ENRIQUE EL NAVEGANTE.]

Entrando ya en el estudio de los descubrimientos geográficos, colocamos

a la cabeza de los grandes viajeros al infante D. Enrique, llamado el

_Navegante_, quinto hijo del rey Juan I de Portugal (nació el 4 de

marzo de 1394). Habremos de comenzar recordando que Portugal, pobre

rincón de tierra separado de España, si sufrió en el siglo VIII, como

toda la Península Ibérica, la dominación musulmana, pronto logró

expulsar a los moros del territorio lusitano, penetrando luego en

Marruecos y extendiendo su poder en aquellas tierras. Cerca de medio

siglo llevaba el reino de Portugal buscando ocasión de extenderse

allende los mares. A la sazón el representante del espíritu aventurero

de la época fué, sin duda alguna, el citado infante D. Enrique.

Todavía muy joven se dió a conocer por su espíritu belicoso. Juan

I de Portugal arrebató a los sultanes marinitas de Marruecos--año

de 1415--la ciudad de Ceuta, en la costa meridional del Estrecho de

Gibraltar, siguiéndose a dicha conquista la de Tánger, Tetuán y otras

plazas vecinas del Estrecho. En un combate sangriento contra los

moros de la citada Ceuta, el infante D. Enrique ganó las espuelas de

caballero. Cuéntase que tanto se distinguió en la acción, que Martín

V, Segismundo de Alemania y otros soberanos le hicieron proposiciones

para confiarle el mando de sus ejércitos. El Papa deseaba enviarle

contra los turcos y el Emperador en el Concilio de Constanza hizo sus

proposiciones al embajador de Portugal, quien debía trasladarlas al

valeroso infante. No hizo caso D. Enrique de tales invitaciones porque

otras ideas bullían en su mente. Subiendo a los muros de la plaza de

Ceuta

... con sola su rodela

y una espada, enarboló

las quinas en sus almenas.

Desde lo alto de las almenas de la ciudad, para la realización de

sus atrevidos proyectos, pudo contemplar, por un lado, el mar, y por

otro, las tierras que esconde el Atlas. Tiempo adelante, el Rey, su

padre, le concedió el ducado de Vizeu y le nombró _Gran Maestre de la

orden de Cristo_, pudiendo ya contar con rentas propias para realizar

sus vastos proyectos. Sin embargo de que la Orden de Cristo había

sido fundada para combatir a los musulmanes, enemigos de la ley de

Jesucristo, se creyó en el deber de atraerse a los hijos del Profeta

por medios más humanos y justos. No quería seguir la política de los

reyes sus antecesores. Volvió de Ceuta con el pensamiento de conquistar

Marruecos por la fuerza de las ideas y de recorrer el mar por el valor

y audacia de sus marinos. Era un hombre enérgico, valeroso y tenaz.

Embargábale la idea de llegar hasta la Guinea (parte Oeste de Africa,

que se extiende desde la Senagambia al Congo), conocida entonces con el

nombre de Guanaja o Ganaja, y de la cual sólo se tenían vagas noticias,

pues no se conocía europeo alguno que hubiese visitado aquellas lejanas

tierras. Decíase, sin embargo--no sabemos con qué fundamento--que el

oro abundaba en aquellos países; noticia que dió mayores alientos al

infante D. Enrique, deseoso de que Portugal fuese la única potencia de

Europa que comerciara con los pueblos de la Guinea.

Del mismo modo se proponía descubrir--y esto era para él cuestión

de no poca importancia--en qué consistía el poder de los moros, los

enemigos mortales de su nación. Había notado que en todas las guerras

con la morisma aquéllos luchaban solos, dándose el caso que nunca rey

alguno del interior de Africa acudió a prestarles auxilio. Este hecho

y algunos otros, aunque de menos valor, hicieron sospechar al infante

portugués que al Sur de los territorios musulmanes había quizás pueblos

cristianos, en cuyo caso, contando con la ayuda de los últimos, los

hijos de Mahoma estaban perdidos cuando se les atacase simultáneamente

por el Norte y el Mediodía. Anhelaba de igual manera llevar la luz del

Evangelio a regiones desconocidas. Por último, influía su horóscopo,

que le declaraba destinado a hacer grandes descubrimientos.

