REYES DE CASTILLA A FINES DE LA EDAD MEDIA: ENRIQUE II, JUAN I,
ENRIQUE III, JUAN II Y ENRIQUE IV.--REYES CATÓLICOS.--CULTURA
LITERARIA EN AQUELLOS TIEMPOS.--CRISTÓBAL COLÓN EN ESPAÑA.
Veamos lo que dice el insigne historiador Mariana de los últimos reyes
de la dinastía de Trastamara y de los Reyes Católicos: «Tuvo, dice,
el Rey D. Enrique (II), tronco y principio deste linaje, el natural
muy vivo y el ánimo tan grande que suplía la falta del nacimiento.
Don Juan (I), su hijo, fué persona de menos ventura y de industria y
ánimo no tan grande ni valeroso. Don Enrique (III), su nieto, tuvo el
entendimiento encendido y altos pensamientos, el corazón capaz del
cielo y de la tierra; la falta de salud y lo poco que vivió no le
dejaron mostrar mucho tiempo el valor que su aventajado natural y su
virtud prometían. El ingenio de D. Juan, el segundo de este nombre, era
más a propósito para letras y erudición que para el gobierno.» De su
hijo D. Enrique IV, escribe el jesuíta historiador lo siguiente: «Lo
que importa más, las costumbres no se mejoraron en nada, en especial
era grande la disolución de los eclesiásticos; a la verdad se habla
que por este tiempo Don Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago, de las
mismas bodas y fiestas arrebató una moza que se velaba, para usar della
mal...»[284]. En Don Enrique, añade después el P. Mariana, «desfalleció
de todo punto la grandeza y loa de sus antepasados, y todo lo afeó
con su poco orden y traza; ocasión para que la industria y virtud se
abriese por otra parte camino para el reino de Castilla, y aun casi
de toda España, con que entró en ella una nueva sucesión y línea de
grandes y señalados príncipes»[285].
[284] _Historia de España_, tomo II, libro XXII, cap. XX.
¿Es verdad o leyenda lo que dice el Padre Mariana acerca
de D. Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago y sobrino del
condestable don Alvaro? ¿Se trata de un cuento forjado,
después de la muerte de D. Alvaro, para desacreditar a la
familia de los Lunas? Así lo cree--y razones poderosas tiene
para ello--D. Antonio López Ferreiro en su estudio histórico
intitulado _Don Rodrigo de Luna_, impreso en Santiago el 1884.
[285] _Historia general de España_, tomo II, libro XXIV, cap.
IV.
Don Modesto Lafuente se halla conforme con el P. Mariana. «En poco más
de un siglo--tales son sus palabras--que ocupó el trono de Castilla
la línea varonil de la familia de Trastamara, vióse a aquellos
príncipes ir degenerando desde la energía al apocamiento, y desde la
audacia hasta la pusilanimidad. El prestigio de la majestad desciende
hasta el menosprecio y el vilipendio, y la arrogancia de la nobleza
sube hasta la insolencia y el desacato. La licencia invade el hogar
doméstico, la corte se convierte en lupanar y el regio tálamo se
mancilla de impureza, o por lo menos se cuestionaba de público la
legitimidad de la sucesión. La justicia y la fe pública gemían bajo
la violación y el escarnio. La opulencia de los grandes o el boato
de un valido insultaban la miseria del pueblo y escarnecían las
escaseces del que aún conservaba el nombre de soberano. Mientras los
nobles devoraban tesoros en opíparos banquetes, Enrique III encontraba
exhausto su palacio y sus arcas, y su despensero no hallaba quien
quisiera fiarle. Juan II procuraba olvidar entre los placeres de las
musas las calamidades del reino, y se entretenía con las _Querellas
del amor_, o con los versos del _Laberinto_, teniendo siempre sobre
la mesa las poesías de sus cortesanos al lado del libro de las
oraciones. Este príncipe tuvo la candidez de confesar en el lecho
mortuorio, que hubiera valido más para fraile del Abrojo que para rey
de Castilla[286]. «Los bienes de la corona se disipaban en personales
placeres, o se dispendiaban en mercedes prodigadas para grangearse la
adhesión de un partido que sostuviera el vacilante trono»[287]. «La
degradación del trono--añade después--, la impureza de la privanza,
la insolencia de los grandes, la relajación del clero, el estrago de
la moral pública, el encono de los bandos y el desbordamiento de las
pasiones, llegan al más alto punto en el reinado del cuarto Enrique
de Castilla. Los castillos de los grandes se convierten en cuevas
de ladrones; los indefensos pasajeros son robados en los caminos, y
el fruto de las rapiñas se vende impunemente en las plazas públicas
de las ciudades; un arzobispo capitanea una tropa de rebeldes para
derribar al monarca y sentar al infante D. Alfonso en el solio. En
el campo de Avila se hace un burlesco y extravagante simulacro de
destronamiento, ignominioso espectáculo y ceremonia cómica, en que un
prelado turbulento y altivo, a la cabeza de unos nobles ambiciosos
y soberbios, se entretienen en despojar de las insignias reales la
estatua de su soberano, y en arrojar al suelo, entre los gritos de la
multitud, cetro, diadema, manto y espada, y en poner el pie sobre la
imagen misma del que había tenido la imprudente debilidad de colmarlos
de mercedes»[288].
[286] El convento del Abrojo se fundó en 1415, a las márgenes
del Duero, cerca de Valladolid, por el venerable Fray Pedro de
Villacreces y San Pedro Regalado. Cuentan algunos escritores,
copiándolo del supuesto Bachiller de Cibdareal, que Juan II,
poco antes de morir, le dijo: _Bachiller, naciera yo fijo de
un mecánico, e hobiera sido frayle del Abrojo, e no Rey de
Castilla_.
[287] _Historia de España_, tomo I. _Discurso preliminar_,
páginas 100 y 101.
[288] Ibidem, págs. 102 y 103.
[Ilustración: