Todos los valencianos hemos temblado de niños ante el monstruo
enclavado en el atrio del Colegio del Patriarca, la iglesia fundada
por el beato Juan de Ribera. Es un cocodrilo relleno de paja, con
las cortas y rugosas patas pegadas al muro y entreabierta la enorme
boca, con una expresión de repugnante horror que hace retroceder a los
pequeños, hundiéndose en las faldas de sus madres.
Dicen algunos que está allí como símbolo del silencio, y con igual
significado aparece en otras iglesias del reino de Aragón, imponiendo
recogimiento a los fieles; pero el pueblo valenciano no cree en tales
explicaciones; sabe mejor que nadie el origen del espantoso animalucho,
la historia verídica e interesante del famoso _dragón del Patriarca_,
y todos los nacidos en Valencia la recordamos como se recuerdan los
cuentos _de miedo_ oídos en la niñez.
* * * * *
Era cuando Valencia tenía un perímetro no mucho más grande que los
barrios tranquilos, soñolientos y como muertos, que rodean la Catedral.
La Albufera, inmensa laguna casi confundida con el mar, llegaba hasta
las murallas; la huerta era un enmarañado marjal de juncos y cañas que
aguardaba en salvaje calma la llegada de los árabes que la cruzasen de
acequias grandes y pequeñas, formando la maravillosa red que transmite
la sangre de la fecundidad, y donde hoy es el Mercado extendíase el
río, amplio, lento, confundiendo y perdiendo su corriente en las aguas
muertas y cenagosas.
Las puertas de la ciudad inmediatas al Turia permanecían cerradas
los más de los días, o se entreabrían tímidamente para chocar con el
estrépito de la alarma apenas se movían los vecinos cañaverales. A
todas horas había gente en las almenas, pálida de emoción y curiosidad,
con el gesto del que desea contemplar de lejos algo horrible y al mismo
tiempo teme verlo.
Allí, en el río, estaba el peligro de la ciudad, la pesadilla de
Valencia, la mala bestia cuyo recuerdo turbaba el sueño de las gentes
honradas, haciendo amargo el vino y desabrido el pan. En un ribazo,
entre aplastadas marañas de juncos, un lóbrego y fangoso agujero, y en
el fondo, durmiendo la siesta de la digestión, entre peladas calaveras
y costillas rotas, el dragón, un horrible y feroz animalucho nunca
visto en Valencia, enviado, sin duda, por el Señor --según decían las
viejas ciudadanas-- para castigo de pecadores y terror de los buenos.
¡Qué no hacía la ciudad para librarse de aquel vecino molesto que
turbaba su vida!... Los mozos bravos de cabeza ligera --y bien sabe
el diablo que en Valencia no faltan-- excitábanse unos a otros y
echaban suertes para salir contra la bestia, marchando a su encuentro
con hachas, lanzas, espadas y cuchillos. Pero apenas se aproximaban
a la cueva del dragón, sacaba este el morro, se ponía en facha para
acometer, y partiendo en línea recta veloz como un rayo, a este quiero
y al otro no, mordisco aquí y zarpazo allá, desbarataba el grupo;
escapaban los menos, y el resto paraba en el fondo del negro agujero,
sirviendo de pasto a la fiera para toda la semana.
La religión, viniendo en auxilio de los buenos y recelando las
infernales artes del maléfico en esta horrorosa calamidad, quiso
entrar en combate con la bestia, y un día el clero, con su obispo a la
cabeza, salió por las puertas de Valencia, dirigiéndose valerosamente
al río con gran provisión de latines y agua bendita. La muchedumbre
contemplaba ansiosa desde las murallas la marcha lenta de la procesión;
el resplandor de las bizantinas casullas con sus fajas blancas orladas
de negras cruces; el centellear de la mitra de terciopelo rojo
con piedras preciosas y el brillo de los lustrosos cráneos de los
sacerdotes.
El monstruo, deslumbrado por este aparato extraordinario, les dejaba
aproximarse, pero pasada la primera impresión movió sus cortas
patas, abrió la boca como bostezando, y esto bastó para que todos
retrocediesen con tanta prudencia como prisa, precaución feliz a la que
debieron los valencianos que la fiera no se almorzara medio cabildo.
Se acabó. Todos reconocían la imposibilidad de seguir luchando con tal
enemigo. Había que esperar a que el dragón muriese de viejo o de un
hartazgo; mientras tanto, que cada cual se resignara a morir devorado
cuando le llegara el turno.
Acabaron por familiarizarse con aquel bicho ruin como con la idea de la
muerte, considerándolo una calamidad inevitable, y el valenciano que
salía a trabajar sus campos, apenas escuchaba ruido cerca de la senda y
veía ondear la maleza, murmuraba con desaliento y resignación:
--Me tocó la mala. Ya está ahí _ese_. Siquiera que acabe pronto y no me
haga sufrir.
Como ya no quedaban hombres que fuesen en busca del dragón, este iba
al encuentro de la gente para no pasar hambre en su agujero. Daba la
vuelta a la ciudad, se agazapaba en los campos, corría los caminos, y
muchas veces en su insolencia se arrastraba al pie de las murallas y
pegaba el hocico a las rendijas de las fuertes puertas, atisbando si
alguien iba a salir.
Era un maldito que parecía estar en todas partes. El pobre valenciano,
al plantar el arroz encorvándose sobre la charca, sentía en lo mejor
de su trabajo algo que le acariciaba por cerca de la espalda, y al
volverse tropezaba con el morro del dragón, que se abría y se abría
como si la boca le llegase hasta la cola, y ¡zas! de un golpe lo
trituraba. El buen burgués que en las tardes de verano daba un paseíto
por las afueras, veía salir de entre los matorrales una garra rugosa
que parecía decirle: «¡Hola, amigo!», y con un zarpazo irresistible
se veía arrastrado hasta el fondo del fangoso agujero donde la bestia
tenía su comedor.