El antiguo cronista Azurara considera que influyeron en el ánimo de

D. Enrique los cinco motivos siguientes: 1.º, saber lo que había más

allá del cabo Bojador; 2.º, entrar en relaciones comerciales con los

cristianos que hubiese en aquellas tierras; 3.º, tener noticia exacta

del poderío de los moros de aquella parte de Africa; 4.º, descubrir si

en aquellos países existían príncipes que le ayudasen contra los moros,

y 5.º, acrecentar o extender la religión católica[320].

[320] Véase _Chronica do descobrimento e conquista de Guiné_.

Contando D. Enrique con el beneplácito del Rey, estableció--en el

promontorio de Sagres en el Algarbe, de cuya provincia era gobernador

vitalicio--su Palacio, el primer Observatorio astronómico de Portugal,

el Arsenal marítimo y la Escuela de Cosmografía. Sagres viene a ser

una peña llana, de unos 70 metros de altura, que penetra en el mar más

de un kilómetro, y termina, no en punta, sino en una especie de maza.

Allí, en el puerto de Sagres, cerca del cabo de San Vicente, rodeado de

algunos doctos, ya lusitanos, ya de Marruecos y de Fez, olvidándose de

la Tierra Firme, dirigió toda su atención al vasto Océano. La población

que tocaba con el promontorio recibió el nombre de _Villa del Infante_.

Dispuso D. Enrique que sus naves se abrigasen en el próximo puerto de

Lagos. Adquirió noticias del Sudán y de las caravanas que traficaban

entre Marruecos, el Senegal y Tombuctu, enviando después sus buques a

descubrir el gran río Senegal (llamado _Samaya_ por los portugueses, y

_Ovedech_ por los indígenas).

Entre las expediciones más importantes organizadas por el infante D.

Enrique citaremos las siguientes: En 1416 envió a Gonzalo Velho a

pasar más allá de las Canarias, y en 1431 descubrió las primeras islas

del grupo de las Azores. El año 1434 Gil Eannes, paje del Infante,

arriesgó su vida para doblar el cabo Bojador, y su sucesor Alfonso

González Baldaya llegó hasta el río de Oro, o sea, hasta el límite

septentrional de la zona tórrida. Llegó Nuño Tristán en 1441 al Cabo

Blanco, y dos años después a la bahía de Arguim. Destinóse la isla de

Arguim como centro de operaciones y relaciones mercantiles, fundándose

allí la primera colonia portuguesa permanente en Africa, que adquirió

pronto importancia, hasta el punto que a los pocos años, una Sociedad

mercantil de Lagos (puerto de la villa del Infante) pudo enviar una

flotilla de seis buques. Los portugueses llevaban tejidos (pañuelos

de color y mantas de lana), sillas de montar y estribos, trigo, miel,

especias, plata, coral rojo y barreños, que cambiaban por esclavos

negros de Guinea, oro de Tombuctu, camellos, vacas, cabras, pieles de

búfalo y de martas zibelinas, huevos de avestruz y goma arábiga. En

el año 1445 el intrépido marino Dionís Díaz (ascendiente de Bartolomé

Díaz, que veintiséis años después de la muerte del Infante dobló el

Cabo de Buena Esperanza) pasó por delante de la embocadura del Senegal

que separa la raza negra de la blanca, llegando hasta el Cabo Verde.

