, a quien toda novedad distraía por momentos de

su aplanante hastío, y allá se fue.

Nunca había estado Tarsis en la morada de Becerro, calle de Don Pedro,

altísimo piso de una casa vieja y de grandes y desniveladas anchuras,

que fue palacio de aristocracia hoy fenecida, o aposentada en sitios

más gratos. Llamó el caballero; le franqueó la puerta una persona que

la oscuridad hizo invisible. Pisando baldosines rotos, que tecleaban

con ruidillos que más parecían de risa que de llanto, llegó Carlos a

la sala, toda libros, toda polvo, toda mugre, llena de cosas tuertas,

cojitrancas y bizcas. Los estantes se caían de un lado, los rimeros de

libros no tenían aplomo. Había desequilibrios inverosímiles, infolios

que se balanceaban sobre rollos de balduque, papeles de mil formas

acumulados sobre mesas perláticas, y sostenidos, para que no los

arrebatase el aire, por una mano de bronce o una pezuña de mármol.

Ventana torcida y balcón ancho, desiguales en tamaño y forma, como un

doble mirar oblicuo, daban paso a la claridad, verdosa del empaño de

los vidrios.

Aunque en aquella caverna papirácea de inclinado techo, no había

esqueleto ni lechuza, ni retortas sobre hornillo, ni lagartos rellenos

de paja, Tarsis creyó hallarse en la oficina de nigromante o alquimista

que nos dan a conocer las obras de entretenimiento y las comedias de

magia. En un costado de la estancia, tras una mesa que desaparecía

bajo la balumba de libros viejos y rancios papeles, emergía Becerro,

dejando ver tan solo medio cuerpo. Extremada era la delgadez exangüe

de su rostro. A su amigo miró con ojos espantados, tardando un rato en

reconocerle.

--Augusto --le dijo Tarsis cariñoso, poniéndole la mano en el hombro--,

no esperabas esta visita. Vengo a enterarme de tus trabajos, vengo a

charlar contigo, vengo a...

Después de breve pausa, el caballero puso unos duros sobre la mesa,

diciendo:

--Aunque ahora estoy muy mal, chico, siempre hay algo para ti.

--Gracias, _Asur_ --dijo el sabio sin tomar el dinero--. ¿Para qué

te has molestado? El oro, la plata y los billetes, han llegado a

serme indiferentes. Sabrás que ya no como... Todo es cuestión de

acostumbrarse, de hacerse a no comer. Es una educación como otra

cualquiera. Algún trabajo me ha costado adquirir este supremo hábito

del perpetuo ayuno, de la emancipación del alma... ¿Sabes ya que me

ocupo del Marqués de Villena, primer apóstol de las ciencias físicas

en España, y precursor de esa otra ciencia que nos enseña las leyes y

fenómenos del universo suprasensible?

Quedaron suspensos los dos amigos, mirándose uno a otro. Tarsis rompió

el silencio, diciendo:

--De ese Marqués de Villena se cuenta que era algo así como brujo,

hechicero.

A lo que respondió José Augusto que tales denominaciones aplicadas por

el vulgo son el reconocimiento que las almas inocentes hacen de las

verdades no comprendidas... Pero antes de meterse en tan laberíntico

terreno, Becerro dio conocimiento a su amigo de lo que ya tenía

escrito de su magna obra, a saber: la condición y alcurnia del de

Villena, su historia completa desde el nacimiento, su boda con doña

María de Albornoz, sus desavenencias matrimoniales, el repudio de doña

María, las locas ambiciones del prócer por obtener el maestrazgo de

Santiago, su saber de humanista, de astrólogo, de químico; su figura,

en fin, achaparrada, y su habla enfática y pedantesca... El amigo,

con tan hábil pintura, acabó por conocerle como si le hubiera visto y

tratado. Callaron de nuevo, y Tarsis, que anhelaba lo extraordinario

y maravilloso, único alivio de su agobiada voluntad y solaz de su

abatido entendimiento, llevó la conversación al terreno de las mágicas

artes, que a su parecer, opinando como el vulgo, están relacionadas con

la malicia y sutileza de Lucifer. Los hombres le estomagaban; anhelaba

trato y conocimiento con los demonios.

