(_Traducido del valenciano_)
Sentado en el umbral de la puerta de la taberna, el tío _Beseròles_, de
Alboraya, trazaba con su hoz rayas en el suelo, mirando de reojo a la
gente de Valencia que en derredor de la mesilla de hojalata empinaba el
porrón y metía mano al plato de morcillas en aceite.
Todos los días abandonaba su casa con el propósito de trabajar en el
campo, pero siempre hacía el demonio que encontrase algún amigo en
la taberna del _Ratat_, y vaso va, copa viene, lanzaban las campanas
el toque de mediodía si era de mañana o cerraba la noche, sin que él
hubiese salido del pueblo.
Allí estaba en cuclillas, con la confianza de un parroquiano antiguo,
buscando entablar conversación con los forasteros y esperando que le
convidasen a un trago, con las demás atenciones que se usan entre
personas finas.
Aparte de que le gustaba menos el trabajo que la visita a la taberna,
el viejo era un hombre de mérito. ¡Lo que sabía aquel hombre, Señor!...
¿Y cuentos?... Por algo le llamaban _Beseròles_[1]; porque no caía en
sus manos un trozo de periódico que no lo leyera de principio a fin,
cantando las palabras letra por letra.
[1] _Abecedario_ en valenciano.
La gente lanzaba carcajadas oyendo sus cuentos, especialmente aquellos
en los que figuraban capellanes y monjas; y el _Ratat_, detrás del
mostrador, reía también, contento de ver que los parroquianos, para
celebrar los relatos, le hacían abrir las espitas con frecuencia.
El tío _Beseròles_, agradeciendo un trago de la gente de Valencia,
deseaba contar algo, y apenas oyó que uno nombraba a los frailes, se
apresuró a decir:
--¡Esos sí que son listos!... ¡Quién se la dé a ellos!... Una vez un
fraile engañó a San Pedro.
Y animado por la curiosa mirada de los forasteros, comenzó su cuento:
Era un fraile de aquí cerca, del convento de San Miguel de los Reyes,
el padre Salvador, muy apreciado de todos por lo listo y campechano.
Yo no lo he conocido, pero mi abuelo aún se acordaba de haberlo visto
cuando visitaba a su madre, y con las manos cruzadas sobre la panza
esperaba el chocolate a la puerta de la barraca. ¡Qué hombre! Pesaba
sus diez arrobas; cuando le hacían hábito nuevo entraba en él toda
una pieza de paño; visitaba al día once o doce casas, tragándose en
cada una sus dos onzas de chocolate, y cuando la madre de mi abuelo le
preguntaba:
--¿Qué le gusta más, padre Salvador? ¿Unos huevecitos con patatas o
unas longanizas de la conserva?
Él contestaba con una voz que parecía ronquido:
--Todo mezclado; todo mezclado.
Así estaba él de guapo y rozagante. Por allí donde pasaba parecía
regalar su salud, y la prueba era que todos los chiquitines que nacían
en este contorno presentaban sus mismos colores, su cara de luna llena
y un morrillo que lo menos tenía tres libras de manteca.
Pero todo es malo en este mundo, pasar hambre o comer demasiado, y un
día, al anochecer, el padre Salvador, viniendo de un hartazgo para
solemnizar el bautizo de cierta criatura que tenía toda su estampa,
¡cataplum! dio un ronquido que puso en alarma a toda la comunidad y
reventó como un odre, aunque sea mala comparación.
Ya tenemos a nuestro padre Salvador volando por el aire como un cohete,
en busca del cielo, pues no tenía duda de que allí estaba el sitio de
un fraile.
Llegó ante una gran puerta toda de oro, claveteada de perlas, como las
que saca en las agujas de su peinado la hija del alcalde cuando es
clavariesa de las fiestas de las solteras.
--¡Toc, toc, toc!...
--¿Quién es? --preguntó desde dentro una voz de viejo.
--Abra, señor San Pedro.
--¿Y quién eres tú?
--Soy el padre Salvador, del convento de San Miguel de los Reyes.
Se abrió un ventanillo y asomó la cabeza el bendito santo, pero
soltando bufidos y lanzando centellas por sus ojos al través de las
antiparras. Porque han de saber ustedes que el santo apóstol, como es
tan viejo, está corto de vista.
