mares hacia las orillas del Salmidero, el dios Ares, desde el fondo
de su templo, elevado por los tracios, vio el deplorable infortunio
de los dos hijos de Fineo, cuando aquella mujer cruel, pinchando sus
ojos con manos sangrientas armadas de husos punzantes los arrancó de
aquellas cuencas que clamaban venganza. Desgraciados y devorados por
la pena, lloraban la funesta suerte de su madre y su funesto himeneo
en que fueron engendrados. Y sin embargo de que su linaje se remontaba
a los antiguos Erectridas, y como hija de Boreas y descendiente de
dioses, había crecido en lejanas grutas entre las tempestades que su
padre conmueve, e igualaba en velocidad el correr de los caballos sin
resbalar sobre la helada superficie, el poder de las ancianas Parcas
llegó también hasta ella, hija.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
TIRESIAS, CREÓN, EL CORO
TIRESIAS
Jefes de los tebanos, vengo aquí guiado por otros ojos que los míos,
pues un ciego no puede andar sino con su conductor.
CREÓN
¡Respetable anciano, oh Tiresias! ¿Qué hay de nuevo?
TIRESIAS
Lo vais a saber, pero obedeced al adivino.
CREÓN
No me he apartado nunca de vuestros consejos.
TIRESIAS
Por eso conducís con mano feliz el timón de esta ciudad.
CREÓN
Las ventajas que he obtenido lo atestiguan.
TIRESIAS
Pensad ahora que estáis en el sendero más resbaladizo de la fortuna.
CREÓN
¿Qué sucede? Vuestras palabras me hacen temblar.
TIRESIAS
Lo sabréis cuando hayáis oído los indicios que mi arte me ha
proporcionado. Retirado en el antiguo asilo donde acostumbro a observar
el vuelo de multitud de aves que allí se congregan, he oído a algunas
que, con furor, lanzaban gritos salvajes que yo no conocía, y que
con sus garras ensangrentadas se destrozaban unas a otras (yo lo he
advertido fácilmente por el ruido espantoso de sus alas). Lleno de
temor, he querido examinar las víctimas que estaban sobre el fuego de
los altares; pero la llama no brillaba ya: las carnes, punto menos
que reducidas a cenizas, estaban cubiertas de una especie de moho
que humeaba y burbujeaba a intervalos; las partes superiores de las
entrañas estaban esparcidas, y los muslos de las víctimas se hallaban
separados de la grasa que los envolvía. He aquí los presagios funestos
que este niño me ha comunicado para los misterios de mi arte; pues este
niño me guía como yo guío a los demás; y he aquí lo que yo añado. La
detención que habéis llevado a cabo ha puesto la ciudad en peligro. Los
altares, los fuegos sagrados están llenos de las carnes ensangrentadas
del desgraciado hijo de Edipo, que las aves y los perros llevan allí
de todas partes. Los dioses no reciben ya ni nuestras plegarias, ni
nuestro incienso, ni el humo de nuestros sacrificios. Las aves, hartas
de sangre humana, no dejan oir sino gritos funestos. Pensadlo, hijo
mío, el error es común a todos los mortales; pero cuando un hombre se
engaña, es sabio, es feliz si remedia el mal que le ha sorprendido y si
no permanece inconmovible. La presunción nos condena a la ignorancia.
Cesad, pues, de perseguir a un muerto, no hiráis a quien ya no existe.
¿Qué valor hay en triunfar de un cadáver? Mi corazón no quiere más que
vuestro bien, y mi boca os lo muestra: cuando los consejos nos son
útiles es grato el escucharlos.
CREÓN
Anciano, no cesáis, ni vos ni vuestros semejantes, de lanzar vuestros
dardos contra mí; no es nuevo que me vendáis y traicionéis; pero aunque
la codicia os procurase todo el oro de la India y las riquezas de los
sardos, no conseguiréis nunca inhumar a Polinicio, aunque las águilas
de Zeus fueran hasta su trono a llevar los pedazos sangrientos de su
cadáver; el temer tal mancilla no podría obligarme a dejarlo inhumar.
Bien sé que no está en el poder de los mortales mancillar a los dioses.
Anciano, los hombres más hábiles se exponen a fracasos vergonzosos
cuando el cebo de la ganancia les inspira vergonzosas palabras.
