ISABEL LA CATÓLICA.]

Pasamos a reseñar el reinado de Doña Isabel y D. Fernando. Después de

decir el P. Mariana que la reina falleció en la villa de Medina del

Campo, añade: «su muerte fué tan llorada y endechada cuanto su vida lo

merecía, y su valor y prudencia y las demás virtudes tan aventajadas,

que la menor de sus alabanzas es haber sido la más excelente y valerosa

princesa que el mundo tuvo, no sólo en sus tiempos, sino muchos siglos

antes»[289]. A Fernando el Católico así le juzga: «Príncipe el más

señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España

tuvo. Tachas a nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia, o

por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos

lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes en que todos los

príncipes de España se deben mirar»[290].

[289] _Historia general de España_, tomo II, lib. XXVIII, cap.

XI.

[290] Ibidem, tom. II, lib. XXX, cap. XXVII.

Por su parte, D. Modesto Lafuente, lleno de entusiasmo por los Reyes

Católicos, escribe: «Gran príncipe el monarca aragonés, sin dejar de

serlo, lo parece menos al lado de la reina de Castilla. Asociados en

la gobernación de los reinos como en la vida doméstica, sus firmas

van unidas como sus voluntades; _Tanto monta_, es la empresa de sus

banderas. Son dos planetas que iluminan a un tiempo el horizonte

español; pero el mayor brillo del uno modera sin eclipsarla la luz

del otro. La magnanimidad y la virtud, la devoción y el espíritu

caballeresco de la Reina, descuellan sobre la política fría y

calculada, reservada y astuta del Rey. El Rey es grande, la Reina

eminente. Tendrá España príncipes que igualen o excedan a Fernando;

vendrá su nieto rodeado de gloria y asombrando al mundo; pasarán

generaciones, dinastías y siglos, antes que aparezca otra Isabel»[291].

[291] _Historia general de España_, tomo I. _Discurso

preliminar_, págs. 118 y 119.

Sentimos no estar conformes con la opinión de historiadores tan

ilustres. En nuestro humilde juicio, no son tan negras las tintas

del cuadro de los reyes de la casa de Trastamara, ni tan claras ni

brillantes las que se destacan del de Doña Isabel y D. Fernando.

Creemos que los reinados de Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y

Enrique IV, prepararon el de los Reyes Católicos. Si de la reconquista

se trata, ellos continuaron la obra comenzada por sus antepasados, en

particular por los dos últimos.

Enrique II el de las _Mercedes_, sin embargo de su bastardía, se captó

el amor de sus súbditos. Venció a todos sus enemigos, a unos con su

talento y a otros con su espada. Aunque anhelaba vivamente la paz con

los moros, tuvo a veces que pelear, no sin mostrar brío y pujanza.

Juan I vivió en paz con los muslimes, a los que era aficionado. Gozaba

fama de bondadoso. En sus guerras con Portugal, la fortuna le fué

adversa en la batalla de Aljubarrota. Enfermo de cuerpo, Enrique III

no lo estuvo de alma, pues contuvo a los nobles, se aficionó a los

muslimes granadinos y procuró con gran interés llenar las arcas vacías

del erario público. Admitimos con Mariana que Juan II _no tenía mucha

capacidad_; pero afirmamos que no le faltaban excelentes cualidades.

Honró durante todo su reinado a los hombres de talento, y mostró su

generosidad lo mismo con sus amigos que con sus enemigos. Ejercitábase

en las ciencias, en las letras y en las artes. Cultivó la lengua

latina, en la cual--según el cronista Pérez de Guzmán--fué _asaz

docto_[292]; también en la filosofía, poesía y música, no faltándole

ingenio para las dos últimas. Dice el cronista que _tañía e cantaba e

trovaba e danzaba muy bien_. Puede asegurarse que bajo su protección se

elevó a un grado hasta entonces desconocido la cultura intelectual en

Castilla.

[292] _Crón._, pág. 576.

«La ciega afición de D. Juan a su favorito--dice Prescott--es la clave

para juzgar de todas las turbulencias que agitaron al país durante

los últimos treinta años del aquel reinado»[293]. Creemos nosotros

que los disturbios hubiesen sido los mismos con o sin la privanza de

D. Alvaro de Luna. Los revoltosos D. Juan y D. Enrique, infantes de

Aragón, confederados con los grandes de Castilla, dividieron el reino

en banderías, mantuvieron siempre viva la llama de la guerra civil,

trayendo conmovidos los pueblos, acobardando al rey y perturbando la

monarquía. Al favorito nadie podrá negarle su fidelidad al Monarca y

su valor en los combates. Era, además, conocedor de la política de su

tiempo, dotado de penetración para descubrir las intenciones ajenas

y de serenidad para ocultar las suyas, infatigable en el trabajo y

perseverante en sus propósitos.