Por toda respuesta, el sabio mostró a Tarsis un montón de librotes y le

dijo:

--Aquí tengo los autores españoles y extranjeros que tratan de magia

y artes hechiceras, libros de tanta amenidad, que yo me los he leído

cuatro veces de cabo a rabo, y aún he de gozar por quinta vez de tan

entretenida y sabia lectura. Cógelos, apúralos hoja tras hoja, y

pasarás ratos, horas, días, semanas y meses deliciosos.

Agradeció Carlos el obsequio, y se abstuvo de meter sus ojos en aquel

zarzal. Con prodigiosa memoria y sin abrir los mamotretos, Becerro

le hizo cuento y noticia de ellos, a saber: Andrés Cesalpino, Jacobo

Sprengero, Juan Niderio, Abad Gunfridus, que escribieron en latín, y

don Sebastián de Covarrubias, definidor castellano del hechizo; el

Padre Martín del Río, y el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo, que

refiere los artilugios maléficos de los indios.

Lo que mayormente colmaba el asombro de Tarsis era que, hallándose

Becerro en absoluto ayuno, tuviese la lengua tan destrabada y el

cerebro tan listo para verbalizar las ideas. Hablaba como una

taravilla, con dicción clara y aliento fácil. Dudoso el caballero de la

efectividad de tal prodigio, le interrogó de nuevo.

--No sé ya lo que es comer --dijo Augusto con sequedad de palabra y

de intelecto--. Tan olvidado tengo el comer, que ya no sé cómo se

come. Serías feliz como yo lo soy, querido Carlos, si llegaras a este

perfecto estado, que trae, entre otros beneficios, el de la abolición

radical de la economía política y otras ciencias vanas inventadas por

los glotones.

--He olvidado preguntarte por tus hermanas --dijo el de Mudarra,

apurando su investigación--. ¿Dónde están esas nobles señoras?

--No podrás verlas, Carlos --replicó el sabio llevándose la mano a la

frente para quitarse unas telarañas--. Viven y mueren en su grande

elemento... No entiendes esto, ni lo entenderás mientras permanezcas en

el estado de comercio mundial, o sea de ignorancia.

Tales desvaríos despertaron más la curiosidad del visitante, que, sin

decir nada al amigo, emprendió una inspección ocular por toda la casa,

en busca de la explicación del misterio. Recorrió aposentos, rincones y

pasillos, hallando en unos enormes fajos polvorosos de papeles impresos

y manuscritos, en otros sillas y trebejos inútiles. En una estancia

con estructura de cocina, no vio carbones, ni ceniza, ni aun señales

de que se hubiera encendido lumbre en mucho tiempo; no vio pucheros

ni cacharros, ni más que fragmentos de loza, utensilios rotos. Como

sintiera el tembliqueo de los baldosines, indicio del paso de alguna

persona, se fue tras el sonidillo, creyendo encontrar a quien le había

franqueado la puerta; pero ni sombra ni rastro de persona vio por parte

alguna.

Después de vagar un buen rato volvió a encontrarse en la sala, donde

Becerro continuaba tal como le dejara, atento al papel en que escribía

con firme pulso y sin levantar mano. No se detuvo allí el curioso, que

ansiaba explorar la otra parte de la casa, y por una puertecilla que

cerca de la mesa del nigromante se abría, pasó a un gabinete mejor

apañado y dispuesto que lo demás de la vivienda. En él vio la cama sin

sábanas, doblados por la mitad los colchones. Algo de inveterado y

permanente en el doblez de los colchones revelaba que si el señor de

la casa no comía, tampoco dormía... Fijose Tarsis en dos cuadros y dos

tablas de escuela flamenca, representando escenas religiosas con fondo

de arquitectura y paisaje; y siguiendo su observación de izquierda a

derecha, dio con sus miradas en un hermoso espejo con negro marco...

Allí fue su estupor, allí su pasmo y sobrecogimiento.