TIRESIAS
¡A quién le es posible concebir...!
CREÓN
¿Qué? ¿Qué anuncia aún ese exordio?
TIRESIAS
¡Cuán por encima la prudencia está de las riquezas!
CREÓN
Tanto más, a mi juicio, cuanto que la imprudencia es el mayor de los
males.
TIRESIAS
Y ese es el mal de que estáis ahora atacado.
CREÓN
No quiero devolver a un adivino injurias por injurias.
TIRESIAS
Sois vos quien me ultrajáis, acusando mis predicciones de falsedad.
CREÓN
El amor al oro domina en la raza de los adivinos.
TIRESIAS
Y el amor a los provechos vergonzosos en la de los tiranos.
CREÓN
¿Sabéis con quien habláis?
TIRESIAS
Lo sé, pues a mí me debéis el trono y la salvación de la ciudad.
CREÓN
Poseéis las luces de un hábil adivino; pero os complacéis en la
injusticia.
TIRESIAS
Me forzaréis a descubrir lo que mi corazón quisiera ocultar.
CREÓN
Descubridlo, pero que el interés no os haga hablar.
TIRESIAS
¿Os parezco, pues, muy interesado?
CREÓN
Sabed que no me engañaréis.
TIRESIAS
Sabed, a vuestra vez, que antes que el carro del sol haya recorrido
muchas veces su carrera, un fruto de vuestra sangre compensará con su
muerte el destino de la que encerráis viva, indignamente, en una tumba,
y del que, habiendo muerto, retenéis al dios de los muertos privándole
de la sepultura y de los funerales. Es un poder que usurpáis y que
ni los dioses del cielo tienen; y para castigaros, las furias de los
infiernos y los dioses, esos vengadores a quienes ningún crimen escapa,
se aperciben a sorprenderos y os destinan una suerte parecida. Ved
ahora si la venalidad ha dictado mi lenguaje. Dentro de poco hombres
y mujeres harán resonar aquí sus lamentos. En todas partes donde los
huéspedes de los bosques, los perros y las aves hayan llevado los
trozos inmundos del cuerpo de Polinicio; en todas partes donde los
altares hayan sido mancillados por este olor impuro, las ciudades,
tornadas vuestras enemigas, se sublevarán contra vos. Ved (ya que me
habéis forzado a ello), ved si, como un arquero hábil, he sabido
enderezar todos mis dardos al fondo de vuestro corazón; no podréis
evitar que os hieran. Niño, guía mis pasos. Que aprenda en adelante a
hacer objeto de su cólera a gente más joven, a regular su espíritu y a
moderar su lengua.
ESCENA II
EL CORO, CREÓN
EL CORO
¡Ah, príncipe, qué horribles predicciones ha dejado flotando aquí
al irse! Durante el curso de los años que han cambiado el color de
nuestros cabellos, hemos reconocido por demás la verdad de los oráculos.
CREÓN
Y yo también la reconozco; siento mi alma turbada. Es horrible para
mí ceder, y sin embargo, si le resisto, corro el riesgo de ver
incesantemente mi corazón herido por el infortunio.
EL CORO
Consultad la prudencia, hijo de Meneceo.
CREÓN
¿Qué hay que hacer? Hablad, obedeceré.
EL CORO
Id, sacad a la princesa de su prisión subterránea y haced levantar una
tumba a Polinicio.
CREÓN
¿Son esos los consejos que me dais y las complacencias que he de tener?
EL CORO
No perdáis un momento; la venganza de los dioses viene con paso ligero
a desplomarse sobre los culpables.
CREÓN
¡Con qué trabajo me determino, cuánto me cuesta renunciar a mi primera
resolución! Pero hay que ceder a la necesidad.
EL CORO
Id, pues, y no encarguéis de ese cuidado a otro que vos mismo.
CREÓN
Corro. Esclavos, presentes o ausentes, volad, hacha en mano, hacia la
caverna designada; yo hice echar allí a Antígona, yo quiero sacarla.