Consistía la importancia de la expedición en que se había llegado a

la verdadera tierra de los negros y en que las teorías de Aristóteles

y de Ptolomeo acerca de la inhabitabilidad de la zona tórrida eran

falsas. «Esta teoría antigua, que había prevalecido tantos siglos,

se estrelló contra el Cabo Verde, cabiendo este honor al infante

D. Enrique, cuyo lema _Talent de bien faire_ celebró allí su mayor

victoria, porque desde entonces se abrió para la ciencia geográfica

un horizonte enteramente nuevo, y el mundo europeo aprendió a fiarse

más de las observaciones directas que de la autoridad de los filósofos

griegos»[321]. Vino a completar este descubrimiento el veneciano Luis

de Mosto, a cuya disposición puso D. Enrique, pocos años más adelante,

una carabela de 90 toneladas a las órdenes de Vicente Díaz, los cuales

llegaron hasta el río Gambia. Relación minuciosa del viaje publicó

Mosto y de ella copiamos la siguiente descripción del Cabo Verde:

«El Cabo Verde--dice--trae su nombre de los árboles verdes que allí

crecen y que conservan su color casi todo el año. Lo descubrieron los

portugueses un año antes de mi llegada, y le dieron este nombre por

la razón indicada, conforme llamaron el Cabo Blanco así por el color

de la arena que lo forma; pero el Cabo Verde es elevado y halaga la

vista. Está entre dos montañas y penetra en el mar con muchas chozas

y viviendas de negros. Hay que notar que al otro lado del Cabo Verde

forma la costa una bahía con playas llanas y cubiertas como toda la

costa de multitud de bellísimos y grandísimos árboles verdes, porque

allí no caen las hojas viejas hasta que salen las nuevas. Desde lejos

parecen estar a orillas del agua, aunque en realidad están distantes

un tiro de ballesta. Es una costa bellísima. He viajado hacia Levante

y Poniente y he visto muchos países, mas ninguno más hermoso que éste,

bañado por muchos ríos grandes y pequeños»[322]. La descripción debió

interesar vivamente a D. Enrique, puesto que organizó desde Arguim un

sistema completo de exploración. Juan Fernández penetró en el desierto

de Sahara, permaneciendo siete meses entre las tribus salvajes del

interior, al cabo de cuyo tiempo volvió a Sagres a dar cuenta al

Infante, su señor, de lo que había visto en aquellas tierras. En el año

siguiente de la expedición de Díaz, Nuño Tristán llegó hasta el río

Gambia y Alvaro Fernández casi hasta Sierra Leona. Las tribus próximas

al Gambia eran más numerosas y valientes que las del Sahara, las cuales

se opusieron al desembarque, logrando con sus flechas envenenadas matar

a la mayor parte de los portugueses sin exceptuar al jefe. Por último,

Diego Gómez, en el año 1457, con otros intrépidos navegantes subió río

Gambia arriba hasta la ciudad de Cantos. Esta fué la última expedición

importante que ordenó D. Enrique.

[321] Dr. Sophus Ruge, _Historia de la época de los

descubrimientos_, pág. 37.--_Historia Universal_, de Oncken,

tomo VII.

[322] Ibidem, pág. 37.

Murió navegante tan ilustre en Sagres (13 noviembre 1460), cuando

ya contaba sesenta y seis años. En sus geográficas empresas había

gastado más de sus recursos, pues en 1449 era en deber a su pariente

Fernando de Braganza la suma enorme de 19.394 coronas de oro[323]. Todo

este dinero lo había empleado en hacer de Portugal una gran potencia

marítima.

[323] La corona de oro en aquel tiempo valía unas 20 pesetas

de nuestra moneda.

Aunque a la muerte del Infante disminuyó el entusiasmo por los

descubrimientos, sin embargo, en la corte de Portugal se hallaban los

pilotos más inteligentes y los constructores de barcos más hábiles; se

vendían las mejores obras de astronomía, los planisferios, los mapa

mundis y las cartas marítimas más exactas. Lisboa, pues, continuó

siendo el centro de los estudios geográficos. Por entonces descubrió

Diego Gómez, en compañía del genovés Antonio de Noli, las islas de Cabo

Verde.

Antes de proseguir el estudio de los descubrimientos marítimos,

recordaremos los conocimientos geográficos generales de aquel tiempo.