Por un rato no dio el caballero crédito a sus ojos: se acercaba,

retrocedía. Mas el cristal, que era de una limpidez asombrosa, no

copiaba la imagen frente a él colocada. En vez de verse a sí mismo,

Tarsis vio en el cristal, como asomándose a él, la propia y exacta

imagen de la damita sud-americana, de quien estaba ciegamente

enamorado. Mirole ella gozosa y risueña, mostrándose en la faceta más

sugestiva y brillante de su hermosura, que era la dulce alegría. La

suspensión del ánimo no fue tal que el caballero dejara de romper el

silencio.

--Cintia --exclamó casi pegando su rostro al cristal, sin que por esta

proximidad se acercara también el de la linda bogotana--, Cintia, ¿eres

tú de verdad, o eres pintura, artificio de la luz en el vidrio, por

obra del discípulo de Lucifer que vive en esta casa?

--Soy yo, Carlos de Tarsis. ¿Verdad que es gracioso vernos aquí? Yo no

ceso de reírme...

--Sácame de esta horrible duda, Cintia. ¿Es esto una casa encantada?

--Encantada no. Yo estoy en mi casa. Acabo de levantarme.

--¿En tu casa de Madrid?

--No, tonto: estoy en París. Ayer compré este espejo en casa de un

anticuario. Hoy, verás... me dan ganas de mirarme en él, y... ¡qué

sorpresa, qué gracia, qué chiste tan modernista! Cuando creía ver mi

cara en el espejo, veo la tuya.

--Esto me aterra, Cintia.

--A mí no. ¿Sabes, Carlos, que aquí me encontré con unas amigas

argentinas muy simpáticas? No sabíamos qué hacer y nos hemos puesto

a estudiar eso que llaman ciencias ocultas. Es divertidísimo, puedes

creerlo. Tenemos una profesora que se llama _Madame de Circe_, y un

adjunto chiquitín, _Monsieur de Tiresias_, que adivina cuanto hay que

adivinar. Por las noches nos dan sesiones deliciosas en que oímos ruido

de platos por el techo, y roce de manos que pasan arrebatando los

objetos. Créelo: nos divertimos la mar.

--Mientras te oigo, hermosa Cintia --dijo Tarsis, abrumado de

tristeza--, pienso que me he muerto, y que estoy vagando en el inmenso

tedio de la inmortalidad, como astilla flotante en el océano.

--Vivir y morir todo viene a ser lo mismo --replicó Cintia, mostrando

la doble carrera de sus lindísimos dientes al desplegar los labios

en franca risa--. Ha sido para mí una suerte muy grande verte ahora,

cuando creía que ya no te vería más, Carlos. ¿Es esto milagro, es esto

hechicería? Sea lo que fuere, yo me alegro de poder decirte que no me

he casado.

--¡Cintia!

--Que no me he casado con el diplomático. ¿Cómo quieres que te lo diga?

Reñimos hace quince días por una simpleza... Un poco tarde, pero a

tiempo aún, vine a conocer que no le quería. Es un cuco, un egoísta

como todos... Vienen al olor de una rica dote...

--Cintia, tu riqueza te da derecho a despreciarnos. Quisiera que fueses

un poco menos severa conmigo.

--Sí que lo seré... pero ahora, caballero Tarsis, no puedo entretenerme

más... ¿Qué, qué ibas a decirme? He visto en tus labios una palabra que

se ha retirado antes de sonar.

--Iba a decirte que nunca te vi tan bella como ahora te veo.

--¡Qué tonto! Estaré horrorosa. ¡Hace un rato que salí del baño! Me

envolví en este ropón, y me acerqué al espejo para mirarme.

Aunque oprimía la vestimenta contra su busto para taparlo bien, aún

exageró el movimiento pudoroso hasta no dejar ver más que la cabeza. El

galán la contemplaba embelesado. La visión dijo:

--Me parece, caballero Tarsis, que ya es hora de que te deje en paz...

Retírate tú también por tu lado...

Se alejó sin volver la espalda, hasta quedar en término lejano; hizo

con la mano un gracioso saludo, y desapareció como luz extinguida por

un soplo.

V

Siguen los prodigiosos y disparatados fenómenos, hasta determinar lo

que es final y principio.