Al mediodía, cuando el dragón inmóvil en el barro como un tronco
escamoso tomaba el sol, los tiradores de arco, apostados entre dos
almenas, le largaban certeros saetazos. ¡Tontería! Las flechas
rebotaban sobre el caparazón y el monstruo hacía un ligero movimiento,
como si en torno de él zumbase un mosquito.
La ciudad se despoblaba rápidamente, y hubiese quedado totalmente
abandonada a no ocurrírsele a los jueces sentenciar a muerte a cierto
vagabundo, merecedor de horca por delitos que llamaron la atención en
una época en que se mataba y robaba sin dar a esto otra importancia que
la de naturales desahogos.
El reo, un hombre misterioso, una especie de judío que había recorrido
medio mundo y hablaba en idiomas raros, pidió gracia. Él se encargaba
de matar el dragón a cambio de rescatar su vida. ¿Convenía el trato?...
Los jueces no tuvieron tiempo para deliberar, pues la ciudad les
aturdió con su clamoreo. Aceptado, aceptado: la muerte del dragón bien
valía la gracia de un tuno.
Le ofrecieron para su empresa las mejores armas de la ciudad, pero
el vagabundo sonrió desdeñosamente, limitándose a pedir algunos días
para prepararse. Los jueces, de acuerdo con él, dejáronle encerrado
en una casa, donde todos los días entraban algunas cargas de leña y
una regular cantidad de vasos y botellas recogidos en las principales
casas de la ciudad. Los valencianos agolpábanse en torno de la casa,
contemplando de día el negro penacho de humo, y por la noche el
resplandor rojizo que arrojaba la chimenea. Lo misterioso de los
preparativos dábales fe. ¡Aquel brujo sí que mataba al dragón!...
Llegó el día del combate, y todo el vecindario se agolpó en las
murallas, anhelante y pálido de ansiedad. Colgaban sobre las barbacanas
racimos de piernas; agitábanse entre las almenas inquietas masas de
cabezas.
Se abrió cautelosamente un postigo, dejando solo espacio para que
saliera el combatiente, y volvió a cerrarse con la precipitación del
miedo. La muchedumbre lanzó una exclamación de desaliento. Aguardaba
algo extraordinario en el paladín misterioso, y le veía cubierto con un
manto y un capuchón de lana burda, sin más arma que una lanza... ¡Otro
al saco! Aquel judío se lo engullía la malhadada bestia en un avemaría.
Pero él, insensible al general desaliento, marchaba en línea recta
hacia la cueva. Justamente, el dragón hacía días que estaba rabiando de
hambre. Quedábase la gente en la ciudad, y la fiera ayunaba, rugiendo
al husmear el rebaño humano guardado por las fuertes murallas.
Vieron todos cómo al aproximarse el vagabundo asomaba por el embudo
de barro el picudo morro de la fiera y sus rugosas patas delanteras.
Después, con un pesado esfuerzo, sacó del agujero el corpachón escamoso
por cuyo interior había pasado medio Valencia.
¡_Brrrr_! Y rugiendo de hambre, abrió una bocaza que, aun vista de
lejos, hizo correr un estremecimiento por las espaldas de todos los
valencianos. Pero al mismo tiempo ocurrió una cosa portentosa. El
combatiente dejó caer al suelo la capa y la capucha, y todo el pueblo
se llevó las manos a los ojos como deslumbrado. Aquel hombre era un
ascua luminosa; una llama que marchaba rectamente hacia el dragón, un
fantasma de fuego que no podía ser contemplado más de un segundo. Iba
cubierto con una vestidura de cristal, con una armadura de espejos en
la que se reflejaba el sol, rodeándolo con un nimbo de deslumbrantes
rayos.
La bestia, que iba a lanzarse sobre él, parpadeó temblorosa,
deslumbrada, y comenzó a retroceder.
El vagabundo avanzaba arrogante y seguro de la victoria, como en la
leyenda wagneriana el valeroso Sigfrido marchaba al encuentro del
dragón _Fafner_.
Los rayos de la armadura anonadaban a la fiera. Su espantable figura,
reproducida en la coraza, en el escudo, en todas las partes de la
armadura con infinito espejismo, la turbaban, obligándola a retroceder.
Al fin, cegada, confusa, presa del mareo de lo desconocido, se dejó
caer en su agujero, y con un supremo esfuerzo, por conservar su
prestigio, abrió la bocaza para rugir ¡_Brrrr_!
¡Allí de la lanza! La hundió toda en las horribles fauces del
deslumbrado monstruo, repitiendo los golpes entre los aplausos de la
muchedumbre, que saludaba cada metido como una bendición de Dios. Los
chorros de sangre negra y nauseabunda mancharon la límpida armadura, y
enardecidos por la agonía del enemigo, todos los vecinos salieron al
campo. Hubo algunos que por llegar antes se arrojaron de cabeza desde
las murallas, siendo con esto las postreras víctimas del dragón.
Todos querían ver de cerca al monstruo y abrazar al matador.
¡Se salvó Valencia! Desde aquel día comenzó a vivir tranquila.
De tan memorable jornada no ha quedado el nombre del héroe, ni siquiera
su maravillosa armadura de espejos. Sin duda se la rompieron en plena
ovación, al llevarle triunfante de abrazo en abrazo.
Pero queda el dragón, con su vientre atiborrado de paja, por donde
pasaron muchos de nuestros abuelos.
Y quien dude de la veracidad del suceso, no tiene más que asomarse al
atrio del Colegio del Patriarca, que allí está la malvada bestia como
irrecusable testigo.