[293] _Historia de los Reyes Católicos_, tomo I, pág. 114.

Si Juan II se mostró siempre apático, si no supo contener los tumultos

y rebeliones que se sucedieron unos después de otros, si no castigó

con mano de hierro a los revoltosos magnates--siguiendo en esto la

misma conducta del insigne y nunca bastante alabado Alfonso X, _el

Sabio_--debe ser justamente censurado; pero no se olvide que durante

su menor edad, el almirante Alonso Enríquez destrozó la escuadra de

Marruecos, y D. Fernando de Antequera tomó a Zahara, venció en la

batalla de las Yeguas y conquistó a Antequera. No se olvide tampoco que

tiempo adelante el privado D. Alvaro de Luna llegó cerca de Granada y

ganó la importante batalla de la Higueruela o de Sierra Elvira, que

el primer marqués de Santillana se apoderó de Huelma en las fronteras

de Jaén, y que Alfonso Fajardo, gobernador de Lorca, obtuvo señalado

triunfo peleando con las tropas de Osmin, Rey de Granada.

Por lo que respecta a Enrique IV, los historiadores le han juzgado con

una parcialidad como no hay ejemplo, llegando a decir que lo único

bueno que hizo fué morirse. Reconocen algunos que se distinguía por su

carácter benigno y por una bondad, que podía llamarse familiaridad,

con los inferiores. Su generosidad no tuvo límites, hasta el punto

que le mereció el renombre de _el Liberal_. «La vida de un hombre no

tiene precio--decía--y no se debe en manera alguna consentir que la

aventure en las batallas.» Lafuente, que sigue al pie de la letra los

relatos y juicios de Prescott, añade que cuando el emir de Granada

tuvo noticia de la máxima monacal del Rey cristiano, hubo de decir:

«que en el principio lo hubiera dado todo, inclusos sus hijos, por

conservar la paz en su reino, pero que después no daría nada.» Dijera

o no dijera tales palabras el granadino--cosa que no tiene importancia

alguna--opinamos que no merecen censura las dictadas por el generoso y

noble espíritu de Enrique IV. No negaremos que era débil de carácter y

que grandes y prelados vilipendiaron el trono. También repetiremos una

vez más que era pródigo en mercedes, generoso y en la clemencia--como

escribe Mariana--fué demasiado. De su amor a las bellas artes son

prueba las fábricas que hizo levantar en Madrid y Segovia. Nosotros

recordaremos que corriendo los años 1455, 1456 y 1457, realizó tres

expediciones a Andalucía, logrando que el granadino se le ofreciese

por vasallo y se comprometiera a enviarle anualmente diez mil doblas

y seiscientos cristianos cautivos. Pasado algún tiempo y rotas las

paces entre cristianos y moros, Enrique IV tomó posesión de Gibraltar

ganado por los suyos y entró a saco por tierras granadinas; pero le

salió al encuentro el Sultán y se reanudaron las paces. Sin embargo

de la enemiga de los orgullosos magnates, de la insurrección de su

hermano Alfonso y de los disgustos que le dió su hermana Isabel,

«contribuyó más de lo que se cree--como escribe Fernández y González--a

debilitar el reino de Granada, dejando una rica herencia para lo

porvenir a sus inmediatos sucesores»[294]. ¿Por qué le censuraron

con tanto encono los escritores contemporáneos? No negaremos que la

conducta del cuarto Enrique se prestaba a censuras, y de su impureza

de costumbres dió hartas pruebas. No le perdonaron aquellos autores la

afición que tuvo a las inclinaciones de los muslimes, y aun pudiéramos

decir a las creencias musulmanas. Nada nuevo añadiremos al notar que

si Enrique IV tenía aficiones a los musulmanes, no era él sólo, sino

toda aquella sociedad. La civilización árabe venía desde tiempos

anteriores infiltrándose poco a poco en la vida y costumbres de los

cristianos. Jóvenes españoles estudiaban la lengua árabe, asistían a

las escuelas de los moros, no dejaban de la mano los libros publicados

o traducidos por los hijos del Profeta. A las fiestas y torneos que se

celebraban en el reino de Granada acudían caballeros cristianos, los

cuales correspondían galantemente con otras invitaciones. Cristianos

amaban a moras y moros a cristianas. Poetas cristianos cantaban la

belleza de la hija de algún cadí y trovadores musulmanes dedicaban

sus versos a la hermosa compañera de algún magnate español. Jóvenes

andaluces acompañaban a las castellanas en los paseos, en las corridas

de caballos o de toros, y a veces llegaban a esperarlas a la salida de

las iglesias; a su vez los cristianos no miraban con malos ojos, cuando

de cosas de amor se trataba, el que las jóvenes moras leyesen con mayor

o menor fervor el libro del Profeta.

[294] _Los Mudéjares de Castilla_, págs. 195 y 196.

Además--y cumplimos un deber diciendo lo que creemos

verdadero--aduladores cronistas, olvidándose de la elevada misión del

historiador, quisieron congraciarse con los Reyes Católicos maltratando

a Enrique IV.

Debemos detenernos un poco en el reinado de los Reyes Católicos. Cierto

es que la unión de las coronas de Aragón y Castilla contribuyó al

esplendor y grandeza de la monarquía, cuyo timbre de gloria más grande

será haber puesto un freno a las demasías de los nobles, robusteciendo,

por tanto, el poder real. En las cortes de Madrigal de 1476,

convocadas--según dice muy acertadamente Hernando del Pulgar--para

dar orden en aquellos robos e guerras que en el reino se facían, se

reglamentó la Santa Hermandad y se reorganizó la administración de

justicia, logrando la reina, como escribe el laborioso escritor,

«hacer que el labrador y el oficial no estuviesen sojuzgados por el

caballero, y que la sentencia de un par de jueces fuese más respetada

que un ejército»[295]. Más importantes, no sólo que las cortes de

Madrigal, sino que todas las celebradas por D. Fernando y D.ª Isabel,

fueron las de Toledo del año 1480, en las cuales afirma con mucha

razón Galindez de Carvajal «se hicieron las leyes y las declaratorias,

todo tan bien mirado y ordenado que parecía obra divina para remedio y

ordenación de las desórdenes pasadas»[296]. Consiguióse en poco tiempo

que la justicia imperara en las grandes y pequeñas poblaciones, en

las ciudades y en los campos. Mejoraron la administración pública y la

hacienda, procurando poner orden y paz en el país.

[295] Colmenares, en su _Historia de Segovia_, al exponer la

primera aplicación de la Santa Hermandad, dice lo siguiente:

«Uno de sus primeros efectos fué en nuestra ciudad; porque

llegando alguna gente de mala sospecha y peor traza, con

algunos moros, que dezían ser criados del Rey a hospedarle en

Zamarramala, arrabal (como hemos dicho), de nuestra ciudad,

pidiendo aposento como soldados, les fué respondido como

tenían privilegio de pechos y aposentos, por la vela que

hacían en los alcázares, que todo permanece hoy. La gente era

inquieta, los vecinos briosos; vinieron a las manos; hubo

heridos y muertos. Súpose en la ciudad la revuelta; la _Santa

Hermandad_ despachó ministros, que prendiendo a algunos,

averiguada con verdad la causa, los asaltaron, con que se

temía más y se robaba menos.» Págs. 386 y 387.

[296] _Anales breves_ en la _Colección de documentos

inéditos_, tomo XVIII, 267.

Por lo que atañe a la inquisición, publicada la Bula (día 1.º de

noviembre de 1478), por Sixto IV, concediendo facultad a D. Fernando

y D.ª Isabel para elegir tres prelados u otros eclesiásticos doctores

o licenciados, de buena vida y costumbres, para que inquiriesen y

procediesen contra herejes y apóstatas de sus reinos, los mencionados

monarcas, hallándose en Medina del Campo, nombraron (17 de septiembre

de 1480) primeros inquisidores a los dominicos Fr. Miguel Morillo y

Fray Juan de San Martín, juntamente con otros dos eclesiásticos, como

asesor el uno y como fiscal el otro, facultándoles para establecer la

inquisición en Sevilla. Comenzó en seguida el nuevo tribunal a ejercer

sus funciones, adquiriendo suma importancia cuando el Papa expidió un

breve nombrando (2 de agosto de 1483) inquisidor general de la corona

de Castilla a Fray Tomás de Torquemada, prior del convento de dominicos

de Segovia, cuyo nombramiento hizo extensivo después (17 de octubre de

dicho año) a la corona de Aragón.