Abalanzose don Carlos de Tarsis al espejo, y puestos en él manos y

rostro, se aseguró de que era cristal y no un hueco por donde pudieran

verse estancias vecinas. Luego salió con paso y andar de borracho,

tropezando en los muebles y agarrándose a cuanto encontraba, hasta

llegar a la próxima sala, donde permanecía, como alma trasunta en

papeles, el erudito endemoniado; y viendo una silla frente a la mesa

en que aquel trabajaba, dejose caer en ella, soltando la voz a estas

angustiadas razones:

--Tu casa está encantada, o tú eres un demonio con figura de Augusto

Becerro.

Sin inmutarse, suspendiendo del papel la pluma, el embrujado amigo le

respondió:

--No aceleres tu juicio, ni apliques dicterios infernales a este

estado de felicidad perfecta. No interrumpas mis estudios, que ahora

estoy en las apreturas de demostrar que el Rey Sabio don Alfonso X

fue precursor de mi don Enrique de Villena, pues en su _Libro de los

juegos de ajedrez, dados et tablas_ dice que no se puede jugar bien

al ajedrez sin saber de astrología. Lo mismo siente y declara el

Maestre de Santiago en su _Libro de Aojamiento y Fascinología_, y ello

concuerda... Verás.

Dijo esto tomando del rimero de la izquierda un gordo y mugriento

librote, que abrió por un punto marcado.

--Verás: este es el famosísimo y fundamental libro de _Encantamentos_,

escrito por el propio Merlín en lengua bretona, y traducido al italiano

por _Messer Zorzí_...

--Déjame: tu erudición me produce horrible cefalalgia --dijo el prócer

haciendo almohada de sus brazos sobre la mesa para descansar en ella la

cabeza.

Impávido siguió el otro:

--Autores de más crédito, como el desconocido español que compuso

_El Baladro de Merlín_, sienten y aseguran que este no nació de

ayuntamiento del diablo con doncella bretona, sino que un ángel le

dio la existencia. No el trato con demonios, sino el estudio de la

astrología, le dio su saber profundo de cuanto se refiere al destino

del alma, y al estado de encantamiento y beatitud de las criaturas...

Te diré que _baladro_ es como decir _alarido_ o _voz espantosa_, porque

el gran Merlín, padre de la verdadera ciencia, fue encantado por su

mujer, digamos manceba, llamada Bibiana, la cual volvió contra él la

virtud o maleficio de un amuleto poderoso. De mujer no se podía esperar

cosa buena. Quedó Merlín preso para siempre en la espesura de un bosque

de Inglaterra, donde aún está, y cuanto se ha hecho para encontrarle ha

sido inútil. Desde la profundidad de su encantamiento lanza de vez en

cuando unos baladros o bramidos que se oyen a mil leguas a la redonda y

hacen temblar toda la tierra.

--Déjame, calla: eres un torbellino de disparates --murmuró el

descendiente de Japhet, hijo de Noé, agarrándose el cráneo como para

sujetar la razón que se le escapaba.

Sintió, al decir esto, un retemblido profundo como terremoto. El

sacudimiento del suelo se transmitió a libros y papeles, que por un

instante se movieron y saltaron. Oyó luego cerca de sí un retintín

metálico. Eran los duros que había dejado sobre la mesa, y que

iniciaron un ligero movimiento de baile. Al caballero le pesaba la

cabeza como si fuese de plomo. Con vigoroso esfuerzo se levantó

gritando:

--Dime por dónde salgo de esta cueva... ¿Dónde está la salida? Ábrete,

laberinto...

Dio algunas vueltas por la estancia palpando el aire, y no pudiendo con

su propio cuerpo, que requería la horizontal, fue a caer en una especie

de banco acolchonado, diván o canapé, situado entre ventana y balcón.

Allí quedó tendido, tieso y sin conocimiento; y aunque el pelote del

relleno era duro y desigual, el noble marqués no se movió en largas

horas.

