FERNANDO EL CATÓLICO.]

Dejando a poetas y cronistas que forjen toda clase de novelas alrededor

de Isabel la Católica, pues si para los primeros era tanta su virtud

_que hacía se apartara de su lado_

_hasta la sombra misma del pecado,_

acerca de los segundos recordaremos que el cura de los Palacios la

compara a Santa Helena, madre de Constantino, y el venerable D. Juan

de Palafox, obispo de Osma, a Santa Teresa. Entre los historiadores

modernos, el conde de Montalembert dice que era «la más noble criatura

que jamás haya reinado sobre los hombres», y Cánovas del Castillo

la llama _veneranda princesa, excelsa Reina y la mujer más grande

de la historia_[304]. Dejando exagerados relatos, nosotros, aunque

sin autoridad alguna, queremos consignar que la reina Isabel no fué

superior a otras reinas de España.

[304] _Conferencia inaugural con motivo del cuarto Centenario

del descubrimiento de América, pronunciada en el Ateneo de

Madrid el 11 de febrero de 1891_, pág. 17.

Cierto es que nadie podrá negar que tanto Isabel como Fernando

realizaron hechos, unos dignos de alabanza y otros censurables. Merecen

alabanzas la organización de la Santa Hermandad, la incorporación a

la corona de los maestrazgos de las Ordenes militares y la conquista

de Granada; y merecen censura el establecimiento del Tribunal de la

Inquisición y la expulsión de los israelitas. Tampoco aprobamos la

conducta que siguió Isabel con su hermano Enrique IV ni con su sobrina

Juana. Ni Isabel ni Fernando estuvieron acertados en el nombramiento

de inquisidores; no fueron generosos ni con Gonzalo de Córdova, ni

con Colón, ni con Jiménez de Cisneros; no se valieron, por último, de

buenos y justos medios para arrojar de España a Boabdil, quien vivía

contento en sus tierras de las Alpujarras.

Sobre la política de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo, no seríamos

imparciales si pasáramos en silencio dos cargos: uno, la poca clemencia

tenida con los indios; otro, el funesto sistema de administración

colonial. La reina Isabel--como mostraremos en su lugar--no tuvo reparo

en autorizar la venta de sus infelices indios, como tampoco se opuso a

que los hijos de Canarias se vendiesen en las plazas de las ciudades de

Andalucía.

Creyendo los españoles que la mayor riqueza de un país consistía en la

mayor abundancia de oro, buscaban el precioso metal en las entrañas de

la tierra y olvidaban la riqueza que tenían en la superficie de dicha

tierra.

Y como un error engendra otro error, prohibieron la exportación del

oro y el comercio de los productos indígenas, logrando que el valor

de aquel metal disminuyese, y el valor de las mercancías aumentara.

De aquí que el laborioso pueblo español se transformara en un pueblo

indolente, poco trabajador y vicioso.

Respecto a la pureza de costumbres y moralidad, dice Fernández de

Oviedo que «ansí tenían hijos los frailes y monjas como si no fuesen

religiosos»[305]. Consideramos como cuento aquello de que la reina

Isabel vestía de camisas hiladas por su mano, y el rey Fernando

renovaba más de una vez las gastadas mangas de un mismo jubón[306].

[305] _Epílogo real, imperial y pontifical._

[306] Véase Lafuente, _Hist. de España_, tom. XI, pág. 55.

Del aspecto moral y político pasaremos a la cultura y al movimiento

intelectual. No se olvide que D. Pedro López de Ayala fué cronista de

Pedro el _Cruel_, de Enrique II, de Juan I y de Enrique III. No se

olvide que poetas y prosistas brillaron en la corte de los reyes de

la dinastía de Trastamara. Recordaremos que Juan II formó una corte

poética que se componía de lo más granado de la nobleza castellana.

A la cabeza de aquellos poetas y escritores, figuraba D. Enrique de

Villena, pariente de Juan II de Castilla y de Fernando I de Aragón, el

cual no se limitó al estudio de la poesía y de la amena literatura,

sino que también cultivó la filosofía, las matemáticas y la astrología,

ciencias, en especial la última, que le valieron la fama de mágico y

de nigromántico[307]. La más estimada de todas sus obras en prosa, es

la intitulada _Libro de los doce trabajos de Hércules_. Don Enrique

tuvo un doncel llamado Macías el _Enamorado_: su amor a una mujer

casada fué la causa de su muerte. El marqués de Santillana, a quien

se llamó «gloria y delicias de la corte de Castilla», figura a la

cabeza de los poetas más inspirados y de los prosistas más famosos.

Entre sus obras doctrinales e históricas, citaremos los _Proverbios_;

entre las de recreación, _Preguntas y respuestas de Juan de Mena y

el marqués de Santillana_; entre las de devoción, la canonización de

los bienaventurados santos Vicente Ferrer, predicador, y Pedro de

Villacreces, frayre menor; y entre las amorosas, _El sueño, Querella de

amor_ y las _Serranillas_. Además, escribió obras en prosa y _Refranes

que dicen las viejas tras el fuego_. No encontramos nada más dulce y

flúido que algunas estrofas de las canciones tituladas _Serranillas_.

Así comienza la serranilla III:

I

Después que nascí,

non vi tal serrana

como esta mañana.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 59 / 152 题