Nuevos sentimientos me animan. Temo que haya peligro en cambiar las
leyes establecidas. (_Sale._)
EL CORO
¡Oh tú, a quien se adora bajo diferentes nombres, tú, gloria y honor
de la hija de Cadmo, hijo del trueno, tú, que te complaces en los
campos de la fértil Italia; tú, que, en los brazos de Ceres, te dignas
proteger la ciudad de Eleusis, abierta a todos los mortales, Dionisos;
tú, que habitas la metrópoli de las bacantes, la ciudad de Tebas,
edificada en las orillas del Ismeno, donde fueron sembrados los dientes
de un dragón cruel; tú, que miras el espeso humo de los sacrificios
que se eleva sobre la montaña de dos cimas, de donde se derraman las
aguas de Castalia y que las ninfas de Coricia, las bacantes gustan
de recorrer; tú, que de las montañas de Nisa, de la que la hiedra
corona los lugares más escarpados y donde las pendientes suaves están
cubiertas de verdes viñas, vienes a visitar los muros de Tebas al
ruido de los himnos inmortales que se cantan en tu honor! Tú amas a
esta ciudad entre todas las otras; y tu madre, víctima del rayo, no la
amaba menos. Hoy que un peligro inminente amenaza a esta ciudad, ven,
franquea en nuestro socorro las laderas del Parnaso o cruza el estrecho
donde gimen las olas.
Tú, que presides el coro de los astros fulgurantes y la armonía de los
himnos nocturnos, hijo de Zeus, ven a ofrecerte a nuestros ojos con las
hijas de Naxos, las tíadas que marchan tras de ti y que, en su divino
furor, danzan durante el curso de la noche en honor de su soberano.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
UN MENSAJERO, EL CORO
EL MENSAJERO
Conciudadanos de Cadmo, habitantes de los muros de Amphyon, no hay
para los mortales ningún estado en la vida que yo quisiera envidiar o
lamentar; la fortuna, sucesivamente, derriba al hombre feliz y levanta
al infortunado. Estos acontecimientos están por cima de la ciencia
de los adivinos. ¡Cuán digno de envidia se me figuraba Creón! Había
salvado la tierra de Cadmo; había heredado el gobierno supremo de toda
la comarca; gozaba de su poder y de la gloria de tener hijos generosos.
Ahora todo ha desaparecido, pues cuando la alegría abandona a los
mortales, su vida no es ya nada a mis ojos, sólo son ya cadáveres
animados. Creón, si queréis, posee en su palacio inmensas riquezas,
puede vivir revestido de todo el fausto de su rango; pero si, en medio
de todos esos bienes, la felicidad se le escapa, yo no daría una sombra
de humo por tantas ventajas sin gusto.
EL CORO
¿Qué desgracia ocurrida a nuestros amos venís a anunciarnos?
EL MENSAJERO
Han muerto, y los que aún viven han causado su pérdida.
EL CORO
¿Quién ha herido? ¿Quién ha muerto? Explicaos.
EL MENSAJERO
Hemón ya no existe: ha muerto por su mano.
EL CORO
¿Por la suya o por la de su padre?
EL MENSAJERO
Por la suya propia, arrebatado de furor contra su padre por la muerte
de Antígona.
EL CORO
¡Oh Tiresias, qué bien habéis profetizado!
EL MENSAJERO
En una desgracia tan grande, pensemos al menos en prever lo demás.
EL CORO
He ahí a la esposa de Creón, la desgraciada Eurídice, a quien el acaso
conduce o que sale de su palacio enterada de la muerte de su hijo.
ESCENA II
EURÍDICE, EL MENSAJERO, EL CORO
EURÍDICE
Ciudadanos, he oído vuestra voz en el momento en que yo salía para
ir a orar al templo de Palas; al abrir la puerta, el rumor de alguna
desgracia doméstica ha venido a herir mi oído; el temor me ha
sobrecogido y he caído casi desvanecida en brazos de mis mujeres.
¿Qué decís? Repetídmelo. He sufrido ya males para tener la fuerza de
escucharos.
EL MENSAJERO
Mi querida ama, os diré lo que he presenciado, no disfrazaré la verdad.