En el tiempo que estuvo exánime, _Asur, hijo del Victorioso_ fue a su

casa y volvió de ella, lo cual no quiere decir que se moviera, sino

que el espíritu, arrastrando a la que llaman vil materia, o tal vez

solo, voló a su vivienda lejana, que era en lo alto del barrio de

Salamanca. Desflorando calles, se aproximó a la suya, y a medida que se

acercaba, una fuerza irresistible le cortaba la andadura, llamándole

hacia atrás para que obedeciese a su voluntad, esclava y presa en la

encantada mansión del sabio. A pesar de los tirones que hacia atrás le

daban manos invisibles, Tarsis tuvo la sensación de entrar en su casa,

que era grande y hermosa, bien dispuesta para morada de un rico. Con

excepción de algunos cuadros y bronces de gran valor, que había tenido

que vender, conservaba el rico ajuar que fue de sus padres. Llegó el

hombre a su dormitorio, y después de contemplar con amoroso embeleso el

retrato de Cintia que en marco de hierro nielado allí tenía, se acostó,

quedándose profundamente dormido sin soñar cosa alguna, como no fuera

una ligera visión de Bibiana, la querindanga de Merlín... Al despertar

se vio en el camastro o divanastro de la morada becerril, y el dolor

de sus huesos le dijo que había estado largo tiempo sobre aquellos

pelotes duros, y en el suplicio de los gastados muelles, que al menor

movimiento gemían, clavándose en las carnes.

Don Carlos dejó allí día y encontró noche, que le pareció muy avanzada.

La caverna papirácea, sin otra luz que la de una bombilla eléctrica

colgante sobre la mesa en que trabajaba el hechicero, era más triste de

noche que de tarde. Dijérase que los innumerables libracos que por el

día trataban de cosas divertidas y amenas, por la noche llenaban sus

páginas de sucesos fúnebres y trágicos. Tarsis dio suelta a sus ideas

para que libre y perezosamente se extendiesen con vuelo bajo, posándose

donde quisieran, y este abandono de la disciplina mental le llevó a un

dulce estado de inconsciencia melancólica.

Miró el buen señor su reloj y lo encontró parado. Al poco rato, sin

saber la hora, sintió el tin-tin de los ladrillos mal sentados o rotos.

Alguien andaba por los adentros de la casa; el ruidillo aumentaba;

no eran una ni dos personas las que acusaron su presencia con el leve

pisar en los baldosines musicantes... el tin-tin se acercaba, y por fin

entró en la sala. El caballero apreció el paso de seres invisibles,

como si entraran por la puerta de un lado y salieran por la del

otro. Alguno pasó muy cerca de él, casi rozando con el diván. Por un

momento pudo creer Tarsis que el ser aéreo se sentaba a su lado... Con

movimiento instintivo, con calofrío y temor, se incorporó.

Mediano rato duraron las carreras de una parte a otra de la casa, y

durante este inocente juego no visto, notó el caballero que algunos

libros y papeles saltaron de las mesas, y fueron a caer en mitad de

la estancia. Siguió ruido de palmoteo que andaba por el aire cerca

del techo. El ruido pasó a un aposento que no debía de estar lejano,

y con el cual no se veía comunicación abierta; y de allí, confundido

con las palmadas, vino repiqueteo de crótalos. Estos sonaban apagados

y sin vibración, como si el choque de la madera se ablandara en

manos de trapo. El ritmo era extraño, absurdo. Tarsis no le encontró

adaptación a ninguna danza conocida. Y al son de los crótalos con

sordina y de manos algodonadas, trepidaba todo el suelo de la casa.

Becerro proseguía inmóvil, como un santo doctor de los que están en los

altares, la pluma en la mano, los ojos fijos en un infolio abierto por

la mitad.

Contemplando la embalsamada figura de su amigo, el Marqués de Mudarra

trató de confortarse, requiriendo la normalidad. Pensaba que todo aquel

aparato ultrasensible, la visión de Cintia y el ruido de bailoteo

de espíritus, podía ser una farsa, obra de la física recreativa, o

de algún maestro en ilusionismo y prestidigitación. Afirmándose en

esta idea, se levantó con ánimo de dar un papirotazo en la cabeza del

fingido hechicero; pero apenas puso los pies en el suelo, estalló en

los aires un trueno formidable, y casi al mismo tiempo, con diferencia

de segundos, otro más rimbombante en lo hondo de la tierra, y la casa

se abrió y desbarató cual si fuera de bizcocho. Desapareció el techo,

dejando ver un cielo estrellado; las paredes se abrieron, los libros

transformáronse en árboles, y don José Augusto saltó de su asiento por

encima de la mesa, convertido en un perrillo cabezudo y rabilargo.