--¡_Che_! ¡poca vergüenza! --gritó hecho una furia--. ¿A qué vienes
aquí? ¡Me gusta tu confianza!... ¡Arre allá, poca honra, que aquí no
está tu puesto!...
--Vamos, señor San Pedro: abra, que se hace de noche. Usted siempre
está de broma.
--¿Cómo de broma?... Si cojo una tranca, vas a ver lo que es bueno,
descarado. ¿Crees acaso que no te conozco, demonio con capucha?
--Haga el favor, señor San Pedro: sea bueno para mí. Pecador y todo,
¿no tendrá un puestecito libre, aunque sea en la portería?
--¡Largo de aquí!... ¡miren qué prenda! Si te permitiera entrar, en
un día te zamparías nuestra provisión de tortitas con miel, dejando
en ayunas a los angelitos y los santos. Además, tenemos aquí no sé
cuántas bienaventuradas que aún son de buen ver, y ¡valiente ocupación
me caería a mi edad! ¡ir siempre detrás de ti, sin quitarte ojo!...
Márchate al infierno o acuéstate al fresco en cualquier nube... Se
acabó la conversación.
El santo cerró furiosamente el ventanillo, y el padre Salvador quedó
en la oscuridad, oyendo a lo lejos los guitarros y las flautas de los
angelitos, que aquella noche obsequiaban con _albaes_ a las santas más
guapas.
Pasaban las horas, y nuestro fraile pensaba ya en tomar el camino del
infierno, esperando que allí le recibirían mejor, cuando vio salir de
entre dos nubes, aproximándose lentamente, una mujer tan grande y gorda
como él, que caminaba balanceándose, empujando su tripa hinchada como
un globo.
Era una monjita que había muerto de un cólico de confituras.
--Padre --dijo dulcemente al frailote, mirándolo con ojos tiernos--,
¿que no abren a estas horas?
--Aguarda; ahora entraremos.
¡Lo que discurría aquel hombre! En un momento acababa de inventar una
de sus marrullerías.
Ya saben ustedes que los soldados que mueren en la guerra entran en
el cielo sin obstáculo alguno. Si no lo sabían, ya lo saben. Los
pobres entran tal como llegan; hasta con botas y espuelas, pues algún
privilegio merece su desgracia.
--Échate las faldas a la cabeza --ordenó el fraile.
--¡Pero, padre mío! --contestó escandalizada la monjita.
--Haz lo que te digo y no seas tonta --gritó el padre Salvador con
autoridad--. ¿Quieres disputar conmigo que tengo tantos estudios? ¿Qué
sabes tú del modo de entrar en el cielo?
Obedeció la monja ruborizada y en la oscuridad comenzó a lucir una
circunferencia enorme y blanca, como si hubiese aparecido la luna.
--Ahora aguántate firme.
Y de un salto el padre Salvador púsose a horcajadas sobre el lomo de su
compañera.
--Padre... ¡que pesa mucho! --gemía sofocada la pobrecita.
--Aguanta y da saltitos: ahora mismo entramos.
San Pedro, que estaba recogiendo las llaves para irse a dormir, vio que
tocaban en la puerta.
--¿Quién es?
--Un pobre soldado de caballería --contestó una voz triste--. Me acaban
de matar peleando contra los infieles, enemigos de Dios, y aquí vengo
sobre mi caballo.
--Pasa, pobrecito, pasa --dijo el santo abriendo media puerta.
Y vio en la sombra al soldado dando talonazos a su corcel, que no
sabía estarse quieto. ¡Animal más nervioso!... Varias veces intentó
el venerable portero buscarle la cabeza, pero fue imposible. Dando
saltos le presentaba siempre la grupa, y al fin, el santo, temiendo
que le soltara un par de coces, se apresuró a decir, acariciando con
palmaditas aquellas ancas finas y gruesas:
--Pasa, soldadito; pasa adelante y veas de aquietar a esta bestia.
Y mientras el padre Salvador se colaba cielo adentro sobre la grupa de
la monja, San Pedro cerró la puerta por aquella noche, murmurando con
admiración:
--¡Rediós, y qué batalla están dando allá abajo! ¡Qué modo de pegar! A
la pobre jaca no le han dejado... ni el rabo.