En la _Margarita philosophica_ del prior cartujo alemán Gregorio

Reisch, publicada en el año 1496 y reimpresa muchas veces durante el

siglo XVI, se lee lo siguiente: «El agua cubrió al principio toda la

superficie de la tierra como una niebla fina que se elevaba hasta las

altas regiones. A la orden del Creador, el firmamento separó las aguas

superiores de las inferiores, reuniéndose éstas últimas en un sólo

punto más profundo y dejando descubierta la tierra firme para los seres

vivientes. De toda la substancia de la tierra y del agua se formó un

solo cuerpo esférico, al cual atribuyeron los eruditos dos centros,

uno de gravedad y otro de volumen. Este último es el que está situado

en el punto medio del eje de toda la esfera formada de la tierra y del

agua, y de consiguiente, en el centro del mundo. Fuera de este centro

está el de gravedad, que es el centro del eje de la tierra sólida,

mayor necesariamente que el radio de la esfera formada de la tierra y

del agua, porque, a no ser así, caería el centro del mundo fuera de la

tierra, suposición que sería la más necia que pudiera imaginarse en

física y en astronomía. La admisión de centros distintos es ineludible,

porque la parte seca de la superficie terrestre es más ligera que la

cubierta de agua. La tierra seca es más ligera que la empapada del

agua, y por esta razón no puede ser el centro de gravedad idéntico al

de volumen, sino que el primero se halla más hacia la periferia del

lado del agua que el segundo, y hacia aquella parte se reunirán también

las aguas de la tierra, porque así se aproximan más al centro del

mundo.»

El primero que intentó la representación del lado del agua de la

esfera terrestre fué Toscanelli de Florencia, allá por el año 1474.

Ya por entonces se había introducido nuevo e importante factor que

trajo radical reforma en las teorías dominantes en aquella época.