Hallose Tarsis en un suelo de césped, rodeado de robustas encinas,

sin rastro de casas ni edificación alguna. De la sorpresa y susto por

tan maravilloso cambio de escena, trató de recobrarse el caballero

diciendo: «Sigue la farsa. Ahora tenemos una mutación de teatro hecha

por habilísimos maquinistas y escenógrafos.»

No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de

muchachas, lo menos cincuenta, guapísimas, vestidas tan a la ligera,

que no llevaban más que un fresco avío de lampazos, con que cubrían lo

que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra. Piernas

y brazos trazaban en el aire, con ritmo alegre, airosas curvas y

piruetas. Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles,

los rostros hermosísimos y atezados. Traza tenían de mujeronas de raza

y edad primitivas, heroicas. Su aventajada talla y la solidez de su

estructura muscular no consentían imitación por medios teatrales. Ni

con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la

escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el

concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso... Las ninfas

hombrunas rompieron a coro en un grito salvaje, _ijujú_, que retumbó en

los senos de la selva. Y conforme gritaban se partieron en dos alas,

dejando en medio un ancho camino para que por él pasara, con porte de

reina, una esbelta matrona que salió de la espesura de las encinas.

Tarsis quedó embelesado, y no se hartaba de mirar y admirar la excelsa

figura, que por su andar majestuoso, su nobilísimo ademán, su luengo y

severo traje oscuro, sin ningún arrequive, más parecía diosa que mujer.

Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez

lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó

Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora, no le

eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad

de Madrid? Tal vez. No pudo darse cuenta de nada más, y la idea de que

la dama veraneaba en aquellos selváticos parajes, cruzó por su mente

como un relámpago... ¿Y quién demonios eran las danzantes morenas

de libres piernas y arqueados brazos? El buen Tarsis no tenía idea

de la naturaleza y origen de estas raras visiones. Nunca vio en la

realidad figuras de tan robusta belleza. Estatuaria de carne y hueso

como aquella, no se usaba ya en la humanidad. Cuando esto pensaba, dos

o más de las mujeronas o dríadas fornidas se apoderaron del pobre

caballero, cogiéndole de una y otra mano, y zarandeándole le llevaron

consigo, cantando, entre risas y en lengua de él no comprendida, himnos

alegres. En esto, Tarsis vio de espaldas a la matrona, que seguía con

grave lentitud su camino. Tras ella iba Becerro, convertido, no ya en

perrillo, sino en perrazo de tan lucida talla, que mirándolo bien se

advertía que era león de tomo y lomo, un poco anciano ya y algo raído

de melena, dando a entender su larga domesticidad... Miró al amigo y

agitó su tiesa cola con bizarra señal de simpatía.

Sudoroso y sofocado seguía el prócer a las mujeres, que en fuerza y

agilidad le superaban más de lo que él quisiera. Poniéndoles cara

risueña y tratando de acomodar su flojedad pulmonar al incansable vigor

de ellas, les dijo:

--Ninfas, zagalas, señoritas, amazonas, o lo que sean, ¿tendrán la

bondad de decirme si estoy encantado?

Y ellas le contestaron con vocerío de júbilo y burlas, y con el sonoro

_ijujú_, que lo decía todo... Siguieron, y como él se rindiera,

lleváronle largo trecho en volandas, a retaguardia de la fantástica

procesión... Al llegar a una meseta despejada de arboleda alta, donde

se deprimía bruscamente el suelo por la izquierda, arrancando en

ladera que hacia profundos barrancos descendía, las juguetonas ninfas

hombrunas se divirtieron zarandeando a don Carlos de Tarsis, entre

gozosos _ijujúes_ y _ajijíes_, y después de balancearle como a un

pelele, le lanzaron con ímpetu por la pendiente abajo.

¡Ay, caballero de mi alma, qué será de ti en ese rodar hacia la

desconocida hondura! Válgante tus buenas obras para salvarte, que

algunas ha de haber entre tus innúmeros pecados; favorézcate Dios con

que no caigas sobre peñascales duros, sino sobre retamas tiernas o

tomillos olorosos, o disponga que en sus brazos te reciba una grácil

hada de blanco y blando seno.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 5 / 34 题