El día en que se casó Toneta, fue de los peores para el nuevo adjunto
de la parroquia de Benimaclet.
Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojose en la
sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le
aquejase oculta dolencia.
El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en
julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo
interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado
por las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha, y con su ambiente de
hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.
Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le
trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado a
todas las fatigas del campo!
Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido a celebrar la boda
de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se
ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.
Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo
malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo;
experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo
que era suyo.
Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi a sus pies aquella
linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan
hermosa a Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los
ojos cada vez que miraba al _Moreno_, que estaba soberbio con su traje
nuevo y su _ringlot_ azul de larga esclavina.
Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez a Toneta. La
hermana ideal, que en su imaginación casi se confundía con la figura
azul que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.
Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca
boca siempre sonriente, y que miraba a Toneta como esas imágenes de
lindo rostro que bajo las vestiduras de oro solo guardan los tres
puntales que sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos
estremecimientos, que había algo más, y veía con los ojos de la
imaginación el terrible enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus
graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del _Malo_ con que abate
las más fuertes virtudes.
Odiaba al _Moreno_, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho,
pero no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna
compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que
estaba arrepentido de haber realizado la boda.
Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se
ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia
que se revolvía en forma de murmuración.
Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión
de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto
molestaba menos al cura.
Se iría a casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la
boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva
nupcial que estaba esperándole, pues la _siñá_ Tona se oponía a que se
hiciera nada sin la presencia de su Visantet.
Y por más que se resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto
del que tantos recuerdos guardaba, y entre las faldas rameadas y
coloridas como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los
reflejos tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto
lastimoso el suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que
avanzaba con lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y
exuberante de vida, fuesen los de un viejo achacoso.
Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes que
le parecían crueles burlas! La _siñá_ Tona, en su alegría de madre,
enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del
matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel _estudi_ era el dormitorio
de los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su colcha
de azulada blancura y complicados arabescos, que a Toneta le habían
costado todo un invierno de trabajo.
Bien estarían allí los novios. Qué blandura, ¿eh? Y la inocente vieja
creía hacer una gracia obligando al cura a que tocase los mullidos
colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de
aquella habitación, que a la noche había de convertirse en caliente
nido.
Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que
resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del _Moreno_ que
no se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes
sobre lo que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las
mujeres chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban ¡_pòrc_!
y ¡_animal_!; y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos
y redondos brazos, se aproximaba a él rozando su sotana con la
epidermis fina y caliente, preguntándole qué pensaba de su casamiento
y acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que
parecían registrarle hasta las entrañas.
¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto
que hablara; aquella mujer se atrevía a tratarle con un descuido que
no osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban: no era un
hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le
miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba
su vista.
Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en
que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran
sacerdote, miraba con envidia a aquellos muchachotes cerriles con
alpargatas y en mangas de camisa.
Hubiera querido ser temido, como ellos, a los que no osaban aproximarse
mucho las mujeres por miedo a audaces pellizcos, y sobre todo no
inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos
resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.
Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los
novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante,
que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza
de la impunidad se revolvía libremente sin cuidado a empujar, o se
inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía
en su cálido aliento. Y después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad,
creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya legítimo,
corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda
barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo
las manos bajo la mesa, mientras miraba a lo alto con la expresión
inocente del que no ha roto un plato en su vida.
Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de
sangre caldeaban su rostro, parecíale que el viento seco y ardoroso
que inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato
dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel
ambiente de pasión carnívora y brutal.
No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática
estupidez; y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía
labriega cuidaba de tener siempre lleno.
Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de
despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez
ligera, algo semejante a la discreta alegría de sus meriendas de
seminarista, cuando a los postres él y sus compañeros, con la más
absoluta confianza en el porvenir, soñaban en ser papas o en eclipsar
a Bossuet; pero lo que llegó para él fue una jaqueca insufrible, que
doblaba su cabeza, como si sobre ella gravitase enorme mole y que le
perforaba la frente con un tornillo sin fin.
Don Vicente estaba enfermo.
La misma _siñá_ Tona, reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que
se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista
turbia y zumbándole los oídos, se encaminó a su casa, seguido de su
alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.
No era nada; podía tranquilizarse: el maldito poniente y la agitación
del día. No necesitaba más que dormir.
Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el
pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin
quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con
los brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose
inmediatamente los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la
lobreguez más absoluta.