¿De qué me serviría suavizarla? Pronto sería cogido en mentira; la
verdad no perece nunca. Había yo seguido los pasos del rey hasta en
medio del campo donde estaba aún el cadáver infortunado de Polinicio,
que los perros devoraban. Dirigimos nuestras plegarias a Perséfone
y a Hades; les pedimos que calmasen su iracundia; derramamos sobre
Polinicio las aguas lustrales; reunimos sus lamentables restos sobre
ramas recién cortadas y nos servimos de la misma tierra del campo para
levantarle una tumba piramidal; luego nos dirigimos hacia la roca donde
la princesa ha hallado el tálamo que había de unirla a la muerte. De
pronto, en el fondo de aquella tumba privada de obsequios, uno de
nosotros oye resonar dolorosos gemidos; se lo participa al rey, que,
acercándose más, no tardó él mismo en distinguir aquellos acentos
quejumbrosos sin conocer la causa. Sin embargo, lanzando un grito
lamentable: «¡Ay de mí --dijo--, mis presentimientos serían verdaderos!
¿Me llevarán mis pasos a la mayor de las desgracias? La voz de mi hijo
ha resonado en mi oído. Esclavos, corred, volad a la tumba de Antígona;
acercaos a la piedra que la cierra; penetrad en la abertura que forma
la entrada; decidme si es la voz de mi hijo, o si algún dios me ha
engañado.» Ejecutamos las órdenes de nuestro amo enloquecido; vimos a
Antígona colgada de la bóveda del subterráneo; su cinturón era el nudo
que había corrido en torno de su cuello. Hemón la oprimía en sus brazos
por la cintura, deplorando la pérdida de sus amores, la crueldad de su
padre y el destino de su amante. Creón, ante tal espectáculo, avanza,
y lanzando gritos, gemidos horribles: «Hijo mío, ¿qué hacéis? ¿Dejáis
extraviarse vuestro espíritu? ¿A qué desesperación os entregáis?
Salid, hijo mío, salid, os lo suplico yo.» Pero Hemón, lanzándole una
mirada fiera y llena de horror, sin responder nada saca su espada
de dos filos. Creón huye y esquiva sus golpes. Volviendo luego su
cólera contra sí propio, el infortunado hunde su espada en su seno,
y, conservando todavía su amor, estrecha a Antígona entre sus brazos
moribundos, lanza los últimos suspiros y enrojece con su sangre, que
sale con sus sollozos, las mejillas lívidas de su amante. Así, estos
dos esposos, reunidos en la morada de los muertos, están acostados uno
junto a otro, para enseñar a los humanos que la imprudencia es el más
funesto de todos los males.
ESCENA III
EL MENSAJERO, EL CORO
EL CORO
¡Cielos! ¿Qué debemos pensar? La reina ha desaparecido sin que palabra
alguna salga de su boca.
EL MENSAJERO
Mi asombro es igual al vuestro. Me inclino a creer que habiendo oído
la desgracia de su hijo, temerá dejar estallar sus lamentos a los ojos
de los tebanos, y que habrá ido con su dolor al palacio, para poder
abandonarse a él en medio de sus mujeres. Conoce demasiado la prudencia
para hacer nada que...
EL CORO
No sabemos; un excesivo silencio se nos antoja temible. Los gritos
inmoderados no tienen enojosos efectos.
EL MENSAJERO
Pronto veremos, entrando en el palacio, si su corazón medita en secreto
algo funesto. Un silencio sobrado profundo debe alarmar.
ESCENA IV
EL CORO
Ved al rey, que avanza llevando en sus manos, si tal puede decirse, un
monumento, no de las faltas ajenas, sino de las suyas propias.
ESCENA V
EL CORO, CREÓN
CREÓN
¡Oh por demás crueles y por demás funestos extravíos de mi espíritu
culpable! ¡Ved, tebanos, entre los de la misma sangre, el asesino y la
víctima! ¡Oh deplorable prisión, oh hijo mío, hijo mío! En la primavera
de tu vida has perecido de una muerte prematura, no por tu imprudencia,
sino por la mía.
EL CORO
¡La justicia se ha mostrado bien tarde a vuestros ojos!
CREÓN
¡La conozco al fin por mis desgracias! Armado de una maza terrible, un
dios ha golpeado mi cabeza, me ha precipitado en abismos espantosos, y
de un puntapié ha derribado el edificio de mi dicha. ¡Cuántos, cuántos
tormentos reservados a los mortales!