Este nuevo e importante factor era el libro de Claudio Ptolomeo

(geógrafo y astrónomo egipcio que floreció en Alejandría por los

años de 125 a 135 antes de Cristo), intitulado _Almagesto_, obra de

la cual trató el cardenal Pedro de Ailly en su citado tratado _De

imagine Mundi_[324]. Entre los astrónomos más sabios de aquella época

sobresale Regiomontano (1436-1476). Para facilitar las observaciones

astronómicas a la orientación y determinación de las situaciones

geográficas, calculó Regiomontano en 1473 las efemérides (tablas que

indican día por día la posición de los planetas en el Zodiaco) para un

período de treinta y dos años. También el sabio astrónomo inventó un

instrumento (llamado _balestilla_ por los portugueses y _ballestilla_,

_flecha_ o _báculo de Jacob_ por los españoles), para medir la

altura del polo de un astro. El último instrumento lo introdujo en

Portugal Martín Behaim, discípulo del inventor. Durante el reinado de

Alfonso V el _Africano_ (1438-1481)[325], tío del infante D. Enrique,

continuaron las expediciones marítimas. Juan II (1481-1495) parecía

heredero del espíritu de Enrique el _Navegante_. En su tiempo Diego

Cao se hizo a la vela (1484) con dos buques de su propiedad, llevando

en calidad de cosmógrafo a Martín Behaim. Pasaron el Cabo de Santa

Catalina y descubrieron el Congo, el río más caudaloso de Africa. Se

atrajo Cao a algunos habitantes con la idea de que aprendiesen el

portugués y servirse luego de ellos en sus relaciones con el rey del

Congo. Cao continuó todavía hacia el Sur unas 200 leguas, llegando

al Norte del Cabo Negro (1485). Behaim, a la vuelta del viaje, fué

nombrado por el Rey caballero de la Orden de Cristo. Cosmógrafo tan

insigne, después de su larga residencia en Portugal, y después de

haber desempeñado importantes comisiones científicas, se retiró a su

patria, a Nuremberg (1492), en cuyo año construyó--antes de que Colón

regresara de su primer viaje--el globo terrestre, que ha inmortalizado

su nombre. Debemos advertir que dicho globo, guardado, como precioso

depósito, en Nuremberg, es--como Mr. Davezac sostuvo en el Congreso

Geográfico de Amberes de 1871, y cuya proposición aprobó la sabia

Corporación--una reproducción, en la parte que al Extremo Oriente se

refiere, de la carta de navegar de Toscanelli. En el globo de Martín

de Behaim se ven indicadas ya las longitudes y las latitudes, siendo

de notar los grandes errores cometidos en las últimas. En cambio, las

inscripciones que hay en él son muy interesantes. Léese lo siguiente

en uno de sus ángulos: «Sépase como esta figura del globo representa

toda la extensión de la tierra, tanto en longitud como en latitud,

medida geométricamente, parte, según lo que Ptolomeo dice en su libro

titulado _Cosmografía_; el resto, según el caballero Marco Polo, que

desde Venecia viajó por el Oriente el año de 1250, y también según lo

que el respetable, docto y caballero Juan de Mandeville dijo, en 1322,

de los países orientales desconocidos de Ptolomeo, con todas las islas

pertenecientes a aquel continente, de donde nos vienen las especias

y las piedras preciosas. Mas el ilustre D. Juan, rey de Portugal,

ha hecho visitar por sus naves, en 1485, todo el resto de la parte

del globo, hacia el Mediodía, que Ptolomeo no conoció, en el cual

descubrimiento he tomado yo parte...»

[324] Ptolomeo es también autor de una _Geografía_ y de otras

obras.

[325] A Juan I (1385-1433) sucedió Eduardo I (1433-1438).

En el golfo de Benin, junto a las islas Príncipe, Santo Tomás y San

Martín, se halla el siguiente letrero: «Estas islas fueron descubiertas

por las naves que el rey de Portugal envió a estos puertos del país de

los moros el año de 1484...» La inscripción puesta encima del cabo de

Nueva Esperanza contiene la relación del viaje que hizo Martín Behaim

con Diego Cao. Dice así: «El año 1484 del nacimiento del Señor, el

ilustre D. Juan, rey de Portugal, hizo equipar dos naves, llamadas

carabelas, provistas de hombres con armas y víveres para tres años,

ordenando a la tripulación navegar al otro lado de las columnas de

Hércules, en Africa, siempre hacia el Mediodía y los lugares donde el

sol sale, tan lejos como les fuese posible... Así equipados, salimos

del puerto de la ciudad de Lisboa con rumbo a la isla de la Madera,

donde crece el azúcar de Portugal... Llegamos al país llamado reino de

Gambia, donde crece la malagueta (especie de pimienta), y el cual dista

de Portugal 800 leguas alemanas; después, pasamos al país del rey de

Furfur, que está a 1.200 leguas o millas y donde crece la pimienta que

se llama de Portugal. Más lejos aún, hay un país donde hallamos la

corteza de la canela; pero encontrándonos de Portugal a 2.800 leguas,

volvimos sobre nuestros pasos y a los diez y nueve meses estuvimos de

vuelta ante nuestro Rey».

En el año de 1486 Bartolomé Díaz con tres embarcaciones, una mandada

por él, otra por Juan Infante, y la tercera destinada a provisiones

por su hermano Pedro, se hizo a la vela, con el ánimo de continuar

las exploraciones de las costas africanas, desde el punto que Diego

Cao dejó las que hubo de realizar en compañía del cosmógrafo Martín

Behaim. Se propuso obscurecer las glorias de sus parientes Juan Díaz

y Dionís Díaz. Bartolomé hizo que mujeres negras que conducía a bordo

desembarcasen en varios puntos de la costa del Congo y más allá hacia

el extremo Sur de Africa, las cuales debían dar a los indígenas

noticias del poderío de los portugueses, no sin manifestarles también

que iban en busca del país del Preste Juan. Creyeron que las nuevas

de la expedición llegarían de boca en boca y de país en país a oídos

del fabuloso personaje, quien, al saberlas, tal vez enviase mensajeros

para recibir a los portugueses con el objeto de entrar con ellos en

relaciones.