¿Por qué la reina Católica se fijó en Fray Tomás de Torquemada para

el cargo de inquisidor general y no en Talavera, González de Mendoza

o Cisneros? Era el primero--como dice Lafuente--, «el representante

del fanatismo más furioso e implacable»[297]. Eran los segundos, «tres

grandes lumbreras que sobraban por sí solas para derramar copiosa luz

por el vasto horizonte de un siglo»[298].

[297] _Hist. de España_, tomo IX, pág. 511.

[298] Ibidem, pág. 518.

Dígase lo que se quiera en contrario, los Reyes Católicos, con una

irreflexión o torpeza como no hay ejemplo--pues nada importa que la

opinión general del pueblo español estuviese conforme con ello o que el

espíritu del siglo fuese la intolerancia y la persecución--, crearon el

tribunal más terrible que registra la historia y nombraron Inquisidor

general al hombre más cruel de todos los tiempos.

Bernáldez, cura de los Palacios, historiador coetáneo, dice que

desde 1482 a 1489, hubo en Sevilla más de 700 quemados y más de

5.000 penitenciados, sin designar el número de los castigados en

estatua[299]. Zurita, añade, que «en sola la Inquisición de Sevilla,

desde que pasaron los términos de la gracia hasta el año de 1520, se

quemaron más de 4.000 personas y se reconciliaron más de 30.000.»

«Hállase (continúa) memoria de autor, en esta parte muy diligente,

que afirma que esta parte que aquí se señala es muy defectuosa, y que

se ha de tener por cierto y averiguado que sólo en el arzobispado

de Sevilla, entre vivos y muertos y absentes, fueron condenados por

herejes que judaizaban más de 100.000 personas, con los reconciliados

al gremio de la iglesia»[300]. Mariana escribe: «Publicó el dicho

inquisidor (Torquemada) edictos en que ofrecía perdón a todos los

que de su voluntad se presentasen: con esta esperanza dicen se

reconciliaron hasta 17.000 personas entre hombres y mujeres de todas

edades y estados; 2.000 personas fueron quemadas, sin otro mayor número

de los que se huyeron a las provincias comarcanas»[301]. No se olvide

que en el año 1489, además del de Sevilla, había otros tribunales del

Santo Oficio en Córdoba, Jaén, Villarreal (que se trasladó a Toledo),

Valladolid, Calahorra, Murcia, Cuenca, Zaragoza, Valencia, Barcelona,

Mallorca y los tres de Extremadura; y en cada uno de ellos solían

celebrarse autos de fe cuatro veces al año.

[299] _Reyes Católicos_, caps., XLIII y XLIV.

[300] _Anal. de Aragón_, lib. XX, cap. XLIX.

[301] _Hist. de España_, lib. XXIV, cap. XVII.

Pasando a otro punto no habremos de negar que Isabel y Fernando

realizaron prudente política, publicando las _Ordenanzas Reales_ de

Montalvo, incorporando a la Corona los Maestrazgos de las órdenes

militares, reformando los tributos, fomentando la marina mercante,

organizando el ejército y tomando a Granada (2 enero 1492). Señales

eran todas de la radical transformación que se operaba en la nación

española.

En el citado año, cuando todo anunciaba bienes sin cuento, un hecho

de transcendencia suma vino a nublar el horizonte de España: los

Reyes Católicos--no el terrible inquisidor Torquemada, como dicen los

cronistas--publicaron el cruel edicto del 31 de marzo de 1492 arrojando

a los hebreos de los dominios españoles. ¿Qué número de judíos

salieron de España? El cronista Bernáldez dice que unos 170 a 180.000

individuos[302], y Mariana los hace subir a 800.000[303]. El número

mayor o menor importa poco; lo que importa consignar es que los Reyes

Católicos faltaron a las leyes de la humanidad con la publicación del

mencionado edicto.

[302] _Reyes Católicos_, cap. CX.

[303] _Historia de España_, lib. XXVI, cap. I.

Posteriormente pelearon nuestros monarcas con una tenacidad rayana a

la imprudencia en Italia, sacando de allí, el Gran Capitán, gloria

inmarcesible, y los españoles afición a la lengua, a la poesía y a

todas las artes italianas.

[Ilustración:

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 57 / 152 题