ESCENA VI
LOS PRECEDENTES, UN ESCLAVO
EL ESCLAVO
¡Amo mío, además de las desgracias que habéis sufrido, que tenéis ante
los ojos, que lleváis con vos, os queda todavía algo muy doloroso que
encontrar en vuestra casa!
CREÓN
¿Qué males pueden añadirse al horror de los que sufro?
EL ESCLAVO
La madre del hijo que lloráis, la reina, ha muerto; madre infortunada,
expira herida por un golpe mortal.
CREÓN
Insaciable abismo de Hades, ¿por qué quieres consumar mi pérdida? Y tú,
que vienes a traerme tan funestas nuevas, ¿qué has dicho?
EL CORO
¡Desgraciado! Vienes a hacer morir de nuevo a un muerto.
CREÓN
¿Qué dices? ¿Qué acontecimientos vienes a noticiarme? ¡La muerte de mi
mujer después de la de mi hijo!
EL ESCLAVO
Podéis juzgar por vuestros ojos. La reina no había aún llegado al
interior del palacio.
CREÓN
¡He ahí un nuevo objeto de dolor! ¿A qué destino, oh dioses, estoy
llamado aún? ¡Desgraciado! Tengo en mis brazos a mi hijo, que acaba
de expirar; tengo ante mis ojos el cuerpo ensangrentado de mi esposa.
¡Madre infortunada, hijo mío!
EL ESCLAVO
Ha comenzado por deplorar la muerte ilustre y prematura de su primer
hijo y el destino de Hemón; luego ha prorrumpido en imprecaciones
contra vos, a quien consideraba como el asesino de su hijo, e
hiriéndose con un hierro agudo, ha caído a los pies del altar, cerrando
los ojos a la luz.
CREÓN
¡Cielos! ¡Oh dioses! ¡Mi alma está confundida de horror! ¡Y que no me
hundan una espada en el seno! ¡Infortunado, he caído en un abismo de
calamidades!
EL ESCLAVO
Os miraba al morir como único autor de tantos males.
CREÓN
¿Pero de qué manera ha acabado sus días?
EL ESCLAVO
Hiriéndose a sí misma en cuanto ha sabido el deplorable destino de su
hijo.
CREÓN
Sólo yo entre los mortales, sólo yo la causa de tantas desgracias.
¡Infortunado, yo te he dado la muerte! Esclavos, apartadme de estos
lugares, llevadme cuanto antes como si no viviera ya, como si no fuera
ya nada.
EL CORO
Lo que pedís es una ventaja para vos, si la hay en los males. Para
abreviar los que se tienen a la vista, el mejor partido es huir de
ellos.
CREÓN
Que aparezca, que venga, pues, el momento deseado que ha de rematar mi
existencia; que venga, que no vea yo más la luz del día.
EL ESCLAVO
Tales votos son para el porvenir; mas para el presente, ¿qué hay que
hacer? A los que atañe ese cuidado les toca ocuparse de él.
CREÓN
Sólo pido la muerte, no deseo otra cosa.
EL ESCLAVO
Cesad de desear; no es dado a los mortales evitar el infortunio que les
reserva el destino.
CREÓN
¡Llevadme, llevaos a este insensato que, a su pesar, te ha hecho
perecer, hijo mío, lo mismo que a vos, cara esposa! ¡Infortunado! No sé
ya dónde dirigir mis ojos y mis pasos: todo ha huído de mis manos; y
una desgracia superior a mis fuerzas se ha desplomado sobre mi cabeza.
ESCENA VII
EL CORO
¡Cuán preferible es la prudencia a la fortuna! Hay que guardarse
de ofender a los dioses. La escandalosa vanidad de los hombres
presuntuosos les atrae con frecuencia crueles suplicios que les enseñan
demasiado tarde a conocer la prudencia.
FIN DE ANTÍGONA
ÍNDICE
EDIPO REY Págs.
Acto I. 7
Acto II. 17
Acto III. 31
Acto IV. 51
Acto V. 71
EDIPO EN COLONA
Acto I. 87
Acto II. 117
Acto III. 127
Acto IV. 145
Acto V. 165
ANTÍGONA
Acto I. 179
Acto II. 195
Acto III. 211
Acto IV. 225
Acto V. 233
End of Project Gutenberg's Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona, by Sófocles