Bartolomé Díaz levantó el primer padrón de piedra cerca de la Sierra

Parda, al Norte de la bahía de la Ballena (_Angra das Voltas_), no

lejos de la desembocadura del río Orange. Desde el Golfo de Santa Elena

emprendió de nuevo su rumbo, llegando, después de grandes trabajos,

a una ensenada llamada de los Vaqueros (_Angra dos Vaqueiros_)[326],

donde los hotentotes que allí guardaban sus rebaños, al ver los barcos,

huyeron espantados hacia el interior. Dirigiéndose más al Este llegó

a la bahía de San Bras[327], donde hizo provisión de agua dulce, lo

cual dió motivo a un choque con los indígenas, pasando, por último, a

la pequeña isla de Santa Cruz (Golfo de Algoa), y plantando en ella

el último padrón. Pidieron los tripulantes al jefe no seguir adelante

y emprender el viaje de regreso; pero Díaz les suplicó que le dejasen

continuar avanzando dos o tres días más hasta ver la costa hacia el

Norte, porque él creía firmemente haber doblado el extremo Sur del

Africa, y en este caso, con poco trabajo, se lograría llegar a la

India, que eran todos sus deseos. Continuaron navegando dos días más,

hasta llegar a un gran río que Díaz denominó _do Infante_, porque un

compañero, el Capitán de este apellido, fué el primero que saltó a

tierra. Aunque a disgusto suyo, Díaz hubo de dar la vuelta, teniendo

entonces la dicha de contemplar el imponente promontorio que forma la

punta austral del Africa. Terrible tempestad que puso en gran peligro

las embarcaciones, estuvo a punto de cambiar en día de luto los

anteriores momentos de alegría. En recuerdo de la furiosa tormenta,

Díaz dió al citado promontorio el nombre de _Cabo de las Tormentas_,

y que Juan II, influído por otros sentimientos, le sustituyó por el

que hoy lleva. «Ese Cabo nos abre el camino del Asia, dijo, se llamará

_Cabo de Buena Esperanza_.» Bartolomé Díaz, después de una ausencia de

diez y seis meses y diez y siete días, y de haber explorado 350 leguas

de costa, llegó a Lisboa en diciembre de 1487.

[326] Hoy lleva el nombre inglés de _Flesh-bai_ (Bahía de la

carne).

[327] Hoy Moselbai.

Consideremos los últimos viajes realizados durante el reinado de Juan

II. Antes del regreso de Bartolomé Díaz, el Rey había mandado a Pedro

de Covilham y a Alfonso de Paiva para explorar el reino de Abisinia

y las condiciones de comercio y de comunicación en el Océano Indico.

Antes intentaron lo mismo, por orden de Juan II, el Padre Antonio de

Lisboa y Pedro de Montorryo; mas la expedición no dió resultado alguno.

En cambio, no careció de interés la de Covilham y Paiva, quienes se

pusieron en camino el 7 de mayo de 1487. Penetraron en Egipto, después

de pasar por Rodas, llegando a Alejandría y al Cairo; embarcándose en

el Mar Rojo fueron hasta Aden, donde se separaron, designando como

punto de reunión otra vez el Cairo. Covilham, que se embarcó para la

costa del Malabar, visitó a Cananor, Calcuta y Goa, regresando a la

costa oriental del Africa, la cual siguió hasta el extremo meridional

del rico país de Sofala, donde adquirió noticias sobre la isla de

Madagascar.

Cuando Covilham regresó al Cairo, se encontró con la noticia de que

Paiva había muerto; halló sí dos nuevos emisarios del rey Juan, que

eran los rabinos Abraham de Beja y José de Lamego. En tanto que el

judío José marchó a Lisboa con las noticias que adquirió Covilham,

éste último, acompañado del hebreo Abraham, visitó la ciudad de Ormuz,

tomando en seguida diferente rumbo, pues Abraham de Beja, con una

caravana se dirigió por Bagdad y Haleb a Siria, mientras él marchó a

Abisinia y se estableció en su capital Choa, con gran complacencia del

monarca del país. Covilham se casó en Abisinia, y allí murió pasados

algunos años.

Cuando se realizaban tales hechos, el genovés Cristóbal Colón se

disponía a marchar a las Indias. Procede estudiar ya el descubrimiento

del Nuevo Mundo.

[Ilustración:

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 65 / 152 题